Durante la II República se intenta desarrollar, por
parte de los sectores progresistas españoles, un modelo de nación laica y
garantizadora de derechos básicos para su ciudadanía, con la enseñanza y un
reparto algo más justo de la riqueza como principales instrumentos de un
proyecto que se abre no tanto al federalismo como al reconocimiento de
realidades nacionales diferenciadas en Catalunya, País Vasco y Galicia. La
confrontación de este modelo con el del nacionalismo identitario en la Guerra
Civil conlleva el triunfo de la visión más existencialista y retrógrada de
España
En el nacionalcatolicismo franquista confluyen
elementos de los múltiples grupos que le dan apoyo, desde el tradicionalismo
carlista al fascismo de la Falange pasando por los monárquicos y, siempre, la
Iglesia y las clases propietarias. Teniendo en cuanta los antecedentes (aquí) y
los apoyos sociales no pueden extrañar los rasgos definitorios del nacionalismo
fascista español: la unión ideal de milicia y fe, la añoranza del pasado
imperial que marca el destino de la patria, la impronta del supuesto carácter
castellano, sacrificado y austero, que irradia a toda España y un conservadurismo
social en su máxima expresión
Se introducen matizaciones que suavizan los mensajes
iniciales a medida que el régimen va mutando para sobrevivir (aquí), pero un elemento esencial va a subsistir más allá de la dictadura
y de las propias formaciones políticas que podrían considerarse sus herederas
naturales: no se admite la diversidad histórica y cultural más que en los
aspectos folclóricos, en aquello que engrandece el acervo común en el
lenguaje del régimen
Las reticencias con respecto al reconocimiento
de las realidades diferenciadas son una constante desde la Transición, la misma
configuración del llamado Estado de las Autonomías es ya una expresión, en su
origen no hay tanto una voluntad de configurar un estado federal como el quitar
hierro al reconocimiento delas llamadas nacionalidades históricas. Algunas
muestras de la persistencia de esas reticencias a lo largo del tiempo:
-
El debate sobre el Título VIII de la
Constitución es el más polémico, resulta significativa la oposición de la Alianza
Popular de Manuel Fraga y otros exministros de Franco.
-
Se plasma en la LOAPA tras el intento de golpe del 23-F, ley
que el TC declara inconstitucional en algunos apartados clave de su contenido y que
acaba siendo un instrumento inútil para lo que pretendía, meter en cintura a
las comunidades autónomas
-
Es epidérmica tras cada atentado de ETA,
con el frecuente desprecio hacia lo vasco y “los vascos” como si todos simpatizaran con la
organización terrorista.
-
Se manifiesta en torno a Catalunya mucho
antes del actual proceso político catalán, de forma clara desde los primeros
acuerdos para completar mayoría parlamentaria en 1993, con el pacto de
legislatura entre el PSOE y CiU, coalición calificada en tono despectivo como “los
catalanes” para cualquier crítica a sus actuaciones. Esto se convierte casi en
una paranoia en el debate sobre el Estatut iniciado en 2004 que genera más
pasión fuera de Catalunya que dentro
El nacionalismo español no identitario no está para
muchas florituras durante la dictadura y no encuentra su espacio en el periodo
democrático, va a remolque del españolismo esencialista o no se atreve a
plantear su modelo de nación con claridad, pero ese será tema de otra entrada
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