Hace días que me propuse escribir sobre la mayor
tragedia ocurrida en España desde la Guerra Civil, al menos que a mí me conste.
Después de varios borradores he optado por obviar la explicación de lo ocurrido
y centrarme en cuestiones que dan que pensar o que explican cómo era el lugar
donde vine a nacer.
El 25 de septiembre de 1962 las inundaciones del
Vallès se llevaron por delante entre 600 y 1000 vidas, esa tremenda imprecisión
ya la comentaré más adelante. Los detalles de lo que pasó se pueden consultar porque
hay vídeos colgados en youtube y entradas en internet que lo explican con más o
menos acierto, pero vale la pena remarcar algunas cosas que las búsquedas en
internet no nos aclaran gran cosa
Primero, la enfermiza y peligrosa fascinación por la
amnesia colectiva. Acabo de decir que en internet está disponible información
sobre lo que pasó, y es que en allí se puede encontrar información sobre casi
todo, pero eso no es incompatible con el olvido del pasado, la presencia en
internet no implica conocimiento generalizado. En este caso, el mismo mecanismo
de búsqueda lo pone en evidencia, si alguien efectúa una de “desastres en
España” o “catástrofes en España” encontrará alguno enlaces con las diez
mayores catástrofes, pues bien, esta no aparece. Me curo en salud y no digo que
es la mayor, sino la mayor que a mí me consta, porque al igual otra tragedia
aún mayor también permanece oculta bajo una montaña de datos, lo cierto es que
las que aparecen en esos listados, no todas coinciden, causaron menor
mortandad. Desconozco la forma de elaborar esas relaciones, la verdad es que me
preocupa más la sensación que tengo de que, en el lugar donde todo pasó, la
mayoría de la población actual no sabría contestar qué fue la riada del 62. La
memoria no es algo inútil y superfluo, intentar comprender el pasado ayuda a
entender el mundo en que vivimos, como intentaré mostrar a continuación
Segundo, España se parecía más a una república
bananera que a los países europeos que había más allá de los Pirineos. Sólo el
hecho de que la cifra de víctimas sea tan imprecisa, el abanico de 600 a 1000
es espeluznante tratándose de vidas humanas, indica qué era y cómo funcionaba
la España de hace 50 o 60 años, el descontrol estadístico y urbanístico que
implica no saber quién estaba y quién dejó de estar trágicamente no es
imaginable en la Europa de entonces, y eso que hablamos de uno de los territorios
más industrializados y “modernos” de aquella España, eso si no es consecuencia
de algo casi peor, la ocultación deliberada de datos. Podrían unirse otros
aspectos (no está del todo claro qué acabó pasando con las ayudas, por ejemplo)
pero sólo lo anterior tendría que ser suficiente para desautorizar todos
aquellos comentarios de las cosas que hizo Franco para bien de España, un
cuarto de siglo después de acabada la guerra era el hazmerreír de Europa para
desgracia de sus habitantes
Tercero, los movimientos migratorios ni son algo nuevo
ni fueron modélicos entonces. Los datos, poco fiables como hemos visto, indican
que Terrassa, la ciudad más afectada junto a Rubí por la riada, casi duplicó su
población entre 1950 y 1960 y mantuvo un crecimiento espectacular otra década
más, los 59 mil habitantes de 1950 se convirtieron en 139 mil en 1970. Este
crecimiento no tuvo nada de ordenado, la oleada migratoria de personas que
huían de la miseria de sus lugares de origen le vino bien a la pujante
industrial textil, pero rebasó en mucho lo que la ciudad estaba en condiciones
de absorber de forma mínimamente digna. No había viviendas ni planes
suficientes para edificarlas, barrios enteros fueron de autoconstrucción, en
los terrenos que podían comprase más baratos la ciudad creció sin control y
parte de las viviendas se construyeron junto al lecho de la riera de Les
Arenes, algunas posiblemente en el mismo cauce, entonces no canalizado entre
muros de hormigón. Ese es el factor que hizo que la catástrofe alcanzara la
magnitud que tuvo. Es cierto que hablamos de migraciones internas, pero
pretender impedir que las personas huyan de la miseria es imposible sin
paliarla en los lugares de origen, es falso que los desplazamientos fueran
ordenados, que hubiera contratos de trabajo ya realizados ni infraestructuras
preparadas, es discutible que eso pasara ni con la emigración a otros países
europeos, desde luego no fue el caso de las corrientes migratorias interiores a
Catalunya, Madrid o el País Vasco. Otra lección del pasado para entender la
falsedad de algunas afirmaciones que escuchamos con demasiada frecuencia sobre
la inmigración actual y ya de paso un desmentido rotundo a algún planteamiento,
por suerte muy minoritario, que habla de colonos trasladados deliberadamente a
Catalunya para descatalanizarla
Cuarto, la suciedad de los cauces tuvo un efecto
multiplicador de la capacidad letal de la avenida de agua. Materiales de todo
tipo taponaron los ojos de los puentes hasta que la presión los hizo reventar provocando
en el siguiente tramo un efecto devastador. Es difícil imaginar que hoy se
pudiera producir un fenómeno similar, pero no está de más recordar que hay
deficiencias denunciadas en la limpieza de los lechos y mejor no tentar a la
diosa Fortuna con su fama de voluble, el clima mediterráneo no ha dejado de
serlo, si acaso el riesgo de fenómenos meteorológicos excepcionales crece con
el cambio climático, y la Agència Catalana de l’Aigua debiera tener la memoria
menos selectiva que internet: hay zonas críticas, muchas en Catalunya, en las
que es mejor no olvidarse del pasado
Termino por donde empecé, hay que combatir la
fascinación por la amnesia colectiva, esa locura de vivir sólo el presente sin
recuerdo del pasado ni previsión del futuro. Pienso particularmente que en los
institutos de secundaria de mi ciudad debería utilizarse la riada de 1962 para
dar pie al conocimiento de multitud de temas que se le pueden vincular,
climatología y régimen pluvial, fenómenos meteorológicos, urbanismo, historia…
Porque la memoria no es inútil