Durante la mayor parte del s. XIX los sectores
españoles más conservadores rehuyen de la idea de nación, el carlismo no se
identifica con un concepto que considera, con razón, propio de la sociedad
liberal que rechaza. En su tradicionalismo defiende los fueros, es decir, las
particularidades opuestas al programa uniformador clásico del liberalismo. Con
ello aspira, también, a garantizarse el apoyo en los territorios en los que tiene
más implantación.
En el último cuarto de siglo se producen las primeras
expresiones teóricas de un nacionalismo español identitario. Es el momento de
la Restauración Borbónica, de la culminación de facto de la transición del
Antiguo Régimen al estado liberal y de la llegada de las influencias del modelo
alemán (aquí). Las ideas de Menéndez Pelayo en torno a una nación en la que el
catolicismo encarna el espíritu del pueblo (el Volkgeist alemán) son la
expresión del naciente españolismo identitario.
Con motivo del conflicto cubano (aquí) y del debate
sobre la concesión de capacidad de autogobierno a la isla, la oposición se
expresa tanto en medios afines al republicanismo de matriz jacobina (centralismo
igualitario) como en los medios conservadores que ya expresan el esencialismo
identitario. La idea de nación española deja de ser un monopolio de las
visiones liberales más o menos moderadas. Debates similares se producen con la
aprobación de la Mancomunitat de Catalunya de 1914, primer mecanismo de autogobierno
catalán.
En paralelo se produce un cambio en el estamento
militar que será trascendente en el futuro. Los militares tienen un papel clave
en la política del s. XIX, pero los conocidos como espadones no actúan de forma
corporativa ni ven en el ejército un estamento que encarna los valores de la
nación, pero eso cambia. Aparece primero una defensa corporativa, la reacciones frente a la crítica al ejército por parte de los militares se producen antes de
la crisis del 98 y crecen después con el amparo de Alfonso XIII, así se produce
el asalto a la redacción de la revista Cu-Cut en Barcelona (1905) por un chiste
que no gusta a los militares y que se salda con reproches al chiste y el premio
a los asaltantes en forma de ley de jurisdicciones. Los militares intervienen
cada vez más en aquello que entienden que les afecta y las Juntas de defensa de
1917 son una expresión, como también el intervencionismo en temas que afectan personalmente
a los militares porque inciden directa o indirectamente en su nivel de vida:
las campañas, los sistemas de promoción o los presupuestos en lo que afectan a la
defensa. El último paso es erigirse en defensores de la nación española con la
intervención directa.
En todo este proceso de surgimiento de un
nacionalismo español identitario la crisis del 98 vuelve a ser determinante,
por lo ya dicho y porque el pesimismo en torno a la situación del país da paso
a reflexiones muy diversas, con frecuencia confusas, que apuntan a visiones
esencialistas de España, a menudo identificada como una creación de Castilla. La
obra y trayectoria vital de figuras como Joaquín Costa, Miguel de Unamuno o Ramiro
de Maeztu es muestra de esa confusión, vital e intelectual.
El borboneo del monarca y el rechazo posterior a la
república, el miedo al conflicto social protagonizado por los obreros fabriles
y el campesinado y la influencia del fascismo europeo son los ingredientes de
un cóctel nada agradable del que más adelante se trata.
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