Imaginemos una distopía, en el mundo y en el continente europeo progresan las fuerzas de extrema derecha, a medida que crece el nacionalismo esencialista se van recuperando personajes históricos que en la actualidad consideramos de forma casi unánime criminales de guerra. No es una distopía, está sucediendo en muchos lugares (Croacia, Ucrania, Polonia o las repúblicas bálticas...) pero lo hubiese sido hace 35 años.
Sigamos imaginando que en un paseo por Berlín han cambiado los plafones que recuerdan el pasado nazi de muchos edificios en términos negativos por otros que expresan una visión neutral de lo que fue aquel régimen. Podría pasar, basta con que se rompa el acuerdo muy mayoritario que condena lo que supuso el nazismo y se abra paso el mensaje de que Hitler hizo cosas buenas, como poner orden y recuperar la economía alemana. Eso no ha dejado de pasar en España con la figura de Franco, o está pasando en la Rusia de Putin, en la que no se recuerda qué supuso la revolución de octubre, pero se blanquea la figura de Stalin como la de un patriota ruso.
Más imaginación, viajemos mentalmente a un futuro más lejano: cómo valorarán las generaciones futuras (si les damos la oportunidad de existir, que esa es otra) la tragedia de miles de seres humanos ahogados en el Mediterráneo; o las hambrunas que se llevan por delante a millones de personas mientras en Chicago se especula con el precio de los cereales que se van a producir dentro de 5 años; o con los datos de desigualdades de todo tipo, con origen en el machismo, en el racismo o simplemente con las desigualdades económicas que dicen que 200 o 300 personas en el mundo acumulan la misma riqueza que miles de millones de los habitantes más pobres. Todo eso pensando en que avanzaremos hacia un mundo mejor, algo que no está escrito en ningún sitio.
Y me imagino, puestos a imaginar, que a estas alturas habrá quien dé por hecho que voy a defender que las figuras históricas que aparecen en todo tipo de estatuas y monumentos no pueden valorarse sobe la base de la visión del mundo que tenemos actualmente, que lo que deberíamos hacer es dejar constancia de lo contradictorio que pueden ser esas figuras y lo que representaron. Pues no, de lo que quiero hablar no es de los personajes, de si habría que derribar o resignificar (palabreja de moda) las estatuas de Sabino Arana o Pompeu Fabra por ser manifiestamente racistas, etcétera.
Lo que hay que resignificar son las propias esculturas y monumentos, tanto o más que a los personajes, ¿es Colón responsable de la iconografía y de los valores que transmite su monumento en las Ramblas de Barcelona?, ¿los consensos sociales del momento en que se erigió la estatua no se hacen notar?, ¿por qué hay una estatua de Francesc Cambó en el centro de Barcelona que el nacionalismo catalán no cuestiona unánimemente? Quizá haya más información en los acuerdos que se consideran, o se consideraron suficientemente amplios en su día que en cada personaje en sí.
Sirva de ejemplo Fray Junípero Serra, una de cuyas estatuas ha sido derribada en la ola de protestas en USA. Balear de nacimiento fue misionero franciscano, sin que haya datos de comportamientos que a nuestros ojos (a los de la mayoría social, quiero decir) nos puedan parecer escandalosos, pero el derribo de su estatua indica que su labor merece la crítica de algunos sectores. No esclavizó a los indígenas de California, donde desarrolló su principal labor evangelizadora en la segunda mitad del s. XVIII cuando formaba parte del Virreinato de la Nueva España, el actual México. Al contrario, en las diferentes misiones que impulsó se formó en la agricultura y en el desarrollo de actividades artesanas a la población originaria del territorio, algo que pareció digno de elogio a los californianos que lo propusieron como uno de los personajes que merecía tener presencia en la Sala de las Estatuas de americanos ilustres del Capitolio. Una visión positiva de su figura que ha llevado en tiempos aún mas recientes a su beatificación por Juan Pablo II, en 1988, y a su canonización por Francisco I, en 2015. Sin embargo, una parte de la población, quizá minoritaria aún pero susceptible de convertirse en corriente mayoritaria en el futuro, considera que esa supuesta labor civilizadora era una forma de imponer una forma de vivir a la población aborigen. Como casi siempre, estos temas acostumbran a tener reflejo en conflictos actuales, en nombre del progreso, del crecimiento económico y de sacar de su miserable vida propia del paleolítico se justifica acabar con el hábitat de las tribus amazónicas que hasta el presente han quedado fuera del alcance del la humanidad civilizada. Sea como sea, que en pleno s. XXI se considere la labor evangelizadora como algo que arrancó del primitivismo a los aborígenes californianos del XVIII podría parecer en el futuro casi un chiste a una hipotética población del planeta que considere al cristianismo pura superstición adornada de mucho boato y basada en textos y tradiciones inverosímiles, más o menos lo que hoy pensamos de la mitología griega y romana.
Volvamos a Colón y su monumento en Barcelona, inaugurado en 1888 y erigido con motivo de la Exposición Universal puede ser una buena excusa para entender no tanto al personaje como a la sociedad que le erigió la estatua. A mi me vienen por lo menos dos hilos, relacionados entre sí, de los que tirar más allá de lo controvertido del personaje (controversia que le acompañó siempre, ya en sus encontronazos con los Reyes Católicos).
Primer hilo, los nacionalismos románticos y esencialistas español y catalán no habían desarrollado ni una mínima parte de sus respectivos argumentarios, o al menos no habían calado aún lo suficiente. Que la burguesía barcelonesa y catalana decidiera por fin hacer un monumento a Colón (el proyecto ya se había planteado con anterioridad) pone en evidencia que a cuatro años de las Bases de Manresa (1992) se asumían como propias ideas de la historia que más tarde han venido a considerarse como impuestas por el opresor castellano. A sensu contrario, para imponerse al patriotismo liberal heredero de los planteamientos ilustrados le faltaba mucho a la idea de un espíritu de la nación española conformado en torno a la religión que formuló Menéndez Pelayo pocos años antes (entre 1880 y 1882 se publicó la Historia de los heterodoxos españoles) y que el imaginario del nacionalismo identitario español acabó completando con las gestas imperiales, los descubridores y conquistadores de nuevos y viejos mundos y la Reconquista. Ambos planteamientos (primer programa político del nacionalismo catalán y la idea de una esencia española antiliberal) coincidían en lo retrógrados que eran ya en su época y con el entronque de ambos en el tradicionalismo carlista, pero han acabado por generar una apropiación de figuras históricas, debidamente manipuladas, por parte del españolismo más rancio y una reacción a la contra frente a ellas por parte del nacionalismo catalán conservador, no tanto por lo que realmente fueron personalidades como Fernando de Aragón como por ser la personificación del nacionalismo que había enfrente. Colón es una de esas figuras y erigirle un monumento en Barcelona no hubiese sido una propuesta surgida de la sociedad catalana unos años más tarde,
Segundo hilo, el pasado imperial español no era visto con malos ojos por la sociedad catalana de la época. Desde la apertura de los territorios ultramarinos a la actividad de los nacidos en la antigua Corona de Aragón en el s XVIII, los catalanes desarrollaron intereses en Latinoamérica. A finales del s. XIX las relaciones entre la burguesía catalana y las colonias americanas que aún quedaban (Puerto Rico y, sobre todo, Cuba) fueron muy importantes, España mantiene la trata de esclavos pese a las presiones británicas (la gran potencia mundial del s. XIX) y figuras destacadas nacidas o afincadas en Barcelona se enriquecen con el comercio de esclavos o con el uso de mano de obra esclava en las plantaciones de caña y los ingenios azucareros. es cierto que hay voces contrarias al mantenimiento de la esclavitud, como en el resto de España, pero el acuerdo en su mantenimiento parece amplio.
Barcelona y Catalunya aprovechan los últimos coletazos del imperio y no se cuestionan ni el descubrimiento de América ni el temprano uso de mano de obra esclava del primer periodo colonizador que en la época seguía siendo fundamental. Antonio López, Marqués de Comillas, cántabro que desarrolla su actividad en Barcelona tuvo su estatua (retirada en 2018, creo que equivocadamente) por aquellas fechas (1884) se enriqueció con la trata de esclavos y fue mecenas de Jacint Verdaguer que le dedica su poema L'Atlàntida, poema que acaba con alabanzas tanto a Colón como a Isabel la Católica. La familia Güell hizo su fortuna con sus negocios cubanos que se sustentaban en el uso de esclavos, Antoni Gaudí desarrolló buena parte de su obra a la sombra de los Güell. Incluso la pérdida de las colonias supuso, paradójicamente, un beneficio para la economía catalana, la repatriación de los grandes capitales catalanes que se habían generado en Cuba supuso un impulso importante de la inversión industrial en la Catalunya de los primeros años del s. XX.
Es difícil imaginar en ese contexto un rechazo de las clases dirigentes a Colón ni a la conquista y eso debería formar parte de la resignificación necesaria del monumento a Colón, de la estatua de Antonio López reubicada en una plaza que sí debería cambiar de nombre o de la estatua de Cambó situada desde 1997 en la Via Laietana, por poner un ejemplo de otro periodo.
Concluyo, los monumentos públicos, como los nombres de las calles y su historia, deberían tener una explicación accesible para las personas que van a verlos o se los encuentran sin buscarlos, pero debería ser una doble información, la relativa al personaje en sí y la que explique el contexto social y político del momento en el que se elevó el monumento o se decidió dedicar una calle. La tecnología lo facilita, nada impide que un plafón dé información básica del tipo que digo en el monumento a Colón, por ejemplo, y que un código QR proporcione una información más detallada en soporte digital. Quedaría un pequeño detalle de escasa relevancia, ponerse de acuerdo en qué información se traslada, porque como se le encargue el desarrollo a Jordi Bilveny acabaremos conociendo todos la catalanidad Juan XXIII
Tenemos un paisaje urbano que explica muchas cosas de lo que somos, unas nos gustaran más y otras menos, debería ser inconcebible que hubiera monumentos de exaltación de determinados valores o periodos históricos (y algunos franquistas quedan de esas características) pero también sería un error ocultar la historia en lugar de explicarla. Eso sin contar con la obligación de mirar al pasado no con la mirada del juez, sino con la del que intenta comprender el pasado para entender el presente, que diría el historiador Pierre Vilar. Las estatuas, monumentos y hasta el propio callejero nos dan esa oportunidad, saber quiénes fueron los personajes y también por qué se les homenajeó en un momento determinado. En caso contrario, ¿quién y qué determinada lo que se conserva y lo que no, con qué criterios?, ¿qué estatua derribar?
dimecres, 24 de juny del 2020
diumenge, 14 de juny del 2020
PiIKETTY ESTÁ BIEN, PERO NO BASTA
Hace algunas semanas que acabé de leer Capital e ideología de Tomas Piketty, una obra muy documentada en materia fiscal y de evolución de la fiscalidad, pero que me dejó más cerca del mal sabor de boca que del bueno.
La aportación de Piketty en el tema de fiscalidad, de su evolución histórica en diversas áreas del mundo y de las razones por las que se produjo dicha evolución es muy importante, también que no se haya limitado a la visión clásica de las economías centrales del sistema. Mucho más discutible es su aventura histórica por lo que en el libro llama sociedades propietaristas, en especial cuando se remonta a lo que él llama sociedades trifuncionales que se corresponden casi perfectamente con lo que siempre hemos conocido por economías feudales. Pero no es del análisis histórico de lo que quiero tratar.
Piketty asume el riesgo de hacer propuestas que tienen mucho de programa de transformación de las sociedades presentes hacia un modelo socialista cooperativo, con las políticas fiscales y la participación de los trabajadores en la gestión de las empresas como instrumentos básicos, juntamente con la creación de organismos supranacionales de funcionamiento democrático. El problema, desde mi punto de vista, es que en cada página que iba leyendo me iba acordando de los socialistas utópicos del s. XIX, tan cargados de buenas intenciones como condenados al fracaso por no entender algo tan básico como que las buenas ideas no se propagan por el hecho de ser bienintencionadas.
El problema no es si se está de acuerdo con todo lo que propone, sino cómo se llega a alcanzar el objetivo. Dejando de lado la idea de crear una especie de herencia universal igualitaria para cada persona al cumplir una determinada edad (sobre la que habría mucho que discutir) el grueso de su planteamiento parece una añoranza de las gloriosas décadas posteriores a la II Guerra Mundial, con unas políticas fiscales muy progresivas y con la implantación en algunos países de la presencia obrera en los consejos de administración de las empresas. Frente a eso ya reaccionó en su día la élite dirigente, en cuanto vio que lo que había en el bloque soviético ya no era una amenaza porque había dejado de ser atractivo y aprovechando una crisis, la del petróleo a mediados de los 70, para imponer lo que venían anhelando desde el New Deal de Roosevelt: las políticas neoliberales que se han venido aplicando desde los años 80 hasta hoy, incrementando las desigualdades (como muy bien explica Piketty) y generando las condiciones para la profunda crisis en la estamos inmersos desde 2008
Pensar que van a dejar recuperar aquellas políticas económicas sin oponer todos los medios posibles, remarco el todos, peca de infantilismo, más aún porque una hipotética hegemonía del ideario de las políticas fiscales muy progresivas no afectaría sólo a una pequeña parte de la población mundial (Norteamérica y la Europa Occidental) sino a la inmensa mayoría de ella. Dicho de otro modo, es cada vez más difícil mantener unas condiciones decentes para unos pocos de los que no forman parte de las élites a costa del malvivir de los demás, al tiempo que la mejora generalizada de las condiciones del grueso de la población mundial reduciría la apropiación de riqueza por parte de la minoría más rica, algo que de ningún modo parece dispuesto a aceptar ese reducido grupo.
Piketty infravalora la amenaza que suponía la extensión de procesos revolucionarios que tuvieran como modelo la experiencia de la URSS. En los años 20 y 30 del s. XX llevó a las clases propietarias a dar apoyo a los fascismos como alternativa que no supusiera compartir parte de su riqueza, después de la guerra a asumir la necesidad de hacerlo. En la actualidad no existe una amenaza creíble y como dijo Warren Buffett, uno de los pocos archimillonarios de las élites que habla en público de tanto en tanto, "hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando". Ni siquiera la constatación del fracaso de las promesas que la ortodoxia económica hegemónica ofrecía les llevó a pasar a la defensiva, al contrario, el descontento social han sabido encaminarlo hacia posiciones que quizá sean suicidas de cara al futuro, pero que de momento han llevado al poder a personajes como Bolsonaro, Orban, Boris Johnson o Donald Trump, a la vez que a un crecimiento de las expectativas de otros actores políticos del mismo estilo, como la Lega en Italia, VOX en España o la extrema derecha francesa en proceso de mutación desde hace años
Frente a ellos, eso sí que lo constata Piketty, los herederos de las diferentes familias del socialismo están inertes, el comunismo casi desaparecido después del fracaso soviético y la socialdemocracia asumiendo lo esencial de las ideas económicas dominantes. Tiene razón Piketty en que hace falta un proyecto de sociedad alternativa a la actual, dudo que la propuesta acertada sea la que él plantea, preñada de voluntarismo al estilo de las diferentes corrientes del socialismo utópico que comentaba al principio, anteriores de la formulación de la teoría marxista. Muchas cosas han cambiado desde Marx, algunas superan ampliamente sus análisis entre otras cosas porque no era ni adivino ni profeta, en especial que no cuestionara el crecimiento económico capaz de sustituir como ídolo a los ídolos que se fueran derribando. Algo que tampoco supo prever el filósofo de Tréveris ni otros pensadores más recientes fue la capacidad de adaptación del capitalismo. Pero lo que se mantiene inalterado es el motor del sistema: conseguir la mayor tasa de beneficio posible.
El capital se orienta a las actividades que incrementan no ya el beneficio total, sino el porcentaje de ganancia sobre el capital invertido: la construcción en España concentró el grueso de la inversión en los años finales de s. XX y la primera década del actual porque la tasa de beneficio era mayor que en otras actividades, aunque invertir en otros sectores pudiera haber sido más rentable a medio y largo plazo, por lo menos para el país. Para ello se adoptan las prácticas que mejor vayan a ese objetivo, externalizar riesgos (medioambientales, de salud del personal asalariado o de la población, etc...) es una práctica generalizada, proliferan los falsos autónomos o nos encontramos de tanto en tanto con una consecuencia que no se suele plantear de la sustitución de la factoría fordista por el modelo toyotista, las decisiones estratégicas son menos costosas en materia laboral. Ahora tenemos el conflicto de NISSAN en Catalunya, la decisión de cerrar las plantas va a tener un coste para la multinacional si consigue llevar a cabo su objetivo, espero que no sea así, ¿pero cuánto aumentaría ese coste si tuviera que asumir a todo el trabajo indirecto empleado que es mucho mayor que el directo?, desde luego sería mucho mayor si todo el trabajo necesario se prestara por plantilla de la empresa en lugar de por empresas externas
Equilibrar el poder que tienen las élites económicas globalizadas no será fácil, las resistencias son enormes y las reglas son muy distintas a las clásicas, el mercado funcionando como lo describió en su día Adam Smith es una falacia, el mercado estará condicionado por lo que se decida colectivamente o, cada vez más, por lo que interese a la minoría del 1 % de la población, capaz de orientarlo a su antojo, no hay mano invisible. Hay además nuevas necesidades porque en la situación actual el objetivo no es simplemente el crecimiento, sino un crecimiento que racionalice prácticas inviables basadas en el consumismo, el componente ecológico (más allá del cambio climático) no se puede gobernar empresa por empresa, seguramente habrá sectores de actividad que deberán decrecer y otros que deberán transformarse.
Son imprescindibles las políticas fiscales, pero hace falta algo más que la presencia de representantes de los trabajadores y las trabajadoras en los consejos de administración de las empresas, hay que abrir procesos participativos (procesos democráticos de base de los que Piketty no habla) para decidir más allá del marco de la empresa qué se produce y cómo se hace. El trabajo sigue siendo central en los procesos productivos y en la prestación de servicios, como ha puesto de manifiesto la pandemia del COVID-19, pero la propuesta de modelo alternativo no puede obviar que estamos traspasando la frontera de la mecanización y adentrándonos en la de la robotización con aplicación de la inteligencia artificial. Usos del tiempo y control, no necesariamente propiedad, de los medios de producción (que me perdonen otra vez los que tengan alergia a Marx) son dos caras de la misma moneda.
En definitiva, las políticas redistributivas son vitales, reducir las desigualdades imprescindible, pero hace falta ir mucho más allá en la propuesta. Y hace falta, sobre todo, organizar las acciones que permitan avanzar en ese camino, disputar la hegemonía de las ideas. Las organizaciones clásicas (partidos, sindicatos y asociaciones de todo tipo) quizá no sirvan como las conocieron las generaciones pasadas, pero lo que vemos surgir y se presenta como alternativo no da muestras de ser mejor, Piketty ni siquiera hace referencia a tema de quién se encarga, y cómo, de hacer que avancen las propuestas que plantea u otras en su línea. Tampoco estaba obligado a hacerlo, pero debemos ser conscientes de que está funcionando una internacional ultraconservadora, informal pero efectiva, más los think tanks, los lobbies, buena parte de las confesiones religiosas... y frente a eso la batalla ideológica se libra casi en forma de guerrilla poco articulada.
La aportación de Piketty en el tema de fiscalidad, de su evolución histórica en diversas áreas del mundo y de las razones por las que se produjo dicha evolución es muy importante, también que no se haya limitado a la visión clásica de las economías centrales del sistema. Mucho más discutible es su aventura histórica por lo que en el libro llama sociedades propietaristas, en especial cuando se remonta a lo que él llama sociedades trifuncionales que se corresponden casi perfectamente con lo que siempre hemos conocido por economías feudales. Pero no es del análisis histórico de lo que quiero tratar.
Piketty asume el riesgo de hacer propuestas que tienen mucho de programa de transformación de las sociedades presentes hacia un modelo socialista cooperativo, con las políticas fiscales y la participación de los trabajadores en la gestión de las empresas como instrumentos básicos, juntamente con la creación de organismos supranacionales de funcionamiento democrático. El problema, desde mi punto de vista, es que en cada página que iba leyendo me iba acordando de los socialistas utópicos del s. XIX, tan cargados de buenas intenciones como condenados al fracaso por no entender algo tan básico como que las buenas ideas no se propagan por el hecho de ser bienintencionadas.
El problema no es si se está de acuerdo con todo lo que propone, sino cómo se llega a alcanzar el objetivo. Dejando de lado la idea de crear una especie de herencia universal igualitaria para cada persona al cumplir una determinada edad (sobre la que habría mucho que discutir) el grueso de su planteamiento parece una añoranza de las gloriosas décadas posteriores a la II Guerra Mundial, con unas políticas fiscales muy progresivas y con la implantación en algunos países de la presencia obrera en los consejos de administración de las empresas. Frente a eso ya reaccionó en su día la élite dirigente, en cuanto vio que lo que había en el bloque soviético ya no era una amenaza porque había dejado de ser atractivo y aprovechando una crisis, la del petróleo a mediados de los 70, para imponer lo que venían anhelando desde el New Deal de Roosevelt: las políticas neoliberales que se han venido aplicando desde los años 80 hasta hoy, incrementando las desigualdades (como muy bien explica Piketty) y generando las condiciones para la profunda crisis en la estamos inmersos desde 2008
Pensar que van a dejar recuperar aquellas políticas económicas sin oponer todos los medios posibles, remarco el todos, peca de infantilismo, más aún porque una hipotética hegemonía del ideario de las políticas fiscales muy progresivas no afectaría sólo a una pequeña parte de la población mundial (Norteamérica y la Europa Occidental) sino a la inmensa mayoría de ella. Dicho de otro modo, es cada vez más difícil mantener unas condiciones decentes para unos pocos de los que no forman parte de las élites a costa del malvivir de los demás, al tiempo que la mejora generalizada de las condiciones del grueso de la población mundial reduciría la apropiación de riqueza por parte de la minoría más rica, algo que de ningún modo parece dispuesto a aceptar ese reducido grupo.
Piketty infravalora la amenaza que suponía la extensión de procesos revolucionarios que tuvieran como modelo la experiencia de la URSS. En los años 20 y 30 del s. XX llevó a las clases propietarias a dar apoyo a los fascismos como alternativa que no supusiera compartir parte de su riqueza, después de la guerra a asumir la necesidad de hacerlo. En la actualidad no existe una amenaza creíble y como dijo Warren Buffett, uno de los pocos archimillonarios de las élites que habla en público de tanto en tanto, "hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando". Ni siquiera la constatación del fracaso de las promesas que la ortodoxia económica hegemónica ofrecía les llevó a pasar a la defensiva, al contrario, el descontento social han sabido encaminarlo hacia posiciones que quizá sean suicidas de cara al futuro, pero que de momento han llevado al poder a personajes como Bolsonaro, Orban, Boris Johnson o Donald Trump, a la vez que a un crecimiento de las expectativas de otros actores políticos del mismo estilo, como la Lega en Italia, VOX en España o la extrema derecha francesa en proceso de mutación desde hace años
Frente a ellos, eso sí que lo constata Piketty, los herederos de las diferentes familias del socialismo están inertes, el comunismo casi desaparecido después del fracaso soviético y la socialdemocracia asumiendo lo esencial de las ideas económicas dominantes. Tiene razón Piketty en que hace falta un proyecto de sociedad alternativa a la actual, dudo que la propuesta acertada sea la que él plantea, preñada de voluntarismo al estilo de las diferentes corrientes del socialismo utópico que comentaba al principio, anteriores de la formulación de la teoría marxista. Muchas cosas han cambiado desde Marx, algunas superan ampliamente sus análisis entre otras cosas porque no era ni adivino ni profeta, en especial que no cuestionara el crecimiento económico capaz de sustituir como ídolo a los ídolos que se fueran derribando. Algo que tampoco supo prever el filósofo de Tréveris ni otros pensadores más recientes fue la capacidad de adaptación del capitalismo. Pero lo que se mantiene inalterado es el motor del sistema: conseguir la mayor tasa de beneficio posible.
El capital se orienta a las actividades que incrementan no ya el beneficio total, sino el porcentaje de ganancia sobre el capital invertido: la construcción en España concentró el grueso de la inversión en los años finales de s. XX y la primera década del actual porque la tasa de beneficio era mayor que en otras actividades, aunque invertir en otros sectores pudiera haber sido más rentable a medio y largo plazo, por lo menos para el país. Para ello se adoptan las prácticas que mejor vayan a ese objetivo, externalizar riesgos (medioambientales, de salud del personal asalariado o de la población, etc...) es una práctica generalizada, proliferan los falsos autónomos o nos encontramos de tanto en tanto con una consecuencia que no se suele plantear de la sustitución de la factoría fordista por el modelo toyotista, las decisiones estratégicas son menos costosas en materia laboral. Ahora tenemos el conflicto de NISSAN en Catalunya, la decisión de cerrar las plantas va a tener un coste para la multinacional si consigue llevar a cabo su objetivo, espero que no sea así, ¿pero cuánto aumentaría ese coste si tuviera que asumir a todo el trabajo indirecto empleado que es mucho mayor que el directo?, desde luego sería mucho mayor si todo el trabajo necesario se prestara por plantilla de la empresa en lugar de por empresas externas
Equilibrar el poder que tienen las élites económicas globalizadas no será fácil, las resistencias son enormes y las reglas son muy distintas a las clásicas, el mercado funcionando como lo describió en su día Adam Smith es una falacia, el mercado estará condicionado por lo que se decida colectivamente o, cada vez más, por lo que interese a la minoría del 1 % de la población, capaz de orientarlo a su antojo, no hay mano invisible. Hay además nuevas necesidades porque en la situación actual el objetivo no es simplemente el crecimiento, sino un crecimiento que racionalice prácticas inviables basadas en el consumismo, el componente ecológico (más allá del cambio climático) no se puede gobernar empresa por empresa, seguramente habrá sectores de actividad que deberán decrecer y otros que deberán transformarse.
Son imprescindibles las políticas fiscales, pero hace falta algo más que la presencia de representantes de los trabajadores y las trabajadoras en los consejos de administración de las empresas, hay que abrir procesos participativos (procesos democráticos de base de los que Piketty no habla) para decidir más allá del marco de la empresa qué se produce y cómo se hace. El trabajo sigue siendo central en los procesos productivos y en la prestación de servicios, como ha puesto de manifiesto la pandemia del COVID-19, pero la propuesta de modelo alternativo no puede obviar que estamos traspasando la frontera de la mecanización y adentrándonos en la de la robotización con aplicación de la inteligencia artificial. Usos del tiempo y control, no necesariamente propiedad, de los medios de producción (que me perdonen otra vez los que tengan alergia a Marx) son dos caras de la misma moneda.
En definitiva, las políticas redistributivas son vitales, reducir las desigualdades imprescindible, pero hace falta ir mucho más allá en la propuesta. Y hace falta, sobre todo, organizar las acciones que permitan avanzar en ese camino, disputar la hegemonía de las ideas. Las organizaciones clásicas (partidos, sindicatos y asociaciones de todo tipo) quizá no sirvan como las conocieron las generaciones pasadas, pero lo que vemos surgir y se presenta como alternativo no da muestras de ser mejor, Piketty ni siquiera hace referencia a tema de quién se encarga, y cómo, de hacer que avancen las propuestas que plantea u otras en su línea. Tampoco estaba obligado a hacerlo, pero debemos ser conscientes de que está funcionando una internacional ultraconservadora, informal pero efectiva, más los think tanks, los lobbies, buena parte de las confesiones religiosas... y frente a eso la batalla ideológica se libra casi en forma de guerrilla poco articulada.
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