dilluns, 25 de novembre del 2019

A VUELTAS CON LA INMERSIÓN

Vamos con una entrada de "rabiosa actualidad" que arranca con el programa marco del PSC para su congreso y los interminables hilos de debate que ese hecho suscita en la red. No pretendo hacer en esta entrada un análisis completo, sólo continuar sin las limitaciones de los 200 y pico caracteres con una polémica en el que llevo dos días

El caso es que a lo largo de ese hilo ha ido decayendo el argumentario centrado en lo mal que aprenden la infancia catalana, al final las evaluaciones comparables que se hacen están en la línea de lo que se da en otros lugares de España, incluyendo, por supuesto, el dominio de la lengua castellana. No descarto que este Guadiana vuelva a aparecer (es más, estoy convencido de que más temprano que tarde lo hará) pero quiero centrarme en el último clavo ardiendo al que se ha agarrado uno de los más insistentes polemistas de twitter que he tenido en este tema, de perfil anónimo y faltón, como suele ser habitual. Lo último que me ha dicho, acompañado de la salida de tono correspondiente, es que me he quedado sin argumentos ante la siguiente tabla

Como de costumbre ni se cita procedencia ni hay forma de contrastar sus datos que no obstante doy por buenos porque no difieren en exceso de los que ya había manejado yo al respecto.

Antes de pasar a otras cuestiones dos apreciaciones sobre la gráfica. La primera es que hay un clara utilización del efecto óptico que se quiere resaltar al tomar la escala y que conviene no fiarse de la vista en estos casos, la escala empieza en el 440, si se vieran las columnas completas, desde 0 a los 551'7 del valor máximo la vista nos diría que las diferencias son mínimas, las columnas se verían casi iguales. Conviene, por tanto, llevar el tema a proporciones para evitar que las impresiones visuales no jueguen una mala pasada, tomando como nivel 100 los datos de los catalanohablantes en cada uno de los grupos, el índice de los castellanohablantes sería de 97'8, 96'72, 94'52 y 94'90, en todos los casos son diferencias bajas y son menores en los grupos de niveles socioecónomicos y culturales más bajos (esto último no deja de ser chocante porque es contradictorio con algún otro dato de los que dispongo). La segunda es que si tomamos al colectivo de castellanohablantes de nivel bajo nos encontramos con una diferencia de 2'2 puntos en relación a los alumnos catalanohablantes del mismo nivel y de 10'8 con respecto a los castellanohablantes de nivel alto, mucho más significativa pero que desprecian siempre quienes focalizan toda su atención en el tema de la inmersión

Yo no sé mucho de escuelas de negocios, pero creo recordar que hay una máxima cuando se analizan los datos y se aprecia una desviación en unos costes de producción con respecto a lo que sería deseable, debe darse prioridad a las actuaciones sobre aquellos costes que tengan un diferencial mayor respecto a lo deseado, los esfuerzos sobre la desviación de 10'8 son potencialmente de mayor repercusión y además más fáciles de alcanzar. Sé que ese debate se rehúye, pero me niego a abandonarlo, para mi la educación ha de servir, sobre todo, para igualar las oportunidades de todo el mundo pasado el periodo de aprendizaje, para que los que nacen en contextos sociales y familiares más adversos aumenten sus oportunidades de promoción social, si además, y por un criterio de coste de oportunidad, lo más importante es reducir la diferencia de nivel educativo en función de nivel formativo y económico de origen me niego a dejar de llevar el debate a ese terreno

Dicho esto, como es de suponer que casi nadie (no digo nadie porque siempre puede aparecer el energúmeno de turno) piensa que los catalanohablantes sean genéticamente mejores en materia de aprendizaje que los que somos castellanohablantes voy a dar por bueno el argumento de que estudiar y evaluarse en catalán tenga efectos negativos para los castellanohablantes con respecto a los catalanohablantes, si bien  ya se ha visto que limitados si se elimina la percepción óptica. Quedan dos opciones, hacer el aprendizaje y la evaluación en castellano de forma preferente (no digo ya exclusiva como era el caso en mi infancia) o cambiar a una política prolengua materna para unos y otros

Como que soy castellanohablante con un conocimiento autodidacta del catalán (por desgracia, en mi escolarización recibí clases de francés pero no de catalán) conozco en primera persona el resultado para los castellanohablantes de cualquiera de las dos opciones, la imposibilidad práctica de adquirir el dominio del catalán y, en consecuencia, un grado de competencia idiomática que dificulta el acceso y/o la promoción profesional. Creo que ya se ha respondido muchas veces por qué no pasa lo contrario con el castellano y este se mantiene vigoroso, afortunadamente, en cuanto al uso en la vida cotidiana en Catalunya, amén de ser debidamente dominado al final de la escolarización obligatoria tal y como demuestran las evaluaciones del ministerio que no de la Generalitat, por si acaso repetiré aquello de que una lengua hablada por 500 millones de personas y que está presente continuamente en los medios de comunicación, las vallas publicitarias, los patios de los colegios, los cines, etcétera goza de un refuerzo extraescolar continuo de increíble eficacia

Es de suponer que a muchos de los que defienden a capa y espada la castellanización del aprendizaje les traerá al pairo otra razón que a mi no me da igual, pero es una obligación constitucional defender todas las lenguas que se hablan en España y la lengua objetivamente más débil en esta relación de coexistencia y vecindad es obviamente el catalán, no es lengua de un estado y tiene un número de hablante muy inferior al castellano, su situación ha mejorado en el periodo democrático, tanto por ser lengua cooficial en Catalunya, como por su uso en una parte de los medios de comunicación, como por el conocimiento de la mayor parte de la población catalana. Sin medidas protectoras y de promoción, entre las que la políticas educativas eficaces a tal fin son fundamentales, difícilmente disfrutaría del actual renacer que posibilita, entre otras cosas, que la literatura española (que no es sólo la que se escribe en catalán, como no es sólo literatura catalana la que se escribe exclusivamente en catalán) habría perdido algunas de sus mejores obras literarias de los últimos 40 años

Termino diciendo que sí existe una solución que evitaría todo debate, sea en Catalunya, Galicia o Euskadi, la desaparición de toda lengua distinta de la castellana, pero me niego a creer que eso esté en la mente de nadie, como mínimo no está en el redactado de la constitución. Entre tanto habrá que asumir que no sirve el mismo sistema educativo para Madrid que para Catalunya, como tampoco debería valer el de Madrid o Catalunya para Castilla-León que tiene un porcentaje de población inmigrante muy inferior y por tanto retos y complejidades diferentes. La de Catalunya es una realidad muy compleja, cualquier alternativa a la inmersión lingüística introduce más problemas que soluciones, cosa distinta es hablar de ajustes que todo apunta irían en la línea contraria de lo que habitualmente se pide, potenciar el castellano allí donde hay poca población castellanohablante, básicamente en las comarcas interiores, y no dónde el castellano es lengua de uso habitual en la vida cotidiana

dimecres, 13 de novembre del 2019

EL FRACASO DEL FRANQUISMO SIN FRANCO (y III)

Aunque lo fundamental para entender la dinámica del primer gobierno de la monarquía vino dado por la movilización social y por los equilibrios y tensiones dentro de las instituciones que gobernaban el país (lo ya expuesto en las entradas anteriores -aquí y aquí-) los procesos históricos son complejos, como las sociedades en los que se desarrollan, la movilización social no funcionó con independencia de las posturas de la oposición aún clandestina, las situaciones no eran iguales en todos los territorios, la violencia política estuvo presente... En definitiva, hay aspectos que ayudan a explicar las grandes tendencias de aquellos días y que apuntan a conflictos futuros que aparecieron en los años posteriores de la misma transición y que legaron consecuencias vivas aún en la actualidad

Las zonas urbanas y con mayor desarrollo económico, junto a territorios con actividades que concentraban mano de obra asalariada, como la minería asturiana o el sector naval, era lógico que tuvieran mayor protagonismo, pero en el caso de Catalunya y Euskadi deben añadirse dinámicas políticas propias, diferentes en cada caso, que se relacionaban y al mismo tiempo iban más allá de las aspiraciones nacionales

En Catalunya se había desarrollado desde mediados de la década de los sesenta un proceso unitario de confrontación con el franquismo, el punto de arranque podría situarse en la Caputxinada de 1966 y culmina con la Assemblea de Catalunya, constituida en 1971 y que se fue extendiendo más allá de Barcelona por el territorio catalán. Sobre las características de este proceso y su importancia remito a entradas anteriores que son básicas para entender la potencia y transversalidad del movimiento unitario antifranquista en Catalunya (aquí, aquí y aquí)

Fue la Assemblea de Catalunya la que convocó la manifestación del 1 de febrero de 1976, duramente reprimida antes de que llegara ni siquiera a concentrarse, y la que volvió a convocar una semana después, el 8 de febrero y otra vez con la respuesta de una dura represión. Las imágenes que recorrieron el mundo decían poco de la voluntad aperturista que proclamaba el gobierno, pero si algo debe destacarse es que se trataba de una gran movilización convocada en clave estrictamente política, sin vinculación directa con ningún tipo de conflicto concreto al estilo de las huelgas laborales que abundaban en aquellos momentos, como dejaba claro el lema de Llibertat, Amnistia i Estatut d'Autonomia que era el resumen del programa de ruptura defendido por la Assemblea.

La Hoja del Lunes, única prensa escrita que se podía publicar los lunes, llevó la manifestación como principal tema de portada el día 2 de febrero y hablaba de 25 mil participantes según fuentes oficiosas (al día siguiente La Vanguardia volvía a dar esa cifra junto a la estimación de los convocantes de 70 mil asistentes) pero ya le dio un tratamiento más discreto a la del día 8 en la edición de lunes siguiente

Sea como fuere se trataba de una movilización importante, además de muy transversal, que ponía de manifiesto que Catalunya era uno de territorios con mayor asentamiento del antifranquismo militante. No obstante, la primera visita como rey de Juan Carlos I a Catalunya puso de manifiesto apenas una semana después que las unanimidades estaban lejos de existir, el monarca eligió Catalunya como destino de su primer viaje a un territorio español (entonces eran aún regiones) y realizó una visita larga, cinco días en los que estuvo en las cuatro demarcaciones provinciales y participó tanto en actos institucionales como en baños de masas. Las imágenes dejan claro que las calles se podían llenar de manifestantes y que al día siguiente podían verse atestadas de personas vitoreando a los reyes, conviene no perder esa perspectiva de la misma forma que no deben considerarse baladí la elección de Catalunya para la primera visita real o el uso del catalán en alguna intervención, por poner ejemplos, la Casa Real desarrollaba su agenda que era entonces tan importante como la de un gobierno que por aquellas fechas empezaba a discutir sobre unas reformas políticas en las que gran parte de gabinete, empezando por el Presidente del Gobierno, no creía

Si se une la conflictividad social en comarcas industriales como el Baix Llobregat o el Vallès Occidental, ese mes de febrero en Catalunya refleja tanto la fortaleza de las fuerzas partidarias del cambio político en forma de ruptura, superior a la existente en otros territorios, como la capacidad de maniobra que tenía el poder para reconducir la situación si era capaz de actuar

Con mucho menos peso demográfico y económico y con una trayectoria política muy distinta, la situación en Euskadi no tenía ningún parecido con la de Catalunya, además de la existencia de ETA se expresan otras diferencias que no son intrascendentes. Las prácticas represivas del régimen habían distanciado a gran parte de la población de forma más marcada que en cualquier otro lugar, los estado de excepción fueron frecuentes en los últimos años del franquismo y los abusos durante los mismos también. En nombre de la eficacia en la lucha contra ETA se generó un rechazo de buena parte de la población que se manifestó no sólo en la transcición sino hasta mucho después. Por otra parte, las dinámicas unitarias eran casi inexistentes y el protagonismo de los comunistas y de CC.OO. menos destacado que en los otros territorios con un cierto desarrollo industrial

Durante el gobierno de Arias Navarro se mantuvo la actividad de ETA con una intensidad similar a la del año anterior, 12 asesinatos en el primer semestre del año. Pero será la violencia policial en Vitoria de la que ya se ha hablado el hecho más destacado del periodo, una movilización que hasta la brutal intervención policial no se diferenciaba en mucho de las que se vivieron en el resto de España en el mismo periodo y que tuvo repercusiones más allá del territorio vasco.

El otro gran suceso político de estos meses se produjo en Navarra, pero se enmarca dentro de las herencia de la tradición política vasca, fueron los sucesos de Montejurra. El carlismo estaba dividido entre los seguidores de Carlos Hugo, de posicionamientos izquierdistas, y su hermano Sixto, defensor de los postulados conservadores tradicionales del carlismo. En la peregrinación anual desde el Monasterio de Irache a la cumbre de Montejurra celebrada el 8 de mayo se produjo la agresión de grupos armados partidarios de Sixto de Borbón que causaron dos muertes y numerosos heridos. El enfrentamiento del que se habló en medios próximos a la extrema derecha y al gobierno no existió, lo que se produjo fue un ataque, incluso con el uso de una metralleta pesada, por parte de los partidarios de Sixto de Borbón que armados y reforzados por ultraderechistas de otros países habían ocupado la cumbre de Montejurra días antes con la ayuda de la pasividad policial. El apoyo gubernamental a la facción de Sixto de Borbón para debilitar el alineamiento del carlismo con la oposición democrática fue objeto de denuncia ya en aquellos momentos, a lo que contribuyó que se dejara salir de España a dicho pretendiennte sin investigar su participación en los hechos o la negativa a que en el juicio declarase Manuel Fraga Iribarne, por entonces Ministro del Interior, sobre las más que sospechosas permisividades policiales

El caso de Montejurra pone sobre aviso de un fenómeno frecuente a lo largo de todo el periodo de la Transición, las organizaciones democráticas se enfrentaban a los cuerpos represivos del estado que tenían comportamientos impropios de unos cuerpos de seguridad de un país democrático (España no lo era) y que provocaron un buen número de víctimas (al menos 8 entre febrero y mayo de ese año) pero también a la connivencia de los aparatos del estado con la ultraderecha más violenta. Los responsables directos de los asesinatos en Montejurra se beneficiaron de la Ley de Amnistía de 1977, pero más allá de ese dato, la trama que había detrás de los hechos jamás se investigó, la guerra sucia antiterrorista estaba ya en marcha, aunque los hechos más graves de la misma estaban por venir, y los grupos de la ultraderecha actuaban con impunidad, sobre todo en Madrid, causando víctimas hasta entrados los años 80, en 1976 lo hacían ante la pasividad de unos cuerpos de seguridad que no fueron depurados y que miraban para otro lado, cuando no colaboraban con sus acciones, sólo a partir de la matanza de Atocha, en enero de 1977, empezó a actuarse contra los ultraderechistas por el riesgo de desestabilización que suponían, e incluso a partir de entonces contaron con simpatías y connivencias en los aparatos del estado

El relato oficial de la violencia etarra, que existió y fue a más a partir de 1978, como se verá, acostumbra a ignorar la otra violencia vivida durante la Transición, de las que Vitoria y Montejurra son exponentes de dos de las caras que pudo adoptar. La Transición no fue un proceso tranquilo de pactos de despacho, no puede entenderse en toda su complejidad sin tener en cuenta las características del pulso que las fuerzas transformadoras estaban haciéndole a todo un conglomerado de poderes inmovilistas con acceso a muchos resortes de poder

A esa situación debía hacer frente la oposición democrática, con escasa capacidad organizativa si se excluye a los comunistas. Las estrategias, con la excepción vista de Catalunya, eran muy diversas y la unificación de objetivos y planteamientos avanzó con dificultades. El PCE intentó configurar algo parecido a la Assemblea de Catalunya en el ámbito estatal cuando en 1974 encabezó la creación de la Junta Democrática que pretendía aglutinar a partidos, otras entidades y personalidades para forzar la ruptura democrática, pero la dinámica precedente que facilitó el éxito de esa fórmula en Catalunya no se había dado en el resto de España y había formaciones políticas que veían en la propuesta una formula mediante la cual los comunistas controlarían al conjunto del antifranquismo. Esa división cristalizó con la constitución de la Plataforma Democrática en 1975, encabezada por el PSOE

Poco antes de la muerte del dictador ya hubo un comunicado conjunto de ambos organismos que preludiaba la fusión en lo que se denominó popularmente la Platajunta, cuyo acuerdo se presentó el 24 de marzo de 1976, al calor de las fuertes movilizaciones que se estaban produciendo y azuzada por los hechos de Vitoria. Las bases del programa de objetivos conjuntos eran la amnistía y un proceso de ruptura que llevara a otro constituyente, no se hablaba de gobierno provisional aunque el término ruptura resumía sus planteamientos. Lo realmente trascendente es que Felipe González, al aceptar esa vía de disolver la Plataforma e incorporar al PSOE en Coordinación Democrática (nombre oficial de la Platajunta) junto al PCE entre otros, se negó, en palabras de Santos Juliá, a ser el Sagasta de un Fraga haciendo el papel de Cánovas en una reedición de la Restauración decimonónica. El ministro de Exteriores, Areilza, se llegó a quejar ante Alemania de que el PSOE había roto su compromiso con el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) de no pactar con los comunistas, mientras que Fraga, además de imputar al PSOE querer resucitar el Frente Popular procedía, como ya se vio con anterioridad, a encarcelar a los comunistas que estaban presentes en la Platajunta además de a Calvo Serer, monárquico afín al padre del rey. La reacción de los llamados aperturistas que estaban en el gobierno respondía a que su idea de un proceso paulatino de reformas, a plazos e incompletas, necesitaba una cierta legitimación de parte de la oposición al régimen, algo que se dificultaba con la creación del organismo unitario con los objetivos que expresaba, aunque eso no implicó que no siguieran intentando una salida de ese tipo

En definitiva, el primer semestre de 1976 supone el fracaso absoluto del inmovilismo como consecuencia de la movilización social y de las propias divisiones en el interior del régimen. A pesar de la violencia policial y de la permisividad con respecto a la extrema derecha, la presión popular  convertía las dudas del poder en un riesgo que permitió al rey (poco afín al Jefe de Gobierno que había tenido que asumir) forzar la dimisión de Arias Navarro e impulsar un cambio de rumbo. Este primer semestre había dejado claras las debilidades del continuismo, el siguiente iba a poner de manifiesto las debilidades de quienes querían forzar la ruptura, pero de eso ya se hablará

dissabte, 9 de novembre del 2019

A JOAN CENTELLES SOBRE LA ESPAÑA IMPOSIBLE

Mientras voy acabando una nueva entrada en este bloc sobre la historia de la Transición me voy resistiendo a abordar otros temas. Así, he evitado hablar sobre nada que tuviera que ver con las elecciones de mañana.

Pero hay un tema, recurrente, sobre el que voy a volver a hablar. Joan Centelles (activista social y vecinal de mi ciudad) y yo somos seguidores mutuos en twitter, pero no tenemos la misma visión de fet nacional català, siendo los dos contrarios al procés y declaradamente contrarios a la independencia no tenemos la misma visión de lo que son España y Catalunya y, sobre todo, de cómo abordar eso tan famoso del encaje.

Viene esto a cuento de dos artículos que colgó ayer en al red y sobre los que hice comentarios socarrones, twitter tampoco da para mucho más. Los artículos en cuestión son este y este y he pensado que el bueno de Joan Centelles se merece quizá algún razonamiento más que un mal pareado y una respuesta cortante. Así que  allá me lanzo, intentando condensar en poco espacio algo muy complejo ciertamente

Creo que se equivocará la izquierda española que quiera construir una idea nacional de España de nación única inclusiva, respetuosa con las diversidades culturales y lingúísticas, no porque sea un mal deseo, sino porque es un imposible. La idea de una España de valores republicanos (no me refiero a la forma de estado, sino a eso que nos han vendido que define la idea de nación en Francia) pudo haber sido un planteamiento político viable en el s. XIX, pero fracasó, el proceso de revolución liberal en España se dio de tal forma que las burguesías periféricas, sobre todo en Catalunya, acabaron abrazando su propio proyecto nacional. Difícilmente el proyecto nacional que inspira la Constitución de 1812 hubiera protegido las diversidades culturales, ese es otro tema, pero sí podría haber afianzado una idea de nación con la que se identificaran las clases dirigentes de todo el territorio, con lo que las expresiones nacionalistas periféricas hubiesen tenido muy difícil prosperar

Sucede que el pasado acaeció de una forma determinada y no valen las formulaciones sobre lo que hubiera podido suceder si las cosas se hubieran dado de otra manera. Y sucede también que el pasado condiciona la realidad presente. Para la izquierda española hay dos opciones realistas en la actualidad, asumir la plurinacionalidad o comprar el proyecto uniformizador español y cargarlo de contenido social para que no sea una simple asunción del modelo conservador. Soñar con que el sentimiento de pertenencia a una nación catalana desaparezca por sugestión es hoy por hoy una quimera, pretender hacerlo a la fuerza nos lleva al venceréis pero no convenceréis unamuniano que ahora está de moda gracias al cine

Pero como el articulista, Juan Claudio de Ramón, me lo sirve en bandeja voy a tomar el ejemplo del Imperio Austro-Húngaro que él trae a colación. Tras las guerras napoleónicas el Imperio quedó como una de las potencias triunfadoras y Metternich, su primer ministro, fue el arquitecto de la restauración del orden anterior a la revolución francesa en Europa, todo se fue al garete con las revoluciones de 1848  y al Imperio (a partir de entonces Austro-Húngaro) enemigo de construir una nación de ciudadanos, le empezaron a estallar las costuras por  las presiones identitarias, la misma Austria quedó tocada y con dificultades para establecer una identidad propia (lo que a la larga favoreció el Anchluss hitleriano de 1938). Poner esa amalgama imperial como ejemplo de pluralidad frente al "rimero de naciones centroeuropeas en que se descompuso" no pasará a los anales como la comparación más atinada susceptible de formularse, ¿queremos una España preliberal, sin ciudadanía con derechos en la que la argamasa que une al conjunto sea un interés de estado ajeno a la voluntad popular? Es imposible saber si aquel imperio podría haber avanzado hacia una nación unificada de haber adoptado otras políticas, lo que sí sabemos es que fue imposible mantenerlo pretendiendo impedir que se desarrollaran otros proyectos nacionales cuando estos ya hubieron cristalizado

Soy catalanista y asumo que esa es una forma de nacionalismo, porque sí creo que Catalunya es una nación, no en base a criterios de identidad cultural, sino por la voluntad de su población. No soy independentista porque no creo que los estados-nación sean instrumentos útiles para hacer frente a los retos actuales que son transnacionales. Creo que España está a tiempo, cada vez menos a tiempo, de configurarse como un sujeto estatal plurinacional, donde convivan la propia nación española, con la catalana, la vasca y las otras identidades nacionales que existen o se incuban, asumiendo que comparten espacios y conviven mezcladas, que hay ciudadanos de Valencia que se sienten catalanes y ciudadanos de Catalunya que se sienten españoles o las dos cosas, pero que también es necesario construir poderes supraestatales. Si las distintas naciones seguirán siendo un sujeto histórico con relevancia en el futuro, se trate de España, Catalunya o Alemania no lo sabemos ahora, lo que sí sabemos es que la convivencia sólo es posible desde el respeto a las ideas de pertenencia de los otros y que pretender una España plural  pero no plurinacional es una forma como otra cualquiera de imponer una única idea de pertenencia nacional. Y a lo mejor es una idea hasta bien intencionada, sólo que es un imposible

Espero que a Joan Centelles esto le parezca más constructivo que el rechazo sin más a los planteamientos de los artículos que me pasó, ahora ya sabe a qué atenerse, cualquier cosa que suponga negar la existencia de la nación catalana y su reconocimiento me parecerá, hoy por hoy, un dislate. Lo que pueda pasar en el futuro ya será otra cosa, al igual hablar de naciones resulta una obsolescencia en pocas décadas