diumenge, 21 de juliol del 2024

Consumimos más que nunca y vivimos peor que antes. Las raíces del malestar.

Si el título se planteara como una pregunta de encuesta la respuesta mayoritaria sería seguramente que sí. Si se toma como una afirmación nos encontramos con algo parecido a una antinomia kantiana, es decir, el uso de la razón nos lleva a dos conclusiones contradictorias. Tenemos tesis y antítesis y faltaría buscar la síntesis que nos explique el malestar creciente en nuestra sociedad.

Tesis, consumimos más que nunca.

Si miramos al pasado sin las lentes de la nostalgia sólo hay un breve periodo (justo antes de la gran crisis de 2008) en el que encontremos un entusiasmo consumista similar al actual, con la salvedad de que entonces se basaba en gran medida en un endeudamiento desbocado. Los que ya tenemos unos años y nacimos en los 60 podemos recordar una infancia incluso feliz, pero no un entrecot en la cena, ni siquiera en navidad. En la década a caballo de los 70 y los 80 lo que se impuso fue una crisis de calado y los gastos extraordinarios sólo los tenían los que acabaron enganchados en la heroína y no por propia voluntad, la juventud de entonces no se planteaba que pudieran vivir peor que las generaciones anteriores porque tenían el recuerdo familiar de los relatos de una vida de miserias difícilmente igualables, no porque las perspectivas fueran halagüeñas, precisamente. Desde mediados de los 80 la cosa fue mejorando (con algún sobresalto importante como la breve pero muy pronunciada crisis que siguió a los fastos del 92) pero a costa del avance imparable de la precariedad que acabó imponiéndose como la forma normal de las relaciones laborales, al tiempo que el trabajo estable y con derechos se consideraba una antigualla a extinguir en aras de la modernidad económica. El único espejismo que podría confundirnos con respecto al dato de mayor consumo actual de bienes y servicios de nuestra historia es el ya referido de la década que va de finales de los 90 a la gran crisis de 2008, una abundancia aparente que resultó ser un gigante con pies de barro.

No hablo de jóvenes porque no es un conflicto generacional como pretenden hacernos creer, la juventud tienen en la actualidad un gasto superior al que tuvo la juventud de generaciones anteriores, pero también las generaciones más veteranas consumimos mucho más que nunca. Nunca se había viajado tanto (aunque por supuesto hay muchos casos de economías que no se lo pueden permitir) ni se había asistido a tanto conciertos en directo, nunca se había consumido tanta música y producción audiovisual, aunque en formatos distintos a los del pasado, nunca se había comprado ropa para usarla una o dos  veces y arrinconarla porque ya está demasiado vista.

Lo vemos y nos lo dicen los datos de todo tipo: ocupación hotelera, viajes al extranjero, ventas de los distintos tipos de establecimientos de ocio y restauración, volumen de actividad de las multinacionales de la moda o de los portales de compra on-line… A los efectos de lo que aquí me ocupa no importan otros debates importantes que esos datos llevan aparejados: sobre las bondades o maldades del sistema que permite una democratización del consumo por el abaratamiento e incremento de la producción; sobre los límites del planeta para resistir ese consumo; sobre la explotación  laboral en que se sustenta; sobre el expolio de materia primas y la forma en que se obtienen, etcétera. En lo que afecta a la reflexión que aquí quiero trasladar lo que se constata es que en la sociedad española actual se consume más de lo que nunca se ha consumido.



Primera conclusión: frente a los que nos quieren convencer de que en el pasado se vivía mejor y de que a lo que debemos aspirar es a recuperar un supuesto paraíso perdido donde todo era color de rosa adoptemos todas las precauciones del mundo. Cualquier tiempo pasado fue anterior, lo de mejor ya es otra cosa, no vayamos a ser como los románticos del s. XIX que idealizaban una Edad Media de pureza perdida.

Antítesis, vivimos peor que antes.

La concentración de riqueza en pocas manos es la mayor de la historia de la humanidad, en parte porque la evolución del modelo capitalista (economía de mercado como lo llaman ahora) tiende a eso y en parte porque desde la política no se está corrigiendo esa tendencia natural del sistema con una política impositiva que redistribuya una parte substancial de sus ganancias entre todos, como sí se hizo hasta la década de los 70 en los países occidentales. Como consecuencia de la hegemonía de las doctrinas económicas neoliberales se produjo una crisis planetaria de gran envergadura que provocó que aflorarán consecuencias sociales que habían estado ocultas por una sensación ficticia de abundancia que descansaba en el endeudamiento de los particulares y en el crecimiento de burbujas que acabaron estallando, la  financiera a escala mundial a la que se sumó la  inmobiliaria en el caso español. Conviene recordarlo porque, aunque parezca algo lejano ya para algunos, ahí está la raíz del fundado malestar que el fantasma de la reacción que hoy recorre el otrora orgulloso occidente pretende ocultar, desviando la atención hacia aspectos secundarios o a consecuencias de ese problema primario.

Confluyen en la sociedad actual indignaciones múltiples con detonantes diversos y una tendencia a segmentar por grupos que después se confrontan más por vínculos accidentales que por diferencias de intereses socioeconómicos: entre generaciones; entre los  de aquí y los de fuera; entre identidades sexuales y de género; entre autónomos proletarizados y asalariados; entre asalariados precarios y los que tienen estabilidad laboral, etcétera.

Lo cierto es que la hegemonía del dogma neoliberal ha supuesto un desplazamiento progresivo del capital industrial al financiero como rey del sistema, con una paralela globalización sin reglas que ha generado un reguero de perdedores objetivos.

Eso afecta a territorios enteros que vivían en una prosperidad asentada en una actividad industrial que en poco tiempo ha desaparecido y que son terreno abonado para el crecimiento de la extrema derecha en zonas importantes de Francia o de los USA, o como está empezando a pasar en Alemania. También afecta a colectivos que se vieron expulsados del mercado laboral como consecuencia de la crisis del ladrillo en España y que o bien por edad se quedaron como desempleados crónicos, o bien si han vuelto a trabajar en lo mismo o en otros sectores han visto por lo general empeorar sus condiciones laborales.

Son amplias las capas de población que interiorizaron ser clase media acomodada, o al menos con aspiraciones, y que ahora ven el futuro con incertidumbre o, en el peor de los casos, con la certeza de que las cosas no irán a mejor.

Por lo que respecta a los sectores más jóvenes de la población es falso, como en los demás grupos de edad, que haya una situación homogénea, pero es un fenómeno generalizado el desasosiego con un presente inestable y unas predicciones de futuro que tienen más de agoreras que de halagüeñas, incluso aunque con una varita mágica se solventara de repente el grave problema del acceso a la vivienda que existe en nuestro país se mantendría el problema de fondo, como pone de manifiesto que el malestar juvenil se dé en países donde la vivienda no constituye un quebradero de cabeza tan grave como aquí. Hay que añadir la nada inocente campaña puesta en marcha para atizar la confrontación generacional que pretende que los problemas de la  juventud son culpa del supuestamente inasumible nivel de vida de la generaciones que les precedieron y, por supuesto, la intemporal crítica de los ya talluditos porque ”lo tienen todo hecho y son unos blandos” o “tendrían que haber pasado las penurias que pasamos nosotros” para que a unas dificultades reales se añada una percepción que agudiza el descontento enfocándolo en dirección errónea.

Añádase a lo anterior el ingrediente de los estados de ánimo colectivos que incluyen factores muy dispares. La experiencia del trabajo se vive de una manera mucho más incierta que en el pasado, ya en 1998 Richard Sennett describía en La corrosión del carácter diferentes formas de malestar y desapego que generaban las nuevas formas de trabajar que llevaban años imponiéndose y que en el cuarto de siglo que ha pasado desde la publicación de ese ensayo han ido a más. Las rutinas del trabajo en la cadena de producción fordista no eran una maravilla pero generaban seguridades y había habido un proceso de adaptación colectivo que las hacía menos insoportables que en la película Tiempos modernos de Chaplin. Las inseguridades, la competencia entre el propio personal empleado, el desapego al producto del trabajo realizado o la precarización extrema explican fenómenos que no son generales pero sí significativos, como la llamada gran dimisión (el abandono de sus trabajos de muchas personas del que nos hablaron lo medios de comunicación hace unos meses). Se evidencia un malestar creciente en un mundo del trabajo en el que cada mutación organizativa busca debilitar los mecanismos de defensa colectiva de los intereses de las personas trabajadoras, sin que sea fácil buscar una respuesta rápida y eficaz desde el sindicalismo a esas formas de organización del trabajo en constante transformación.

No es lo único que afecta a los estados de ánimo colectivos, creo que existe un cierto síndrome milenarista, bastante extendido, ante los anuncios de un mundo poco menos que apocalíptico en el que los anuncios de que vamos a tener que vivir peor se suceden día tras día, faltaba la guinda una pandemia mundial para que se exacerbara un negacionismo que viene a decir que me dejen en paz, que ya que todo se va a ir al garete al menos que nos dejen corrernos la última juerga, vivir una especie de carnaval sin fecha cierta de final antes de la cuaresma definitiva.

La reflexión racional y los datos nos confirman, por tanto, lo de que vivimos peor que nunca con fundamentos materiales y de percepción colectiva de la realidad apuntalando lo que sería la antítesis al consumimos más que nunca (tesis) que debería ser el summum en una sociedad empeñada en decirnos que tanto consumes, tanto vales.

Síntesis, crece el malestar.

La versión del capitalismo que se ha ido imponiendo desde finales de los años 70, incluso después de la crisis que esa  misma versión del capitalismo provocó en 2008, no sirve para muchas personas ni para la sociedad en su conjunto. Que el diagnóstico sea claro no quiere decir que las soluciones puedan ser simples ni fáciles en sociedades que son muy complejas y para problemáticas que no son uniformes.

Parte del descontento por aglomeración de descontentos diversos es del colectivo que no puede cubrir sus necesidades básicas, el que se pregunta dónde se quedó la parte del pastel que por estadística debía corresponderles. Decir que consumen más que antes suena a sarcasmo y quedan fuera de la formulación inicial porque no se da la primera parte de la misma. No obstante están ahí y no es aceptable el planteamiento meritocrático en su aspecto negativo (lo de que tienen lo que se merecen que se ha dicho toda la vida) ni la no-solución que con crudeza planteó no hace mucho Milei, aquello de que ya se buscarán la vida antes de morirse de hambre. Puede que en conjunto consumamos más, pero una de las características del modelo es una distribución de la riqueza generada más desigual que hace que, por ejemplo, sea cada vez mayor el número de personas que trabajan y no cubren mínimos.

Si se hace un esfuerzo para entender la situación más generalizada el malestar se origina no porque se tenga un menor acceso a bienes de consumo que en tiempo pretéritos, sino en la ruptura del contrato no escrito que contemplaba cubrir unas determinadas expectativas a quien cumpliera con una serie de compromisos mínimos. De forma generalizada los jubilados actuales pueden permitirse un consumo de bienes y servicios muchos mayor que los jubilados de la primera mitad de los 80, algo similar sucede en todas las franjas de edad actuales y las de entonces, lo mismo se puede decir si la comparación se hace entre personas dedicadas a diferentes actividades en lugar de por franjas de edad, en España el pequeño propietario rural o el empleado de hostelería, por citar dos actividades que siempre están entre los ejemplos del malestar creciente, pueden permitirse muchas más cosas hoy que al inicio del  periodo de hegemonía neoliberal en los primeros 80. El malestar se extiende a pesar ello, apunto tres razones de fondo aunque a buen seguro existen más

Primera. Necesariamente, si se cumple lo de consumir más y vivir peor, una parte del consumo que se realiza es superfluo y un volumen considerable inducido más que realmente deseado, dicho de otra forma, no satisface ninguna necesidad y no genera más que una efímera satisfacción que no deja poso alguno. Aquello de comprar algo que tiempo después te das cuenta de que no te ha servido para nada elevado, o casi, a la enésima potencia. Dejando de lado los debates sobre los límites del crecimiento es pertinente otro sobre la capacidad de condicionar las voluntades que opera en un mundo de libertad sólo aparente. Si la práctica de poner fotogramas aislados de un refresco en el pase de las películas se prohibió, con buen criterio, porque suponían un estímulo tramposo al consumo, podemos preguntarnos cuantas prácticas actuales deberían por lo menos limitarse por hacer lo mismo a una escala mucho mayor.

Segunda. La incertidumbre y el miedo al cambio se ha apoderado de la vida de mucha personas que en buena lógica se sienten más vulnerables y perciben que se vive peor, segunda parte de la formulación inicial. Parte de esa incertidumbre es provocada de forma deliberada por los poderes económicos, como los anuncios reiterados de que en el futuro las pensiones públicas serán insostenibles, algo que vienen repitiendo desde hace 40 años y que justo ahora que tiene menos fundamento la premonición consigue calar más entre las generaciones que menos debieran temer esa supuesta hecatombe del sistema público de pensiones: con la pirámide demográfica española las generaciones posteriores al baby boom, los que accedan a la jubilación dentro de 30 años, tendrán una situación objetiva más fácil para cubrir las pensiones que hayan generado, básicamente porque se reducirá el número de los que accederán a su cobro. Pero la desconfianza hacia lo que depare el futuro tiene fundamentos mucho más reales, estamos inmersos aún en la crisis que se estalló en 2008, la globalización sin reglas ha provocado deslocalizaciones industriales que no van a acabar (como apunta ya todo el tema del coche eléctrico en un asunto que está afectando a la hasta ahora imperturbable Alemania) la crisis climática y los límites del planeta en general van a provocar cambios que siempre generan inquietud y, de forma más general, los cambios productivos y los de otra índole que llevan aparejados se producen a una velocidad muy superior a la que estábamos acostumbrados en décadas anteriores en las que, no obstante, ya vivíamos en un mundo que mutaba mucho más rápido que antes. El miedo al cambio es aprovechado por la extrema derecha para generar odio y apoyos al mismo tiempo, ofreciendo como programa la mentira del imposible regreso al paraíso perdido que nunca existió, como dije al principio. Desde posiciones progresistas no podemos competir en la simplicidad del mensaje, a cambio podemos dar alternativas realistas, que no fáciles, a los perjuicios que amenazan a las personas comunes y corrientes.

Cada incertidumbre tiene una base diferente y deberemos afrontarla de forma también diferente, pero afrontarla, no hacer como si no existiera. Negando la mentira en el caso de las que, como el miedo a que no puedan cobrar pensiones quienes se jubilen a partir de 2050, surgen del interés por generar ese marco mental y siendo conscientes del poder de los poderes económicos interesados en generarlos, nada nuevo bajo el sol salvo quizá la intensidad de la campaña. Siendo conscientes, también, de los perjuicios que llevan aparejados los procesos de cambio que se han vivido y se van a vivir para gobernarlos y paliar los  efectos negativos sobre las personas y sobre los territorios, justo lo que no se ha hecho con las deslocalizaciones provocadas por la globalización sin reglas. Las medidas para combatir el cambio climático son necesarias, lo que no está escrito es que tengan que ser negativas para el nivel de vida de la gente, medidas como la descarbonización de las actividades humanas son inaplazables, pero hay que analizar sus posibles consecuencias para compensar a quienes pueden perder su empleo actual para que no vean empeorar sus vidas, también para los territorios que dejen de contar con una actividad que puede ser en ocasiones de monocultivo económico, incluyendo a las que ya han pasado por procesos similares. Así, por ejemplo, aunque las personas que vivían de la actividad minera en las cuencas carboníferas tengan su futuro resuelto hay que generar actividad que evite que esos territorios vayan languideciendo, no puede verse reducida la actividad económica al consumo que generen las rentas de los ya inactivos y a un par de iniciativas de turismo rural. De igual forma, se le puede pedir al mundo rural que oriente su actividad hacia objetivos diferentes o con procedimientos distintos siempre y cuando no se les  pida un sacrifico en condiciones de vida y se les compense la posible menor rentabilidad o se les posibilite mecanismos de comercialización que mejoren sus márgenes.  Lo que no es de recibo  es dejar degradarse territorios enteros que estaban poblados de gente consciente de la importancia de la actividad que allí de desarrollaba encogiéndose de hombros y diciendo aquello de que es el mercado, amigo. De forma más general, acompañando a las personas y garantizándoles un futuro digno ante los efectos de las transformaciones que se den

Nada está escrito y el mundo será el que construyamos, lo que es seguro es que será diferente, un ejemplo son los movimientos migratorios que es uno de los miedos que más explota el populismo de derechas. En España hemos pasado de exportar mano de obra en los 60, a vivir la repatriación de parte de esa inmigración entre finales de los 70 y los primeros 80 y a ser receptores de mano de obra inmigrante en las últimas décadas. Los orígenes de nuestra población son cada vez más diversos, la selección española ganadora del mundial en 2010, con jugadores nacidos en torno al año 1980, no tenía ningún hijo de inmigrante, en la reciente  Eurocopa los dos jugadores más desequilibrantes del equipo eran españoles nacidos en el siglo XXI de padres inmigrantes y etnia no caucásica, en nuestro atletismo pasa algo parecido si comparamos lo actual con los medio fondistas y maratonianos de los años 80  y 90. Que eso no tenga vuelta atrás no significa que no genere tensiones y que no haya que intervenir para hacer posible una buena convivencia: en las zonas donde se concentra esa población migrante y para que no se concentre sólo en determinados barrios; en los sectores en los que trabajan mayoritariamente y para que puedan acceder a otro tipo de empleos; en la asunción por parte de toda la población de valores laicos y democráticos comunes y al margen de las creencias de cada cual. Políticas de acogida, políticas de regulación de flujos, también políticas de seguridad ciudadana que hay que abordar para que origen, pobreza y exclusión no se conviertan en un cóctel de difícil digestión.

Tercera. Como especie somos animales sociales y como tales hemos llegado al desarrollo social actual, con sus muchísimos pros y sus importantes contras. El ser humano busca, porque los necesita, vínculos colectivos, por mucho que se fomente el individualismo extremo y que se pretenda hacer creer que consumir cuanto más mejor es el camino a la plena felicidad. El proyecto personal completo necesita referentes colectivos que pueden establecerse en base a intereses objetivos comunes o en clave identitaria, en ambos caso esa identificación grupal puede conllevar confrontación con los opuestos, sean estos supuestos u objetivos.

Si bien las referencias identitarias no tienen por qué ser negativas (pertenecer a una entidad deportiva o cultural, profesar una creencia religiosa, tener una convicción nacionalista determinada, etcétera) con facilidad se da el fenómeno de reforzar la propia convicción identitaria a través de la confrontación con la o las que se identifican como sus enfrentadas, en especial en momentos históricos de crisis económicas y sociales que, como sucede en la actualidad, generan descontento e incertidumbre. Es el caldo de cultivo de los populismos de extrema derecha que a su vez, y sabedores de este hecho, impulsan esos sentimientos identitarios excluyentes generando un efecto de retroalimentación.

En paralelo, se ponen todas las trabas posibles al crecimiento de vínculos colectivos basados en intereses comunes, los que podría dar pie a sentimientos de pertenencia colectiva inclusivas: Hablo básicamente de relaciones laborales, por un lado, y de bienes colectivos.

En todo lo que afecta al contrato colectivo de trabajo, es decir, a la defensa de intereses comunes frente a los poderes económicos por parte de los que viven de su trabajo, sea asalariado o haya adoptado la forma de trabajo autónomo pero en realidad siga dependiendo de un empleador (como los riders como ejemplo más claro) Las mutaciones en la organización del trabajo (ayudadas por unos cambios tecnológicos que a su vez se impulsan en gran medida para poder organizar el trabajo de forma más desregulada) tienden a segmentar, atomizar e individualizar con ello las relaciones laborales. Es obvio que las organizaciones sindicales son conscientes de los problemas que les genera la organización de las personas con centros de trabajo dispersos (incluso sin centro de trabajo propiamente dicho) y con condiciones laborales precarias, tan obvio como que encontrar vías para hacer frente a esa realidad no es sencillo. Hay que ser conscientes de que la  lucha contra la precariedad laboral y la individualización de las relaciones laborales tiene mucho más alcance que la mejora de condiciones de trabajo de las personas con más dificultades para negociarlas, supone favorecer el sentimiento de pertenencia colectiva en tanto que personas trabajadoras, con intereses que son comunes a los de otras personas que también lo son aunque sus condiciones sean diferentes. En definitiva, potenciar el sujeto colectivo unido por vínculos de solidaridad de clase para hacer frente a los intereses de los poderes económicos, mucho más cómodos cuando las quejas generadas por el malestar no apuntan a sus intereses y privilegios, sino a choques entre facciones de las que para ellos son todas clases subalternas. Por supuesto que es más fácil decir que hacer, pero a veces parece que el espacio progresista olvida el conflicto esencial del que parten todos los conflictos.

Por lo que respecta a los bienes colectivos de lo que hablo es de todo lo que es de uso común y no privativo, desde el espacio público y sus usos a los servicios públicos de todo tipo y, por supuesto, los cuatro pilares que aún constituyen el estado del bienestar que quieren desmantelar: sanidad; educación; pensiones y cuidados de las personas. La defensa de lo público frente al dogma (falso, hemos de insistir) de que lo privado funciona mejor y la insistencia en que el mantenimiento de lo que es de todos es mucho más valioso que los supuestos beneficios individuales que se pudieran obtener dejándolo desaparecer son un gran caballo de batalla, una lucha por la defensa de las condiciones de vida de la gente, pero además son un instrumento frente a la insatisfacción y las inseguridades que el sistema genera en estos momentos de crisis. Junto a la centralidad del mundo de los trabajos, en su diversidad, lo público y su defensa constituye el instrumento más poderosos para que haya una identificación colectiva en positivo, a favor de los intereses de la mayoría  y desactivando los riesgos de confrontación, estéril en términos de mejora de la vida de las personas, que pueden alimentar los sentimientos de pertenencia identitaria si son los que dominan el debate público.

Al igual que el sindicalismo tiene que adaptarse a los cambios, así también el movimiento vecinal tiene que conquistar espacios de actuación en defensa de lo público y en temas muy diversos que garanticen el buen funcionamiento del sistema educativo en lo que afecta a las necesidades concretas de cada lugar, la atención sanitaria primaria que prevenga las carencias que afecten a la salud futura de la población, los mecanismos de seguridad ciudadana que contemplen tanto evitar la delincuencia como fomentar la convivencia en presente y futura, además de los temas urbanísticos y las demandas de equipamientos que fueron los ámbitos de actuación preferente en su momento.

A modo de conclusiones.

El aumento de las desigualdades y el de la incertidumbre ante el futuro vienen provocando sucesivos movimientos que cuestionan, o hacen ver que cuestionan, el status existente. En todo el mundo y en particular en España y en Catalunya, hemos vivido desde aquel momento sucesivos fenómenos políticos novedosos y que se han reivindicado, desde posiciones muy distintas, como rupturistas: el procés en Catalunya; el crecimiento fulgurante de Podemos y sus confluencias y ahora las extremas derechas vinculadas a un nacionalismo u otro. Todos ellos han ofrecido alternativas aparentemente simples para una problemática que es muy compleja.

El ciclo político que podía favorecer determinados postulados transformadores progresistas basados en propuestas simples parece agotado, ahora las supuestas soluciones fáciles que cobran fuerza son de carácter marcadamente regresivo. Desde posiciones progresistas debemos asumir la complejidad que nos lleva a formulaciones aparentemente contradictorias como la que da origen a esta reflexión, lo de que consumimos más y vivimos peor, para extraer conclusiones que nos lleven a planteamientos claros pero que eviten simplificaciones falsas, una guía para elaborar las propuestas concretas y poder explicarlas sabiendo que en más de una ocasión irán a contracorriente de un supuesto sentido común impuesto por los intereses dominantes, como nos ha sucedido en todos los ámbitos donde hemos tomado decisiones de gobierno, sean las campañas contra las superilles en Barcelona o los  augurios catastrofistas de lo que podría conllevar la reforma laboral o el incremento del salario mínimo.

Por lo que respecta a lo aquí analizado, la conclusión básica de que más consumo no significa mejor calidad de vida, tiene que servir para elaborar propuestas que den respuesta al malestar social y al mismo tiempo confronten con las no-soluciones fáciles del populismo de derechas. Enfrentarnos al supuesto sentido común que interesa a los poderes dominantes y a sus potentes medios para instalar sus ideas no es fácil, pero podemos ofrecer un horizonte hacia el que avanzar que es atractivo, con más igualdad y un proyecto comunitario que respete las individualidades al tiempo que evite los problemas derivados del individualismo garantizando un vida decente. En definitiva, medios para poder vivir y una filosofía de vida atractiva, una utopía hacia la que avanzar si se adoptan las decisiones correctas en la línea de hacer posible el consumo de aquello que realmente se quiere consumir, dar certidumbre con respecto al futuro tanto de las personas como de los territorios en los que desarrolla la vida social colectiva e impulsar fórmulas inclusivas de identificación comunitaria en base a la defensa de los derechos e intereses de la mayoría social.