Conocí a Javier en el congreso de Benidorm. En realidad lo conocí después, allí sólo lo vi por primera vez, en el congreso de la federación estatal de hostelería de CC.OO. en el que resultó elegido secretario general contra todo (o casi todo) pronóstico. Aquel fue un congreso surrealista con no pocos elementos de esperpento, digno de una película berlangiana de aquellas corales, del tipo Todos a la cárcel. Si no yerro en los cálculos fue en octubre del 87, el sindicato era un hervidero de corrientes (más que de costumbre) a causa de las múltiples rupturas de un PCE en crisis continua desde principios de la década.
Me entretengo en los pormenores porque aquello, además de trascendente en la vida de Javier, dice mucho sobre él. Simplificando, Juan Jesús, el secretario general saliente, era carrillista, Ginés era el responsable de organización y el candidato, en teoría favorito, a la secretaría general por los próximos al PCPE de Ignacio Gallego, había un grupo de delegados y delegadas con planteamientos más radicales (con bastante peso en la delegación catalana, por ejemplo) y lo que ahora se denominaría mayoría sindical, afín a la dirección de la confederación sindical por entonces dirigida aún por Marcelino Camacho. Treinta y cinco años después suena a lo del Frente Judaico de Liberación de La vida de Brian, pero por entonces no era cosa de broma para nosotros. La mayoría de los que votamos a Javier en aquel congreso no lo conocíamos, era el candidato que había propuesto Ricardo Caro, de Baleares, y nunca me comentó ninguno de los dos qué movió a Javier a aceptar semejante papel: por entonces era responsable de la Unión Insular de Ibiza y nada de lo que se podía intuir resultaba atractivo.
Al final resultó elegido secretario general porque los que estaban de acuerdo en oponerse a la línea sindical mantenida por la dirección confederal (si somos sinceros, ese tema pesaba más en tirios y en troyanos que el debate sobre lo que se había hecho o se proponía para la federación de hostelería) no se pusieron de acuerdo en un candidato común. Incluso llegó haber una oferta, rechazada, de los "oficialistas" de aceptar un secretario general de la otra "familia" con opciones si el propuesto en concreto era Ruda en lugar de Ginés. El más votado fue Javier, con el precio de estar en minoría en la comisión ejecutiva que se eligió al mismo tiempo y con el augurio de un mandato imposible, al menos el que nos hizo su rival en la votación in situ, en la mesa donde yo estaba comiendo antes de iniciar el regreso a Catalunya.
Las cosas resultaron de otra manera, Javier fue secretario general en tres mandatos y cuando la federación se fusionó con la de comercio, a punto de cambiar de milenio, fue el máximo responsable de la organización resultante con el nombre de FECOHT-CC.OO. De hecho, en pocos meses uno de los supuestos opositores que se suponía le iba a hacer la vida imposible estableció con él una amistad que fue más allá del acuerdo o desacuerdo con las posturas sindicales. En ocasiones recordaba Javier cómo compartió bolsas de pipas con Luis Arévalo esperando un tren o un autobús para regresar a Madrid, ese tipo de vivencias y los whiskies tomados al salir de la federación les unieron más de lo que podían separarles las diferencias en gustos musicales, los distintos grados de interés por la lectura o que uno fuera del Madrid y el otro colchonero.
Javier sustituyó vivir al borde del mar en Ibiza por un piso en Móstoles con una situación interna muy complicada y con una finanzas federativas más que precarias, tanto como para que durante algún tiempo ni siquiera estuviera dado de alta en la seguridad social a pesar de estar a dedicación total en el sindicato, cosas que pasaban en aquellos tiempos y que le acabaron perjudicando cuando necesitaba jubilarse.
Que las disputas políticas afectaran a la vida interna del sindicato no significaba que este no se moviera sobre todo por dinámicas propias, dos años más tarde la situación estaba mucho más calmada. En diciembre del 89, poco antes de navidad, Javier estuvo en Catalunya, teníamos por la noche una asamblea en Lloret de Mar (donde CC.OO. empezábamos a levantar cabeza tras lograr la readmisión de los candidatos despedidos en las elecciones del hotel Selva Mar) y de allí se iba al día siguiente a iniciar una huelga de hambre en el parador de Baiona, en Pontevedra, junto a los miembros del comité de empresa. Aquí las fechas son exactas porque he tenido que tirar de hemeroteca, estuvieron 20 días sin comer y cuando le pregunté a Javier el porqué de una forma de protesta tan inusual en las prácticas del sindicato vino a decirme, sobre poco más o menos, que no había otra alternativa. El día de Reyes de 1990 subí al local de Lleida, allí estaban Bravo, secretario general de la unión, Vázquez, de organización y Aurea Pardo, delegada del parador de Viella con algún otro compañero del parador, estuvimos hablando con la gente de Baiona, ya habían pasado todas las navidades en huelga de hambre y les quedaban aún cuatro días antes de desconvocarla tras alcanzar un acuerdo. Más adelante cuadraron algunas cosas que por entonces no me comentó Javier y es que, al margen del conflicto concreto en ese parador por unas sanciones, estaba en riesgo que parte de los delegados de CC.OO. del conjunto de la red en España se pasaran a la CGT.
Sirvan estos dos momentos ya lejanos para recordar a Javier. Durante años mantuvimos una relación habitual por motivo de nuestras responsabilidades, en reuniones del consejo confederal o en congresos de la federación, estatales o del ámbito de Catalunya, para elaborar la plataforma del convenio marco estatal de hostelería, para propuestas de política turística, para hacerle ver a la confederación que no debía oponerse a la idea de los viajes del IMSERSO que podían favorecer la desestacionalización y mejorar el empleo en el sector, en viajes suyos para asambleas y reuniones en Catalunya, desplazamientos a Barcelona que durante un tiempo fueron, por desgracia, más habituales porque su hermana estaba siendo tratada en el hospital de San Pablo de un cáncer raro y sólo podían atenderla allí, aunque finalmente no lo pudo superar. No fueron pocas las ocasiones en las que él, Arévalo o Avelino durmieron con el hierro del sofá cama del comedor de mi piso clavado en su espalda hasta que la situación económica de la federación empezó a no ser tan precaria, En definitiva, algo que debió de sucederle a muchos compañeros y compañeras de otros territorios de España durante los muchos años que estuvo al frente de la federación de hostelería, primero, y de la FECOHT, después. Como los míos habrá recuerdos de multitud de compañeros y compañeras del sindicato de muchas comunidades autónomas porque fue viajero infatigable como correspondía a sus funciones en el sindicato. Que cada cual rememore las que quiera para sí mismo o para compartirlas.
En 2004 yo dejé mis responsabilidades en la federación de Catalunya y desde entonces mis relaciones con Javier se limitaron a algunas llamadas telefónicas que no llegaban a ser ni de higos a brevas, la última el pasado verano cuando Toni García me comentó que estaba bastante fastidiado de salud, algo que me confirmó su dificultad para hablar cuando lo llamé. Murió el 9 de noviembre, estar de vacaciones me permitió ir al velatorio al día siguiente. Al llegar al tanatorio de san Isidro descubrí, buscando la sala donde estaba, que su nombre completo era Francisco Javier, nunca acabamos de conocer todo sobre nadie, aunque para mi lo fundamental sobre Javier lo sé desde hace mucho tiempo,
Lo primero que escribí en este bloc fue en memoria de Manuel García Murillo, ahora hacía meses que no escribía una entrada nueva, me ha costado hacer esta porque a la tristeza de hablar del fallecimiento de un buen compañero y una buena persona se une una sensación de amargura, Javier González Martino merecía el recuerdo de mucha más gente de la que pasó por el tanatorio y del sindicato. Quizá todas las organizaciones humanas tengan un punto de cainitas, pero eso no me consuela porque la fraternidad debería de ser un principio básico en las que tienen como razón de ser la defensa de la clase trabajadora.
Ayer me llegó y empecé a leer el libro de Miguel Guillén Els "equidistants tenien raó", "El PCE al govern" i altres articles y el título me ha venido bien para hacer un refrito del mismo que encabece algunas reflexiones sobre el tema del momento, la guerra de Ucrania, más allá de las conversaciones de barra de bar de los tiempos modernos, o sea, en las redes sociales y, en mi caso concreto, en twitter.
Sigo reivindicando el marxismo como ideología si se le quitan los elementos religiosos con los que acostumbran a vestirlo buena parte de los que se autoproclaman sus adalides, pero en especial como método de análisis de las sociedades y los conflictos sociales, no hay ningún elemento de conflicto entre clases en el origen de la guerra de Ucrania, es un episodio de las políticas imperialistas, eso que llaman geoestrategia, y como tal debe analizarse.
Yo era de los que pensaba que Rusia no invadiría Ucrania y se limitaría a algo que no hubiera sido poca cosa, pero que ni de lejos se puede equiparar a lo que está sucediendo, como reconocer como estados a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk e incrementar el apoyo militar que les presta. Sólo expresaba una duda que formulaba en los siguientes términos: Europa ha dejado de ser el ombligo del mundo, a diferencia del periodo de la Guerra Fría no somos el escenario clave de los conflictos geoestratégicos, trasladado ahora al Pacífico Occidental, si durante años las tensiones se liberaban en otros territorios del mundo mientras Europa evitaba guerras, la desaparición de la URSS rompía aquel equilibrio y las cosas podían ir por otras vías y acabar en guerras, como pronto se vio en los Balcanes, Pese a ello, confiaba en que China, la verdadera potencia antagónica a los EUA, no tenía interés en que se complicase el acceso por tierra a los mercados europeos y contuviera al gobierno de Putin.
En lo único en lo que no me equivocaba hace pocas semanas era en lo de que Europa es un escenario secundario de los equilibrios estratégicos mundiales y corre por ello más riesgos de verse envuelta en guerras abiertas, nada que extrañe en los otros continentes que, con la excepción de Oceanía, han sufrido guerras que servían de válvula de escape a las tensiones entre las superpotencias, eran buenos clientes para las industrias de armamentos y sufrían los conflictos de intereses de las élites dominantes.
Ser equidistante en esta situación no significa ser indiferente, como no lo significaba cuando empezó a usarse ese término como arma arrojadiza durante el procés catalán. Ser equidistante es decir con claridad que no hay buenos y malos, que los hiperventilados se retroalimentan en ambos bandos, pero que no hay el mismo grado de responsabilidad en las actuaciones de unos y de otros. Quien ha invadido otro país, arrogándose el rol de valedor de bienes y valores superiores que él mismo ha establecido es el gobierno de Putin, haciendo casi lo mismo que Bush hijo y sus palmeros Blair y Aznar en el caso de Iraq hace 20 años. A partir de esa denuncia clara habrá que convenir que ni Sadam Hussein era un dechado de virtudes, ni lo es Ucrania, ni la OTAN puede ser un garante de la paz ahora ni en el futuro.
La denuncia de cuestiones que casi ni se plantean (para muchas cosas se podría prescindir del casi) es la que le corresponde hacer a la izquierda transformadora, así como propuestas concretas con un doble objetivo, evitar nuevos conflictos en el futuro a partir del análisis de cómo se ha llegado al actual y evitar que el sacrificio que se exija a la población descanse exclusivamente en los de siempre. Y, claro, no podemos olvidar la otra parte del título de esta entrada, el PCE está en el gobierno y eso condiciona y a la vez ofrece más posibilidades de actuar, como hemos visto durante la pandemia.
La izquierda alternativa tiene que aprender de sus propias historias, en plural porque son diversas tradiciones las que desembocan en Unidas Podemos, Catalunya en Comú, Compromís, Más País... Un clásico de todas esas tradiciones, casi siempre con malos resultados, es la política de frente único, formulada de diferentes formas se resume en una idea muy sencilla, todos los que no están conmigo y mis planteamientos son iguales en esencia. Con el nombre de política de frente único lo defendió la III Internacional Comunista, hasta que la llegada al poder del nazismo obligó a replantearse aquello de que eran lo mismo los partidos socialdemócratas, las derechas clásicas y el fascismo para dar paso a la consigna de avanzar hacia la constitución de frentes populares. Planteamientos de ese tipo se han repetido continuamente, lo hemos sufrido cuando desde partidos extraparlamentarios de extremísima izquierda se nos ha lanzado como un anatema la acusación de traidores a la clase obrera, lo vimos con la teoría de las dos orillas de Anguita que tenía muchas virtudes, pero no creo que acertara diciendo que Aznar y González eran un misma cosa por mucha razón que tuviera al criticar a Felipe González, estaba latente en la idea del sorpasso de Podemos, es un clásico de la CUP frente a los partidos de izquierda (no frente al nacionalismo irredento de la derecha catalana, por cierto) y aflora en la Ione Belarra que habla de los partidos de la guerra, por mucho que una poco convincente Isa Serra saliera al día siguiente a decir que no se refería al PSOE, también en quien me llama anticomunista en twitter por no coincidir con su punto de vista respecto a lo que pasa en Ucrania.
Con todos sus defectos, la UE agrupa a los países en los que se dan mejores condiciones para que puedan avanzar las propuestas de la izquierda alternativa y la principal amenaza le viene hoy de la extrema derecha que encarna, financia y favorece el gobierno ruso (sin olvidar la amenaza potencial que subsiste en el Partido Republicano americano y que influye de forma considerable en las prácticas del PP o de los tories británicos). Combatir el riesgo que supone esa internacional reaccionaria pide, a los que venimos de la tradición comunista, políticas de cooperación con fuerzas que no aspiran a lo mismo que nosotros, socialdemócratas, izquierda sin raíces obreristas y hasta derechas como el PNV que rehúyen de las formas y propuestas reaccionarias.
Eso no impide mantener planteamientos propios y distintos de los que se propagan por parte de la mayoría de medios de comunicación, entre otras cosas porque es saludable desmarcarse de la maquinaria de propaganda que acompaña el posicionamiento frente a los conflictos bélicos. En concreto, es obligado defender en el contexto actual que la OTAN no puede formar parte de la solución definitiva porque está en el origen del problema, su existencia sólo responde al interés de los EUA de mantener a Europa como un apéndice de sus intereses, su extensión hacia el este del continente es objetivamente una amenaza para Rusia (sin que eso justifique la invasión de otro país) y el escenario hacia el que se debe avanzar es el de su desaparición, por anacrónica y para ser sustituida por mecanismos de defensa autónomos de la UE que nos permitan a los europeos tener una política exterior y de seguridad no subalterna.
También hay que mantener una posición propia con respecto a lo sucedido en Ucrania a partir del golpe de estado del Maidán, el papel de neonazismo o la marginación de la población de origen ruso. Si Rusia está lejos de ser una democracia en Ucrania tambié hay déficits democráticos que deben corregirse, con el riesgo añadido de que el contexto de guerra reverdezca el protagonismo de la extrema derecha. El actual gobierno no es heredero directo de aquellos hechos de 2014, lo era Poroshenko que fue barrido en la segunda vuelta de las elecciones de 2019 por Zelenski, pero sigue habiendo partidos no legales y limitaciones graves de las libertades de las que no se habla en los medios de comunicación de masas. Ucrania tiene derecho a solicitar ayuda y los países europeos la obligación de exigirle a cambio de ella el respeto a las reglas democráticas.
Y, por último y no menos importante, la voz de la izquierda tiene que expresar con claridad que no se puede pretender cargar los costes de la actual situación de forma asimétrica. Hay que poner coto a los incrementos del precio de la electricidad porque no obedecen tanto a la evolución del precio del gas como a los intereses económicos del oligopolio eléctrico. No sirve un pacto de rentas sino recaudar más de las rentas altas para mantener políticas que mantengan la actividad económica, Hay que cerrar el paso al uso del descontento por parte de la extrema derecha siendo conscientes de que lo va a intentar y sabiendo que a los efectos negativos que ya tiene el escenario bélico en las economías de las personas sólo se puede hacer frente diciendo la verdad (no reconociendo los hechos a posteriori) y con políticas que alivien los efectos para los más desprotegidos, algo sabemos ya después de gestionar la crisis de la pandemia.
Cuanto menos dure la guerra mejor, porque será menor el coste en sufrimientos para el pueblo ucraniano, también para el ruso que va viendo como vuelven muertos y heridos los sodados que también son pueblo y para clases populares en toda Europa, los esfuerzos diplomáticos son imprescindibles, pero en la diplomacia hay intereses, no milagros. Entiendo los argumentos contra el envío de armas a Ucrania pero no los comparto, la negociación sólo será real y no una imposición si las dos partes tienen algo que ganar con el acuerdo. Frente a una agresión real, no hipotética, no veo la autoridad moral para negarse, sólo que hay que tener claro que el objetivo tiene que ser forzar la negociación y el acuerdo y que ese sólo será útil si cada parte puede explicarlo como aceptable.
Termino remarcando lo que me parece esencial, la internacional reaccionaria sigue progresando, la Rusia de Putin es clave en ese fenómeno y todos los que nos proclamamos progresistas debemos pensar en torno a cómo parar ese avance, en todos los escenarios se libra esa batalla, en Castilla y León, en Ucrania, en los EUA con el fantasma de Trump dominando en el Partido Republicano, etcétera. No todos los que no piensan lo mismo que nosotros son lo mismo y necesitamos aliados que no tendremos aislándonos en una torre de marfil.
De un tiempo a esta parte estamos viviendo un debate sobre lo que se ha dado en llamar neorrancio que no se sabe si tiene alguna utilidad, salvo para las derechas pretendidamente desideologizadas y las supuestas izquierdas que siguen aferrándose al paradigma monetarista que domina la visión económica hegemónica desde hace más de 40 años. Toca intentar desbrozar un poco la maleza para intentar ver el camino, lo cual no es una garantía de alcanzarlo pero sí dificulta ir en sentido contrario.
De entrada, los debates en torno a calificativos con tono despectivo son algo poco novedoso en la izquierda alternativa, ha llovido mucho desde los tiempos de lanzarse a la cabeza expresiones como revisionista o hablar del infantilismo de izquierdas, preludio de arrojarse algo más sólido, incluso previsiblemente letal. Visto con la perspectiva que da el tiempo siempre han sido, con independencia de las causas originarias, confrontaciones ombligistas, orientadas a denostar la discrepancia y que han generado pocos beneficios y mucho lastre.
Otro clásico que también aparece reflejado en los debates presentes es cómo ver el pasado y cómo de ahí se desprenden consecuencias para la interpretación de presente, algo nada inocente. La secuencia es que a la formulación de ideas (discutibles para unos y novedosas para otros) se responde más con etiquetas que con argumentos, lo que lleva a enroques, a la construcción de compartimentos estancos que impiden ver lo que pueda haber de cierto en lo que dicen aquellos que no comparten las premisas básicas del planeamiento propio.
Muchos, yo me incluyo, se enteraron de todo esto cuando se hizo viral la breve intervención de la escritora Ana Iris Simón en un encuentro en la Moncloa.
No llegan a ser cuatro minutos y la inmensa mayoría de personas que se consideren progresistas seguramente coincide con la idea central de su exposición, lo mal que están las cosas para la juventud actual, nacida en torno a 1990 como la escritora manchega o más tarde, en torno al 2000. ¿Por qué entonces tanto revuelo?, ¿qué riesgo tiene el debate tal y como se está planteando?
Por un lado, lo que se formulaba en aquel breve discurso partía de una visión del pasado un tanto idealizada que no distinguía procesos. Todo el pasado se mezclaba, los años 70 del abuelo, los proyectos vitales de los padres, las consecuencias de la entrada en lo que entonces era el Mercado Común, los desarmes arancelarios acordados por la Organización Mundial del Comercio aunque esta no se menciones. En definitiva, un totum revolutum que daba una foto fija de un pasado en el que las generaciones anteriores lo tenían mucho más fácil que las actuales y en que se estaba forjando un futuro, el presente de las nuevas generaciones, lleno de hipotecas muy difíciles de asumir.
Por otro lado, ese mensaje chocó, y sigue chocando desde entonces, con la idea clásica en las generaciones ya maduras de lo dura que fue su vida en comparación con la que tienen sus descendientes, algo que vivieron en el pasado con respecto a unos padres y abuelos marcados por la guerra y las carencias de una posguerra que duró veinte años y que trasladan a una juventud que no quiere reconocer lo complicada que fueron sus vidas predigitales, en las que con una mínima parte de lo que está hoy a disposición de la gente joven hubiesen sido los reyes del mambo.
Atrapados en la subjetividad del recuerdo, propio en unos casos, recreado el ajeno en los otros, la atención prestada a rebatir impide un análisis que incluya el esfuerzo de entender el porqué de los argumentos opuestos. Al final se es incapaz de tener una idea en clave histórica y se cae en la trampa del presente. Porque, ¡oh, casualidad!, todo esto coincide con la difusión de la idea de una supuesta guerra de intereses entre generaciones, en la que los que cobran pensiones, o van a cobrarlas en los próximos años, están arruinando las perspectivas vitales de las generaciones que les vienen detrás y en la que la juventud, como siempre, se queja de vicio. Pensar que eso es ajeno al conflicto generacional que subyace al debate sobre términos como neorrancio y similares es, como mínimo, ingenuo.
El pasado no es una foto fija, sino una sucesión de situaciones en cambio continuo, para orientarse en él es recomendable tener referencias temporales, como para orientarse al consultar un plano conviene tener alguna referencia espacial que ayude a situarse. En el caso de la evolución económica de España y de los grandes cambios de orientación que afectaron a la forma de vivir de su ciudadanía se puede hacer una aproximación a partir de tres hitos que modificaron la vida de la inmensa mayoría de forma profunda, el último de ellos todavía no está claro hacia dónde acabará yendo.
El primer hito es el Plan de Estabilización de 1959, es el único de los tres que se explica esencialmente en clave interna española. Se produce entonces un giro radical en las políticas económicas que se habían mantenido desde el final de la guerra, la generación que la vivió durante su infancia y la posguerra en su juventud había sufrido carencias severas, incluso hambrunas, y España no se incorporó al crecimiento que desde el final de la II Guerra Mundial se daba en Europa, ni al desarrollo de lo que conocemos como estado del bienestar. La gravísima situación económica en que sumieron al país las políticas autárquicas forzaron al giro brusco de orientación, con la apertura de la economía española que vino a sumarse al ciclo expansivo de la economía mundial, vivido aquí con mucho retraso y también con mucha intensidad. En los años 60 y hasta mediados de los 70 no sólo se produjo un fuerte crecimiento económico, también transformaciones pendientes de gran calado: los movimientos migratorios del campo a la ciudad (de la propia región, de otros territorios en España o en el extranjero) acompañaron al crecimiento de los sectores industriales y de servicios; se modernizó la agricultura que ya no podía vivir de una ingente población rural que proporcionaba mano de obra masiva; crecieron las grandes ciudades y sus áreas de influencia, con frecuencia de forma caótica; se produjo un crecimiento demográfico muy grande, no tanto por la natalidad como por la reducción de la mortalidad, en especial la infantil; empezó a haber un embrión de lo que se dio en llamar clase media, aunque gran parte de la población siguió en situaciones malas o muy malas. Las condiciones de vida no eran buenas para la mayoría, pero para aquella generación, en comparación al mundo que habían conocido, la mejora de las perspectivas no tenía discusión.
El segundo hito ya viene en clave internacional, es la crisis del petróleo de mediados de los 70, en España sus consecuencias inmediatas coincidieron con el final del franquismo y los primeros años de la transición, pero hubo consecuencias profundas que han marcado las políticas económicas en todo el mundo, España incluida, hasta el presente. El keynesianismo dominante durante décadas fue sustituido por las políticas monetarias como pensamiento económico hegemónico, el neoliberalismo de la escuela de Chicago se impuso, tras el experimento previo en el Chile de Pinochet, en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher y en los USA de Ronald Reagan, todo el mundo acabó aplicando unas políticas económicas que incrementaron las desigualdades y se basaron en eliminar trabas a las clases propietarias y derechos a las clases trabajadoras. España padeció una crisis económica profunda y la llegada al poder del PSOE de Felipe González en 1982 no enmendó, sino que profundizó, la línea seguida por los gobiernos de la UCD. A la reconversión industrial de sectores claves como el siderometalúrgico, se sucedieron en 1984 modificaciones regresivas del Estatuto de los Trabajadores y la primera gran ofensiva contra la estabilidad en el empleo que supuso el contrato de fomento del empleo, el del nefasto R.D. 1989/1984, que permitía contratar temporalmente sin causa que lo justificara de 6 meses en 6 meses y por hasta 3 años seguidos, en menos de una década tener una plantilla plagada de temporales se convirtió en costumbre. La tendencia se mantuvo con otra contrarreforma del E.T. en 1994 (con las ETTs como gran novedad) y con otra contrarreforma en 2002, ya con Aznar, que a pesar de decaer en gran parte tras una huelga general y un cambio de ministro de trabajo dejó la eliminación en la práctica, si no en la ley, de los salarios de tramitación. Una parte de la generación del baby-boom rompió en parte la barrera formativa y llegó a la universidad, por primera vez y con un sacrificio importante de las familias obreras donde eso sucedió, pero la mayoría de los que accedieron al mundo del trabajo a finales de los 70 y principios de los 80 se encontraron con un panorama sombrío de crisis y malas perspectivas. Tras la incorporación de España a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea y en un contexto mundial de crecimiento, pese a una crisis breve pero muy intensa en destrucción de empleo en 1993-1994, hubo un periodo largo de prosperidad que tenía mucho de ficticia, la eventualidad y otros aspectos de la precariedad (como la subcontratación de actividades propias de la actividad de la empresa o el uso de ETTs para pagar por debajo del convenio de la empresa principal) se habían instalado y desde mediados de los 90 empezó la escalada del precio de la vivienda y el incremento de la duración de las hipotecas que de 15 años pasaron pronto a 25, 30 y hasta 50 años de duración. Pero aunque el paro estructural siguió siendo muy alto durante bastantes años había dinamismo en el mercado laboral, con un tirón del empleo en sectores de servicios como la hostelería y, por supuesto, en los vinculados al boom del ladrillo en la construcción, aunque al mismo tiempo la globalización y el desarme arancelario provocado por los acuerdos en la Organización Mundial del Comercio causaron con el cambio de milenio una deslocalización de actividades productivas, normalmente a países asiáticos. Ese ambiente de precariedad combinada con unas expectativas que tenían mucho de irreal porque la desigualdad seguía creciendo y todo tenía pies de barro (había un cierto paralelismo con los felices 20 del s. XX) es el que vivieron varias generaciones, unas ya en plena madurez y otras al incorporarse al mundo laboral-
El tercer hito es la crisis financiera de 2008, marca el presente y aún se desconoce qué consecuencias tendrá en la configuración de la sociedad en un futuro inmediato. Sí se sabe que su incidencia fue generalizada y que supuso el fin del cuento de hadas que vendió la doctrina económica hegemónica en los 30 años anteriores, aquello de que el reparto desigual de la riqueza no importaba porque si se dejaba hacer al capital sin ponerle limitaciones se generaría tanta riqueza que todo el mundo saldría ganando. Las llamadas clases medias le vieron las orejas al lobo y desde entonces viven entre la congoja y la búsqueda de soluciones milagrosas, ese clima es el que alimenta el pesimismo y ve en todo lo que surge una amenaza, hay una añoranza de un pasado que se idealiza y al que se pretende regresar sin ser conscientes, o incluso a pesar de ser conscientes, de que es imposible. El fracaso del capitalismo salvaje casi coincidió en el tiempo con el despliegue de la tecnología digital desde dispositivos móviles (el iPhone 3, primer móvil con pantalla táctil comercializado de forma masiva se presentó en julio de 2008) y la tecnología ha facilitado desde entonces la extensión de unas relaciones laborales más precarias (con figuras como los falsos autónomos, con fórmulas como la subcontratación de tareas propias de la actividad de las empresas, etcétera) y, al mismo tiempo, el acceso de gran parte de la población a unas posibilidades impensables a inicios del milenio. Se ha dado un paso más en la línea de hacer cosas de ricos a lo pobre, como que te traigan la comida a casa de manera habitual, o cualquier producto a cualquier hora, sólo que la comida es de un chino y no de un restaurante de lujo. Ese hacer cosas de ricos a lo pobre ya lo anticiparon otras prácticas, la globalización que convirtió a China en la fábrica del mundo desmanteló mucha industria nacional, pero hizo que tuvieran un precio accesible multitud de productos aunque muchos de dudosa calidad, o los vuelos de bajo coste permitieron viajar en avión con una frecuencia inimaginable unas décadas atrás, al tiempo que empeoraban las condiciones laborales del personal de vuelo y del de tierra. Son contradicciones que ayudaron tanto al pesimismo ante una crisis profunda y un deterioro a ojos vista de las condiciones en las que se trabajaba (la precariedad era una mancha de aceite que se extendió mucho más allá de la contratación temporal) como a la percepción de que se disponía, y se dispone en la actualidad, del acceso a cosas que sólo se podían soñar en un pasado reciente. También coincidió en el tiempo la agudización del problema del cambio climático, una cuestión que venía de lejos (ya en 1972 el Club de Roma hizo público su primer informe sobre los límites del crecimiento) y que plantea interrogantes que hacen aún más angustiosa la incertidumbre sobre el futuro. La crisis afectó a todas las generaciones y todas sufrieron sus consecuencias: a los que ya eran pensionistas, muchos de ellos ya fallecidos en la actualidad, que tuvieron que ayudar a sus descendientes; a los boomers que se quedaron sin trabajo en una edad más que complicada para reinsertarse en el mundo laboral; a los que llevaban 20 años trabajando y vieron cómo pasaban al desempleo y después a trabajar de lo mismo por mucho menos salario; a los recién llegados al mundo laboral que habían dejado la formación porque les ofrecieron unas perspectivas que de golpe se desmoronaron y a quienes dejaron la infancia y se toparon con una precariedad laboral creciente en la que ni la cualificación permitía el acceso a un trabajo decente, con una vivienda inasequible y perspectivas de futuro negras; a los que tenían una hipoteca y se quedaron con deudas y sin vivienda; a los que no pudieron pagar el alquiler y fueron desahuciados. Todos, excepto lo más poderosos desde el punto de vista económico, salieron perjudicados, por la crisis y por las políticas adoptadas/impuestas supuestamente para hacerle frente y que lo que hicieron fue aprovechar las circunstancias para acelerar el expolio de los derechos sociales (ensañándose en la sanidad y en la educación) que aún se mantenían y eran el colchón de los más desfavorecidos. En España eso se tradujo en lo laboral en un incremento aún mayor de la precariedad, en una devaluación interna vía disminución de salarios (ambas cosas apoyadas en contrarreformas laborales, en especial la de 2012) y en una agresión a las pensiones, a las ya existentes mediante la actualización por debajo del IPC y a las futuras a través del llamado factor de sostenibilidad, con otra contrarreforma unilateral y al margen del Pacto de Toledo en 2013. En definitiva, la crisis de 2008 generó un vacío de referencias (alguien como Sarkozy llegó a hablar de refundar el capitalismo) pero a falta de alternativas se acabó aplicando el mismo tipo de recetas económicas que habían llevado al desastre, en ese momento ya sin ningún consenso social y con una contestación que se expresó en un cuestionamiento de dichas políticas económicas y en repliegues identitarios. España no ha sido un caso aparte, cosas parecidas a las que se dieron aquí han ocurrido en Hungría, Polonia, Brasil, USA o más recientemente en Chile, Perú o Argentina, movimientos como los chalecos amarillos franceses, el Brexit, etcétera. Aquí la búsqueda de alternativas se ha expresado de formas tan dispares como el 15-M, el procés catalán o el emerger de VOX, además de las repercusiones en los partidos de gobierno tradicionales. No está decidido el curso de lo que está por venir, lo que sí consta es que las convulsiones políticas del último decenio han sido consecuencia de aquella crisis y que ante la nueva provocada por el COVID las medidas impulsadas tanto desde el gobierno como desde la Unión Europea han sido completamente distintas, expansivas en el gasto y generando paraguas de protección social que legítimamente pueden parecer miseria para los afectados, pero que objetivamente son la antítesis de lo impuesto y realizado entonces: Falta saber, para el caso español, cómo se paga el gasto realizado, es decir, cuál será la política fiscal, si se mantienen los incrementos de gasto en políticas públicas una vez pase la pandemia, si un hipotético acceso de las derechas supone la recuperación de lo que se ha revertido en materia de pensiones y legislación laboral, si el discurso identitario se impone a buscar soluciones para la vida material de las personas. Nada muy distinto a los pulsos que se mantienen en otros países europeos, en los USA de Biden frente a un Partido Republicano rendido ante el trumpismo o en el clima preelectoral de Brasil con Bolsonaro y Lula da Silva como cabezas de cartel. El futuro está por escribirse en España y en todo el mundo, en busca aún de una visión hegemónica que sustituya a la que fracasó en 2008 de forma estrepitosa.
Este recorrido por los grandes giros que ha dado la situación económica, muy centrado en lo que tenía que ver con el mundo de trabajo que es de lo que vive la inmensa mayoría de la gente, ha sido para dejar claro que todas las generaciones que coexisten en un momento determinado se ven afectadas para bien o para mal por lo que sucede en el terreno macroeconómico y que no hay ninguna utilidad en discernir si tal o cual generación lo pasó mejor o peor. Muchas personas nacidas a principios del s. XX dejaron sus lugares de origen y emigraron en los 60 con el resto de su familia a ciudades a las que les costaba adaptarse, la mejora de la situación general no hizo su vida envidiable. A la inversa, muchas de las nacidas a finales del milenio han vivido siempre con unas posibilidades de ocio, un acceso a bienes de consumo y una vida social que no estuvo a disposición de las generaciones precedentes, pero eso no puede ocultar que el futuro es incierto como pocas veces se ha visto en el pasado inmediato. A lo largo de la vida lo normal es sufrir alguna de esas crisis que suponen cambios de ciclo, los momentos de incertidumbre que conllevan pueden sobrevenir en momentos vitales distintos, pero los cambios de paradigma afectan a todas las generaciones, incluso a las posteriores aún no nacidas. Eso es lo que traído la crisis financiera de 2008, no está clara cual será la receta que se impondrá para dar respuesta al fracaso del neoliberalismo impuesto tras la anterior crisis sistémica, la de los años 70, lo que es seguro es que las consecuencias de la crisis fueron para todo el mundo y para todo el mundo serán las consecuencias de lo que acabe imponiéndose. Por supuesto que influye el momento vital en que se encuentra cada cual cuando se produce uno de esos virajes, pero es tan estéril reinventar un pasado idealizado como negar el desasosiego del presente porque se oculte con brillantes oropeles.
Los supuestos conflictos de intereses entre generaciones amenazan con desviar la atención de lo esencial hacia otra modalidad de conflicto identitario. Por supuesto que los veinteañeros de hoy son distintos a los que tuvieron esa edad décadas atrás, como ser catalán no es lo mismo que ser canario, como vivir en un gran ciudad o sus suburbios no es lo mismo que vivir en una zona rural, como nacer y vivir donde lo han hecho los padres no es lo mismo que migrar, como se pueden buscar otras diferencias por muchas razones. Todas son realidades ciertas y todas pueden llevar a percepciones en clave identitaria, a identificarse con los que coinciden en un aspecto obviando los demás y eliminando la visión de conjunto del análisis de la realidad y de los propios intereses. Eso facilita que se dé por buena una afirmación que no tiene base sobre la que sustentarse porque el sentimiento de pertenencia a un colectivo oculta todo lo que no encaja con él, puede ser el Espanya ens roba, lo de que los inmigrantes cobran una paga por ser inmigrantes o lo de que las pensiones de los próximos años hipotecan la vida de la juventud. Mientras, se margina del debate cómo se distribuye la riqueza que se genera en la sociedad, la evolución de las desigualdades, el funcionamiento real de lo que debieran ser los mecanismos de redistribución, cuántos recursos público vienen, de dónde proceden y en qué se emplean, es decir, todo lo que afecta a la vida de la gente.
Las sociedades actuales se enfrentan a amenazas preocupantes, la española (y la catalana) no son una excepción, el riesgo de salidas cada vez más autoritarias para imponer unas políticas injustas es real y tiende a maquillarse con un repliegue identitario que direccione la exigencia de responsabilidades hacia fuera, mientras, la minoría que acumula un porcentaje elevadísimo de la riqueza mundial se movería sin fronteras ni control. Por contra, se van abriendo paso recetas distintas de las llamadas políticas de austeridad (de falsa austeridad, sería más correcto decir) para dar respuesta a la crisis generada por la pandemia, aunque en modo alguno se pueden dar por consolidadas. Al mismo tiempo crece el riesgo de una crisis ecológica, de la que la crisis climática es una expresión, que se enfrenta al negacionismo de los mismos que apuestan por salidas autoritarias o por lo que se ha dado en llamar estados iliberales. Se trata de construir una alternativa para todos con independencia de su edad porque todas las generaciones están amenazadas con el desmantelamiento o el debilitamiento extremo de los escudos de protección social, con salarios de miseria incluso para trabajos cualificados, con inseguridad permanente de las fuentes de ingreso, con la autoexplotación forzada del falso autónomo que no gana ni para un alquiler, con el acceso al consumo de lo superfluo simultáneo a la incertidumbre respecto al acceso a lo más básico. Fácil no será, pero habrá que confiar en que se acabará construyendo porque lo que sí es es imprescindible.
Estaba terminada la entrada cuando leí el artículo que sigue, un ejemplo de cómo abordar una temática específica (en este caso la del feminismo) sin minusvalorarla, más bien todo lo contrario, y al mismo tiempo manteniendo una visión global,aquí lo anexo
Para acabar una demostración de que se puede hablar de los problemas generacionales sin perder de vista el conflicto general, la intervención de Aina Vidal en el debate sobre la convalidación del decreto sobre la reforma laboral, hablando desde el realismo de lo posible para construir una sociedad mejor para los colectivos más desfavorecidos.