De un tiempo a esta parte estamos viviendo un debate sobre lo que se ha dado en llamar neorrancio que no se sabe si tiene alguna utilidad, salvo para las derechas pretendidamente desideologizadas y las supuestas izquierdas que siguen aferrándose al paradigma monetarista que domina la visión económica hegemónica desde hace más de 40 años. Toca intentar desbrozar un poco la maleza para intentar ver el camino, lo cual no es una garantía de alcanzarlo pero sí dificulta ir en sentido contrario.
De entrada, los debates en torno a calificativos con tono despectivo son algo poco novedoso en la izquierda alternativa, ha llovido mucho desde los tiempos de lanzarse a la cabeza expresiones como revisionista o hablar del infantilismo de izquierdas, preludio de arrojarse algo más sólido, incluso previsiblemente letal. Visto con la perspectiva que da el tiempo siempre han sido, con independencia de las causas originarias, confrontaciones ombligistas, orientadas a denostar la discrepancia y que han generado pocos beneficios y mucho lastre.
Otro clásico que también aparece reflejado en los debates presentes es cómo ver el pasado y cómo de ahí se desprenden consecuencias para la interpretación de presente, algo nada inocente. La secuencia es que a la formulación de ideas (discutibles para unos y novedosas para otros) se responde más con etiquetas que con argumentos, lo que lleva a enroques, a la construcción de compartimentos estancos que impiden ver lo que pueda haber de cierto en lo que dicen aquellos que no comparten las premisas básicas del planeamiento propio.
Muchos, yo me incluyo, se enteraron de todo esto cuando se hizo viral la breve intervención de la escritora Ana Iris Simón en un encuentro en la Moncloa.
No llegan a ser cuatro minutos y la inmensa mayoría de personas que se consideren progresistas seguramente coincide con la idea central de su exposición, lo mal que están las cosas para la juventud actual, nacida en torno a 1990 como la escritora manchega o más tarde, en torno al 2000. ¿Por qué entonces tanto revuelo?, ¿qué riesgo tiene el debate tal y como se está planteando?
Por un lado, lo que se formulaba en aquel breve discurso partía de una visión del pasado un tanto idealizada que no distinguía procesos. Todo el pasado se mezclaba, los años 70 del abuelo, los proyectos vitales de los padres, las consecuencias de la entrada en lo que entonces era el Mercado Común, los desarmes arancelarios acordados por la Organización Mundial del Comercio aunque esta no se menciones. En definitiva, un totum revolutum que daba una foto fija de un pasado en el que las generaciones anteriores lo tenían mucho más fácil que las actuales y en que se estaba forjando un futuro, el presente de las nuevas generaciones, lleno de hipotecas muy difíciles de asumir.
Por otro lado, ese mensaje chocó, y sigue chocando desde entonces, con la idea clásica en las generaciones ya maduras de lo dura que fue su vida en comparación con la que tienen sus descendientes, algo que vivieron en el pasado con respecto a unos padres y abuelos marcados por la guerra y las carencias de una posguerra que duró veinte años y que trasladan a una juventud que no quiere reconocer lo complicada que fueron sus vidas predigitales, en las que con una mínima parte de lo que está hoy a disposición de la gente joven hubiesen sido los reyes del mambo.
Atrapados en la subjetividad del recuerdo, propio en unos casos, recreado el ajeno en los otros, la atención prestada a rebatir impide un análisis que incluya el esfuerzo de entender el porqué de los argumentos opuestos. Al final se es incapaz de tener una idea en clave histórica y se cae en la trampa del presente. Porque, ¡oh, casualidad!, todo esto coincide con la difusión de la idea de una supuesta guerra de intereses entre generaciones, en la que los que cobran pensiones, o van a cobrarlas en los próximos años, están arruinando las perspectivas vitales de las generaciones que les vienen detrás y en la que la juventud, como siempre, se queja de vicio. Pensar que eso es ajeno al conflicto generacional que subyace al debate sobre términos como neorrancio y similares es, como mínimo, ingenuo.
El pasado no es una foto fija, sino una sucesión de situaciones en cambio continuo, para orientarse en él es recomendable tener referencias temporales, como para orientarse al consultar un plano conviene tener alguna referencia espacial que ayude a situarse. En el caso de la evolución económica de España y de los grandes cambios de orientación que afectaron a la forma de vivir de su ciudadanía se puede hacer una aproximación a partir de tres hitos que modificaron la vida de la inmensa mayoría de forma profunda, el último de ellos todavía no está claro hacia dónde acabará yendo.
El primer hito es el Plan de Estabilización de 1959, es el único de los tres que se explica esencialmente en clave interna española. Se produce entonces un giro radical en las políticas económicas que se habían mantenido desde el final de la guerra, la generación que la vivió durante su infancia y la posguerra en su juventud había sufrido carencias severas, incluso hambrunas, y España no se incorporó al crecimiento que desde el final de la II Guerra Mundial se daba en Europa, ni al desarrollo de lo que conocemos como estado del bienestar. La gravísima situación económica en que sumieron al país las políticas autárquicas forzaron al giro brusco de orientación, con la apertura de la economía española que vino a sumarse al ciclo expansivo de la economía mundial, vivido aquí con mucho retraso y también con mucha intensidad. En los años 60 y hasta mediados de los 70 no sólo se produjo un fuerte crecimiento económico, también transformaciones pendientes de gran calado: los movimientos migratorios del campo a la ciudad (de la propia región, de otros territorios en España o en el extranjero) acompañaron al crecimiento de los sectores industriales y de servicios; se modernizó la agricultura que ya no podía vivir de una ingente población rural que proporcionaba mano de obra masiva; crecieron las grandes ciudades y sus áreas de influencia, con frecuencia de forma caótica; se produjo un crecimiento demográfico muy grande, no tanto por la natalidad como por la reducción de la mortalidad, en especial la infantil; empezó a haber un embrión de lo que se dio en llamar clase media, aunque gran parte de la población siguió en situaciones malas o muy malas. Las condiciones de vida no eran buenas para la mayoría, pero para aquella generación, en comparación al mundo que habían conocido, la mejora de las perspectivas no tenía discusión.
El segundo hito ya viene en clave internacional, es la crisis del petróleo de mediados de los 70, en España sus consecuencias inmediatas coincidieron con el final del franquismo y los primeros años de la transición, pero hubo consecuencias profundas que han marcado las políticas económicas en todo el mundo, España incluida, hasta el presente. El keynesianismo dominante durante décadas fue sustituido por las políticas monetarias como pensamiento económico hegemónico, el neoliberalismo de la escuela de Chicago se impuso, tras el experimento previo en el Chile de Pinochet, en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher y en los USA de Ronald Reagan, todo el mundo acabó aplicando unas políticas económicas que incrementaron las desigualdades y se basaron en eliminar trabas a las clases propietarias y derechos a las clases trabajadoras. España padeció una crisis económica profunda y la llegada al poder del PSOE de Felipe González en 1982 no enmendó, sino que profundizó, la línea seguida por los gobiernos de la UCD. A la reconversión industrial de sectores claves como el siderometalúrgico, se sucedieron en 1984 modificaciones regresivas del Estatuto de los Trabajadores y la primera gran ofensiva contra la estabilidad en el empleo que supuso el contrato de fomento del empleo, el del nefasto R.D. 1989/1984, que permitía contratar temporalmente sin causa que lo justificara de 6 meses en 6 meses y por hasta 3 años seguidos, en menos de una década tener una plantilla plagada de temporales se convirtió en costumbre. La tendencia se mantuvo con otra contrarreforma del E.T. en 1994 (con las ETTs como gran novedad) y con otra contrarreforma en 2002, ya con Aznar, que a pesar de decaer en gran parte tras una huelga general y un cambio de ministro de trabajo dejó la eliminación en la práctica, si no en la ley, de los salarios de tramitación. Una parte de la generación del baby-boom rompió en parte la barrera formativa y llegó a la universidad, por primera vez y con un sacrificio importante de las familias obreras donde eso sucedió, pero la mayoría de los que accedieron al mundo del trabajo a finales de los 70 y principios de los 80 se encontraron con un panorama sombrío de crisis y malas perspectivas. Tras la incorporación de España a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea y en un contexto mundial de crecimiento, pese a una crisis breve pero muy intensa en destrucción de empleo en 1993-1994, hubo un periodo largo de prosperidad que tenía mucho de ficticia, la eventualidad y otros aspectos de la precariedad (como la subcontratación de actividades propias de la actividad de la empresa o el uso de ETTs para pagar por debajo del convenio de la empresa principal) se habían instalado y desde mediados de los 90 empezó la escalada del precio de la vivienda y el incremento de la duración de las hipotecas que de 15 años pasaron pronto a 25, 30 y hasta 50 años de duración. Pero aunque el paro estructural siguió siendo muy alto durante bastantes años había dinamismo en el mercado laboral, con un tirón del empleo en sectores de servicios como la hostelería y, por supuesto, en los vinculados al boom del ladrillo en la construcción, aunque al mismo tiempo la globalización y el desarme arancelario provocado por los acuerdos en la Organización Mundial del Comercio causaron con el cambio de milenio una deslocalización de actividades productivas, normalmente a países asiáticos. Ese ambiente de precariedad combinada con unas expectativas que tenían mucho de irreal porque la desigualdad seguía creciendo y todo tenía pies de barro (había un cierto paralelismo con los felices 20 del s. XX) es el que vivieron varias generaciones, unas ya en plena madurez y otras al incorporarse al mundo laboral-
El tercer hito es la crisis financiera de 2008, marca el presente y aún se desconoce qué consecuencias tendrá en la configuración de la sociedad en un futuro inmediato. Sí se sabe que su incidencia fue generalizada y que supuso el fin del cuento de hadas que vendió la doctrina económica hegemónica en los 30 años anteriores, aquello de que el reparto desigual de la riqueza no importaba porque si se dejaba hacer al capital sin ponerle limitaciones se generaría tanta riqueza que todo el mundo saldría ganando. Las llamadas clases medias le vieron las orejas al lobo y desde entonces viven entre la congoja y la búsqueda de soluciones milagrosas, ese clima es el que alimenta el pesimismo y ve en todo lo que surge una amenaza, hay una añoranza de un pasado que se idealiza y al que se pretende regresar sin ser conscientes, o incluso a pesar de ser conscientes, de que es imposible. El fracaso del capitalismo salvaje casi coincidió en el tiempo con el despliegue de la tecnología digital desde dispositivos móviles (el iPhone 3, primer móvil con pantalla táctil comercializado de forma masiva se presentó en julio de 2008) y la tecnología ha facilitado desde entonces la extensión de unas relaciones laborales más precarias (con figuras como los falsos autónomos, con fórmulas como la subcontratación de tareas propias de la actividad de las empresas, etcétera) y, al mismo tiempo, el acceso de gran parte de la población a unas posibilidades impensables a inicios del milenio. Se ha dado un paso más en la línea de hacer cosas de ricos a lo pobre, como que te traigan la comida a casa de manera habitual, o cualquier producto a cualquier hora, sólo que la comida es de un chino y no de un restaurante de lujo. Ese hacer cosas de ricos a lo pobre ya lo anticiparon otras prácticas, la globalización que convirtió a China en la fábrica del mundo desmanteló mucha industria nacional, pero hizo que tuvieran un precio accesible multitud de productos aunque muchos de dudosa calidad, o los vuelos de bajo coste permitieron viajar en avión con una frecuencia inimaginable unas décadas atrás, al tiempo que empeoraban las condiciones laborales del personal de vuelo y del de tierra. Son contradicciones que ayudaron tanto al pesimismo ante una crisis profunda y un deterioro a ojos vista de las condiciones en las que se trabajaba (la precariedad era una mancha de aceite que se extendió mucho más allá de la contratación temporal) como a la percepción de que se disponía, y se dispone en la actualidad, del acceso a cosas que sólo se podían soñar en un pasado reciente. También coincidió en el tiempo la agudización del problema del cambio climático, una cuestión que venía de lejos (ya en 1972 el Club de Roma hizo público su primer informe sobre los límites del crecimiento) y que plantea interrogantes que hacen aún más angustiosa la incertidumbre sobre el futuro. La crisis afectó a todas las generaciones y todas sufrieron sus consecuencias: a los que ya eran pensionistas, muchos de ellos ya fallecidos en la actualidad, que tuvieron que ayudar a sus descendientes; a los boomers que se quedaron sin trabajo en una edad más que complicada para reinsertarse en el mundo laboral; a los que llevaban 20 años trabajando y vieron cómo pasaban al desempleo y después a trabajar de lo mismo por mucho menos salario; a los recién llegados al mundo laboral que habían dejado la formación porque les ofrecieron unas perspectivas que de golpe se desmoronaron y a quienes dejaron la infancia y se toparon con una precariedad laboral creciente en la que ni la cualificación permitía el acceso a un trabajo decente, con una vivienda inasequible y perspectivas de futuro negras; a los que tenían una hipoteca y se quedaron con deudas y sin vivienda; a los que no pudieron pagar el alquiler y fueron desahuciados. Todos, excepto lo más poderosos desde el punto de vista económico, salieron perjudicados, por la crisis y por las políticas adoptadas/impuestas supuestamente para hacerle frente y que lo que hicieron fue aprovechar las circunstancias para acelerar el expolio de los derechos sociales (ensañándose en la sanidad y en la educación) que aún se mantenían y eran el colchón de los más desfavorecidos. En España eso se tradujo en lo laboral en un incremento aún mayor de la precariedad, en una devaluación interna vía disminución de salarios (ambas cosas apoyadas en contrarreformas laborales, en especial la de 2012) y en una agresión a las pensiones, a las ya existentes mediante la actualización por debajo del IPC y a las futuras a través del llamado factor de sostenibilidad, con otra contrarreforma unilateral y al margen del Pacto de Toledo en 2013. En definitiva, la crisis de 2008 generó un vacío de referencias (alguien como Sarkozy llegó a hablar de refundar el capitalismo) pero a falta de alternativas se acabó aplicando el mismo tipo de recetas económicas que habían llevado al desastre, en ese momento ya sin ningún consenso social y con una contestación que se expresó en un cuestionamiento de dichas políticas económicas y en repliegues identitarios. España no ha sido un caso aparte, cosas parecidas a las que se dieron aquí han ocurrido en Hungría, Polonia, Brasil, USA o más recientemente en Chile, Perú o Argentina, movimientos como los chalecos amarillos franceses, el Brexit, etcétera. Aquí la búsqueda de alternativas se ha expresado de formas tan dispares como el 15-M, el procés catalán o el emerger de VOX, además de las repercusiones en los partidos de gobierno tradicionales. No está decidido el curso de lo que está por venir, lo que sí consta es que las convulsiones políticas del último decenio han sido consecuencia de aquella crisis y que ante la nueva provocada por el COVID las medidas impulsadas tanto desde el gobierno como desde la Unión Europea han sido completamente distintas, expansivas en el gasto y generando paraguas de protección social que legítimamente pueden parecer miseria para los afectados, pero que objetivamente son la antítesis de lo impuesto y realizado entonces: Falta saber, para el caso español, cómo se paga el gasto realizado, es decir, cuál será la política fiscal, si se mantienen los incrementos de gasto en políticas públicas una vez pase la pandemia, si un hipotético acceso de las derechas supone la recuperación de lo que se ha revertido en materia de pensiones y legislación laboral, si el discurso identitario se impone a buscar soluciones para la vida material de las personas. Nada muy distinto a los pulsos que se mantienen en otros países europeos, en los USA de Biden frente a un Partido Republicano rendido ante el trumpismo o en el clima preelectoral de Brasil con Bolsonaro y Lula da Silva como cabezas de cartel. El futuro está por escribirse en España y en todo el mundo, en busca aún de una visión hegemónica que sustituya a la que fracasó en 2008 de forma estrepitosa.
Este recorrido por los grandes giros que ha dado la situación económica, muy centrado en lo que tenía que ver con el mundo de trabajo que es de lo que vive la inmensa mayoría de la gente, ha sido para dejar claro que todas las generaciones que coexisten en un momento determinado se ven afectadas para bien o para mal por lo que sucede en el terreno macroeconómico y que no hay ninguna utilidad en discernir si tal o cual generación lo pasó mejor o peor. Muchas personas nacidas a principios del s. XX dejaron sus lugares de origen y emigraron en los 60 con el resto de su familia a ciudades a las que les costaba adaptarse, la mejora de la situación general no hizo su vida envidiable. A la inversa, muchas de las nacidas a finales del milenio han vivido siempre con unas posibilidades de ocio, un acceso a bienes de consumo y una vida social que no estuvo a disposición de las generaciones precedentes, pero eso no puede ocultar que el futuro es incierto como pocas veces se ha visto en el pasado inmediato. A lo largo de la vida lo normal es sufrir alguna de esas crisis que suponen cambios de ciclo, los momentos de incertidumbre que conllevan pueden sobrevenir en momentos vitales distintos, pero los cambios de paradigma afectan a todas las generaciones, incluso a las posteriores aún no nacidas. Eso es lo que traído la crisis financiera de 2008, no está clara cual será la receta que se impondrá para dar respuesta al fracaso del neoliberalismo impuesto tras la anterior crisis sistémica, la de los años 70, lo que es seguro es que las consecuencias de la crisis fueron para todo el mundo y para todo el mundo serán las consecuencias de lo que acabe imponiéndose. Por supuesto que influye el momento vital en que se encuentra cada cual cuando se produce uno de esos virajes, pero es tan estéril reinventar un pasado idealizado como negar el desasosiego del presente porque se oculte con brillantes oropeles.
Los supuestos conflictos de intereses entre generaciones amenazan con desviar la atención de lo esencial hacia otra modalidad de conflicto identitario. Por supuesto que los veinteañeros de hoy son distintos a los que tuvieron esa edad décadas atrás, como ser catalán no es lo mismo que ser canario, como vivir en un gran ciudad o sus suburbios no es lo mismo que vivir en una zona rural, como nacer y vivir donde lo han hecho los padres no es lo mismo que migrar, como se pueden buscar otras diferencias por muchas razones. Todas son realidades ciertas y todas pueden llevar a percepciones en clave identitaria, a identificarse con los que coinciden en un aspecto obviando los demás y eliminando la visión de conjunto del análisis de la realidad y de los propios intereses. Eso facilita que se dé por buena una afirmación que no tiene base sobre la que sustentarse porque el sentimiento de pertenencia a un colectivo oculta todo lo que no encaja con él, puede ser el Espanya ens roba, lo de que los inmigrantes cobran una paga por ser inmigrantes o lo de que las pensiones de los próximos años hipotecan la vida de la juventud. Mientras, se margina del debate cómo se distribuye la riqueza que se genera en la sociedad, la evolución de las desigualdades, el funcionamiento real de lo que debieran ser los mecanismos de redistribución, cuántos recursos público vienen, de dónde proceden y en qué se emplean, es decir, todo lo que afecta a la vida de la gente.
Las sociedades actuales se enfrentan a amenazas preocupantes, la española (y la catalana) no son una excepción, el riesgo de salidas cada vez más autoritarias para imponer unas políticas injustas es real y tiende a maquillarse con un repliegue identitario que direccione la exigencia de responsabilidades hacia fuera, mientras, la minoría que acumula un porcentaje elevadísimo de la riqueza mundial se movería sin fronteras ni control. Por contra, se van abriendo paso recetas distintas de las llamadas políticas de austeridad (de falsa austeridad, sería más correcto decir) para dar respuesta a la crisis generada por la pandemia, aunque en modo alguno se pueden dar por consolidadas. Al mismo tiempo crece el riesgo de una crisis ecológica, de la que la crisis climática es una expresión, que se enfrenta al negacionismo de los mismos que apuestan por salidas autoritarias o por lo que se ha dado en llamar estados iliberales. Se trata de construir una alternativa para todos con independencia de su edad porque todas las generaciones están amenazadas con el desmantelamiento o el debilitamiento extremo de los escudos de protección social, con salarios de miseria incluso para trabajos cualificados, con inseguridad permanente de las fuentes de ingreso, con la autoexplotación forzada del falso autónomo que no gana ni para un alquiler, con el acceso al consumo de lo superfluo simultáneo a la incertidumbre respecto al acceso a lo más básico. Fácil no será, pero habrá que confiar en que se acabará construyendo porque lo que sí es es imprescindible.
Estaba terminada la entrada cuando leí el artículo que sigue, un ejemplo de cómo abordar una temática específica (en este caso la del feminismo) sin minusvalorarla, más bien todo lo contrario, y al mismo tiempo manteniendo una visión global, aquí lo anexo
Para acabar una demostración de que se puede hablar de los problemas generacionales sin perder de vista el conflicto general, la intervención de Aina Vidal en el debate sobre la convalidación del decreto sobre la reforma laboral, hablando desde el realismo de lo posible para construir una sociedad mejor para los colectivos más desfavorecidos.