Ha tenido unos cuantos retuits una entrevista de 1977 que le hizo Montserrat Roig a Cipriano García, enlace de la página web de RTVE que colgué en vísperas del pasado domingo electoral. Una entrevista que yo desconocía y sobre la que me puso en alerta Monstse Ros, portavoz de CCOO de Catalunya (la CONC) en el acto de homenaje al Cipri que celebramos en Terrassa el 25 de abril. Aunque buena parte de las personas que han visto el tuit saben quién fue Cipriano García hay otros que no, sobre quién fue y sobre qué fue el Cipri, es decir, sobre lo que significó su figura, va este escrito
Hay que empezar diciendo que el desconocimiento de algunas figuras históricas no es casualidad. Una consulta en la página web de la Enciclopedia Catalana resulta ilustrativa. Cipriano García tiene una pequeña entrada y ya se pasa a las entradas casi periodísticas de los secretarios generales habidos desde la legalización del sindicato a hoy (José Luis López Bulla, Joan Coscubiela, Joan Carles Gallego y Javier Pacheco) si no me equivoco ningún otro dirigente de CCOO de Catalunya (la CONC, insisto en remarcarlo y después se verá por qué) merece una entrada en la enciclopedia, en total bastante menos de una página de la edición en papel, incluyendo el espacio dedicado a la entrada Comissions Obreres. Hablamos del principal movimiento sindical en la Catalunya de la segunda mitad del s. XX y de la principal organización en la lucha antifranquista, por encima incluso del PSUC con el que se le suele hermanar. El contraste con las reseñas que se hacen de figuras de la CNT es notorio, muy merecidas y más amplias entradas (tampoco excesivas) tienen figuras claves del anarcosindicalismo catalán como Joan Peiró, Ángel Pestaña, Salvador Seguí, Francisco Ascaso, García Oliver, Durruti o Federica Montseny, así como también otros dirigentes de segundo nivel
Quizá estemos hablando de un período que ya es historia pero que aún no se ha ganado la pátina que da el tiempo transcurrido, quizá falten historiadores que hayan desvelado el papel de figuras como Ángel Rozas o el propio Cipriano García, pero creo que hay mucho de ocultamiento de la historia más reciente en favor de una mirada sesgada sobre la misma. Aquellas persona que en Catalunya y en el resto de España le echaron un pulso titánico a la dictadura franquista han sido arrinconadas, sustituidas por protagonistas únicos de la historia que nos quieren contar, así en España, donde la Transición política se nos ofrece como una magnifica y versallesca jugada de salón, como en Catalunya, donde toda la resistencia antifranquista parece haber sido protagonizada por estudiosos de la lengua, dirigentes blaugranas y alguna figura aislada del nacionalismo catalán
Cipriano García nació en 1927, obrero de origen manchego llegó a Terrassa en 1951, entró en el PSUC en 1954, sufrió 6 años y medio de cárcel por diferentes condenas, fue uno de los fundadores de CCOO y elegido diputado en 1977 y 1979, falleció en Castelldefels en 1995. Pocos datos más aparecen en su biografía de la Wikipedia (aquí) que es un poco más amplia que la de la enciclopedia catalana. Poco a nada se dice en ninguna parte de la importancia de su actividad política y sindical y, sin embargo, es importante hablar de qué fue el Cipri, qué es lo que significó su figura como símbolo de lo que fue aquel formidable movimiento de CC.OO. en dos conquistas claves de las sociedades española y catalana
A partir de un determinado momento, las caídas de los grupos dirigentes no pudo detener la capacidad organizativa del movimiento de CC.OO. José Luis López Bulla ha comentado en más de una ocasión cómo se libraron él y Cipriano García de la caída que llevó a la prisión a casi toda la dirección de CC.OO. de España, en el conocido como proceso 1001. La dirección clandestina se reunía en Pozuelo de Alarcón y fue detenida en junio de 1972, un retraso y el olfato de Cipriano García que vio movimientos que no le gustaron libraron a los representantes de Catalunya. El proceso 1001 significó que los dirigentes de Madrid, Andalucía, Asturias y otros territorios iban a estar en prisión hasta después de la muerte de Franco, salieron en libertad en diciembre de 1975 por un indulto real como acto magnánimo con motivo de su coronación. Cipriano García asumió durante esos tres años claves las funciones de coordinador de CC.OO. en toda España mientras que López Bulla centraba su actuación en Catalunya. CC.OO. mantuvo la actividad y siguió fortaleciéndose, con el grueso de su dirección en prisión fue capaz de ganar las elecciones sindicales de la primavera de 1975 al mismo sindicato vertical que las organizaba, tarea no fácil desde la clandestinidad. Es evidente que la organización de CC.OO. había superado una barrera que le permitía funcionar a pesar de la represión franquista, algo que era posible gracias a que había otros dirigentes como el Cipri o los que estaban en prisión. Ese potencial fue determinante para conquistar las libertades perdidas 40 años atrás, ni la primera gran crisis económica mundial desde el crac del 29 que empezaba a repercutir en España, ni el intento de imponer por decreto topes salariales en un intento estéril de contener los incrementos de precios, ni la represión que dejó un importante saldo de víctimas pudieron detener la ofensiva del movimiento obrero, con CC.OO. como gran protagonista, que resultó determinante para que el intento de mantener el franquismo sin Franco, el primer gobierno de la monarquía presidido por Arias Navarro, durara apenas medio año. Más allá de la biografía de Cipriano García hay que entender que el Cipri representó eso, la tozudez militante y la inteligencia colectiva de unos cuantos que fue capaz de ir ensanchando su influencia y atrayendo a nuevos efectivos para poder hacer frente a la dictadura y hacer avanzar las conquistas democráticas
He insistido antes en que las CC.OO. de Catalunya son la CONC, es decir, La Comissió Obrera Nacional de Catalunya y es el momento de profundizar en ese tema. Buena parte de la militancia de las primeras CC.OO, como el propio Cipriano García, fueron trabajadores catalanes nacidos fuera de Catalunya, en las empresas convivían con compañeros y compañeras nativos de Catalunya y de otros puntos de España, siendo estos últimos un porcentaje muy elevado en las localidades y comarcas más industrializadas, donde el movimiento obrero tenía más opciones de desarrollarse como así fue. A diferencia de lo que sucede hoy, tras la penetración de gran número de empresas multinacionales, en aquellos años lo normal era que el patrón fuese un miembro de la burguesía catalana, con la excepción de un puñado de grandes empresas. Significa lo anterior que el riesgo de asociar catalanidad con condiciones de trabajo y salarios manifiestamente mejorables era un riesgo para una parte importante de la clase obrera. Hay que añadir a lo anterior una cierta tradición del movimiento obrero clásico, compartida por la mayoría de las corrientes de izquierdas, que venía a considerar la cuestión nacional como un planteamiento pequeño burgués, en la terminología de la época. Actuaban como contrapeso otras cuestiones, como la búsqueda de la unidad de todo lo que se expresaba como rechazo al franquismo, así, en 1960 Cipriano García y otros compañeros del PSUC de Terrassa son detenidos y condenados en Consejo de Guerra a penas de entre dos y ocho años de prisión por realizar una campaña pidiendo la libertad de Jordi Pujol. La militancia de CC.OO. proveniente del PSUC asumía un discurso nacional que no compartían otros miembros del sindicato, destacando entre ellos el FOC, el Front Obrer Català, equivalente catalán del conocido como "felipe" en el resto de España (FLP, Frente de Liberación Popular)
No recuerdo en que acto conmemorativo de la CONC que se celebró en el salón de actos del sindicato, posiblemente en uno de los aniversarios de su creación, Pasqual Maragall que perteneció por aquellos tiempos al FOC, explicó su versión de aquel debate: como los sindicalistas de CC.OO. pertenecientes al PSUC veían peligrar el control de la Comisión Obrera del Metal de Barcelona, la más importante y con fuerte presencia de sindicalistas afines al FOC, el partido de los comunistas catalanes decidió impulsar la creación de la CONC para poder mantener el control sobre la organización. Las maragalladas eran en ocasiones genialidades y en otras ocurrencias, en este caso no se sostiene su teoría por ningún sitio, sin duda las pugnas por el control de la organización existieron, como sucede en cualquier entidad de composición plural, pero para saltarse el escollo de una sectorial de rama de Barcelona bastaba con defender la creación de las CC.OO. de Catalunya, no hacía falta para nada añadir en medio el término nacional. La decisión adoptada en 1966, dos años después de la asamblea fundacional de CC.OO. en Catalunya, de constituir la Comissió Obrera Nacional de Catalunya tuvo unas consecuencias decisivas en el devenir de la historia catalana de los años posteriores y es cierto que salió adelante con la oposición de una parte de la organización (además de los miembros vinculados al FOC había otros grupos que rechazaban la propuesta) que consideraba que la defensa de los intereses nacionales de Catalunya era subordinar los objetivos de CC.OO. y por ende de la clase trabajadora a los intereses de la burguesía. Resulta cuando menos curioso que el nieto del poeta Joan Maragall y posterior Molt Honorable President de la Generalitat de Catalunya fuera defensor de ignorar la defensa de las libertades nacionales catalanas mientras que el obrero manchego y castellanohablante defendía que la asunción de las reivindicaciones nacionales catalanes era necesaria para evitar una ruptura del movimiento obrero por razones de origen
La trascendencia de la decisión adoptada en 1966 es difícilmente discutible. El movimiento de CC.OO. fue en Catalunya, como en España, el más potente en la lucha antifranquista, pero Catalunya se anticipa en la adopción de mecanismos unitarios de oposición al franquismo, primero con la Taula Rodona a partir de la Caputxinada de 1966, después con la Coordinadora de Forces Polítiques de Catalunya y finalmente con la Assemblea de Catalunya, el ámbito de esta última superaba con creces el de las fuerzas políticas e incluyó a representantes del conjunto de la sociedad catalana, a organizaciones de todo tipo y a personalidades de prestigio sin vinculación con ninguna entidad. Que eso fuera posible, cuando en el resto de España se estaba lejos de poner de acuerdo ni siquiera a los partidos para hacer una única plataforma conjunta de fuerzas políticas, sería difícilmente imaginable si la organización con mayor capacidad organizativa en lo político, el PSUC, y la que llegaba a mayor número de personas, el movimiento sindical de CC.OO, no hubieran participado de las aspiraciones en materia nacional que eran la razón de ser de otros colectivos antifranquistas.
Pero más allá de eso, la asunción de las reivindicaciones nacionales fue fundamental para cohesionar la sociedad catalana. Sin olvidar en ningún momento el conflicto de clase y los distintos intereses que tenía cada cual en la sociedad catalana, la lengua y la cultura no fueron objeto de confrontación. La fortaleza de esta cohesión evitó los brotes de nada parecido al lerrouxismo de la primera mitad del s. XX y arrastró al conjunto de fuerzas políticas y sindicales a asumir los planteamientos nacionales, tanto en el frente sindical como en el político. La ruptura de ese marco de cohesión fue el objetivo del Partido Andalucista (entonces se denominaba aún Partido Socialista Andaluz) al presentarse en la primeras elecciones al Parlament en 1980, donde obtuvo 2 diputados, ese fantasma volvió con la aparición de Ciudadanos en las elecciones al Parlament en 2006, en las que obtuvo 3 diputados, los mismos que en 2010: 30 años después el voto abiertamente anticatalanista se mantenía en unos niveles bajísimos, la cosa cambió con la puesta en marcha del procés, pero esa es otra historia
En lo que respecta a lo que se plantea en este escrito lo que destaca es la función de los dirigentes obreros, catalanes de origen o no, en la construcción de un proyecto nacional popular. La inspiración fue política, en este caso la inteligencia de los Cipris de aquellos años se expresó en la capacidad de trasladar a un movimiento de raíz netamente social el aprendizaje político que ellos tuvieron y que provenía de legado del PSUC: la conquista de derechos sociales y derechos nacionales eran inseparables, en ningún caso la cuestión identitaria podía fracturar la unidad de clase en la defensa de los objetivos de emancipación de la explotación del hombre por el hombre. El lenguaje puede sonar a anticuado, era el que ellos empleaban, no hay mejor forma de explicar lo que defendían que usar sus propias palabras
Lo que fue el Cipri es lo que fueron los hombres y mujeres que plantaron cara al franquismo, con valor y también con una gran inteligencia que se acostumbra a olvidar. El mismo año del fallecimiento de Cipriano, 1995, el archivo histórico de la CONC ya funcionando con el añadido Fundación Cipriano García, editó un pequeño librito, con un reseña biográfica de Javier Tébar, un escrito de Antonio Casas (el Casas de Terrassa para los que lo conocimos) hablando de sus experiencias compartidas con Cipriano, incluida la carcelaria, otro artículo de José Luis López Bulla, quizá el más aventajado de sus discípulos y diversos escritos del propio Cipriano García. Ignoro si ese pequeño librito está disponible en formato digital en la página web del sindicato, si es así convendría y mucho divulgarlo, si no es así creo que es una tarea poco compleja que debería hacerse cuanto antes y darle la publicidad que se merece.
Cipriano García fue uno de los grandes sindicalistas catalanes y españoles del s. XX, aquí se ha intentado destacar la importancia de lo que supuso su lucha, siempre colectiva, pero con una importante carga de sacrificio exclusivamente personal, que su memoria no se olvide es una cuestión de justicia, pero también una necesidad que tenemos para poder entender qué somos y por qué somos, porque lo fue el Cipri sigue estando vigente por mucho que le pese a algunos
dilluns, 29 d’abril del 2019
dimecres, 24 d’abril del 2019
LA MOVILIACIÓN SOCIAL ANTIFRANQUISTA
Desde finales de la década de los 50 la respuesta ciudadana a la dictadura fue creciendo e incorporando a nuevos colectivos, sin que ello supusiera en ningún momento una movilización lo suficientemente poderosa como para que la dictadura corriera peligro, como muestran los sucesivos fracasos de las convocatorias de la manida huelga general pacífica
El temor a que eso sucediera sí fue real en los estamentos del régimen y en algunas cancillerías extranjeras en los últimos años de vida de Franco y en los meses que siguieron a su muerte, es una de las claves de la Transición y sobre ello ya se hablará. Esta entrada se va a centrar en una parte de las movilizaciones sociales que fue en aumento a medida que avanzaba la década de los 60 y en la primera mitad de los 70. Quedan fuera los dos frentes más importantes de oposición ciudadana que por su trascendencia serán tratados aparte: el movimiento obrero y las reivindicaciones nacionales de Catalunya y Euskadi
El inicio y crecimiento de la contestación al franquismo respondió a varias razones. Una primera fue generacional, los nacidos con posterioridad a la guerra o que la vivieron en su infancia adquirieron mayor protagonismo social, desplazando paulatinamente a la que fue derrotada y aportando nuevas formas de organizarse. La segunda fue la necesidad del régimen de abrirse económicamente al exterior, lo que tuvo la contrapartida de hacer gestos, fueron los tiempos del aperturismo que dejaron resquicios a la actuación de la ciudadanía, sin que eso significara la renuncia a la represión como respuesta en cuanto los jerarcas apreciaban que se rebasaban los estrechos límites que estaban dispuestos a permitir. En tercer lugar hay que reseñar el crecimiento económico (ver aquí) que experimentó España desde el Plan de Estabilización a la crisis del petróleo, un crecimiento que produjo desplazamientos masivos de población a ciudades que no se prepararon para el repentino incremento de habitantes y una carestía que era difícil compensar con la timorata Ley de Convenios Colectivos de 1958, una de las expresiones del aperturismo. Cabe añadir que ser testigos del crecimiento de las ganancias empresariales sin optar al reparto del pastel fue un acicate para la movilización. Sin duda hay más razones, pero acostumbramos a olvidar una cuarta, la influencia de los cambios que se producían en exterior, en las políticas de los estados y en las mentalidades colectivas, y que nos afectaron, nos afectan siempre, mucho más de lo que percibimos
Hubo movilizaciones de distinto tipo en el primer franquismo: los partidos intentaron reorganizarse en el interior, llegó a haber un intento de invasión en la Vall d'Aran, incluso alguna movilización consiguió algún éxito importante aunque puntual, como la huelga de tranvías en Barcelona en 1951, pero no fue hasta finales de la década de los 50 cuando empezó a surgir una movilización de nuevo tipo. Fue sustituyendo a la heredada de la primera resistencia antifranquista y durante un periodo convive con ella, así la mayoría de historiadores considera las huelgas mineras de 1962 como las últimas defensivas o el maquis mantuvo algún grupo activo hasta los años 60, cuando ya habían empezado las primeras movilizaciones estudiantiles o el catalanismo había protagonizado actuaciones destacadas
Los estudiantes universitarios protagonizaron las primeras movilizaciones que pueden considerarse antifranquistas de nuevo de cuño, en febrero de 1956 se produjo el choque en Madrid entre estudiantes opuestos al oficial Sindicato de Estudiantes universitarios (SEU) y falangistas, en el que resultó herido grave de bala uno de los integrantes del grupo falangista, muy probablemente por un disparo errado de uno de sus compañeros. la importancia que dio el régimen a los incidentes queda demostrada por el coste político que tuvo, la dimisión de dos ministros, el de educación (Joaquín Ruíz Jiménez) y el Secretario General del Movimiento (Raimundo Fernández Cuesta) Vistos en perspectiva, lo más destacable de aquellos hechos fue que estuvieron protagonizados por una nueva generación que no fue protagonista de la Guerra de España y que por el perfil sociológico, los estudiantes pertenecían a clases acomodadas y algunos a familias destacadas del país y de la dictadura, ya no podía hablarse de una reacción de los vencidos frente a los vencedores. Nombres como los de Ramón Tamames, Enrique Múgica, Fernando Sánchez Dragó, José María Ruiz Gallardón o Miguel Sánchez Mazas aparecían en el relato de los hechos y son prueba de los problemas que iba a tener el régimen en la universidad
En 1965 resurgió con fuerza el movimiento estudiantil, esta vez con apoyo de una parte del profesorado (como consecuencia fueron expulsados de la universidad los catedráticos Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis López Aranguren, por ejemplo) y con mucha más extensión que en 1956, la protesta afectó a buena parte de las principales universidades (Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Valencia) y ya no desapareció, aunque sí experimentó mutaciones. Si el SEU había quedado gravemente afectado por lo sucedido en 1956 ahora ya iba a desaparecer. Por otra parte, en estas fechas el movimiento estudiantil era uno más de los quebraderos de cabeza y no el único foco de atención. Como una década atrás, la universidad era coto casi exclusivo de descendientes de familias bien situadas, aunque empezaban a llegar hijos de obreros eran aún un porcentaje mínimo: la extensión del rechazo al franquismo en la universidad era indicativo de la pérdida de apoyos que padecía.
Una consecuencia con repercusiones colaterales de las protestas estudiantiles fue la Caputxinada, incidente que vale la pena destacar porque evidencía la conexión que adquieren las movilizaciones de distinto tipo. El ilegal Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) elige para una reunión en convento de los Capuchinos de Sarrià, la Brigada Político-Social tiene conocimiento de la reunión, pero llega tarde y el encierro se prolonga durante dos días hasta que se procede a la entrada de la policía. Aparte de las cuantiosas multas a los asistentes se procede al despido de casi un centenar de profesores no numerarios y para organizar la solidaridad con los represaliados se constituye inicialmente la Taula Rodona, primer organismo unitario antifranquista en el que se rompe el cordón sanitario y participan los comunistas del PSUC, será el primer precedente de la Assemblea de Catalunya. Además, el incidente implicó a la Iglesia, cuando dos meses después, también en relación con las protestas universitarias, un grupo de sacerdotes en sotana se dirijía a la comisaría de Via Laietana para entregar un escrito se produjo la imagen de una carga policial contra decenas de sacerdotes en sotana
Hasta 1969 las protestas universitarias tuvieron un apoyo importante, se revitalizaron además con el eco del mayo francés de 1968 y acabaron provocando la declaración del estado de excepción en toda España, la primera vez que esto sucedía desde el final de la guerra. El 20 de enero muere el estudiante madrileño Enrique Ruano a manos de la policía, su muerte se pretende hacer pasar por un suicidio y ante las protestas el gobierno procede a declarar el estado de excepción, durante el que las detenciones fueron numerosas, tanto de estudiantes como de opositores al régimen en general, hasta un total de más de 700.
La repuesta represiva del régimen tuvo repercusiones en la capacidad movilizadora, al tiempo que fue llevando a la radicalización del movimiento estudiantil que subsistió, mucho más politizado pero con menos seguimiento. el movimiento estudiantil fue cediendo protagonismo en los años 70 a otros colectivos de oposición antifranquista. Estudiantes y profesores que participaron en las protestas universitarias de aquella época fueron poco después cuadros políticos destacados o asesoraron en distintos frentes a sindicatos y movimientos vecinales. Otro tanto pasó con los integrantes de los colegios profesionales, en algunos de los cuales las juntas directivas elegidas estaban formadas por demócratas, como sucedió en los colegios de abogados de Madrid y Barcelona
El crecimiento de las ciudades fue desordenado no sólo por la falta de previsión para alojar a los miles de personas que llegaban, sino también por los negocios especulativos propiciados desde los mismos ayuntamientos a costa de ese crecimiento. Fueron prácticas habituales de la época las modificaciones de las planificaciones urbanísticas para incrementar la edificabilidad a costa de los equipamientos o las zonas verdes, aumentando las alturas permitidas sin prever los servicios que comportaría el incremento de población que ello significaba y otras prácticas para convertir en negocio el crecimiento poblacional, negocios en los que era frecuente que el beneficiado fuera miembro del consistorio, incluyendo al propio alcalde. Los problemas eran múltiples, desde el chabolismo (fenómeno más conocido en Catalunya como barraquismo) en su versión más dura a la falta de espacios verdes y plazas, pasando por carencias básicas de todos tipo: alcantarillado, alumbrado, asfaltado, transporte público, escuelas, servicios de atención sanitaria, deficiencias de todo tipo en la recogida de residuos y lo todo lo que se pueda imaginar.
El fenómeno era paralelo al desarrollo de la conciencia de los trabajadores en las empresas y tuvo más repercusión en las zonas con un desarrollo económico mayor que eran las que atraían flujos migratorios. No es de extrañar, por tanto, que en más de una ocasión los activistas de la fábrica fueran los mismos que en los barrios y que las luchas vecinales para conseguir revertir la situación se extendiera por los grandes núcleos de población en crecimiento, las áreas metropolitanas de Madrid y Barcelona, pero también en Bilbao y Sevilla. Como en otros casos, los movimientos vecinales aprovecharon los resquicios legales, en este caso la Ley de Asociaciones de Cabezas de Familia y, también como en otros casos, las demandas concretas acababan llevando a reclamaciones genéricas de democratización y conquista de libertades que permitieran tener incidencia en las políticas municipales.
Movimientos incipientes por entonces, como el feminismo o el ecologismo tuvieron escaso protagonismo, se estaban rodando podría decirse para lo que serían en el futuro. Sin duda el movimiento obrero fue el más transversal de todos y el que a la postre tendría más trascendencia junto al las reivindicaciones nacionales de Catalunya y Euskadi. Como ya se ha dicho, ambos asuntos merecen una consideración aparte
El temor a que eso sucediera sí fue real en los estamentos del régimen y en algunas cancillerías extranjeras en los últimos años de vida de Franco y en los meses que siguieron a su muerte, es una de las claves de la Transición y sobre ello ya se hablará. Esta entrada se va a centrar en una parte de las movilizaciones sociales que fue en aumento a medida que avanzaba la década de los 60 y en la primera mitad de los 70. Quedan fuera los dos frentes más importantes de oposición ciudadana que por su trascendencia serán tratados aparte: el movimiento obrero y las reivindicaciones nacionales de Catalunya y Euskadi
El inicio y crecimiento de la contestación al franquismo respondió a varias razones. Una primera fue generacional, los nacidos con posterioridad a la guerra o que la vivieron en su infancia adquirieron mayor protagonismo social, desplazando paulatinamente a la que fue derrotada y aportando nuevas formas de organizarse. La segunda fue la necesidad del régimen de abrirse económicamente al exterior, lo que tuvo la contrapartida de hacer gestos, fueron los tiempos del aperturismo que dejaron resquicios a la actuación de la ciudadanía, sin que eso significara la renuncia a la represión como respuesta en cuanto los jerarcas apreciaban que se rebasaban los estrechos límites que estaban dispuestos a permitir. En tercer lugar hay que reseñar el crecimiento económico (ver aquí) que experimentó España desde el Plan de Estabilización a la crisis del petróleo, un crecimiento que produjo desplazamientos masivos de población a ciudades que no se prepararon para el repentino incremento de habitantes y una carestía que era difícil compensar con la timorata Ley de Convenios Colectivos de 1958, una de las expresiones del aperturismo. Cabe añadir que ser testigos del crecimiento de las ganancias empresariales sin optar al reparto del pastel fue un acicate para la movilización. Sin duda hay más razones, pero acostumbramos a olvidar una cuarta, la influencia de los cambios que se producían en exterior, en las políticas de los estados y en las mentalidades colectivas, y que nos afectaron, nos afectan siempre, mucho más de lo que percibimos
Hubo movilizaciones de distinto tipo en el primer franquismo: los partidos intentaron reorganizarse en el interior, llegó a haber un intento de invasión en la Vall d'Aran, incluso alguna movilización consiguió algún éxito importante aunque puntual, como la huelga de tranvías en Barcelona en 1951, pero no fue hasta finales de la década de los 50 cuando empezó a surgir una movilización de nuevo tipo. Fue sustituyendo a la heredada de la primera resistencia antifranquista y durante un periodo convive con ella, así la mayoría de historiadores considera las huelgas mineras de 1962 como las últimas defensivas o el maquis mantuvo algún grupo activo hasta los años 60, cuando ya habían empezado las primeras movilizaciones estudiantiles o el catalanismo había protagonizado actuaciones destacadas
Los estudiantes universitarios protagonizaron las primeras movilizaciones que pueden considerarse antifranquistas de nuevo de cuño, en febrero de 1956 se produjo el choque en Madrid entre estudiantes opuestos al oficial Sindicato de Estudiantes universitarios (SEU) y falangistas, en el que resultó herido grave de bala uno de los integrantes del grupo falangista, muy probablemente por un disparo errado de uno de sus compañeros. la importancia que dio el régimen a los incidentes queda demostrada por el coste político que tuvo, la dimisión de dos ministros, el de educación (Joaquín Ruíz Jiménez) y el Secretario General del Movimiento (Raimundo Fernández Cuesta) Vistos en perspectiva, lo más destacable de aquellos hechos fue que estuvieron protagonizados por una nueva generación que no fue protagonista de la Guerra de España y que por el perfil sociológico, los estudiantes pertenecían a clases acomodadas y algunos a familias destacadas del país y de la dictadura, ya no podía hablarse de una reacción de los vencidos frente a los vencedores. Nombres como los de Ramón Tamames, Enrique Múgica, Fernando Sánchez Dragó, José María Ruiz Gallardón o Miguel Sánchez Mazas aparecían en el relato de los hechos y son prueba de los problemas que iba a tener el régimen en la universidad
En 1965 resurgió con fuerza el movimiento estudiantil, esta vez con apoyo de una parte del profesorado (como consecuencia fueron expulsados de la universidad los catedráticos Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis López Aranguren, por ejemplo) y con mucha más extensión que en 1956, la protesta afectó a buena parte de las principales universidades (Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Valencia) y ya no desapareció, aunque sí experimentó mutaciones. Si el SEU había quedado gravemente afectado por lo sucedido en 1956 ahora ya iba a desaparecer. Por otra parte, en estas fechas el movimiento estudiantil era uno más de los quebraderos de cabeza y no el único foco de atención. Como una década atrás, la universidad era coto casi exclusivo de descendientes de familias bien situadas, aunque empezaban a llegar hijos de obreros eran aún un porcentaje mínimo: la extensión del rechazo al franquismo en la universidad era indicativo de la pérdida de apoyos que padecía.
Una consecuencia con repercusiones colaterales de las protestas estudiantiles fue la Caputxinada, incidente que vale la pena destacar porque evidencía la conexión que adquieren las movilizaciones de distinto tipo. El ilegal Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) elige para una reunión en convento de los Capuchinos de Sarrià, la Brigada Político-Social tiene conocimiento de la reunión, pero llega tarde y el encierro se prolonga durante dos días hasta que se procede a la entrada de la policía. Aparte de las cuantiosas multas a los asistentes se procede al despido de casi un centenar de profesores no numerarios y para organizar la solidaridad con los represaliados se constituye inicialmente la Taula Rodona, primer organismo unitario antifranquista en el que se rompe el cordón sanitario y participan los comunistas del PSUC, será el primer precedente de la Assemblea de Catalunya. Además, el incidente implicó a la Iglesia, cuando dos meses después, también en relación con las protestas universitarias, un grupo de sacerdotes en sotana se dirijía a la comisaría de Via Laietana para entregar un escrito se produjo la imagen de una carga policial contra decenas de sacerdotes en sotana
Hasta 1969 las protestas universitarias tuvieron un apoyo importante, se revitalizaron además con el eco del mayo francés de 1968 y acabaron provocando la declaración del estado de excepción en toda España, la primera vez que esto sucedía desde el final de la guerra. El 20 de enero muere el estudiante madrileño Enrique Ruano a manos de la policía, su muerte se pretende hacer pasar por un suicidio y ante las protestas el gobierno procede a declarar el estado de excepción, durante el que las detenciones fueron numerosas, tanto de estudiantes como de opositores al régimen en general, hasta un total de más de 700.
La repuesta represiva del régimen tuvo repercusiones en la capacidad movilizadora, al tiempo que fue llevando a la radicalización del movimiento estudiantil que subsistió, mucho más politizado pero con menos seguimiento. el movimiento estudiantil fue cediendo protagonismo en los años 70 a otros colectivos de oposición antifranquista. Estudiantes y profesores que participaron en las protestas universitarias de aquella época fueron poco después cuadros políticos destacados o asesoraron en distintos frentes a sindicatos y movimientos vecinales. Otro tanto pasó con los integrantes de los colegios profesionales, en algunos de los cuales las juntas directivas elegidas estaban formadas por demócratas, como sucedió en los colegios de abogados de Madrid y Barcelona
El crecimiento de las ciudades fue desordenado no sólo por la falta de previsión para alojar a los miles de personas que llegaban, sino también por los negocios especulativos propiciados desde los mismos ayuntamientos a costa de ese crecimiento. Fueron prácticas habituales de la época las modificaciones de las planificaciones urbanísticas para incrementar la edificabilidad a costa de los equipamientos o las zonas verdes, aumentando las alturas permitidas sin prever los servicios que comportaría el incremento de población que ello significaba y otras prácticas para convertir en negocio el crecimiento poblacional, negocios en los que era frecuente que el beneficiado fuera miembro del consistorio, incluyendo al propio alcalde. Los problemas eran múltiples, desde el chabolismo (fenómeno más conocido en Catalunya como barraquismo) en su versión más dura a la falta de espacios verdes y plazas, pasando por carencias básicas de todos tipo: alcantarillado, alumbrado, asfaltado, transporte público, escuelas, servicios de atención sanitaria, deficiencias de todo tipo en la recogida de residuos y lo todo lo que se pueda imaginar.
El fenómeno era paralelo al desarrollo de la conciencia de los trabajadores en las empresas y tuvo más repercusión en las zonas con un desarrollo económico mayor que eran las que atraían flujos migratorios. No es de extrañar, por tanto, que en más de una ocasión los activistas de la fábrica fueran los mismos que en los barrios y que las luchas vecinales para conseguir revertir la situación se extendiera por los grandes núcleos de población en crecimiento, las áreas metropolitanas de Madrid y Barcelona, pero también en Bilbao y Sevilla. Como en otros casos, los movimientos vecinales aprovecharon los resquicios legales, en este caso la Ley de Asociaciones de Cabezas de Familia y, también como en otros casos, las demandas concretas acababan llevando a reclamaciones genéricas de democratización y conquista de libertades que permitieran tener incidencia en las políticas municipales.
Movimientos incipientes por entonces, como el feminismo o el ecologismo tuvieron escaso protagonismo, se estaban rodando podría decirse para lo que serían en el futuro. Sin duda el movimiento obrero fue el más transversal de todos y el que a la postre tendría más trascendencia junto al las reivindicaciones nacionales de Catalunya y Euskadi. Como ya se ha dicho, ambos asuntos merecen una consideración aparte
divendres, 19 d’abril del 2019
LOS PILARES DEL RÉGIMEN
El régimen de Franco se apoyó desde un principio en tres sectores fundamentales de la sociedad española: la Iglesia Católica que le daba gran parte de la cobertura ideológica; el ejército que le permitió conquistar el poder con el inestimable apoyo de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini y las clases propietarias que le financiaron la guerra y se cobraron la deuda posteriormente. Desde los años 60, de forma acelerada, empiezan a mostrarse fisuras en el apoyo casi monolítico de los primeros 20 años de la dictadura, si bien por razones distintas y con una intensidad muy dispar en cada caso
Por lo que respecta al ejército las discrepancias fueron muy matizadas y tuvieron más que ver con el enfoque de cómo modernizar la institución que con la oposición al régimen. El ejército español estaba sobredimensionado en miembros e infradotado en medios, justo lo contrario de la tendencia que se había ido imponiendo en los países más preparados en el terreno militar. La sobredimensión de efectivos tenía su reflejo en el número de oficiales y suboficiales y el resultado final de todo ello era que el grueso del presupuesto militar iba a la partida de personal y poco quedaba para invertir en modernización de material.
Debe añadirse que el mecanismo de promoción se basaba en los años de servicio a falta de escenarios bélicos que permitieran las promociones por méritos, como sucedió a principios de siglo con las guerras coloniales en Marruecos. Consecuencia de ello, de que el acceso a la carrera militar estaba muy condicionada por la tradición familiar y de la profunda purga que se hizo durante la Guerra de España de todo aquel militar que no se puso del lado de los rebeldes, en la etapa final de la dictadura las máximas responsabilidades estaban en manos de un generalato envejecido que había luchado en la guerra en el bando franquista y el cuerpo era muy endogámico y altamente conservador, no sólo con respecto a su visión de la sociedad sino también en lo referente al funcionamiento de la institución.
Que pasara algo similar a lo de Portugal, donde el ejército desempeñó un rol clave en la caída de la dictadura salazarista era impensable. De hecho, el caso portugués fue uno de los acicates para que un grupo de oficiales de grado medio constituyeran la Unión Militar Democrática (UMD) en 1974, pero tuvieron escaso eco dentro de la oficialidad (unos centenares sobre decenas de miles de mandos) no llegaron a penetrar en los niveles superiores del escalafón y fueron rápidamente desmontados, la UMD quedó casi desmantelada con la detención de buena parte de sus organizadores antes de cumplir un año de vida, con Franco aún vivo. Su juicio en consejo de guerra, ya posterior al fallecimiento del dictador, acabó con penas desproporcionadas y la expulsión del ejército de los cabezas visibles. Cabe decir que la democracia no ha tenido a bien resarcir a ese puñado de demócratas que osó plantar cara a la dictadura desde la más oscura de las cavernas
El debate que sí hubo en el ejército aún en vida de Franco era el de su necesaria modernización, lo que pudiera afectar a cambios políticos en el país era colateral, los reformistas eran conscientes de que modernizar al ejército tenía que ir acompañado de mantener buenas relaciones con los ejércitos de los países aliados y aunque EE.UU. no tenía muchos escrúpulos al respecto, en los países europeos la opinión pública abiertamente contraria al franquismo hacía que sus gobiernos cerraran la puerta, además de a la Comunidad Económica Europea (CEE) al ingreso de España a la OTAN, con lo que la modernización en material bélico y organización del ejército se hacía casi imposible
Tampoco fue este un debate que produjera una gran división, el grueso de la oficialidad, incluyendo la de más alto rango, seguía anclada en su visión conservadora del mundo y del ejército. La gran cuestión que se planteaba todo el mundo no era si los militares se enfrentarían entre ellos a partir de un impulso transformador de algunos de sus miembros, sino qué movimientos podrían darse en el ejército para entorpecer cualquier tipo de cambios que pudieran emprenderse. Sea como fuere, la existencia de esa parte de militares que apostaban por la modernización de la institución fue importante tras la muerte de Franco, porque constituyó el núcleo al que se adhirieron los que actuaron más por obediencia que por convicción que no fueron pocos, pero de eso ya se hablará en otro momento
El poder económico se benefició desde el primer momento de la victoria franquista, cuando la mayoría de la población vivía en la penuria, el aislamiento económico español impuesto por las políticas autárquicas dejó al empresariado sin competencia y además con una mano de obra carente de los más mínimos derechos para disputarle el reparto de la escasa riqueza que se producía. El cambio de orientación obligado por el fracaso del modelo autárquico implicó mayor apertura al exterior, cada vez estaba más claro que fuera de la CEE las posibilidades de negocio eran menores, pero la pertenencia al club europeo implicaba cambios políticos.
Por contra, al empresariado ya le iba bien una situación legal que ponía enormes dificultades a la organización sindical de las plantillas. Las estructura del sindicato vertical les servía para representarlos ante la administración, además se habían mantenido algunas organizaciones empresariales, como sucedió con Fomento del Trabajo Nacional en Catalunya. Sólo cuando el conflicto laboral se agudizaba en extremo había empresarios que veían la inutilidad de las estructuras legales existentes y prefería negociar con los interlocutores reales, otros, por contra, optaban por la represión pura y dura en situaciones de ese tipo.
Hubo, en consecuencia, un incremento de las posturas favorables a un cierto cambio político, forzado básicamente por las circunstancias y con el objetivo de evitar situaciones incontrolables. Las grandes fortunas se sentaban en los consejos de administración de la banca y de las grandes empresas y también en los consejos de ministros, pero mantenían la relación con el círculo de Juan de Borbón y miraban cada vez más a Europa. Jugaban todas las bazas y tenían vías directas de contacto con el poder político. No es de extrañar, pues no se había visto necesaria, que la creación de la CEOE sea tardía, casi dos años después de la muerte de Franco
Si en el ejército las fisuras fueron mínimas y en el poder económico muy discretas aunque más profundas, en el caso de la Iglesia Católica sí se hicieron mucho más evidentes, con el riesgo de que el fuego de artificio de algunas manifestaciones del distanciamiento hagan pensar que la parte minoritaria de la Iglesia era el todo. Por tanto, lo primero que hay que señalar es que gran parte del estamento eclesiástico, desde la jerarquía a las bases, siguió defendiendo postulados poco dados a veleidades democráticas y mucho menos socializantes
Eran años de expansión de la Teología de la Liberación y eso tuvo su influencia en España, la figura del cura obrero que iba a su trabajo asalariado como cualquier otro vecino y después daba misa, o la del que apostaba por fórmulas novedosas de aproximación a la juventud organizando actividades no fue infrecuente, aprovechando las posibilidades de actuación que el sacerdocio daba y que no estaban al alcance del resto de la población. Estas actividades llegaron incluso a zonas rurales como consecuencia de los traslados que se hicieron para desactivar el peligro potencial que veían las autoridades en este clero. Si unimos a lo anterior la identificación de gran parte del estamento eclesiástico con las demandas nacionales de Catalunya y Euskadi en esos dos territorios nos podemos imaginar la alarma y el escándalo que en determinados sectores provocó la imagen de una iglesia enfrentada a la gente de orden, a la que tanto pensaban ellos que debían, no sin cierta razón. El grado de contestación se refleja en el centenar de hombres que pasaron por la prisión zamorana destinada exclusivamente a presos religiosos y que estuvo activa entre 1968 y 1977. Con todo, hay que ser cautos y no sobrevalorar a este colectivo de eclesiásticos abiertamente enfrentados con el régimen porque siguieron siendo una minoría dentro de la Iglesia, como tampoco negarles lo que supusieron, tanto desde el punto de vista simbólico como en la práctica, al facilitar la actividad de muchos colectivos con actos como ceder espacios donde celebrar reuniones
Muy importante fue colectivo más centrista de la Iglesia, los dos papados de Juan XXIII y, en especial, de Pablo VI ayudaron mucho (ver aquí) a que la jerarquía más afín a la dictadura fuera desplazada por personajes de la trascendencia del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, la misma postura oficial de la Santa Sede ante las desmesuras franquistas reflejaba la profunda grieta que había en las relaciones, las desconfianzas sobre Pablo VI se remontaban a antes de su acceso al papado, cuando criticó al gobierno español en relación al caso de Julián Grimau. Los gritos y pintadas ultras de Tarancón al paredón, el hecho de que no fuera él el que oficiara en el entierro de Franco o el contenido de su homilía en la misa posterior a la coronación de Juan Carlos I son expresiones del alejamiento, más si se tiene en cuenta que presidió la conferencia episcopal en el delicado periodo comprendido entre 1971 y 1982.
La diócesis vascas y catalanas fueron otra expresión de desencuentro, la proximidad de las autoridades eclesiásticas a los planteamientos catalanistas y vasquistas es un elemento añadido para defender posturas de cambios democráticos, declaraciones como las del Abad Escarré de Montserrat al diario Le Monde en 1963, o el caso Añoveros, obispo de Bilbao, que en 1974 provocó una crisis diplomática con el Vaticano, son expresiones de una corriente de fondo que no se quedaba en la cúpula obispal de ambos territorios
Pero el sector centrista no estaba contaminado por la teología de la liberación, su compromiso terrenal estuvo más pendiente de los intereses de la propia Iglesia que de los de la feligresía, la implicación en los cambios políticos tras la muerte de Franco estuvo estrechamente vinculada a la negociación de los acuerdos que permitieron mantener una situación de privilegio a la Iglesia Católica en el nuevo escenario, con los acuerdos de julio de 1976 y enero de 1979, negociados en paralelo al debate constitucional y de forma secreta. Con la llegada de Juan Pablo II en 1978 del Vaticano empezaron a llegar impulsos marcadamente conservadores que fueron trasladándose a las actuaciones de la Iglesia en España, pero esa ya es otra historia
El poder económico se benefició desde el primer momento de la victoria franquista, cuando la mayoría de la población vivía en la penuria, el aislamiento económico español impuesto por las políticas autárquicas dejó al empresariado sin competencia y además con una mano de obra carente de los más mínimos derechos para disputarle el reparto de la escasa riqueza que se producía. El cambio de orientación obligado por el fracaso del modelo autárquico implicó mayor apertura al exterior, cada vez estaba más claro que fuera de la CEE las posibilidades de negocio eran menores, pero la pertenencia al club europeo implicaba cambios políticos.
Por contra, al empresariado ya le iba bien una situación legal que ponía enormes dificultades a la organización sindical de las plantillas. Las estructura del sindicato vertical les servía para representarlos ante la administración, además se habían mantenido algunas organizaciones empresariales, como sucedió con Fomento del Trabajo Nacional en Catalunya. Sólo cuando el conflicto laboral se agudizaba en extremo había empresarios que veían la inutilidad de las estructuras legales existentes y prefería negociar con los interlocutores reales, otros, por contra, optaban por la represión pura y dura en situaciones de ese tipo.
Hubo, en consecuencia, un incremento de las posturas favorables a un cierto cambio político, forzado básicamente por las circunstancias y con el objetivo de evitar situaciones incontrolables. Las grandes fortunas se sentaban en los consejos de administración de la banca y de las grandes empresas y también en los consejos de ministros, pero mantenían la relación con el círculo de Juan de Borbón y miraban cada vez más a Europa. Jugaban todas las bazas y tenían vías directas de contacto con el poder político. No es de extrañar, pues no se había visto necesaria, que la creación de la CEOE sea tardía, casi dos años después de la muerte de Franco
Si en el ejército las fisuras fueron mínimas y en el poder económico muy discretas aunque más profundas, en el caso de la Iglesia Católica sí se hicieron mucho más evidentes, con el riesgo de que el fuego de artificio de algunas manifestaciones del distanciamiento hagan pensar que la parte minoritaria de la Iglesia era el todo. Por tanto, lo primero que hay que señalar es que gran parte del estamento eclesiástico, desde la jerarquía a las bases, siguió defendiendo postulados poco dados a veleidades democráticas y mucho menos socializantes
Eran años de expansión de la Teología de la Liberación y eso tuvo su influencia en España, la figura del cura obrero que iba a su trabajo asalariado como cualquier otro vecino y después daba misa, o la del que apostaba por fórmulas novedosas de aproximación a la juventud organizando actividades no fue infrecuente, aprovechando las posibilidades de actuación que el sacerdocio daba y que no estaban al alcance del resto de la población. Estas actividades llegaron incluso a zonas rurales como consecuencia de los traslados que se hicieron para desactivar el peligro potencial que veían las autoridades en este clero. Si unimos a lo anterior la identificación de gran parte del estamento eclesiástico con las demandas nacionales de Catalunya y Euskadi en esos dos territorios nos podemos imaginar la alarma y el escándalo que en determinados sectores provocó la imagen de una iglesia enfrentada a la gente de orden, a la que tanto pensaban ellos que debían, no sin cierta razón. El grado de contestación se refleja en el centenar de hombres que pasaron por la prisión zamorana destinada exclusivamente a presos religiosos y que estuvo activa entre 1968 y 1977. Con todo, hay que ser cautos y no sobrevalorar a este colectivo de eclesiásticos abiertamente enfrentados con el régimen porque siguieron siendo una minoría dentro de la Iglesia, como tampoco negarles lo que supusieron, tanto desde el punto de vista simbólico como en la práctica, al facilitar la actividad de muchos colectivos con actos como ceder espacios donde celebrar reuniones
Muy importante fue colectivo más centrista de la Iglesia, los dos papados de Juan XXIII y, en especial, de Pablo VI ayudaron mucho (ver aquí) a que la jerarquía más afín a la dictadura fuera desplazada por personajes de la trascendencia del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, la misma postura oficial de la Santa Sede ante las desmesuras franquistas reflejaba la profunda grieta que había en las relaciones, las desconfianzas sobre Pablo VI se remontaban a antes de su acceso al papado, cuando criticó al gobierno español en relación al caso de Julián Grimau. Los gritos y pintadas ultras de Tarancón al paredón, el hecho de que no fuera él el que oficiara en el entierro de Franco o el contenido de su homilía en la misa posterior a la coronación de Juan Carlos I son expresiones del alejamiento, más si se tiene en cuenta que presidió la conferencia episcopal en el delicado periodo comprendido entre 1971 y 1982.
La diócesis vascas y catalanas fueron otra expresión de desencuentro, la proximidad de las autoridades eclesiásticas a los planteamientos catalanistas y vasquistas es un elemento añadido para defender posturas de cambios democráticos, declaraciones como las del Abad Escarré de Montserrat al diario Le Monde en 1963, o el caso Añoveros, obispo de Bilbao, que en 1974 provocó una crisis diplomática con el Vaticano, son expresiones de una corriente de fondo que no se quedaba en la cúpula obispal de ambos territorios
Pero el sector centrista no estaba contaminado por la teología de la liberación, su compromiso terrenal estuvo más pendiente de los intereses de la propia Iglesia que de los de la feligresía, la implicación en los cambios políticos tras la muerte de Franco estuvo estrechamente vinculada a la negociación de los acuerdos que permitieron mantener una situación de privilegio a la Iglesia Católica en el nuevo escenario, con los acuerdos de julio de 1976 y enero de 1979, negociados en paralelo al debate constitucional y de forma secreta. Con la llegada de Juan Pablo II en 1978 del Vaticano empezaron a llegar impulsos marcadamente conservadores que fueron trasladándose a las actuaciones de la Iglesia en España, pero esa ya es otra historia
divendres, 12 d’abril del 2019
LAS RELACIONES EXTERIORES DEL FRANQUISMO
El primer franquismo soñó con devolver a España el status de imperio a partir de los dominios en el norte de África (ese fue el precio solicitado a Hitler para entrar en la II Guerra Mundial al lado del eje) y en la agonía del dictador, con Juan Carlos de Borbón de jefe de estado en funciones, acabó cediendo el último reducto de sus dominios africanos, el Sáhara Occidental. Antes había perdido Guinea Ecuatorial, Sidi Ifni y el Protectorado que ejerció durante más medio siglo sobre una parte de Marruecos, el estado constituido allí donde Franco cimentó su poder se aprovechó, en su agonía, de la debilidad española en el escenario internacional.
Esa misma debilidad se reflejó en el entierro de Franco y en la coronación de Juan Carlos I, sólo asistieron tres jefes de estado: Hussein de Jordania; Rainiero de Mónaco y Augusto Pinochet, gran admirador y discípulo de Franco. Los últimos meses de la vida de Franco fueron de contestación en el exterior, las cinco ejecuciones del 27 de septiembre de 1975 (a Franco no le quedaban ni dos meses de vida) generaron protestas que en el caso del convulso Portugal de entonces, por ejemplo, acabaron con el asalto e incendio de la embajada española. Las reacciones fueron generalizadas y motivaron la última y patética aparición pública de Franco el 1 de octubre de 1975
Pero a esa aparente debilidad exterior es necesario contraponer un dato objetivo, la política exterior del régimen fue determinante para su subsistencia, Franco sólo salió de España para entrevistarse con Hitler en Hendaya, pero supo maniobrar con habilidad para evitar que su régimen cayera cuando lo hicieron los otros estados fascistas europeos, aprovechó la Guerra Fría que intuyó muy pronto para ofrecerse a los Estados Unidos y la Gran Bretaña como un bastión seguro contra el avance del comunismo en el mundo que surgiría tras la II Guerra Mundial. España salió poco a poco de su aislamiento (ingreso en la ONU en 1955, visita del presidente americano Eisenhower en 1959) y con el giro de su política económica tras el plan de estabilización (ver aquí) fue normalizando cada vez más sus relaciones exteriores, asentadas sobre dos pilares.
Esa misma debilidad se reflejó en el entierro de Franco y en la coronación de Juan Carlos I, sólo asistieron tres jefes de estado: Hussein de Jordania; Rainiero de Mónaco y Augusto Pinochet, gran admirador y discípulo de Franco. Los últimos meses de la vida de Franco fueron de contestación en el exterior, las cinco ejecuciones del 27 de septiembre de 1975 (a Franco no le quedaban ni dos meses de vida) generaron protestas que en el caso del convulso Portugal de entonces, por ejemplo, acabaron con el asalto e incendio de la embajada española. Las reacciones fueron generalizadas y motivaron la última y patética aparición pública de Franco el 1 de octubre de 1975
Pero a esa aparente debilidad exterior es necesario contraponer un dato objetivo, la política exterior del régimen fue determinante para su subsistencia, Franco sólo salió de España para entrevistarse con Hitler en Hendaya, pero supo maniobrar con habilidad para evitar que su régimen cayera cuando lo hicieron los otros estados fascistas europeos, aprovechó la Guerra Fría que intuyó muy pronto para ofrecerse a los Estados Unidos y la Gran Bretaña como un bastión seguro contra el avance del comunismo en el mundo que surgiría tras la II Guerra Mundial. España salió poco a poco de su aislamiento (ingreso en la ONU en 1955, visita del presidente americano Eisenhower en 1959) y con el giro de su política económica tras el plan de estabilización (ver aquí) fue normalizando cada vez más sus relaciones exteriores, asentadas sobre dos pilares.
- El posicionamiento en la Guerra Fría, consolidado con la cesión de territorios y soberanía nacional a los EE.UU. para que ubicara bases militares estratégicas en suelo español sin limitaciones ni control sobre lo que en ellas se hiciera
- El desarrollo de relaciones económicas con los países europeos en cuatro frentes: exportación de materias primas y productos manufacturados de poco valor añadido; importación de productos manufacturados de todo tipo, especialmente los que requerían el uso de tecnología y maquinaria fuera del alcance de las empresas españolas; actividad turística creciente y exportación de mano de obra migrante
La política exterior que le permitió sobrevivir tenía contrapartidas para el franquismo, la realpolitik tenía contrapesos en los países europeos donde la opinión pública ejercía presión sobre los gobiernos, la oposición antifranquista tenía respaldo, al menos verbal, de los partidos democráticos europeos y la imagen del país tenía que ser amable para ser atractivo a un turismo cada vez más importante para la economía española.
En ese contexto cabe entender que los años 60 fueron los años del desarrollismo y también del aperturismo, medidas timoratas que querían dar la imagen de una normalización que no existía y que tienen su expresión más conocida en la Ley de Prensa del ministro Manuel Fraga, se suprimió la censura previa, pero no las multas administrativas y el cierre de medios si lo que se publicaba no era del gusto del régimen. El franquismo no deja sus prácticas represivas, pero cada caso genera protestas, mayores cuanto más barbarie se aprecia en el hecho, destacando las movilizaciones internacionales por la tortura y ejecución de Julián Grimau en 1963, el proceso de Burgos en 1970, la ejecución de Puig Antich en 1974 y los ya mencionados fusilamientos de 5 miembros de ETA y el FRAP en 1975
Las transformaciones que se dan en la sociedad española durante la Transición tienen su motor en las dinámicas internas, pero no pueden despreciarse las influencias del contexto internacional y los cambios que se producen en algunos casos concretos
- Portugal no puede ni pudo considerarse una gran potencia, pero se convirtió en un quebradero de cabeza para los países del bloque occidental desde 1974, tras la Revolución de los Claveles del 25 de abril, hasta el encauzamiento paulatino de la situación en el país luso a finales de los 70 y principios de los 80. El riesgo de que la revolución derivara hacia un régimen izquierdista que se alejara de la órbita occidental fue una preocupación real para EE.UU. y sus aliados y el miedo a que se contagiara España con el ejemplo portugués existió. La Revolución de los Claveles se produjo un año y medio antes de la muerte de Franco y cuando ya era evidente el deterioro de la salud del dictador, ya en el verano de 1974 Juan Carlos de Borbón tuvo que asumir temporalmente, por vez primera, la jefatura del estado por sus problemas de salud. La situación inestable en Portugal se prolongó coincidiendo con la inestabilidad política que vivió España durante los años posteriores de la Transición. El fantasma de Portugal influyó en la posición de la diplomacia occidental con respecto a España
- La conservadora CDU monopolizó el poder en la República Federal Alemana desde su fundación hasta que los socialdemócratas encabezaron el gobierno con Willy Brandt (tras un breve periodo de gran coalición) en 1969 y con Helmut Schmidt hasta 1982. Su permanencia en el poder abarca todo el periodo desde los últimos años del régimen hasta la llegada al poder de Felipe González, el apoyo a procesos de cambio en España y el soporte de todo tipo al PSOE y la UGT fueron determinantes en la evolución del proceso histórico de la Transición
- El Vaticano dio un giro importante con los papados de Juan XXIII (1958-1963) y Pablo VI (1963-1978) marcados por el Concilio Vaticano II. Si la Iglesia Católica había sido uno de los puntales ideológicos y un poder fáctico en el franquismo, en sus últimos años surgen fisuras importantes entre esta y el régimen. En otro momento se hablará de movimientos en clave española que se dieron en esta institución, pero no podemos olvidar que en un sistema absolutista como el que tiene la Iglesia Católica un periodo tan largo de papados renovadores tuvieron una influencia decisiva en los nombramientos de la cúpula eclesial española, monseñor Enrique y Tarancón no fue Cardenal Primado de España por casualidad, ni por casualidad fue abucheado por los fascistas más recalcitrantes el día del entierro de Carrero Blanco
Otras cancillerías fueron importantes en el devenir histórico de España, sin duda EE.UU, la gran potencia occidental, la vecina Francia y la siempre influyente Gran Bretaña, pero su influencia fue más continuista desde el final de la II Guerra Mundial y no experimentó giros como los mencionados en los tres casos anteriores.
Cuando muere Franco las relaciones exteriores españolas eran manifiestamente mejorables, pero al mismo tiempo había obsesión en los países de nuestro entorno con la preservación de la tranquilidad en la retaguardia del bloque occidental, hubo influencias para que cambiasen cosas por presión popular hacia los gobiernos occidentales pero, sobre todo, hubo movimientos para que la ausencia de cambios no llevaran a un estallido incontrolable, uno de los temores, ni los que se introdujeran provocasen un efecto péndulo que desestabilizara en el equilibrio geoestratégico de la zona, el otro gran temor
dijous, 4 d’abril del 2019
LOS ÚLTIMOS AÑOS DE FRANCO: LA ECONOMÍA
Aunque la dictadura no murió con el dictador, en los últimos años de su vida ya se evidencia un agotamiento del régimen. Desde finales de los años 50 el franquismo se ve obligado a reorientar sus políticas ante el fracaso manifiesto de las que puso en marcha tras la guerra, en especial en el terreno económico, donde la defensa de las políticas autárquicas (según las cuales el país era capaz de autoabastecerse de cuanto necesitaba) acabó siendo insostenible
Se unió a ello un relevo generacional, empezaba a cobrar protagonismo una parte de la población que no había vivido la guerra o eran niños por entonces, aunque la jerarquía del régimen seguía estando en manos de una generación de la guerra cada vez más envejecida, como el propio dictador
El desgaste del franquismo fue acelerándose en los últimos años y en el último lustro de vida del dictador era un secreto a voces, lo que explica que buena parte del propio aparato del régimen se fuera posicionando para un escenario diferente, la pregunta no era si habría cambios sino qué tipo de cambios se producirían, sin ignorar que los partidarios del régimen controlaban instrumentos de poder clave y lo que no se produjo fue un colapso del mismo
Es interesante ver cómo se manifiestan las dificultades y las fortalezas del régimen en diferentes apartados, empezando por el de la economía. Desde el plan de estabilización de 1959 España consiguió ponerse a la estela de los otros países europeos del entorno, el llamado milagro económico español significó en términos de PIB que la curva de crecimiento de la economía española empezó a ser, desde 1960, muy similar a la de Francia, Alemania, Italia o el Reino Unido, la gran diferencia es que estos países experimentaron crecimientos espectaculares en los 15 años anteriores, una vez finalizada la II Guerra Mundial, y España apenas alcanzaba a finales de los 50 la producción de tiempos de la República. El resultado final es una curva muy parecida pero muy por debajo de la de los países de su entorno
La apertura al comercio exterior, los crecientes ingresos por turismo y las remesas de la población que emigró a otros países europeos permitieron el crecimiento de la actividad económica a costa de unas tasas de incremento de los precios muy superiores a la de los países motores de la economía europea. La inflación tuvo puntas superiores al 10 y el 15% en la década de los 60 y desde principios de los 70 inicia una escalada que la lleva a situarse alrededor del 25% en 1975. Crecimiento económico y de los beneficios, incremento de precios y ausencia de una marco legal que permitiera la negociación colectiva de los convenios con normalidad constituyen una combinación de la que se hablará en otra entrada
El crecimiento económico del llamado desarrollismo no fue homogéneo y tuvo consecuencia sociales y territoriales. La actividad económica creció en una parte del territorio: las zonas con un tejido industrial preexistente (Catalunya y Euskadi), el creciente polo político-industrial de Madrid, algunos focos aislados como Valladolid y Zaragoza y las zonas costeras del Levante que atrajeron gran parte de la actividad turística. La mayor parte del territorio interior no experimentó dicho crecimiento.
Desde el punto de vista poblacional esta asimetría del crecimiento provocó que además de la emigración campo-ciudad, característica de los procesos de industrialización y que en España se produjo con muchísimo retraso con respecto a los países vecinos, se produjera otro fenómeno de emigración a gran escala de los territorios de origen hacia otros dentro de España o al exterior. El fenómeno se venía dando desde los años 50 y se vio incrementado en los 60, la España interior enviaba población de forma masiva a las zonas de tradición industrial y a Madrid. Las condiciones de vida a las que se enfrentaron esas masas de población desplazadas por motivos económicos distaban mucho de ser idóneas, lo que también tuvo consecuencias de las que se hablará en otro momento
A pesar de los desequilibrios del crecimiento España empezó a tener lo que se ha venido en llamar clase media, empezó a haber personas y familias que podían consumir por encima del umbral de pura subsistencia y generar un mercado interior con capacidad creciente de consumo. El crecimiento era innegable, aunque tardío y con desequilibrios considerables, y al mismo tiempo generaba conflictos crecientes que el régimen franquista tenía dificultades para canalizar
Los últimos años de vida del dictador vinieron marcados en el terreno económico por la crisis del petróleo de 1973, la gran crisis que puso fin en el mundo occidental a la llamada edad de oro del capitalismo, en la que se combinó un fuerte crecimiento económico con el desarrollo de un estado del bienestar potente. Fueron la sociedad y los gobiernos posteriores al dictador, que no a la dictadura, los que tuvieron que enfrentar la nueva era, con la particularidad de que en España el estado del bienestar era raquítico, pero ese será otro tema
Se unió a ello un relevo generacional, empezaba a cobrar protagonismo una parte de la población que no había vivido la guerra o eran niños por entonces, aunque la jerarquía del régimen seguía estando en manos de una generación de la guerra cada vez más envejecida, como el propio dictador
El desgaste del franquismo fue acelerándose en los últimos años y en el último lustro de vida del dictador era un secreto a voces, lo que explica que buena parte del propio aparato del régimen se fuera posicionando para un escenario diferente, la pregunta no era si habría cambios sino qué tipo de cambios se producirían, sin ignorar que los partidarios del régimen controlaban instrumentos de poder clave y lo que no se produjo fue un colapso del mismo
Es interesante ver cómo se manifiestan las dificultades y las fortalezas del régimen en diferentes apartados, empezando por el de la economía. Desde el plan de estabilización de 1959 España consiguió ponerse a la estela de los otros países europeos del entorno, el llamado milagro económico español significó en términos de PIB que la curva de crecimiento de la economía española empezó a ser, desde 1960, muy similar a la de Francia, Alemania, Italia o el Reino Unido, la gran diferencia es que estos países experimentaron crecimientos espectaculares en los 15 años anteriores, una vez finalizada la II Guerra Mundial, y España apenas alcanzaba a finales de los 50 la producción de tiempos de la República. El resultado final es una curva muy parecida pero muy por debajo de la de los países de su entorno
La apertura al comercio exterior, los crecientes ingresos por turismo y las remesas de la población que emigró a otros países europeos permitieron el crecimiento de la actividad económica a costa de unas tasas de incremento de los precios muy superiores a la de los países motores de la economía europea. La inflación tuvo puntas superiores al 10 y el 15% en la década de los 60 y desde principios de los 70 inicia una escalada que la lleva a situarse alrededor del 25% en 1975. Crecimiento económico y de los beneficios, incremento de precios y ausencia de una marco legal que permitiera la negociación colectiva de los convenios con normalidad constituyen una combinación de la que se hablará en otra entrada
El crecimiento económico del llamado desarrollismo no fue homogéneo y tuvo consecuencia sociales y territoriales. La actividad económica creció en una parte del territorio: las zonas con un tejido industrial preexistente (Catalunya y Euskadi), el creciente polo político-industrial de Madrid, algunos focos aislados como Valladolid y Zaragoza y las zonas costeras del Levante que atrajeron gran parte de la actividad turística. La mayor parte del territorio interior no experimentó dicho crecimiento.
Desde el punto de vista poblacional esta asimetría del crecimiento provocó que además de la emigración campo-ciudad, característica de los procesos de industrialización y que en España se produjo con muchísimo retraso con respecto a los países vecinos, se produjera otro fenómeno de emigración a gran escala de los territorios de origen hacia otros dentro de España o al exterior. El fenómeno se venía dando desde los años 50 y se vio incrementado en los 60, la España interior enviaba población de forma masiva a las zonas de tradición industrial y a Madrid. Las condiciones de vida a las que se enfrentaron esas masas de población desplazadas por motivos económicos distaban mucho de ser idóneas, lo que también tuvo consecuencias de las que se hablará en otro momento
A pesar de los desequilibrios del crecimiento España empezó a tener lo que se ha venido en llamar clase media, empezó a haber personas y familias que podían consumir por encima del umbral de pura subsistencia y generar un mercado interior con capacidad creciente de consumo. El crecimiento era innegable, aunque tardío y con desequilibrios considerables, y al mismo tiempo generaba conflictos crecientes que el régimen franquista tenía dificultades para canalizar
Los últimos años de vida del dictador vinieron marcados en el terreno económico por la crisis del petróleo de 1973, la gran crisis que puso fin en el mundo occidental a la llamada edad de oro del capitalismo, en la que se combinó un fuerte crecimiento económico con el desarrollo de un estado del bienestar potente. Fueron la sociedad y los gobiernos posteriores al dictador, que no a la dictadura, los que tuvieron que enfrentar la nueva era, con la particularidad de que en España el estado del bienestar era raquítico, pero ese será otro tema
dilluns, 1 d’abril del 2019
LA TRANSICION, UN VIAJE AL PASADO
Es frecuente en la actualidad el recuerdo a la Transición en forma de loanza o en términos o despectivos, rara vez el tratamiento es el de un proceso histórico, sino el de un argumento para defender unas posiciones políticas del presente. Se producen así dos paradojas:
- Se da por hecho en las dos visiones que se dan que la Transición fue algo diseñado por un pequeño grupo de personas que nos condujo a la constitución de 1978. Para los unos fue un ejemplo magnífico de saber hacer gobernado con mano maestra por Juan Carlos I y para los otros una componenda que permitió que todo siguiera prácticamente igual, siendo la monarquía española actual la continuación del franquismo
- Los que se autoarrogan el rol de defensores de la constitución de 1978 o no se la han leído o ignoran deliberadamente su contenido, la blanden contra todo el que discrepe de su opinión y hacen gala de un desconocimiento profundo de su contenido y del espíritu que la impregna. Los críticos con la constitución se ven en la necesidad de desempolvarla para recordar contenidos concretos de la misma en materia de pensiones, derechos a un empelo digno, a la vivienda etc...
Algo no cuadra cuando estas dos paradojas son reiteradas. Con esta entrada voy a iniciar una serie en las que intentaré explicar la Transición como proceso histórico, con un resultado que es consecuencia del equilibrio de fuerzas que se produce entre intereses y propuestas enfrentadas en el pasado. Quiero remarcar lo del pasado porque aunque se trate de hechos históricamente muy próximos el tratamiento ya no puede ser periodístico, significa eso que hay que hacer un esfuerzo para comprender unas mentalidades y unas situaciones que son distintas de las actuales
Lo más fácil sería recurrir al clásico del cambio que han introducido las nuevas tecnologías, pero los cambios espectaculares que se han producido en este terreno son menos relevantes que otros que pasan más desapercibidos. Si situamos los antecedentes inmediatos de la Transición en los inicios de la década de los 70 y la damos por concluida (cosa muy discutible) con la aprobación de la Constitución en 1978 vemos que se pasa de la tele en blanco y negro en gran parte de los domicilios al color en un porcentaje creciente y que el vídeo no había penetrado aún en la vida cotidiana de la gente, por supuesto que ni hablar de la informática. Pero soy de los que piensa que había cosas que han cambiado mucho más profundamente y pasan desapercibidas al aventurarnos en los hechos de aquellos años, sobre todo porque acostumbramos a pensar en nuestra propia historia como si se desarrollara en una burbuja y no tuviera relación con lo que sucedía en el resto del mundo
En los años 70 estábamos todavía en lo que el historiador inglés Eric J. Hobsbawm denominó el siglo XX corto, el que va de 1914 a 1991. El inicio de la I Guerra Mundial fue el fin del marco histórico que había dominado la historia europea (y por extensión la mundial) desde las revoluciones industrial y francesa y la consolidación de los estados burgueses modernos en la segunda mitad del s. XIX, la desintegración de la URSS abrió las puertas al mundo actual, el que imprime unas dinámicas y unas mentalidades que debemos aparcar cuando analizamos hechos anteriores. En la década de los 70 del s. XX se entra en la dinámica de cambios que nos lleva al mundo actual, pero aún resisten características que es imprescindible tener en cuenta para analizar la Transición. Dos grandes cuestiones deben tenerse presentes
La primera es que estaba plenamente vigente la Guerra Fría, España estaba en el bloque occidental a pesar de no pertenecer ni a la Comunidad Económica Europea ni a la OTAN y los Estados Unidos ejercían un papel determinante. Si algún proceso se desmadraba en cualquiera de los dos bloques era muy difícil que el experimento pudiera sobrevivir sin el consentimiento de la potencia tutelar, fuera en Chile o en Checoslovaquia. La muerte de Franco era seguro que ocasionaría cambios, pero nada estaba escrito sobre cuáles serían, el precedente de la revolución de los claveles en Portugal en 1974, un año antes, era un serio toque de atención, a USA y sus aliados les costó años reconducir la situación en Portugal y con ese frente abierto lo que menos se quería era otro quebradero de cabeza en España
La segunda es que la doctrina económica dominante no era aún el neoliberalismo. La intervención anticíclica de los estados en la economía, la escuela keynesiana, dominaba aún el mundo académico. Es cierto que la llamada crisis del petróleo, con el encarecimiento súbito de una materia prima esencial, puso en cuestión la eficacia de las recetas económicas al uso por el fenómeno de la estanflación (estancamiento e inflación de forma simultánea) ya que lo que solucionaba el problema del estancamiento (gasto público) empeoraba el de la inflación, pero la nueva doctrina económica preconizada por Milton Friedman y la escuela de Chicago no se había impuesto, justo empezó a probarse en la práctica tras el golpe de estado de Pinochet en Chile (1973) y empezó a ganar la hegemonía con las elecciones de Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1981)
Sin ponerse mentalmente en ese contexto histórico, al que hay que añadir los elementos propios de una situación española que poco tiene que ver con la actual, es imposible comprender qué paso y por qué pasó. De la misma manera que es imposible entender la evolución posterior de la historia, hasta llegar al presente, sin tener en cuenta los cambios de contexto que se han producido. Un ejemplo para que se entienda, la constitución tiene artículos que hablan de la planificación de la economía o de la propiedad privada al servicio del interés general, eso sería impensable si los postulados keynesianos no fueran la ortodoxia económica generalmente aceptada durante la Transición, el famosos artículo 135 (el que desde 2011 establece que primero hay que pagar la deuda y después lo demás si se puede) no tiene mayor rango en la constitución que el que habla del derecho a la vivienda y que se incumple desde su aprobación. Significa eso que muchos de los males que unos atribuyen a la Transición tienen más que ver con lo que ha sucedido después en España y en el mundo. Y significa también que no hay una interpretación buena de las Constitución como parecen creer los autoproclamados constitucionalistas
La Transición fue un proceso histórico, su resultado un nuevo régimen que como todos es susceptible de ser cambiado a través de evoluciones o por rupturas. Seguirán a esta nuevas entradas en el bloc para intentar explicarla, para que tenga sentido hay que tener en cuenta la necesidad de acercarnos con la idea de que aquel era otro tiempo y, en consecuencia, otro mundo, si eso es algo que requiere de un esfuerzo por parte de los que vivimos el periodo mucho mayor será el de las personas que no lo vivieron y no tienen recuerdos de cómo era la vida cotidiana en aquellos tiempos
La recompensa de conocer la historia es entender mejor lo que nos pasa hoy, si el pasado es tan reciente como los 40 o 50 años que nos separan del periodo a analizar en este caso la influencia sobre nuestras vidas es innegable, saber qué pasó puede ayudarnos, y mucho, a acertar con las claves del presente
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