diumenge, 20 de desembre del 2020

¿QUÉ NUEVA HEGEMONÍA?

La anterior entrada de este blog (aquí) ha explicado cómo, desde finales de los 70 y hasta la crisis de 2008, el dominio del neoliberalismo vino acompañado del dominio también de un marco ideológico muy conservador más allá de la economía, no sin contestación y resistencias. Junto a la extensión de los valores más directamente asociados a la visión de las relaciones económicas ultraliberales, como el individualismo y la apología de la figura del ganador paralela al desdén hacia el perdedor, se impuso una interpretación de las relaciones sociales, nacionales e internacionales, en términos de señas de identidad confrontadas entre sí, con un peso creciente de las versiones más rigoristas de las diferentes religiones monoteístas. La magnitud de la crisis de 2008, provocada por la aplicación de las doctrinas neoliberales, abrió un periodo convulso aún no cerrado en el que está en disputa qué líneas maestras van a marcar el futuro a medio plazo.

La gran crisis de 2008 ha agitado a la sociedad de casi todo el planeta, hay que matizar lo de casi porque el eurocentrismo transformado en visión del mundo con mentalidad occidental hace que a menudo se ignore a gran parte de la humanidad, con seguridad no se percibe esta crisis de calado de la misma manera en algunos países de África, Asia u Oceanía como en Europa o América. Pero en la parte que se cree ombligo del mundo la repercusión tiene similitudes con lo que sucedió hace ahora 90 años con la Gran Depresión y la crisis de los años 30, las políticas económicas que se han estado siguiendo nos han abocado a una gran crisis, las primeras medidas adoptadas han hecho que todo se agravara, la incertidumbre por el futuro de una población que creía que algo así no podría volver a pasar nunca ha generado desconcierto y una gran polarización ideológica, se asume la necesidad de plantear políticas económicas totalmente distintas que encuentran resistencias de los defensores de dejar seguir haciendo como si nada hubiera pasado. En definitiva, vuelve a tener sentido aquella sentencia visionaria de Gramsci de que cuando el viejo mundo está muriendo y el nuevo tarda en aparecer, en el claroscuro aparecen los monstruos.

La crisis de 2008 es una crisis estructural de la que aún no hemos salido porque no fue sólo económica y, aunque algunos países parezca que la han superado, las sociedades europeas y americanas no la han digerido, hay un cuestionamiento ideológico del modelo de sociedad. La crisis que está provocando en estos momentos el COVID-19 sí podría haber sido un crisis coyuntural, pero ha venido a acelerar los conflictos sociales e ideológicos abiertos por la crisis sistémica de hace una década. Como sucedió a mediados de los 70, el más que posible cambio de ortodoxia económica en detrimento del neoliberalismo vendrá acompañado de una nueva hegemonía ideológica, ya se verá si también geográfica. Lo que no está decidido es cuál será la salida ni cómo se llegará a ella.

La crisis de 2008 fue consecuencia directa de las políticas económicas neoliberales que se vinieron aplicando desde 1980, la secuencia esquemática es la que sigue en el caso de los EE.UU, de donde se exportó al resto del mundo. Las políticas aplicadas desde la llegad de Reagan a la presidencia, continuadas con matices por sus sucesores, supuso un crecimiento de las desigualdades, la famosa clase media sobre la que se sostenía el conocido como modo de vida americano tenía cada vez menos peso en la distribución de la tarta de los ingresos, pero como su consumo era necesario para que la maquinaria funcionara lo que se hizo fue facilitarle crédito, para ello se facilitó a los bancos su concesión eliminando controles, llamados rigideces para facilitar la operación. Así hasta que esos créditos se dieron a personas insolventes y en la pirueta final especulativa esos créditos se mezclaron en paquetes con otros fiables y se colocaron a inversores de todo el mundo con el beneplácito de las agencias de calificación de riesgos. Cuando la rueda estalló era imposible saber cuanta basura tenía cada inversor, entre los que destacaban los bancos de todo el mundo.

La otra forma de mantener el consumo, además del incremento del endeudamiento privado, fue el gasto público en inversiones, en el caso de España fueron casi siempre a infraestructuras , usando ingentes cantidades de fondos europeos, de entre las que destacan el AVE y las autovías, pero también auditorios o polideportivos municipales hipertrofiados. Al mismo tiempo se desmantelaba buena parte del tejido industrial con lo que se creo un monstruo en el que el sector de la construcción (apoyado  además en un proceso especulativo de la vivienda favorecido por las políticas públicas) y los servicios turísticos adquirieron un peso relativo aberrante. No fue sólo un problema de España, sólo los países sede de las grandes multinacionales industriales han podido mantener una cierta capacidad productiva en el sector industrial que, junto a las ayudas públicas al sector agrario, permitieron un mayor equilibrio de su economía.

Frente a esta crisis se desarrolló un cuestionamiento de las bases de funcionamiento del sistema en las últimas décadas, pero también un enroque en los postulados más ultraliberales de los que defendieron que los estados deberían haber dejado caer a las empresas comprometidas, incluyendo los grandes bancos, para que se saneara el tejido económico.

La economía como ciencia volvió a demostrar que sabe explicar (y no siempre) lo ya pasado, pero es incapaz de predecir con certeza el futuro, como evidenció que las recetas aplicadas en los EE.UU. y la Unión Europea poco tuvieron que ver. Sin embargo, en todos los casos el panorama social quedó marcado por la frustración, se rompió el mantra de que cada generación podría vivir mejor que la anterior y la inseguridad por el futuro se extendió a capas de la población que no tenían esa inquietud anteriormente. La crisis económica tuvo repercusiones de todo tipo, la batalla ideológica se desató en múltiples frentes a partir de la semilla dejada por los propulsores de la revolución conservadora que acompañó al apogeo de las tesis neoliberales y de los que rechazaron sus planteamientos. El punto en común fue el rechazo al funcionamiento institucional, argumentario válido para el discurso de Trump, para el inicio de las primaveras árabes en Túnez, para regímenes dictatoriales como el sirio, para desde el poder político destruir contrapesos democráticos como en Hungría o Polonia, para el discurso fundacional de Podemos y el independentismo catalán, para el Brexit, etc...

Hay un cuestionamiento de lo anterior desde una perspectiva progresista que tiende a darle un hilo conductor, a través de las propuestas económicas, a planteamientos que fueron adquiriendo fuerza en oposición a la visión hegemónica dominante en el periodo de apogeo neoliberal. Destaca el ecologismo, en especial en lo referente al cambio climático, y los movimientos transversales que defienden identidades, más o menos amplias, que se autoconsideran con razón discriminadas, como el feminismo, los defensores de la libre elección sexual o el antirracismo.

En el polo opuesto se da una reafirmación de las políticas económicas neoliberales acompañada del negacionismo de todo lo que objeta el modelo de sociedad vigente (cambio climático, políticas de género, equiparación de derechos de parejas homosexuales...) con la xenofobia como gran bandera programática común, la defensa frente a una invasión de elementos ajenos a la tradición (musulmanes en Europa, hispanos en EE.UU.) que entronca con la idea del choque de civilizaciones como conflicto esencial y con la defensa de posiciones  nacionalistas identitarias. Así, se plantea al mismo tiempo la defensa de la verdadera Europa, frente la inmigración extracomunitaria, y el debilitamiento de la Unión Europea, como diluyente de las personalidades históricas particulares y ejemplo del mal funcionamiento de las instituciones existentes.

No hay una alternativa moderada a esa polarización que se abra paso aunque siga siendo la opción preferida por la mayoría de la población. No la hay porque no es una opción dejar que funcionen como hasta ahora la producción y distribución de la riqueza porque genera desigualdad y esta es el combustible de la polarización. Que la receta económica del FMI y la UE ante el COVID sea que se gaste lo que se tenga y se endeuden las administraciones no es tanto por las características de la actual crisis como consecuencia del análisis de lo que supuso obligar a lo contrario en 2008.

Lo que existe es una pugna entre valores, más allá de lo económico, que lleva a contradicciones que se solventan con pocas o ninguna explicación. Dos ejemplos en España. Primero, el feminismo avanza posiciones y lleva a cambios en las posturas tradicionales de los partidos conservadores clásicos, de estar contra el divorcio en la España de finales de los 70, o en contra del aborto cada vez que se ha planteado el tema, a buscar un hueco en las manifestaciones del 8-M, para quejarse de la mala recepción y pregonar que en materia de igualdad no admiten lecciones, tampoco de democracia a pesar de ser provenir en buena medida de aquellos que miraban con recelo lo que consideraban riesgo de caer en el libertinaje. Segundo, el retroceso de los derechos individuales en aras de una mayor seguridad también ha avanzado posiciones, hasta el punto que fuerzas en principio progresistas asumen las medidas restrictivas en la materia de los gobiernos conservadores, esperando que el silencio haga olvidar sus quejas de antaño cuando llegan al gobierno, como pasa con la ley mordaza o las políticas migratorias.

La extrema derecha ha crecido presentándose como enfant terrible del sistema, desde el rechazo al funcionamiento de las instituciones y la crítica al denominado por ella buenismo de una supuesta superioridad de los postulados progresistas. El hilo conductor en todos los casos ha sido el repliegue identitario, el primero nosotros. Racismo y xenofobia (o expresiones derivadas, como el supremacismo de un colectivo determinado) son el rasgo común más evidente de Trump, Orban, Salvini, Le Pen o Abascal. Es la receta clásica, el repliegue en lo identitario y la búsqueda del enemigo exterior para desviar la atención del problema de fondo, la injusta distribución de la riqueza. A partir de ahí lo que caracteriza a la ideología de la ultraderecha en este momento concreto (puede derivar hacia otros planteamientos en función de cómo cambien las circunstancias) es el rechazo a todo lo que se aparte de la estructura social tradicional y la concepción cultural propia de la misma: antifeminismo, homofobia, rechazo de la pluralidad religiosa... y por supuesto, mucha dosis de patrioterismo. De hecho, lo único que se cuestiona del modelo económico neoliberal es la total libertad comercial (no la del movimiento de capitales) optando, como ha hecho Trump, por una política proteccionista frente a las importaciones al tiempo que exigía lo contrario para los bienes y servicios exportados.

En apoyo a las concepciones más tradicionalistas se han mantenido la mayoría de confesiones religiosas, como en el periodo de crecimiento y cenit del neoliberalismo sus postulados son útiles al conservadurismo más extremo, por activa cunado se trata de nuevos derechos personales o en pasiva en forma de rechazo al otro. El islamismo de raíz sunita, el más extendido gracias a la financiación saudí y el que  sirve de base a los hechos que hacen referencia a los musulmanes y son más divulgados por los medios de información formales o informales (incluyendo los bulos) es tan útil para los mensajes xenófobos en occidente como las posiciones de los predicadores evangelistas más exaltados lo son como ariete antifeminista u homófobo.

No obstante, hay un cambio muy significativo en el caso de la Iglesia Católica. Favorecido por el absolutismo propio de esta confesión, cada papado puede reorientar sus formulaciones y el legado ultraconservador de Juan Pablo II está cuestionado por los posicionamientos de Francisco I. Con los límites que se quieran remarcar, los planteamientos en materias social, sobre la homosexualidad o sobre el papel de las mujeres en la Iglesia no pueden ser despreciados con una valoración de su insuficiencia, tanto por lo que suponen de anormalidad con respecto a lo que transmiten las otras confesiones monoteístas como por la desautorización de determinados mensajes por parte de quien se suponía uno de los principales puntales del tradicionalismo más estricto.

En definitiva, estamos viviendo un periodo convulso, consecuencia de la crisis de una versión del capitalismo y de los valores sociales en los que se apoyaba. Difícilmente la nueva visión hegemónica que se acabe imponiendo será continuidad de lo anterior y también difícilmente lo que surja será un mundo que haya superado el modelo capitalista. Lo que está en juego no es por ello poco importante, la nueva hegemonía puede descansar sobre postulados totalmente diferentes. Una posible salida progresista plantearía la redistribución de buena parte de la riqueza, un segundo pilar sería preservar el equilibrio medioambiental en un planeta que está al límite en muchos aspectos y un tercero el avance de los derechos personales y de los colectivos sometidos a discriminaciones de diferente índole. La otra propuesta que se erige es mantener en lo esencial el modelo económico existente, incrementando los aspectos represivos frente a las posibles expresiones de descontento y desviando el objetivo del malestar a la confrontación frente al enemigo, sea interno o externo.

No es una cuestión de moderación o radicalismo, la polarización es fruto de un conflicto real, no surge de la nada. Por mucho que algunos añoren un supuesto pasado ideal que en realidad nunca existió y se esfuercen en ofrecer milagrosos puntos de encuentro entre visiones diferentes de las cosas, la realidad es que es tiempo de optar. No es viable un mundo de crecimiento ilimitado en el que sobre para que todo el mundo tenga lo necesario aunque no haya políticas redistributivas, si estas no existen el malestar colectivo se canalizará contra algo, las instituciones, el diferente, el discrepante... Por otra parte, si no somos conscientes de los límites del planeta y lo fiamos todo a que la ciencia lo irá resolviendo todo sobre la marcha puede que nos demos cuenta demasiado tarde del desaguisado. Contrariamente a lo que muchos piensan, la historia no ha sido un proceso lineal de mejora de las condiciones de vida de la humanidad, es bueno recordarlo en momentos de encrucijada como este.

dilluns, 14 de desembre del 2020

REVOLUCIÓN CONSERVADORA, MÁS ALLÁ DEL NEOLIBERALISMO

Esta entrada es introductoria de la próxima, ponerlo todo en una me parecía excesivo, tanto por la extensión que se le supone a una entrada de un blog como por la diferencia entre valorar un proceso histórico, del pasado, y el análisis de una situación presente. No es lo mismo hablar de hechos con un recorrido que permite valorar consecuencias que elucubrar, por mucho que se quieran fundamentar las elucubraciones, con las consecuencias que pueden tener los actos del presente. Pero son dos entradas que hablan de las mismas cuestiones y creo que, como decía Pierre Vilar, para entender el mundo actual es necesario intentar comprender lo que pasó anteriormente, en este caso en el pasado más inmediato, el que hace poco más de una década aún era presente.

Desde el fin de la II Guerra Mundial y hasta mediada la década de los 70 del siglo pasado las sociedades occidentales vivieron unas décadas marcadas por el crecimiento económico y una redistribución de la riqueza generada muy superior a la de cualquier otro momento de la historia contemporánea, al tiempo que se huía, al menos formalmente, de visiones identitarias. Todo eso descansaba sobre unas relaciones con el resto del mundo, al que se calificaba como subdesarrollado, de clara explotación de sus recursos, los nacionalismos que crecían en el mundo eran movimientos de descolonización que la mayor parte de la veces no consiguieron modificar de forma substancial las relaciones económicas con los países europeos y los USA, incluso en los movimientos de descolonización se ponía más acento en el acceso y el control de la riqueza que en la defensa de la identidad nacional propia, al menos en los discursos oficiales. La Guerra Fría dominaba las relaciones internacionales y la URSS daba apoyo a buena parte de los movimientos de liberación colonial, al mismo tiempo que sometía a los países de la Europa Oriental que quedaron en su órbita de influencia y gastaba un porcentaje tan elevado de sus recursos en la carrera de armamentos que su población no mejoraba significativamente su nivel de vida. España quedaba en el limbo bajo la dictadura franquista, entró en la fase de crecimiento más tarde que el resto de Europa, en los años 60, y la redistribución de la riqueza fue durante este periodo muy inferior a la que se dio en los países de su entorno.

Las confrontaciones de intereses estaban dominadas por los elementos no identitarios, hasta el punto que en un conflicto como el árabe-israelí no eran los fundamentalismos religiosos los que dominaban eso que hoy llamamos la agenda mediática, ni en un Israel que exhibía el modelo cooperativo de los Kibutz ni en una Organización para la Liberación de Palestina que buscaba no estar controlada por las potencias árabes. Fue en ese contexto en el que la Iglesia Católica abordó su proceso de aggiornamento, el papado de Juan XXIII puso los fundamentos con el Concilio Vaticano Segundo y el de Pablo VI lo impulsó. Había expresiones de compromiso social de la Iglesia que planteaban actuaciones más allá de la caridad cristiana. La teología de la liberación vivió su momento dorado y en España, por ejemplo, fue el momento de los curas obreros o, en otra faceta, de tensiones de la cúspide eclesiástica con el franquismo antaño protegido. 

Los cambios que se produjeron en el mundo desde la segunda mitad de la década de los 70 iban a ir acompañados de un avance de las versiones más conservadoras e integristas de religiosidad, como parte de un avance del conservadurismo en todos los aspectos de la vida y, en definitiva, con la progresiva preponderancia de la identidad como instrumento para analizar las sociedades y sus relaciones internas y externas. La conocida como crisis del petróleo sirvió de excusa para desarrollar unas políticas económicas completamente diferentes a las keynesianas que constituían entonces la ortodoxia económica. Fue el momento en que empezó a sustituirse una visión hegemónica del sistema capitalista por otra, la puesta de largo de lo que pasó a conocerse como neoliberalismo. Un cambio de paradigma que comportaba otra serie de cambios, necesitaba cobertura ideológica (debilitar la contestación) y desviar el foco de las relaciones económicas entre grupos sociales a los conflictos culturales.

Las teorías neoliberales se fraguaron muy pronto, ya antes de la II Guerra Mundial, cuando las prácticas keynesianas se emplearon para hacer frente a la crisis desatada a partir del crack del 29. Fueron los conocidos como Chicago Boys o Escuela de Chicago, con Milton Friedman como figura más destacada, los que articularon a finales de los 60 y principios de los 70 la propuesta, una vuelta a capitalismo desregulado originario: bajada de impuestos, desregulación de las actividades empresariales, intervención mínima del estado en la economía y reducción drástica del gasto social. Todo ello, decían, llevaría a la reducción del déficit público y a un crecimiento económico que acabaría favoreciendo al conjunto de la población, habría tanto que el que unos pocos poseyeran muchísimo no impediría que el conjunto de la población mejorara muy sustancialmente su nivel de vida.

En la actualidad debiera haber quedado claro que todo se basó en mentiras y que los 40 años de hegemonía neoliberal han servido para incrementar las desigualdades, esas doctrinas acabaron generando la gran crisis de 2008 que aún continua afectando, con consecuencias políticas y sociales muy importantes, a todas las sociedades occidentales. En un primer momento su imposición no fue indolora. La primera aplicación práctica de esas teorías fue anterior a la crisis del petróleo, en el Chile inmediatamente posterior al golpe de Pinochet y se ahorró la contestación social porque la represión de los golpistas en el poder no dejaba margen para ella. En el Reino Unido de Margaret Thatcher la cosa fue distinta, la huelga de un año de los mineros fue un pulso, no había opciones para una transacción, algo que también hizo Ronald Reagan en los EE.UU. con los controladores aéreos. Debilitar los contrapesos que pudiera tener el poder empresarial, el sindical en primer lugar, pero también el de los movimientos sociales de todo tipo, fue una práctica generalizada.

Poco importaba que se demostraran falsas algunas de las profecías claves sobre las que se edificaba el discurso porque se han seguido repitiendo los mantras como si fueran una verdad absoluta a modo de axiomas, sólo que que sobre falsos postulados. Basten dos ejemplos al respecto: Reagan no redujo el déficit fiscal, al contrario, se incrementó espectacularmente porque la reducción del gasto social fue inferior al fuerte incremento de los gastos de defensa, el estado dejaba de gastar en los que menos tenían pero destinaba recursos ingentes a las grandes empresas del emporio de la industria militar norteamericana; la curva que Laffer dibujó en una servilleta, según la cual bajando los impuestos crecería la recaudación gracias al incremento de actividad que generaría esa bajada fiscal, nunca se dio en la práctica, se quedó en el papel de la servilleta, lo que no impide que siga siendo la muletilla que acompaña a todas las propuestas de bajadas de impuestos a los más ricos.

El fenómeno no podía ser sólo económico, lo que se denominó revolución conservadora expresó ese conservadurismo en muchos otros aspectos. Además, los conflictos de intereses se empezaron a expresar cada vez más en términos de conflictos de identidades, algo que se plasmó en la idea de choque de civilizaciones de Hutintong en 1993 pero que venía de bastante antes. Desde mediados de los 70 las corrientes más integristas de las distintas confesiones monoteístas han ido ganando peso y visibilidad. A ello contribuyó en gran medida la frustración de las esperanzas de cambio que pudiera haber representado en décadas anteriores el modelo soviético.

Cuando el pueblo iraní se enfrentó a la dictadura de Sha Reza Palehvi el nuevo gobierno de los ayatolás, instaurado en febrero de 1979, encarnaba una versión de nacionalismo iraní que se apartaba de lo que había caracterizado a los más destacados movimientos de liberación nacional del pasado inmediato. Irán se autoproclamaba la patria de la versión chiita del islam, sobre esa concepción descansaba una forma de estado estrictamente confesional, con el rigorismo religioso convertido en fuente de legislación. Se trataba de un gobierno muy conservador en lo social y abiertamente enfrentado a los USA que habían apoyado al depuesto sha durante décadas en beneficio propio. El devenir histórico de Irán desde entonces ha venido marcado por la guerra con un Irak de Sadam Hussein armado por los mismos USA que después invadirían el país para derrocarlo y por la confrontación con Arabia Saudí (que encarna la visión rigorista del islam sunita) por la influencia sobre Oriente Medio, pero también por conflictos internos en los que los intentos de una cierta apertura han sido frenados por el gobierno real del país que sigue descansando en los ayatolás.

Sería un error reducir a una cuestión regional lo que ha sucedido en Irán en estas cuatro décadas y, sin embargo, hablamos de una rama del islam que sólo tiene presencia en esa zona del mundo. Mucho más extendido es la versión sunnita delislam y por ello es aún más importante entender lo que significó la intervención soviética en Afganistán y la respuesta a la misma dada por los USA en el marco de la Guerra Fría. La información que llegó a occidente pecó de maniqueísta y se puede resumir en que la malvada URSS invadió Afganistán con sus tropas el 27 de diciembre de 1979, a partir de ese momento se inició una lucha popular contra esa presencia extranjera, para una breve visión más matizada puede consultarse esta entrada reciente en el blog de Manel García Biel (aquí). A los efectos de lo que aquí interesa lo que se produjo fue una respuesta en clave identitaria, engrasada por los USA y por la muy conservadora visión islamista de Arabia Saudí. Durante años se recibió información puntual de los problemas que tenían las tropas soviéticas y desde su retirada total en 1989 el silencio fue absoluto, poco o nada se supo de la derrota del gobierno afgano en 1992 y de la toma del poder por los muyaidines y de la evolución posterior, hasta que que en 2001 dos sucesos volvieron a poner a Afganistán como noticia destacada, el mundo occidental descubrió la palabra talibán a raíz de la voladura de los budas de Bamiyán y se escandalizó, entonces y no antes, de la situación de las mujeres en Afganistán, algo que vino acompañado del descubrimiento del término burka. Pero talibán y burka no son palabras surgidas de la nada. Pocos meses después otro término y un nombre propio se hicieron archiconocidos: Al Qaeda y Osama Bin Laden pasaron a estar en boca de todos tras los atentados del 11 de septiembre a las Torres Gemelas de Nueva York y el edificio del Pentágono.

La guerra de civilizaciones de la que habló Huntintong en 1993 fue alimentada por quienes se presentaron como víctimas, más aún después de los atentados de 2001. El despropósito de la intervención en Afganistán y, sobre todo, la invasión de Irak fueron como abrir definitivamente la caja de pandora del integrismo islámico, al propiciar la desestabilización del avispero de Oriente Medio y el panislamismo que alimenta al terrorismo de matriz islamista. Si a todo lo anterior se añade la ingente financiación de la extensión, por todo el mundo, de una de las versiones más integristas de la doctrina islámica por parte de Arabia Saudí se entiende algo más el fenómeno de dicho terrorismo.

Hay que resaltar que todo esto se enmarca en un contexto mundial en el que la visión de la realidad en clave de defensa de señas de identidad propias ha relegado a un segundo plano el conflicto de intereses de los distintos colectivos sociales en el seno de cada sociedad, en otras palabras, los nacionalismos (entendidos de una forma amplia) han sustituido a la lucha de clases como motor de la historia, al menos a corto plazo. Y las visiones del mundo en clave identitaria se retroalimentan, al mismo tiempo que en el mundo musulmán ha crecido el peso de las visiones integristas lo mismo ha sucedido con las corrientes integristas del judaísmo, sólo que a estos el calificativo aplicado suele ser el de ortodoxo o ultraortodoxo que no suena tan mal. La influencia de las minorías ultraortodoxas en los diferentes ejecutivos israelís desde la llegada de Menahem Begin (1977) ha crecido tanto en la presencia de partidos confesionales en el parlamento con influencia creciente como en el significado de las políticas aplicadas con respecto al conflicto palestino por los diferentes gobiernos, hasta el punto de que es difícil imaginar qué mayor integrismo es posible cuando han gobernado el país la mayor parte del tiempo, desde 1977, figuras como el propio Menahem Beguín y Benjamín Netanyaju (Likud) o Ariel Sharon (Kadima), sin olvidar que en uno de los periodos en los que no gobernó la derecha próxima al integrismo nacionalista-religioso fue asesinado el por entonces primer ministro laborista Isaac Rabin a manos de radicales ultraortdoxos.

La revolución conservadora se nutrió especialmente del occidente cristiano, la potenció en el mundo árabe y la desarrolló en Europa y América, allí donde el cristianismo, en sus diferentes versiones, era religión mayoritaria, para ello contó con la inestimable colaboración del anquilosamiento de la URSS que con su fiasco en Europa del Este abrió puertas a lo que se ha visto y se sigue viendo en la propia Rusia, Polonia, Ucrania o Hungría, por citar algunos ejemplos. La elección de Juan Pablo II como Papa en octubre de 1978 iba a marcar un largo periodo anticonciliar, aunque eso nunca se dijera expresamente. Cosas como las formas de la liturgia no tendrían marcha atrás, pero la dictadura absolutista que es de hecho el gobierno de la Iglesia Católica estuvo más de 30 años, si contamos el periodo de Benedicto XVI, desvistiendo el Concilio Vaticano II. Juan Pablo II contó con su carisma y con un aparto propagandístico propio de la estrellas musicales, sus continuos viajes con eventos multitudinarios en todo el mundo eclipsaron una labor larga de giro extremadamente conservador en las actuaciones de la Santa Sede, por una parte arrinconando a los teólogos de la liberación, incluyendo reprimendas públicas como la que pudo verse en directo a Ernesto Cardenal en Nicaragua, y por otro poniendo el poder real de la Iglesia en manos de ultraortodoxos.

Juan Pablo II tuvo la oportunidad de nombrar a muchos obispos en todo el mundo durante su largo papado, no dudó en sustituir a los más aperturistas por otro perfil, España es un ejemplo claro, de los tiempos de Enrique y Tarancón se pasó a los de Rouco Varela y sus acompañantes como Cañizares y otros aún en primera fila. Por lo que respecta al círculo más próximo al pontífice en Roma, Juan Pablo II dio peso a los nuevos movimientos ultraconservadores, en especial al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo de Marcial Maciel, a pesar de tener constancia, como sabemos hoy, de las irregularidades de todo tipo de este último personaje, pederastia incluida. Todo ello en detrimento de las congregaciones tradicionales y de forma muy relevante de la Compañía de Jesús, que constituía, además de la principal congregación de la Iglesia, uno de los sectores más progresistas de la misma

América Latina fue uno de los principales destinos de los viajes papales, los actos multitudinarios ocultaron un debilitamiento creciente de la base social del catolicismo, los evangelistas fueron ganando seguidores con algunas de sus ramas más conservadoras, hasta el punto de ser considerados decisivos en procesos electorales como los que han llevado a Bolsonaro al poder en Brasil o para mantener el soporte de un buen número de hispanos a Donald Trump en las recientes presidenciales. En territorios donde la injusticia social ha sido y es palmaria sin duda ha tenido un efecto negativo arrinconar a los eclesiásticos que desde su compromiso mejor podían conectar, la influencia social que pudieran haber tenido los teólogos de la liberación y los jesuitas de haber habido otra estrategia desde el Vaticano no se sabrá nunca. Lo que sí resulta evidente es que los mensajes de los predicadores más exaltados, que no tienen las cortapisas de un mando centralizado como los sacerdotes católicos, han tenido más fácil extender su mensaje ultraconservador y políticamente incorrecto de ser necesario. Defender ideas como la superioridad de la textualidad de la Biblia frente a las evidencias científicas pueden convencer a una parte de creyentes, pero no a otros muchos, es difícil defender con vehemencia ese tipo de fe y vincularla a la resurrección de la carne para el conjunto de creyentes, no para el pastor que se dirige a unos centenares o miles de seguidores predispuestos a creerlo.

Los valores conservadores no se han extendido sólo a través de las creencias religiosas, aunque estas siguen tenido una influencia importante los valores laicos también se vieron afectados, el culto al individualismo y el consumismo se confrontaron con otros valores como la defensa colectiva de intereses comunes. La culminación de todo ello es la estigmatización del perdedor, el señalamiento de los que se quedan en el camino, junto con la búsqueda de soluciones individuales a todas las problemáticas, la combinación de ultraliberalismo en lo económico, con sus consecuentes lecturas sociales se unió a la mayor divulgación de los fundamentalismos y a la recuperación de los discursos nacionalistas basados en la contraposición de señas de identidad más que a relaciones de explotación colonial. A ello contribuyó el declive que arrastraba el modelo soviético, impuesto a sus satélites y que acabó con el hundimiento no sólo de estados y modelos concretos, sino de del influjo político mundial que supuso la Revolución Rusa de 1917

Uno de los temas que más suele destacarse de Juan Pablo II fue su supuesto papel decisivo en las movilizaciones polacas contra el gobierno comunista. Sin duda tuvo alguna influencia, pero la ascendencia del catolicismo en Polonia le debe mucho más a la nefasta actuación no ya del gobierno polaco, sino del de la URSS que todo lo que contralaba en su zona de influencia. Cuando Solidarnost inició la huelga en los astilleros de Gdansk, agosto de 1980, el movimiento se extendió con rapidez, el principal factor fue el descontento con la acción de gobierno, el apoyo de la Iglesia o de los servicios secretos occidentales fueron la sal del guiso, no su base. El fracaso del llamado socialismo real en la propia URSS arrasó con lo que pregonaba el discurso oficial reiteradamente incumplido, la norma fue el choque de intereses en claves nacionales y la extensión de un capitalismo sin reglas, con frecuencia vinculado a la corrupción, tanto en las diferentes repúblicas surgidas del desmembramiento de la URSS como en el de los restantes países de la Europa del Este.

La ola de la revolución conservadora se desinhibió tras el hundimiento soviético, pero ya llevaba una década larga poniendo en práctica sus recetas económicas y afianzando sus bases ideológicas, hubo una aceleración de un proceso que ya estaba en marcha. Todo lo anterior no significa que no haya habido oposición en todos los terrenos, desde el económico al de los valores.

Frente a esa ofensiva conservadora en todos los frentes hubo resistencias también en todos los frentes, aunque con ausencia de un hilo conductor. En materia económica las visiones alternativas fueron silenciadas de forma sistemática, la izquierda con presencia institucional y responsabilidades de gobierno asumió lo fundamental de la nueva ortodoxia neoliberal. De esa forma no ha habido obstáculos al desarrollo de los programas que hubieran debido de ser propios tan sólo de las fuerzas conservadoras, como las políticas restrictivas de gasto público, la reducción de la presión fiscal a las rentas altas, la privatización de empresas públicas o la libre circulación de capitales que ha dado pie a una economía especulativa con un poder cada vez mayor del sector financiarizado con respecto al productivo. En cambio, los sectores públicos asociados al concepto de estado del bienestar (pensiones, educación, sanidad o protección social) no pudieron ser desmantelados allí donde existían, básicamente en Europa, aunque sí que avanzó la privatización de su gestión. La hegemonía del dogma neoliberal impidió la existencia de una alternativa con opciones de ser aplicada en lo que respectaba a la producción y redistribución de la riqueza, lo que supuso la ausencia de un proyecto integral que incorporara al conjunto de resistencias

Corrientes que se habían expresado con anterioridad y que lo están haciendo cada vez con mayor fuerza después de la crisis de 2008, se opusieron a los modelos de sociedad más conservadores. Desde la defensa de la propia identidad no sólo crecieron aquellos, también lo hicieron movimientos contra la homofobia, contra las distintas expresiones del racismo, incluyendo las políticas migratorias o por la igualdad en derechos y oportunidades de las mujeres, en clara confrontación con muchos de los postulados socialmente más conservadores. Junto a ellos adquirió cada vez más fuerza el ecologismo, no necesariamente progresista en lo social, pero con difícil encaje en la defensa de un modelo económico donde el beneficio privado domine sobre cualquier otra consideración.

Así se llegó a la crisis de 2008 que lo puso todo patas arriba tras 30 años de clara hegemonía de los valores conservadores, de limitadas posibilidades de contestación en materia económica, con las distintas confesiones religiosas unánimemente enfrentadas a los movimientos que pese a ello fueron avanzando en materia de libertades sexuales y de igualdad de género, con la sublimación del individualismo, en un contexto en el que las identidades propias fueron el marco de confrontación y conflicto habitual, no ya con la ausencia de un proyecto alternativo de transformación creíble, sino con la inexistencia práctica de voluntad de articularlo. A partir de 2008 la contradicciones se agudizaron, las crisis sistémicas de esa envergadura acostumbran a actuar como aceleradores de los procesos históricos y vivimos desde entonces tiempos de incertidumbre y polarización. Pero eso será el tema de la próxima entrada

diumenge, 18 d’octubre del 2020

EN FEBRERO ELEGIREMOS UN PARLAMENT

Quizá el título peque de optimista dando por hecho que habrá elecciones en febrero dados los tiempos que corren, entre la pandemia y la capacidad de sorprender de mundo procesista es un riesgo afirmar de forma categórica nada sobre el futuro inmediato en Catalunya.

Con esa prevención señalada de lo que cabe hablar es del complemento directo de la oración, algo tan obvio como que en las elecciones al Parlament de Catalunya se elige la composición de dicho Parlament vuelve a sumergirse en la nebulosa de los ensueños mentirosos. Se intenta rescatar, usando otros términos, la idea de las elecciones plebiscitarias de 2015, aquellas que desde una lectura plebiscitaria perdió el procesismo (obtuvo menos del 50% de los votos) y sirvieron, en cambio, para llevar la nave no a las plácidas aguas de Ítaca sino al proceloso mar del otoño de 2017.

Todo parte de la rama del linaje Convergent que cuenta con el principal activo de la herencia pujolista, el nuevo líder mesiánico. Puigdemont es el sustituto del padre fundador al que se intenta matar sólo temporalmente, para volver a subirlo a un pedestal con el perdón que siempre se concede a los cadáveres cuando se produzca hecho biológico. El hiperliderazgo personal era la seña de identidad convergente y lo es de JuntsxCat, o como acabe llamándose la organización que resulte al final. Para propagar sus estrategias siempre han tenido habilidad y medios a su alcance, lo primero sirve de poco sin lo segundo y viceversa. Ahora la consigna es que el independentismo sume más del 50% de los votos (usan el término independentismo cuando hablan del procesismo aunque sepan mejor que nadie que no es la misma cosa) y el objetivo es el mismo que el de que volvería el presidente legítimo a Catalunya si ganaba las elecciones, no cumplir ningún compromiso, tan sólo llevar a ERC al territorio del procesismo donde Puigdemont tiene bazas para ganar en la pugna insomne por liderar el nacionalismo catalán esencialista.

ERC ha aceptado el juego desde el momento en que ha entrado en el debate sobre si eso debería pasar de forma continuada. Han medido sin duda costes y beneficios al hacerlo en lugar de responder con un programa de gobierno con propuestas para hacer frente a la situación que nos va a dejar la crisis del COVID-19.

Frente a ellos y los acólitos de la CUP, el nacionalismo español más rancio aplaude, aunque no lo diga, ese enfoque de la campaña. Nos van a decir infinidad de veces que en estas elecciones la cosa va de independentismo (también les gusta llamar al procesismo por otro nombre) o España y van a agitar banderas y constituciones jamás leídas por ellos. Puede que alguna vez se eles escape que lo que vamos a elegir son 135 representantes de la ciudadanía, pero sólo para tomar impulso y seguir hablando de patrias.

Los menos interesados en que el debate electoral se centre en estos aspectos son el PSC i los Comuns, pero se van a ver engullidos por la dinámica y harán de versión blanda del nacionalismo español (PSC) y del procesismo (Comuns) en contra de sus intereses, sobre todo en el caso de Catalunya en Comú.

La capacidad de llevar el debate al terreno más propicio para las fuerzas políticas conservadoras tiene que ver con la hegemonía de las ideas, no es sólo una cuestión de control de los medios de comunicación públicos y privados, aunque eso sea muy importante para conseguirlo. Pero aunque consigan que la polémica reiterada sea la de si va a haber o no fuerza suficiente para implementar el paso definitivo hacia la independencia, la inmensa mayoría sabe que es un falso debate, no habrá un paso definitivo hacia la independencia fruto de estas elecciones ni un fracaso definitivo del independentismo, lo que haremos será elegir una cámara de representantes que a su vez elegirá un President de la Generalitat que a su vez nombrará un Govern. Es menos épico, en modo alguno intrascendente.

Harían bien PSC y Comuns en tener claro este panorama para luchar contra él, no porque vayan a poder evitar que ciertos mantras dominen la campaña, sino para conseguir que otros temas no queden en el olvido más absoluto. Tenemos en Catalunya problemas atrasados, desde hace décadas y agudizados en la última: el acceso a la vivienda, el modelo de privatización de la gestión de lo público en materias como la sanidad, la educación o los cuidados a las personas, los recortes no superados en lo servcios públicos, la ausencia de política industrial, la pérdida relativa de peso económico de Catalunya en España... Sólo eso es motivo suficiente para evitar que las ideas románticas de naciones enfrentadas no sean monotema electoral.

Debe añadirse otro tema del que no se oye hablar, qué hacer de cara a la postpandemia, no sólo porque la crisis será profunda sino porque las oportunidades de reconducir las derivas del sistema productivo catalán van a ir muy ligadas a lo que suceda en España en su conjunto. Gustará más o menos, pero los fondos europeos sólo se podrán aprovechar en Catalunya en la medida en que se hable con seriedad del tema con el gobierno central, como van a hacer todas las comunidades autónomas. El futuro Parlament tendrá que elegir entre mantener la confrontación simbólica para desgastar al estado o modernizar el tejido productivo catalán negociando el uso de los fondos europeos para, entre otras cosas:

- Aprovechar la tradición industrial, y lo que aún queda de aquella Catalunya fábrica de España, para contribuir a que Europa en su conjunto tenga mayor capacidad productiva en sectores que pueden ser estratégicos en caso de situaciones críticas.

- Desarrollar actividad productiva vinculada a la descarbonización de la economía, más allá de la fabricación de vehículos eléctricos y sus componentes y sus baterías, prestando especial atención a las energías renovables, tanto en lo que respecta a su producción como en la investigación de la tecnología para producirla y almacenarla.

- Ser uno de los focos de eso tan amplio que llaman digitalización y economía digital.

Pensar que todo eso vendrá dado, o que no habrá que defender los intereses legítimos de Catalunya ante los intereses, también legítimos, de otros territorios para buscar un equilibrio y no quedar postergados es una quimera. Plantear que eso es viable desde el choque continuo con el gobierno central, fuese el que fuese, es mentir, quizá porque ya le va bien a ciertos sectores que la orientación se mantenga en la dirección de primar determinada economía terciarizada basada en servicios que ofrecen expectativas de altas rentabilidades especulativas. Al igual hay quien quiere que seamos un gran parque de atracciones y nos acerquemos a ser un paraíso fiscal pero no se atreve a decirlo, lo que no impide que sigamos avanzando hacia eso.

Sin encauzar el conflicto político abierto, no ya resolverlo, va a ser difícil centrar los focos en este tipo de cuestiones, pero harán bien las fuerzas progresistas, en especial Catalunya en Comú, en no quedar atrapada en la red de los maximalismos, el mensaje paralelo al del 50% de los votos es el de que no hay nada que hacer sin resolver el conflicto nacional en los términos que sea, lo que en la práctica significa no hacer nada durante mucho tiempo porque no hay un solución definitiva, inmediata e indolora que permita salir del marasmo actual.

Es ingenuo pensar que con sólo plantear una propuesta alternativa a la hegemónica actual, la que marcan en Catalunya el procesismo y a escala global los repliegues identitarios, se va a conseguir llevar el debate a las temáticas que le interesan a las fuerzas progresistas, ni se cuenta con un aparato mediático que colabore, todo lo contrario, ni el soporte social que lo permita. Ahora bien, sin plantear la necesidad de abordar el conflicto desde otra perspectiva no será posible avanzar en la disputa del marco hegemónico.

Así las cosas, es imprescindible contraponer al mensaje del 50% el de que en febrero se elige un Parlament, ni más ni menos. De esa premisa cuelgan los otros mensajes que se podrían resumir en cuatro esenciales:

1.- Elegir los diputados no es poca cosa, el Parlament es una conquista que no podemos despreciar y depreciar desde Catalunya como se ha venido haciendo durante estos años.

2.- El Govern que resulte a partir de la composición del Parlament debe potenciar el sector público catalán, castigado por los recortes no revertidos entre otras cosas en sanidad, educación o atención a la dependencia.

3.- Hay que hacer uso de las competencias y recursos que tenemos, y no son migajas, para hacer frente a las problemáticas sociales generadas por el empobrecimiento de los sectores más débiles de la sociedad catalana, fruto del modelo económico desarrollado en Catalunya durante décadas y agravadas a causa de la crisis de 2008 y la actual generada por la pandemia del COVID-19. Políticas de vivienda y el desarrollo de derechos de ciudadanía que garanticen la alimentación, el suministro de servicios básicos, la educación o la atención sanitaria, por ejemplo

4.- Iniciar el cambio del modelo productivo, aprovechando, entre otras cosas, los recursos de los fondos europeos destinados a este fin en los términos expuestos más arriba.

Son tiempos en que lo obvio cuesta que se entienda y, sobre todo, que movilice más que lo emocional, pero alguien tendrá que decir que el rey va desnudo, que no vamos a celebrar ningún plebiscito y que en estas elecciones que vienen es cierto que nos jugamos mucho, pero no lo que algunos nos quieren volver a vender.

Tenemos que elegir un Parlament que haga frente a los retos que debe afrontar Catalunya. Como diría aquel, casí ná.

dimarts, 8 de setembre del 2020

PRESUPUESTOS Y CONTEXTO GLOBAL

El 14 de abril (bonita fecha) escribí una entrada en este blog (aquí) en la que vaticinaba una estrategia de bloqueo a cualquier tipo de acuerdo global (por aquella fecha se había puesto de moda hablar de nuevos Pactos de la Moncloa) y proponía acuerdos parciales con patronales y sindicatos, con comunidades autónomas y con otras instancias para ir superando ese bloqueo por la fuerza de los hechos.

Pasados casi cinco meses se han confirmado lo previsible y la remisión al Congreso del debate ha servido de bien poco. Al tiempo el gobierno ha sabido sortear esa trampa con acuerdos parciales, los del mundo laboral los más destacados en el ámbito interno, y algo que no contemplé en ese escenario, el acuerdo en el seno de la Unión Europea que supone un giro en la práctica, por fin, respecto a las doctrinas neoliberales.

El nuevo hito debe ser el acuerdo presupuestario, sobre cómo debería trabajarse y con qué objetivos hablaré al final, antes vale la pena situar el contexto, el político español que todos tenemos en mente y el que a menudo nos pasa desapercibido, las dinámicas globales en las que estamos inmersos.

El capitalismo vive una de las varias crisis profundas que ha sufrido en los más de dos siglos que es el sistema dominante de relaciones económicas y sociales, una de aquellas que ha llevado a cambios substanciales en el funcionamiento de dichas relaciones en el pasado.

Nada indica que sea la última y definitiva, puede parecer una obviedad pero hay quien formula planteamientos que sólo tienen sentido para forzar la sustitución del capitalismo a corto plazo. Aparte de la capacidad para adaptarse a las nuevas situaciones que ya ha demostrado históricamente el sistema, el gran problema para que eso suceda es que no está nada claro qué tendría que substituirlo. Hay ideas y propuestas cada vez más elaboradas con respecto a cuestiones como la sostenibilidad ecológica y la justicia social, pero ni hay un modelo alternativo articulado ni hay, lo más importante quizá, una conciencia social lo suficientemente extendida con respecto a la necesidad de superar las bases sobre las que se asienta el actual modelo. Lo que sí está sucediendo, y no es poco, es que se discute sobre lo esencial, la preeminencia del derecho de propiedad o del interés colectivo, pero sólo con respecto a determinadas materias como la vivienda, los servicios públicos esenciales o la existencia de fortunas que superan toda lógica racional que pretenda justificarlas como consecuencia del esfuerzo personal. En cambio, el debate es casi inexistente sobre la propiedad colectiva del conocimiento acumulado que permite desarrollar las empresas más boyantes, sobre el disfrute comunal de la robotización que está llegando o sobre la codecisión de las formas de organización del trabajo que eviten la sobreexplotación de gran parte de la humanidad por una exigua minoría de la misma. Queda, en definitiva, mucho por hacer en la formulación de un modelo alternativo coherente, seguramente será una propuesta que se vaya construyendo de forma paulatina para dar respuesta a los retos que se presenten antes de que pueda hablarse de una alternativa global articulada.

Dicho eso, la versión neoliberal del capitalismo entró en una profunda crisis en 2008 que, como otras veces, vino precedida de síntomas que no se valoraron lo suficiente, o que se obviaron deliberadamente: los tigres asiáticos, las punto com, el crecimiento del endeudamiento privado... La pandemia ha venido a reactivar la crisis de la ortodoxia económica dominante desde hace cuatro décadas, una crisis que no se había superado porque las recetas aplicadas, el más de lo mismo expresado en el llamado austericidio, tiene a las sociedades de gran parte del planeta en ebullición. Los llamados populismos, regímenes iliberales, repliegues identatarios, etc... no se entienden sin eso y son una manifestación de esa crisis no superada. A mayor abundamiento, todo apunta a que el virus del COVID-19 tiene que ver con otro aspecto de la crisis sistémica en la que ya estábamos inmersos antes de su llegada, la insostenibilidad medio ambiental del modelo actual que destruye espacios que impiden, o impedían, a muchos patógenos entrar en contacto con el ser humano.

La actual situación deriva de la crisis profunda que se inició en 2008 y para la que se perfilan dos posibles recetas, la del neoliberalismo nacionalista y un neokeynesianismo que se refleja en las expresión gasten y gasten de la actual máxima representante del FMI, Kristalina Georgieva. Ni el FMI ni Angela Merkel se han convertido en adalides de las políticas redistributivas, menos aún en peligrosos infiltrados deseosos de minar las bases del sistema capitalista, este necesita nuevas recetas, o viejas recetas adaptadas a los nuevos tiempos, porque el proteccionismo trumpista no le sirve a todo el mundo. No hay otra explicación al giro que suponen los acuerdos de la Unión Europea para hacer frente a los efectos de la pandemia. No sabemos cual será la ortodoxia económica que prevalecerá y que muy probablemente supondrá un nuevo ciclo largo de doctrina económica dominante, sí sabemos que hay una pugna entre dos modelos muy distintos y que, desde una perspectiva progresista, se debe aprovechar la ventana de oportunidad que se abre para impulsar políticas redistributibas, ayudando al mismo tiempo a que se consolide como hegemónica una concepción de las políticas económicas que entierre la idea esencial del neoliberalismo, la de que es bueno para todo el mundo que los poderosos hagan lo que les plazca sin regulaciones que les molesten, sean laborales, medioambientales, fiscales o de cualquier otro tipo y sin defensa desde lo público de los derechos básicos de la ciudadanía: comer cada día, tener acceso a la educación, ser atendidos en situaciones de enfermedad o de incapacidad para valerse por sí mismo, disponer de una vivienda, etcétera.

Antes de aterrizar en el tema de los presupuestos una última reflexión, sin un contexto que lo permita es inviable un giro como el que ahora es posible en las líneas maestras de las políticas que se aplican. La aprobación del Ingreso Mínimo Vital, pese a las dificultades y los errores de implementación, no hubiera sido posible en 2010, cuando la presión era para que se aplicaran reducciones de gasto y la amenaza dejar caer al país que no acatara ese mandato. Que se entienda bien, no es baladí orientar las políticas a aplicar en un sentido o en otro sea cual sea la corriente dominante, pero esta impone límites que sólo se pueden rebasar si se cuenta con apoyos sociales suficientemente potentes. Los tuvieron Margaret Thatcher o Ronald Reagan para empezar a desarrollar el programa neoliberal y arrinconar las prácticas keynesianas que prevalecieron desde el fin de la II Guerra Mundial, no los tuvo el programa del primer gobierno de Mitterand que en la misma época forzaba las premisas keynesianas con propuestas sociales, laborales y fiscales  muy avanzadas, incorporando en plena guerra fría a cuatro ministros comunistas en el gobierno francés. Más reciente es la experiencia del gobierno de Syriza en su intento por desafiar frontalmente a la Troika. No es posible saber qué ortodoxia económica sustituirá al neoliberalismo, ni siquiera si habrá unos postulados hegemónicos en materia de política económica o convivirán diferentes modelos, lo que sí sabemos es que tanto la Unión Europea como el FMI  han pasado, al menos de momento, de recetar políticas de contención del gasto, recortes para que se entienda, a prescribir políticas expansivas, de incremento del gasto público que sintomáticamente se denomina cada vez con más frecuencia inversión pública y no gasto público como hasta ahora. No es un tema menor, en la pugna siempre ideológica sobre el tipo de políticas económicas a seguir se abre paso un tipo de propuestas favorable a los postulados clásicos de la izquierda, una grieta en el muro neoliberal que no sabemos si va a asentarse, pero que marca el debate presupuestario y delimita unas reglas favorables que deben aprovecharse.

Dedicar, para hablar de presupuestos, tanta extensión al contexto global es necesario porque con frecuencia pasa desapercibido para centrarse en el debate de las particularidades de la situación concreta española. Por poner un ejemplo de la historia reciente que está muy en boga, acostumbramos a valorar el periodo de la Transición minusvalorando la influencia de la geopolítica (guerra fría) y la profunda crisis de los postulados económicos de los que se ha hablado más arriba. Entre otras consecuencias, eso da lugar a que se achaquen muchos males de los que nos aquejan a lo que sucedió en aquellos años, cuando para muchas cuestiones la explicación está en los 40 años de predominio de políticas neoliberales y no en el entramado institucional que surgió del complejo proceso que fue la Transición. Hay algo en común entre la década larga que empezó con la crisis de 2008 y la vivida entre mediados de los 70 y mediados de los 80 del pasado siglo, los manuales de economía política no sirven para dar respuesta a los problemas existentes, como pasó entonces aunque por razones casi opuestas. Desde una perspectiva progresista que evite la tentación del cuanto peor, mejor se trata de hacer dos cosas, la primera aprovechar las posibilidades que se presentan, la segunda ayudar a que imponga globalmente un tipo de medidas económicas más afín a sus postulados que a los que defiende la extrema derecha en el mundo. Hay una confrontación no resuelta, España no es Alemania, pero es un miembro importante d el Unión Europea que debe contribuir a que se asiente el cambio de rumbo iniciado en este momento.

Con todo lo anterior presente se puede abordar con más perspectiva el tema del debate presupuestario, el de con qué contenidos y el de con quién sacarlos adelante. Se formula como obviedad algo que no lo es tanto, que lo más trascendente son los contenidos del presupuesto que acabe prosperando, como si no importara nada de dónde vienen los apoyos y por qué, cuando la configuración del Congreso de los Diputados es la que es. Conviene, pues ordenar las ideas.

1.- Son necesarios nuevos presupuestos, no porque los de Montoro no sirvan en la nueva situación (algo que se viene diciendo año tras año cuando lo que ha pasado siempre, este año en especial, ha puesto en evidencia esa afirmación, la ejecución presupuestaria no tendrá nada que ver con la ejecución presupuestaria del año en que se aprobaron estos presupuestos en tiempos de Rajoy) sino porque los presupuestos tienen que ser la puerta de entrada para los recursos de la Unión Europea y porque, desde una perspectiva de izquierdas y progresista, interesa aprovechar el contexto analizado con anterioridad.

2.- Los presupuestos serán expansivos, lo serían incluso con un gobierno del PP aunque fuera sólo por el uso de los fondos europeos, pero es que incrementar el gasto es lo que están haciendo hasta los gobiernos más conservadores en todo el mundo contrariando los postulados neoliberales, otra vez es cosa del contexto global. Unos presupuestos expansivos son condición necesaria, pero no suficiente, para desarrollar un programa progresista, eso dependerá de a qué se destinen las partidas y de dónde se obtengan los recursos.

3.- Todo el mundo es consciente, aunque no se diga, de que se tienen que subir los impuestos y de que dicha subida afectará al conjunto de la ciudadanía si no se quiere ver aún más disparado el déficit, algo que sin ser tan alarmante como nos lo pintan con los intereses que se pagan actualmente no puede ser un pozo sin fondo. Los impuestos subirán para todos, sea a través de impuestos directos o indirectos, con nuevas cargas o con incrementos de las existentes. Existen varios elementos a tener en cuenta, como incentivar o desincentivar conductas de consumo, pero el que más debe preocupar en este debate es cómo se reparte esa subida entre los diferentes niveles de renta. Con un incremento lineal o directamente regresivo las rentas bajas serían las grandes perdedoras, con un incremento proporcional el efecto se atenuaría aunque continuarían saliendo perjudicadas las rentas más bajas en relación a las superiores. Un incremento con resultado global cuanto más progresivo más beneficiaría a las clases más modestas a costa de que pagaran más las personas con mayores rentas. Llevamos décadas de políticas fiscales que han perjudicado sistemáticamente a los sectores más humildes, básicamente con los incrementos de los impuestos indirectos, y que han beneficiado también sistemáticamente a las rentas más altas, a través de las reducciones de impuestos directos, sobre el patrimonio o las grandes herencias y a través de regulaciones que favorecen la elusión fiscal que es, dicho en leguaje inteligible, como la evasión fiscal, pero hecha legalmente. Más allá de las declaraciones y las filtraciones de unos u otros para marcar territorio ese va a ser el gran debate.

4.- Se articulen unas mayorías parlamentarias u otras, la izquierda más consecuente se tendrá que tragar sapos en materia de ingresos fiscales, a cambio puede conseguir algo tan importante como un cambio en la tendencia de las últimas décadas, consiguiendo unos efectos progresivos globales, tanto a través de tipos impositivos como a través de mayor control del fraude, un fraude que es un tema trascendente y que beneficia a las rentas cuanto más por encima están de la media. Una parte del PSOE, con peso importante en el ejecutivo, y el PNV van a ir muy posiblemente en contra de propuestas que avancen en la progresividad fiscal, estos porque siempre han sido conservadores, aquellos porque no acaban de salir de la lógica neoliberal que han hecho suya. Si ERC se dedicara, habrá que verlo para creerlo, a intentar conseguir mejoras para la ciudadanía de Catalunya en vez de a mirar de reojo los movimientos del nacionalismo catalán conservador, sería un interlocutor lógico, pero con límites a la hora de asumir subidas de impuestos porque parte importante de su apoyo está en personas con niveles de renta medio-altos que con un incremento progresivo  de la fiscalidad acabarían sintiéndose afectados por la subida de impuestos. De hecho, si no acaba formando parte de los que acuerden los presupuestos cabe esperar que uno de sus hilos argumentales sea que habría que subir más a las grandes fortunas para no cargar a las clases medias y bajas. Finalmente, si C's negocia su voluntad va a ser, en esta materia, muy parecida a la ya expuesta del PNV y parte del PSOE

5.- A qué destinar el incremento del gasto es la otra cara de la moneda. Desde una perspectiva progresista se debe apostar por las políticas sociales, pero también por la inversión productiva en un determinado sentido, orientando a un cambio de modelo productivo, con un programa de reindustrialización que no nos deje en situación de indefensión frente a decisiones de otros, como ha sucedido en suministros claves en el peor momento de la pandemia o como nos viene pasando cada vez que una multinacional decide deslocalizarse y cerrar una planta. Parte del gasto viene condicionado por los objetivos y requisitos de los fondos de la UE, pero otra parte no y no es lo mismo apostar por cambios profundos de nuestro modelo productivo que dedicar el grueso de los recursos a subvencionar a los sectores que son el pilar del que ya tenemos. Cuando todo el mundo pide (reducciones de IVA para la hostelería, incentivos para que se cambie de coche, etc...) hay que tener claro el sentido del gasto, si se quiere que sea eso, simplemente gasto, o si se quiere que sea inversión para ayudar a renovar nuestro tejido productivo. La pugna por servir a unos intereses ya existentes o buscar unos objetivos de futuro no es un tema menor, como tampoco el alcance de las políticas sociales que eviten la caída en el pozo de miles o millones de personas

6.- Pese a las previsibles dificultades que se han ido situando es factible elaborar unos presupuestos que apunten hacia un cambio de estrategias en materia de política económica que no sean coyunturales, que marquen un cambio de rumbo, por eso la importancia de no errar en los objetivos ni en la estrategia de negociación, sabiendo que más allá de las declaraciones para fijar posiciones se deben situar dos objetivos básicos, el incremento de la progresividad fiscal y la inversión en reorientar nuestro modelo productivo. Es posible, todo lo mal que Unidas Podemos (y Catalunya en Comú) lo ha estado haciendo en clave interna  contrasta con la eficacia que está mostrando en la gestión de las áreas de gobierno y en la incidencia en las políticas generales de dicho gobierno. Por su parte, crece la influencia dentro del PSOE de los sectores que piensan que hacer lo mismo que haría la derecha cuando están en el gobierno les conduce a la nada. En la misma línea cabe esperar que incidan parte de los apoyos externos al gobierno en el Congreso

El resumen sería que aunque no será fácil es posible, además de necesario, aprobar un presupuesto que suponga un punto de inflexión con respecto a las políticas económicas que se han venido dictando desde premisas neoliberales, en la línea de lo acordado en la Unión Europea con tensiones que no sólo eran de intereses nacionales, que también, sino de posiciones ideológicas en materia de política económica. Hay una brecha en el dique del neoliberalismo y desde una visión progresista sería un error no aprovechar la ocasión. Apoyar a y apoyarse en formaciones conservadoras no debe ser motivo de anatema, ni en Europa ni en España, con la CDU de Merkel, con Macron o con el PNV lo importante es no perder de vista los objetivos de justicia social y cambio de modelo productivo aprovechando la nueva coyuntura. Es eso o quedarse en la queja estéril, incompatible con desempeñar responsabilidades de gobierno

Queda un tema de no poca importancia, el con quién. No se puede considerar un tema accesorio y es una dificultad importante derivada de la inestabilidad de la mayoría que votó la investidura. No vale saldarlo con decir que lo importante es que haya presupuestos y el contenido de los mismos porque tiene otras implicaciones. Descartado el apoyo del PP y sus satélites, el de VOX y el menos trascendente por el número de escaños de la CUP, el apoyo de la mayoría de la investidura más C's sería incluso positivo (dependiendo de los contenidos, claro está) por lo que podría suponer de asunción de las nuevas premisas por parte de los poderes económicos a los que responde dicho partido, la alternativa al imposible pacto de reconstrucción equivalente a lo que en materia social están siendo los acuerdos entre patronal, sindicatos y gobierno.

No es C's más conservador en materia económica que el PNV, el PRC de Revilla o incluso que algunos sectores de ERC, del BNG o del propia PSOE, pero es obvio que no es un debate sólo de presupuestos y será difícil que haya un acuerdo a tantas bandas. La premisa para que fuera posible sería obviar en la negociación presupuestaria el gran debate que subyace en la política española desde hace años, el de la cuestión territorial. C's genera incomodidad en casi todas las formaciones claves de la mayoría de investidura, del sector a la izquierda representado por Unidas Podemos al la derecha nacionalista que representa el PNV, pero donde se sitúa en apariencia la imposibilidad mayor es en ver un voto común con ERC. No parece tarea sencilla conseguir que no influya el debate territorial en la posición de C's (cuya razón de ser fundacional es el nacionalismo español) ni conseguir que ERC rompa complejos y apueste por ser útil a la ciudadanía catalana en este debate en lugar de mantenerse en la política de gestos en pugna con Waterloo.

Como no se trata de elegir lo que se prefiere, sino lo que es viable, sería un error cerrar las puertas de entrada a ningún posible acuerdo, incluso parcial, hay que recordar que con la fragmentación parlamentaria existente el pacto no se limita sólo al apoyo, la simple abstención puede servir. Si bien no es imposible imaginar un medio acuerdo, que incluya abstenciones, de la mayoría de investidura más C's es ciertamente difícil que se dé. A pesar de ello, trabajar en esa línea no es de ilusos como pudiera parecer, implica no cerrar la puerta a ninguna opción, algo importante si la primera prioridad es aprobar estos presupuestos en concreto por todo lo ya expuesto. ERC es voluble e imprevisible porque mira de reojo y acomplejada el escenario catalán y no quiere el sambenito de traidor que ella misma ha jugado a endosar a otros cuando le ha convenido, debe formar parte del acuerdo múltiple que se baraje como primera alternativa a un acuerdo más amplio (sin C's) pero sin perder de vista la opción del plantón por razones ajenas al contenido de los presupuestos. No cerrar la puerta a C's significa negociar en serio con ellos, primero porque es la única forma de aspirar al acuerdo amplio y después porque es de suponer que no están en la inopia y que si se saben utilizados como simple cebo para atraer a otra presa no se van a prestar. Para acabar de complicar o facilitar las cosas, según se mire, cuando ya estaba todo esto redactado aparece la posibilidad de que entre en el juego el PDeCAT tras romper peras con el proyecto de Puigdemont, el PDeCAT viene a ser un equivalente al PNV, pero con la diferencia de ser catalán, con lo que eso significa de mayor recelo de ERC a salir en la misma foto, siempre pensando en la próxima confrontación electoral catalana que nunca acaba de llegar

En resumen, nadie podría creerse que en esta legislatura las cosas iban a ser fáciles, para acabar de complicar el panorama ha aparecido un virus que ha puesto al mundo entero patas arriba. Sin embargo se abren posibilidades que tampoco eran previsibles hace un año, con la UE pendiente del BREXIT y en España abocados a una repetición electoral. Hacer frente a la pandemia y al mismo tiempo aplicar políticas disruptivas con respecto a la caduca doctrina económica que ha imperado por decenios pasa por aprobar unos presupuestos expansivos en el gasto social y la inversión en reorientar el modelo productivo español (el catalán incluido) lo que conlleva un incremento de la recaudación vía impuestos que deberían ser por dos vías, la lucha contra el fraude y la elusión fiscal como instrumento estratégico más de cara al futuro que por sus resultados inmediatos y un incremento de impuestos que acabaría afectando a la inmensa mayoría pero de manera más intensa a las rentas altas y medias-altas, lo que obligará a un trabajo de pedagogía porque la campaña en contra tendrá las formas poco caballerescas previsibles. Si las cuentas van en esa línea sería positivo un acuerdo parlamentario lo más amplio posible, pese a las dificultades que conlleva debe intentarse porque es además la manera de afrontar posibles salidas de pata de banco entre la variopinta mayoría que dio pie a la investidura, más allá de que en el seno del gobierno una parte no irrelevante piense en un posible acuerdo con C's como forma de desnaturalizar el pacto de gobierno de coalición.

Fácil no va a ser, seguro. Veremos qué resulta.

diumenge, 9 d’agost del 2020

REPUBLICAS IMAGINARIAS Y UTILIDAD DEL REPUBLICANISMO

La semana ha estado marcada por el mutis por el foro que se ha visto forzado a hacer Juan Carlos I, ex-Jefe del Estado y aún rey aunque sea emérito, algunos parecen ver una ventana de oportunidad para el advenimiento de la III República Española que yo no veo sinceramente por ningún lado, otros para alcanzar la independencia por la vía de los males del vecino y no de las propias virtudes, bastante escasas, por cierto. Así pues, voy a trasladar algunas reflexiones que quizá puedan añadirse a las que otras voces más autorizadas y con mayor resonancia ya han formulado.

Empiezo por dejar claro que hace tiempo que me importa más el contenido que el nombre de las cosas, doy más valor a que el espíritu republicano prime que a la denominación de la forma de estado. No me gusta el modelo de república existente en Francia y sí el alemán, no me gusta la república catalana que anunciaban las leyes de desconexión aprobadas en septiembre de 2017, no me parece que sean lo mismo la monarquía británica que la sueca o la danesa, no digamos ya la canadiense, por poner un ejemplo de la Commonwealth en los que ser una monarquía es pura formalidad. Dicho eso, no me gustan algunas de las regulaciones (o desregulaciones) y prácticas que afectan a la monarquía española, pero de eso hablaré más adelante.

No veo inminente una caída de la monarquía española, no creo que estemos ante un estado fallido y confío en tener razón porque las alterativas que veo más factibles en caso de hundimiento de lo actual no son precisamente revolucionarias y me asustan bastante. Lo que sí tenemos es un modelo global de relaciones económicas y sociales que hace aguas por todas partes, la crisis de 2008 es sistémica y mundial, la crisis económica provocada por la pandemia en la que vivimos lo que hace es mostrar con mayor claridad las enormes vías de agua, provocadas por la desigualdad que han generado cuatro décadas de políticas neoliberales.

Ese escenario global se expresa en zozobras de muy diverso tipo en todas partes. Es una frivolidad considerar anecdótico que un presidente de los USA juegue con la idea de aplazar las elecciones presidenciales, que países (repúblicas, por cierto) de la Unión Europea como Hungría o Polonia den pasos acelerados hacia convertirse en estados iliberales, como se dice ahora, que un sujeto como Bolsonaro esté llevando a Brasil por la senda que lo está llevando, etcétera. En el caso de España, el escenario de fin de la hegemonía del paradigma ideológico de un periodo nos llevó a la aplicación de las mal llamadas reformas (en realidad fueron recortes de derechos políticos, sociales y de ciudadanía) y a un conflicto territorial de trascendencia indudable como es el catalán. A lo anterior hay que añadir la crudeza con que la pandemia por el COVID-19 ha incidido aquí, con la obligación de analizar en profundidad los porqués para corregir muchas cosas que hay que corregir.

En definitiva, tenemos muchos frentes abiertos y no de poca importancia. Soy de los que creo que la presencia de Unidas Podemos en el gobierno ha sido muy importante para que se hayan hecho las cosas de una forma muy distinta a la de la última gran crisis, Unidas Podemos fue importante en el debate para que no se demorara la aplicación del estado de alarma y se pusiera la salud por delante de los intereses económicos, el Ingreso Mínimo Vital es una realidad en buena medida por la insistencia de Unidas Podemos y nuestra Ministra de Trabajo Yolanda Díaz ha demostrado una competencia innegable. La presencia de Unidas Podemos ha sido útil porque se ha centrado en las prioridades, ha trabajado bien en los acuerdos sociales con patronal y sindicatos que ha sorteado en bloqueo que el PP había diseñado para los acuerdos de reconstrucción. No todo el mérito es de Unidas Podemos, el gobierno en conjunto ha sabido centrarse en lo esencial y España ha tenido su rol en el giro que ha dado la Unión Europea en las recetas para salir de esta crisis.

Sin embargo, queda mucho por hacer para afrontar los retos generados por la pandemia y para desarrollar el pacto de legislatura, aparte de temas no menores como empezar a encauzar el conflicto catalán. La prioridad de las prioridades es ahora que el gobierno de coalición siga gobernando en beneficio de los intereses de la inmensa mayoría.

¿Qué hacer entonces en el tema de monarquía o república? lo primero, rescatar el concepto de correlación de fuerzas y actuar en consecuencia, lo segundo tener claras las prioridades y lo tercero, para nada intrascendente, es ser útil en ese debate también. Si como creo y espero, como he dicho antes, el edificio institucional no se va a desplomar, desde Unidas Podemos y desde Catalunya en Comú debemos ser útiles, haciendo posible un funcionamiento más republicano de la actual monarquía.

Antes de aclarar ese aparente contrasentido quiero decir que el actual rey no es para nada santo de mi devoción, su intervención el 3 de octubre de 2017 y otros gestos me han distanciado de él más que el hecho de llevar o no corona. Me inquieta que le coja afición al borboneo que tan desastrosamente mal practicó su bisabuelo y que desde la derecha extrema y la extrema derecha veo que se alienta. La actual crisis de la institución monárquica tiene que servir para que asuma la necesidad de transparencia y control de sus actuaciones. La omertá en torno a las actuaciones de Juan Carlos I (similar a la que impuso el virrey Pujol en la Catalunya de su época, no lo olvidemos) no puede seguir y la mejor manera de evitarla es dejar de ver a la monarquía como una institución que sólo sale en los medios de comunicación en las visitas oficiales o en sus vacaciones y que no rinde cuantas de qué hace o deja de hacer en las Cortes Generales. Decía que es el momento de que la monarquía tenga un funcionamiento más republicano y me refería a esto precisamente, más allá de que no cometa delitos amparado en su inmunidad (¡sólo faltaría!) el rey de España debe hacer gala de transparencia y modernidad, haciendo lo que deben hacer los jefes de Estado en las democracias, rendir cuentas ante la representación popular. A reformas de ese tipo deben apuntar los esfuerzos de unidas Podemos más allá de proclamar que nuestro objetivo último es la república o la desaparición de toda forma de estado

Podemos hablar de repúblicas imaginarias en las redes sociales como si estuviéramos en la barra de un bar de barrió de hace 40 años, en el caso catalán podemos caer en las redes de la imaginaria república catalana que, por lo que sabemos, podría tener más déficits democráticos que la actual monarquía española, podemos hacer muchas cosas o podemos ser útiles y aprovechar la actual situación para plantear una reforma que conlleve control de la institución y transparencia y nos permita seguir interviniendo en la cosas del día a día de la gente. Como diría Joan Tardà, algú ho havia de dir y por suerte creo que no soy el único republicano que defiende lo mismo que he expuesto aquí.

diumenge, 5 de juliol del 2020

MARISA LÓPEZ Y LA NECESARIA MEMORIA COLECTIVA

El 30 de junio falleció Marisa López, era una de esas personas que no se mencionará en los libros de historia por su nombre y apellidos, una más de las que han contribuido al funcionamiento de un sujeto colectivo que sí deberá ser tenido en cuenta para entender el periodo en el que vivió, un número no tan grande de personas que haríamos mal en subsumir en una memoria colectiva sin detenernos a valorar su rol específico. Hablo del movimiento obrero, más concretamente de CC.OO., de relaciones laborales y del desarrollo de un modelo económico determinado, de una parte del pasado que casi empieza a ser historia pero es aún casi presente.

El sindicalismo, ya legal y actuando en una sociedad con un funcionamiento democrático homologable al de los países de nuestro entorno, se enfrentó a una serie de mutaciones importantes que en la inmediatez del momento no se apreciaban con tanta nitidez como ahora en perspectiva, Desde los principios de la década de los 80 hasta la gran crisis de 2008 señoreó en el mundo la hegemonía de los planteamiento neoliberales con una contestación a sus postulados siempre a la defensiva. Bajo esa hegemonía se produjeron cambios profundos en el tejido productivo y en las relaciones laborales, en el caso de España y Catalunya se vivió el desmantelamiento de buena parte de la industria tradicional, nos convertimos en pista de aterrizaje (después de despegue) de todas las multinacionales habidas y por haber, cambió el paradigma de producción fordista, se generalizó la externalización de los procesos productivos y de los riesgos empresariales hacia el conjunto de la sociedad, se terciarizó profundamente la economía y los grandes capitales fueron dominando porcentajes cada vez mayores del tejido económico y de los resortes de poder.

Actuar sobe la marcha para hacer frente a los retos nunca es sencillo y no lo fue en esos años, con aciertos y errores el sindicalismo en general y CC.OO. en particular se enfrentó a unas transformaciones que dificultaban las formas de organización clásicas. Soy de los que piensa que no supimos ver, hasta que estuvo muy avanzado el deterioro, lo que suponían los distintos procesos de precarización que se iban poniendo en práctica (con externalizaciones, con contratación temporal, con trabajo a tiempo parcial no deseado, con subcontratas encadenadas...) Parte de la explicación de esa tardanza en hacer sonar las alarmas provino de que las practicas más sangrantes no afectaron de entrada y de lleno al grueso de trabajadores y trabajadoras que ya estaban organizados. Siguiendo la lógica de siempre esas prácticas se cebaron en las empresas y sectores más desorganizados, los no tradicionales.

Marisa trabajaba en el comercio textil tradicional. El comercio (como la hostelería o los servicios auxiliares a las empresas y administraciones como la limpieza, la vigilancia o el mantenimiento) fue un sector en el que los cambios se produjeron, se siguen produciendo, sin descanso. Los sectores con menos músculo sindical fueron los más expuestos a las nuevas exigencias, no es de extrañar que también fueran los más caóticos en clave interna.

Ella vivió todo eso en lo que entonces era la Federació de Comerç de CCOO de Catalunya desde antes de ser su Secretaria General, yo algo parecido en la Federació d´Hostaleria. De los dos colosos tradicionales del comercio uno desaparecía, Galerías Preciados, y el otro, El Corte Inglés, se abonaba a las practicas antisindicales y potenciaba un sindicalismo amarillo que iba a tener futuro en el sector. Carrefour había entrado ya en los 70, pero el crecimiento del formato de las grandes superficies iba a darse a partir de los 80, con esa misma empresa, con ALCAMPO y con CONTINENTE, una llegada en la que los obstáculos a la presencia sindical eran de todo tipo y por sistema. Las cadenas de supermercados de matriz catalana empezaron a coger dimensiones importantes sin abandonar el paternalismo habitual de los negocios originarios y adoptando pronto las mismas prácticas antisindicales como modus operandi complementario de ese tipo de relaciones laborales. También llegaban las franquicias, y las cadenas de supermercados de multinacionales o de empresas españolas de matriz no catalana. Todos y cada uno de los pasos han ido siempre y desde entonces en la misma dirección, una mayor concentración de poder en menos manos, por la extensión de algunas marcas, por las absorciones y fusiones en el sector o por la llegada de nuevos gigantes que no tenían su origen en la distribución sino en la producción (caso de INDITEX) o en las nuevas tecnologías aplicadas (como AMAZON). Siempre las relaciones laborales se alejaron del modelo clásico al que se había adaptado el sindicalismo desde la implantación de las grandes factorías fordistas como paradigma del modelo productivo.

Acabamos fusionando las federaciones de comercio y de hostelería, creo que con resultados positivos a pesar de todos los pesares. La futura Federació de Comerç, Hostaleria i Turisme (FECOHT-CCOO) nos llevó al periodo de mayor relación personal a Marisa y a mí, no en vano éramos los máximos responsables de las dos organizaciones llamadas a fusionarse. El conjunto del sindicato pareció entender la necesidad de fortalecer a los sectores menos tradicionales, pero con un peso creciente en la actividad económica, y aportó recursos para que de la fusión no llevara a lo que Marisa decía muchas veces que podría pasar, que juntando enanos en vez de hacer un gigante montáramos un circo.

Durante dos años nos vimos casi a diario, nos recorrimos varias veces toda Catalunya, íbamos en mi coche y ella me decía continuamente, aquello de allí es nuestro y aquello también. Lo que me estaba diciendo no era que tuviéramos presencia organizada en todo lo que me indicaba, sino lo amplio que era el sector del comercio, mucho más allá de los escaparates de los núcleos urbanos, y la vastedad del trabajo que quedaba por delante, En mi caso no hacía falta ir señalando lo mucho que pertenecía a la hostelería, igualmente pendiente de ser organizado. Como es de imaginar en un proceso de fusión entre organizaciones con equipos y formas de trabajar con su propia idiosincracia no hubo romance idílico ni  hubo parto indoloro. Es ley de vida, como es ley de vida que pasado el tiempo todos relativizamos lo que parecía en un momento determinado como inasumible o irrenunciable.

La fusión se produjo finalmente en 1998, Marisa optó por dedicarse al trabajo en la unió territorial del Barcelonés y yo acabé dejando la dirección de la nueva federación en 2004. Como siempre sucede la vida siguió, Manuel García Murillo me sucedió a mí, vino la gran crisis de 2008 que lo puso todo patas arriba y todo lo vivido anteriormente parece abonado a convertirse en nada o en batallitas del abuelo Cebolleta. A mi modo de ver sería, además de injusto, un error.

La muerte demasiado prematura de Marisa, ahora, y de Murillo, hace ya dos años, nos interpela porque buena parte de su legado vital ha quedado vinculado a su actividad de muchos años en el terreno sindical, aunque sólo fuera por justicia deberíamos recordar qué vivieron y en qué condiciones lo vivieron. Pero más allá del homenaje personal, recordar significa entender qué sucedió, la memoria del sindicato, por extensión la del movimiento obrero organizado, no puede limitarse a la tradición de los sectores industriales o a la construcción. Con aciertos y errores estuvimos en muchos otros frentes con realidades muy diversas. Hubo formas de precariedad que crecieron sin que nos percatáramos de la trascendencia de los cambios que se producían en algunos sectores, hacíamos frente al crecimiento de sindicatos corporativos en otros como el sanitario, nos organizábamos con no pocas dificultades pero con éxitos importantes en la enseñanza, etcétera.

Los años de la hegemonía neoliberal no fueron los de la épica del antifranquismo o los de la construcción del sindicato en la primera legalidad, pero empieza a ser ya un periodo histórico y nos interesa hacer nuestra propia valoración de lo que sucedió en aquellos años porque otros ya llevan tiempo haciendo la suya y propagándola insistentemente, yo diría que insidiosamente. CC.OO. fue un protagonista clave de esos años y CC.OO. era la suma de la actividad de muchas personas en frentes muy diversos. Mantener la memoria de Marisa, entre otros y otras, es construir nuestra propia memoria colectiva, si no lo hacemos otros la construirán, por su propio interés y para justificar un presente, el de ahora o el de dentro de unos años, muy distinto del que nosotros pretendemos.

Jordi Gutiérrez, el compañero de Marisa, me pidió que interviniera en el acto de despedida de Marisa, termino esta entrada con el texto de esa intervención

Mi relación con Marisa se limitaba en los últimos tiempos a algunos comentarios, retuits y me gusta, ella ejercía su galleguismo, yo mis habilidades culinarias, ambos nuestro compromiso de siempre, el que nos llevó a conocernos hace ya bastantes años.

 

Físicamente nos veíamos, quien lo iba a decir, en los entierros: el de Vicenta, el de su hermano Salva, el de Murillo o el de Gemma, salvo quizá el caso de Vicenta todos injustamente tempranos, como el de la propia Marisa que hoy nos junta aquí. Temprano madrugó la madrugada, en versos de Miguel Hernández.

 

El nexo de todas esas relaciones compartidas tiene unas siglas, las de CC.OO. No concibo hablar de Marisa sin hablar del sindicato, en él nos conocimos, en él y para él nos relacionamos. Como un enorme coral millares de personas formamos una única estructura que cumple una función básica en su hábitat. Pero a diferencia de los corales, los componentes de esa estructura merecen el reconocimiento individual.

 

La vida de Marisa abarcaba muchas más cosas que el sindicato, no puede ser de otra manera, pero una parte importante de lo que ella fue y de lo que seguirá siendo a partir de ahora tiene que ver con lo que hizo en el sindicato. La memoria no es sólo necesaria para entender qué somos, la memoria es justicia para mujeres como Marisa, para personas que han dejado buena parte de su huella vital en la defensa de los intereses de los más débiles

 

Por pura cuestión de edad Marisa no pertenece a la generación fundadora de CC.OO, ni tan siquiera a la de los y las (pocas) dirigentes de la primera legalidad. A Marisa le tocó bregar con obstáculos distintos algo más tarde. Mientras en los sectores industriales y en los servicios públicos se desarrollaba el sindicalismo clásico que a casi todo el mundo le viene a la cabeza como arquetipo, ella veía como la precariedad se instalaba en las empresas que conocía mucho antes de que nadie hablara de precariedad.

 

Y no eran sólo las pequeñas tiendas de toda la vida, a las prácticas antisindicales de los colosos de siempre del sector, con El Corte Inglés a la cabeza impulsando su propio sindicato, más afín a los intereses de la dirección que a los de la plantilla de la empresa, se sumaban prácticas casi idénticas de los nuevos gigantes que irrumpían y crecían a un ritmo que entonces nos parecía demencial: los Carrefour, Continente, Alcampo... Mientras, crecían con los tics paternalistas las cadenas de supermercados, CAPRABO, CONDIS, BON PREU… Faltaba todavía para el desembarco de las grandes empresas de la distribución en el mundo de los supermercados o para el aterrizaje de MERCADONA, como faltaba aún para que las grandes marcas se fueran haciendo cada vez con un mayor porcentaje del comercio textil, más aún para que el comercio sin tiendas físicas se fuera quedando con un mordisco cada vez mayor del pastel. Llegaban eso sí, las franquicias, las empresas con cientos de tiendas de minúsculo tamaño como DIA y las grandes superficies especializadas. Y las fusiones y absorciones, la compra de cadenas enteras, el aterrizaje de nuevas multinacionales, etcétera.

 

Perdonad la mención a la diversidad de cosas que se movían en el mundo del comercio, pero es que todo eso tenía una cosa en común. Cualquiera de los múltiples formatos que aparecían y desaparecían, al igual que sucede hoy, era un laboratorio de pruebas de mayor desregulación, de más arbitrariedad empresarial… de situaciones para las que no había instrumentos legales adecuados ni capacidad organizada de los trabajadores y de las trabajadoras, añadamos y no perdamos el dato de la elevada feminización del sector. Cuando casi nadie era consciente del alcance de esos cambios unas cuantas Marisas ya se las tenían que ver con esa realidad, con pocos medios y todas las dificultades.

 

Que fueran menos de las necesarias no justifica su olvido, al contrario, el recuerdo de lo que fue Marisa López entre algunas otras personas gana en dimensión valorando con qué medios se enfrentaron a qué retos. Va siendo hora de ir recopilando esa memoria porque lo necesita el sindicato para que la colectiva no sea tan parcial como lo es y, como he dicho antes, por justicia

 

En lo personal cada uno de nosotros y nosotras habrá tenido su propia relación con Marisa, la mía se concentró mucho en un momento complicado, el de la fusión de las antiguas federaciones de comercio y hostelería, con la complejidad que ese tipo de situaciones acarrean. Nos recorrimos juntos toda Catalunya, hablamos de la familia, de las personas que había en cada una de las federaciones, de su Galicia natal que es también la de una parte de mi ascendencia, de nuestra tierra común que es Catalunya, fueron muchas horas de coche, muchos menús de 900 pesetas (de esto hace ya unos cuantos años) y muchas reuniones solos o en compañía. Marisa era pasión, pedía la fidelidad que ella estaba dispuesta a ofrecer, como es casi inevitable en las organizaciones pequeñas ejercía de madre protectora, en el mejor sentido de la palabra, de su gente. Para cada cual quedará el recuerdo personal, será la huella íntima de su paso por la vida. Faltará seguir construyendo el relato colectivo, repleto de personas como ella, que preserve el recuerdo de la huella común que da sentido completo a la existencia de las personas como Marisa, la que hace realidad, en un sentido complementario al que le dio Miquel Martí i Pol, el último verso del poema: la nostra estirp, ben cert, és de titans


dimecres, 24 de juny del 2020

¿QUÉ ESTATUA DERRIBAR?

Imaginemos una distopía, en el mundo y en el continente europeo progresan las fuerzas de extrema derecha, a medida que crece el nacionalismo esencialista se van recuperando personajes históricos que en la actualidad consideramos de forma casi unánime criminales de guerra. No es una distopía, está sucediendo en muchos lugares (Croacia, Ucrania, Polonia o las repúblicas bálticas...) pero lo hubiese sido hace 35 años.

Sigamos imaginando que en un paseo por Berlín han cambiado los plafones que recuerdan el pasado nazi de muchos edificios en términos negativos por otros que expresan una visión neutral de lo que fue aquel régimen. Podría pasar, basta con que se rompa el acuerdo muy mayoritario que condena lo que supuso el nazismo y se abra paso el mensaje de que Hitler hizo cosas buenas, como poner orden y recuperar la economía alemana. Eso no ha dejado de pasar en España con la figura de Franco, o está pasando en la Rusia de Putin, en la que no se recuerda qué supuso la revolución de octubre, pero se blanquea la figura de Stalin como la de un patriota ruso.

Más imaginación, viajemos mentalmente a un futuro más lejano: cómo valorarán las generaciones futuras (si les damos la oportunidad de existir, que esa es otra) la tragedia de miles de seres humanos ahogados en el Mediterráneo; o las hambrunas que se llevan por delante a millones de personas mientras en Chicago se especula con el precio de los cereales que se van a producir dentro de 5 años; o con los datos de desigualdades de todo tipo, con origen en el machismo, en el racismo o simplemente con las desigualdades económicas que dicen que 200 o 300 personas en el mundo acumulan la misma riqueza que miles de millones de los habitantes más pobres. Todo eso pensando en que avanzaremos hacia un mundo mejor, algo que no está escrito en ningún sitio.

Y me imagino, puestos a imaginar, que a estas alturas habrá quien dé por hecho que voy a defender que las figuras históricas que aparecen en todo tipo de estatuas y monumentos no pueden valorarse sobe la base de la visión del mundo que tenemos actualmente, que lo que deberíamos hacer es dejar constancia de lo contradictorio que pueden ser esas figuras y lo que representaron. Pues no, de lo que quiero hablar no es de los personajes, de si habría que derribar o resignificar (palabreja de moda) las estatuas de Sabino Arana o Pompeu Fabra por ser manifiestamente racistas, etcétera.

Lo que hay que resignificar son las propias esculturas y monumentos, tanto o más que a los personajes, ¿es Colón responsable de la iconografía y de los valores que transmite su monumento en las Ramblas de Barcelona?,  ¿los consensos sociales del momento en que se erigió la estatua no se hacen notar?, ¿por qué hay una estatua de Francesc Cambó en el centro de Barcelona que el nacionalismo catalán no cuestiona unánimemente? Quizá haya más información en los acuerdos que se consideran, o se consideraron suficientemente amplios en su día que en cada personaje en sí.

Sirva de ejemplo Fray Junípero Serra, una de cuyas estatuas ha sido derribada en la ola de protestas en USA. Balear de nacimiento fue misionero franciscano, sin que haya datos de comportamientos que a nuestros ojos (a los de la mayoría social, quiero decir) nos puedan parecer escandalosos, pero el derribo de su estatua indica que su labor merece la crítica de algunos sectores. No esclavizó a los indígenas de California, donde desarrolló su principal labor evangelizadora en la segunda mitad del s. XVIII cuando formaba parte del Virreinato de la Nueva España, el actual México. Al contrario, en las diferentes misiones que impulsó se formó en la agricultura y en el desarrollo de actividades artesanas a la población originaria del territorio, algo que pareció digno de elogio a los californianos que lo propusieron como uno de los personajes que merecía tener presencia en la Sala de las Estatuas de americanos ilustres del Capitolio. Una visión positiva de su figura que ha llevado en tiempos aún mas recientes a su beatificación por Juan Pablo II, en 1988, y a su canonización por Francisco I, en 2015. Sin embargo, una parte de la población, quizá minoritaria aún pero susceptible de convertirse en corriente mayoritaria en el futuro, considera que esa supuesta labor civilizadora era una forma de imponer una forma de vivir a la población aborigen. Como casi siempre, estos temas acostumbran a tener reflejo en conflictos actuales, en nombre del progreso, del crecimiento económico y de sacar de su miserable vida propia del paleolítico se justifica acabar con el hábitat de las tribus amazónicas que hasta el presente han quedado fuera del alcance del la humanidad civilizada. Sea como sea, que en pleno s. XXI se considere la labor evangelizadora como algo que arrancó del primitivismo a los aborígenes californianos del XVIII podría parecer en el futuro casi un chiste a una hipotética población del planeta que considere al cristianismo pura superstición adornada de mucho boato y basada en textos y tradiciones inverosímiles, más o menos lo que hoy pensamos de la mitología griega y romana.

Volvamos a Colón y su monumento en Barcelona, inaugurado en 1888 y erigido con motivo de la Exposición Universal puede ser una buena excusa para entender no tanto al personaje como a la sociedad que le erigió la estatua. A mi me vienen por lo menos dos hilos, relacionados entre sí, de los que tirar más allá de lo controvertido del personaje (controversia que le acompañó siempre, ya en sus encontronazos con los Reyes Católicos).

Primer hilo, los nacionalismos románticos y esencialistas español y catalán no habían desarrollado ni una mínima parte de sus respectivos argumentarios, o al menos no habían calado aún lo suficiente. Que la burguesía barcelonesa y catalana decidiera por fin hacer un monumento a Colón (el proyecto ya se había planteado con anterioridad) pone en evidencia que a cuatro años de las Bases de Manresa (1992) se asumían como propias ideas de la historia que más tarde han venido a considerarse como impuestas por el opresor castellano. A sensu contrario, para imponerse al patriotismo liberal heredero de los planteamientos ilustrados le faltaba mucho a la idea de un espíritu de la nación española conformado en torno a la religión que formuló Menéndez Pelayo pocos años antes (entre 1880 y 1882 se publicó la Historia de los heterodoxos españoles) y que el imaginario del nacionalismo identitario español acabó completando con las gestas imperiales, los descubridores y conquistadores de nuevos y viejos mundos y la Reconquista. Ambos planteamientos (primer programa político del nacionalismo catalán y la idea de una esencia española antiliberal) coincidían en lo retrógrados que eran ya en su época y con el entronque de ambos en el tradicionalismo carlista, pero han acabado por generar una apropiación de figuras históricas, debidamente manipuladas, por parte del españolismo más rancio y una reacción a la contra frente a ellas por parte del nacionalismo catalán conservador, no tanto por lo que realmente fueron personalidades como Fernando de Aragón como por ser la personificación del nacionalismo que había enfrente. Colón es una de esas figuras y erigirle un monumento en Barcelona no hubiese sido una propuesta surgida de la sociedad catalana unos años más tarde,

Segundo hilo, el pasado imperial español no era visto con malos ojos por la sociedad catalana de la época. Desde la apertura de los territorios ultramarinos a la actividad de los nacidos en la antigua Corona de Aragón en el s XVIII, los catalanes desarrollaron intereses en Latinoamérica. A finales del s. XIX las relaciones entre la burguesía catalana y las colonias americanas que aún quedaban (Puerto Rico y, sobre todo, Cuba) fueron muy importantes, España mantiene la trata de esclavos pese a las presiones británicas (la gran potencia mundial del s. XIX) y figuras destacadas nacidas o afincadas en Barcelona se enriquecen con el comercio de esclavos o con el uso de mano de obra esclava en las plantaciones de caña y los ingenios azucareros. es cierto que hay voces contrarias al mantenimiento de la esclavitud, como en el resto de España, pero el acuerdo en su mantenimiento parece amplio.

Barcelona y Catalunya aprovechan los últimos coletazos del imperio y no se cuestionan ni el descubrimiento de América ni el temprano uso de mano de obra esclava del primer periodo colonizador que en la época seguía siendo fundamental. Antonio López, Marqués de Comillas, cántabro que desarrolla su actividad en Barcelona tuvo su estatua (retirada en 2018, creo que equivocadamente) por aquellas fechas (1884) se enriqueció con la trata de esclavos y fue mecenas de Jacint Verdaguer que le dedica su poema L'Atlàntida, poema que acaba con alabanzas tanto a Colón como a Isabel la Católica. La familia Güell hizo su fortuna con sus negocios cubanos que se sustentaban en el uso de esclavos, Antoni Gaudí desarrolló buena parte de su obra a la sombra de los Güell. Incluso la pérdida de las colonias supuso, paradójicamente, un beneficio para la economía catalana, la repatriación de los grandes capitales catalanes que se habían generado en Cuba supuso un impulso importante de la inversión industrial en la Catalunya de los primeros años del s. XX.

Es difícil imaginar en ese contexto un rechazo de las clases dirigentes a Colón ni a la conquista y eso debería formar parte de la resignificación necesaria del monumento a Colón, de la estatua de Antonio López reubicada en una plaza que sí debería cambiar de nombre o de la estatua de Cambó situada desde 1997 en la Via Laietana, por poner un ejemplo de otro periodo.

Concluyo, los monumentos públicos, como los nombres de las calles y su historia, deberían tener una explicación accesible para las personas que van a verlos o se los encuentran sin buscarlos, pero debería ser una doble información, la relativa al personaje en sí y la que explique el contexto social y político del momento en el que se elevó el monumento o se decidió dedicar una calle. La tecnología lo facilita, nada impide que un plafón dé información básica del tipo que digo en el monumento a Colón, por ejemplo, y que un código QR proporcione una información más detallada en soporte digital. Quedaría un pequeño detalle de escasa relevancia, ponerse de acuerdo en qué información se traslada, porque como se le encargue el desarrollo a Jordi Bilveny acabaremos conociendo todos la catalanidad Juan XXIII

Tenemos un paisaje urbano que explica muchas cosas de lo que somos, unas nos gustaran más y otras menos, debería ser inconcebible que hubiera monumentos de exaltación de determinados valores o periodos históricos (y algunos franquistas quedan de esas características) pero también sería un error ocultar la historia en lugar de explicarla. Eso sin contar con la obligación de mirar al pasado no con la mirada del juez, sino con la del que intenta comprender el pasado para entender el presente, que diría el historiador Pierre Vilar. Las estatuas, monumentos y hasta el propio callejero nos dan esa oportunidad, saber quiénes fueron los personajes y también por qué se les homenajeó en un momento determinado. En caso contrario, ¿quién y qué determinada lo que se conserva y lo que no, con qué criterios?, ¿qué estatua derribar?