diumenge, 20 de desembre del 2020

¿QUÉ NUEVA HEGEMONÍA?

La anterior entrada de este blog (aquí) ha explicado cómo, desde finales de los 70 y hasta la crisis de 2008, el dominio del neoliberalismo vino acompañado del dominio también de un marco ideológico muy conservador más allá de la economía, no sin contestación y resistencias. Junto a la extensión de los valores más directamente asociados a la visión de las relaciones económicas ultraliberales, como el individualismo y la apología de la figura del ganador paralela al desdén hacia el perdedor, se impuso una interpretación de las relaciones sociales, nacionales e internacionales, en términos de señas de identidad confrontadas entre sí, con un peso creciente de las versiones más rigoristas de las diferentes religiones monoteístas. La magnitud de la crisis de 2008, provocada por la aplicación de las doctrinas neoliberales, abrió un periodo convulso aún no cerrado en el que está en disputa qué líneas maestras van a marcar el futuro a medio plazo.

La gran crisis de 2008 ha agitado a la sociedad de casi todo el planeta, hay que matizar lo de casi porque el eurocentrismo transformado en visión del mundo con mentalidad occidental hace que a menudo se ignore a gran parte de la humanidad, con seguridad no se percibe esta crisis de calado de la misma manera en algunos países de África, Asia u Oceanía como en Europa o América. Pero en la parte que se cree ombligo del mundo la repercusión tiene similitudes con lo que sucedió hace ahora 90 años con la Gran Depresión y la crisis de los años 30, las políticas económicas que se han estado siguiendo nos han abocado a una gran crisis, las primeras medidas adoptadas han hecho que todo se agravara, la incertidumbre por el futuro de una población que creía que algo así no podría volver a pasar nunca ha generado desconcierto y una gran polarización ideológica, se asume la necesidad de plantear políticas económicas totalmente distintas que encuentran resistencias de los defensores de dejar seguir haciendo como si nada hubiera pasado. En definitiva, vuelve a tener sentido aquella sentencia visionaria de Gramsci de que cuando el viejo mundo está muriendo y el nuevo tarda en aparecer, en el claroscuro aparecen los monstruos.

La crisis de 2008 es una crisis estructural de la que aún no hemos salido porque no fue sólo económica y, aunque algunos países parezca que la han superado, las sociedades europeas y americanas no la han digerido, hay un cuestionamiento ideológico del modelo de sociedad. La crisis que está provocando en estos momentos el COVID-19 sí podría haber sido un crisis coyuntural, pero ha venido a acelerar los conflictos sociales e ideológicos abiertos por la crisis sistémica de hace una década. Como sucedió a mediados de los 70, el más que posible cambio de ortodoxia económica en detrimento del neoliberalismo vendrá acompañado de una nueva hegemonía ideológica, ya se verá si también geográfica. Lo que no está decidido es cuál será la salida ni cómo se llegará a ella.

La crisis de 2008 fue consecuencia directa de las políticas económicas neoliberales que se vinieron aplicando desde 1980, la secuencia esquemática es la que sigue en el caso de los EE.UU, de donde se exportó al resto del mundo. Las políticas aplicadas desde la llegad de Reagan a la presidencia, continuadas con matices por sus sucesores, supuso un crecimiento de las desigualdades, la famosa clase media sobre la que se sostenía el conocido como modo de vida americano tenía cada vez menos peso en la distribución de la tarta de los ingresos, pero como su consumo era necesario para que la maquinaria funcionara lo que se hizo fue facilitarle crédito, para ello se facilitó a los bancos su concesión eliminando controles, llamados rigideces para facilitar la operación. Así hasta que esos créditos se dieron a personas insolventes y en la pirueta final especulativa esos créditos se mezclaron en paquetes con otros fiables y se colocaron a inversores de todo el mundo con el beneplácito de las agencias de calificación de riesgos. Cuando la rueda estalló era imposible saber cuanta basura tenía cada inversor, entre los que destacaban los bancos de todo el mundo.

La otra forma de mantener el consumo, además del incremento del endeudamiento privado, fue el gasto público en inversiones, en el caso de España fueron casi siempre a infraestructuras , usando ingentes cantidades de fondos europeos, de entre las que destacan el AVE y las autovías, pero también auditorios o polideportivos municipales hipertrofiados. Al mismo tiempo se desmantelaba buena parte del tejido industrial con lo que se creo un monstruo en el que el sector de la construcción (apoyado  además en un proceso especulativo de la vivienda favorecido por las políticas públicas) y los servicios turísticos adquirieron un peso relativo aberrante. No fue sólo un problema de España, sólo los países sede de las grandes multinacionales industriales han podido mantener una cierta capacidad productiva en el sector industrial que, junto a las ayudas públicas al sector agrario, permitieron un mayor equilibrio de su economía.

Frente a esta crisis se desarrolló un cuestionamiento de las bases de funcionamiento del sistema en las últimas décadas, pero también un enroque en los postulados más ultraliberales de los que defendieron que los estados deberían haber dejado caer a las empresas comprometidas, incluyendo los grandes bancos, para que se saneara el tejido económico.

La economía como ciencia volvió a demostrar que sabe explicar (y no siempre) lo ya pasado, pero es incapaz de predecir con certeza el futuro, como evidenció que las recetas aplicadas en los EE.UU. y la Unión Europea poco tuvieron que ver. Sin embargo, en todos los casos el panorama social quedó marcado por la frustración, se rompió el mantra de que cada generación podría vivir mejor que la anterior y la inseguridad por el futuro se extendió a capas de la población que no tenían esa inquietud anteriormente. La crisis económica tuvo repercusiones de todo tipo, la batalla ideológica se desató en múltiples frentes a partir de la semilla dejada por los propulsores de la revolución conservadora que acompañó al apogeo de las tesis neoliberales y de los que rechazaron sus planteamientos. El punto en común fue el rechazo al funcionamiento institucional, argumentario válido para el discurso de Trump, para el inicio de las primaveras árabes en Túnez, para regímenes dictatoriales como el sirio, para desde el poder político destruir contrapesos democráticos como en Hungría o Polonia, para el discurso fundacional de Podemos y el independentismo catalán, para el Brexit, etc...

Hay un cuestionamiento de lo anterior desde una perspectiva progresista que tiende a darle un hilo conductor, a través de las propuestas económicas, a planteamientos que fueron adquiriendo fuerza en oposición a la visión hegemónica dominante en el periodo de apogeo neoliberal. Destaca el ecologismo, en especial en lo referente al cambio climático, y los movimientos transversales que defienden identidades, más o menos amplias, que se autoconsideran con razón discriminadas, como el feminismo, los defensores de la libre elección sexual o el antirracismo.

En el polo opuesto se da una reafirmación de las políticas económicas neoliberales acompañada del negacionismo de todo lo que objeta el modelo de sociedad vigente (cambio climático, políticas de género, equiparación de derechos de parejas homosexuales...) con la xenofobia como gran bandera programática común, la defensa frente a una invasión de elementos ajenos a la tradición (musulmanes en Europa, hispanos en EE.UU.) que entronca con la idea del choque de civilizaciones como conflicto esencial y con la defensa de posiciones  nacionalistas identitarias. Así, se plantea al mismo tiempo la defensa de la verdadera Europa, frente la inmigración extracomunitaria, y el debilitamiento de la Unión Europea, como diluyente de las personalidades históricas particulares y ejemplo del mal funcionamiento de las instituciones existentes.

No hay una alternativa moderada a esa polarización que se abra paso aunque siga siendo la opción preferida por la mayoría de la población. No la hay porque no es una opción dejar que funcionen como hasta ahora la producción y distribución de la riqueza porque genera desigualdad y esta es el combustible de la polarización. Que la receta económica del FMI y la UE ante el COVID sea que se gaste lo que se tenga y se endeuden las administraciones no es tanto por las características de la actual crisis como consecuencia del análisis de lo que supuso obligar a lo contrario en 2008.

Lo que existe es una pugna entre valores, más allá de lo económico, que lleva a contradicciones que se solventan con pocas o ninguna explicación. Dos ejemplos en España. Primero, el feminismo avanza posiciones y lleva a cambios en las posturas tradicionales de los partidos conservadores clásicos, de estar contra el divorcio en la España de finales de los 70, o en contra del aborto cada vez que se ha planteado el tema, a buscar un hueco en las manifestaciones del 8-M, para quejarse de la mala recepción y pregonar que en materia de igualdad no admiten lecciones, tampoco de democracia a pesar de ser provenir en buena medida de aquellos que miraban con recelo lo que consideraban riesgo de caer en el libertinaje. Segundo, el retroceso de los derechos individuales en aras de una mayor seguridad también ha avanzado posiciones, hasta el punto que fuerzas en principio progresistas asumen las medidas restrictivas en la materia de los gobiernos conservadores, esperando que el silencio haga olvidar sus quejas de antaño cuando llegan al gobierno, como pasa con la ley mordaza o las políticas migratorias.

La extrema derecha ha crecido presentándose como enfant terrible del sistema, desde el rechazo al funcionamiento de las instituciones y la crítica al denominado por ella buenismo de una supuesta superioridad de los postulados progresistas. El hilo conductor en todos los casos ha sido el repliegue identitario, el primero nosotros. Racismo y xenofobia (o expresiones derivadas, como el supremacismo de un colectivo determinado) son el rasgo común más evidente de Trump, Orban, Salvini, Le Pen o Abascal. Es la receta clásica, el repliegue en lo identitario y la búsqueda del enemigo exterior para desviar la atención del problema de fondo, la injusta distribución de la riqueza. A partir de ahí lo que caracteriza a la ideología de la ultraderecha en este momento concreto (puede derivar hacia otros planteamientos en función de cómo cambien las circunstancias) es el rechazo a todo lo que se aparte de la estructura social tradicional y la concepción cultural propia de la misma: antifeminismo, homofobia, rechazo de la pluralidad religiosa... y por supuesto, mucha dosis de patrioterismo. De hecho, lo único que se cuestiona del modelo económico neoliberal es la total libertad comercial (no la del movimiento de capitales) optando, como ha hecho Trump, por una política proteccionista frente a las importaciones al tiempo que exigía lo contrario para los bienes y servicios exportados.

En apoyo a las concepciones más tradicionalistas se han mantenido la mayoría de confesiones religiosas, como en el periodo de crecimiento y cenit del neoliberalismo sus postulados son útiles al conservadurismo más extremo, por activa cunado se trata de nuevos derechos personales o en pasiva en forma de rechazo al otro. El islamismo de raíz sunita, el más extendido gracias a la financiación saudí y el que  sirve de base a los hechos que hacen referencia a los musulmanes y son más divulgados por los medios de información formales o informales (incluyendo los bulos) es tan útil para los mensajes xenófobos en occidente como las posiciones de los predicadores evangelistas más exaltados lo son como ariete antifeminista u homófobo.

No obstante, hay un cambio muy significativo en el caso de la Iglesia Católica. Favorecido por el absolutismo propio de esta confesión, cada papado puede reorientar sus formulaciones y el legado ultraconservador de Juan Pablo II está cuestionado por los posicionamientos de Francisco I. Con los límites que se quieran remarcar, los planteamientos en materias social, sobre la homosexualidad o sobre el papel de las mujeres en la Iglesia no pueden ser despreciados con una valoración de su insuficiencia, tanto por lo que suponen de anormalidad con respecto a lo que transmiten las otras confesiones monoteístas como por la desautorización de determinados mensajes por parte de quien se suponía uno de los principales puntales del tradicionalismo más estricto.

En definitiva, estamos viviendo un periodo convulso, consecuencia de la crisis de una versión del capitalismo y de los valores sociales en los que se apoyaba. Difícilmente la nueva visión hegemónica que se acabe imponiendo será continuidad de lo anterior y también difícilmente lo que surja será un mundo que haya superado el modelo capitalista. Lo que está en juego no es por ello poco importante, la nueva hegemonía puede descansar sobre postulados totalmente diferentes. Una posible salida progresista plantearía la redistribución de buena parte de la riqueza, un segundo pilar sería preservar el equilibrio medioambiental en un planeta que está al límite en muchos aspectos y un tercero el avance de los derechos personales y de los colectivos sometidos a discriminaciones de diferente índole. La otra propuesta que se erige es mantener en lo esencial el modelo económico existente, incrementando los aspectos represivos frente a las posibles expresiones de descontento y desviando el objetivo del malestar a la confrontación frente al enemigo, sea interno o externo.

No es una cuestión de moderación o radicalismo, la polarización es fruto de un conflicto real, no surge de la nada. Por mucho que algunos añoren un supuesto pasado ideal que en realidad nunca existió y se esfuercen en ofrecer milagrosos puntos de encuentro entre visiones diferentes de las cosas, la realidad es que es tiempo de optar. No es viable un mundo de crecimiento ilimitado en el que sobre para que todo el mundo tenga lo necesario aunque no haya políticas redistributivas, si estas no existen el malestar colectivo se canalizará contra algo, las instituciones, el diferente, el discrepante... Por otra parte, si no somos conscientes de los límites del planeta y lo fiamos todo a que la ciencia lo irá resolviendo todo sobre la marcha puede que nos demos cuenta demasiado tarde del desaguisado. Contrariamente a lo que muchos piensan, la historia no ha sido un proceso lineal de mejora de las condiciones de vida de la humanidad, es bueno recordarlo en momentos de encrucijada como este.

dilluns, 14 de desembre del 2020

REVOLUCIÓN CONSERVADORA, MÁS ALLÁ DEL NEOLIBERALISMO

Esta entrada es introductoria de la próxima, ponerlo todo en una me parecía excesivo, tanto por la extensión que se le supone a una entrada de un blog como por la diferencia entre valorar un proceso histórico, del pasado, y el análisis de una situación presente. No es lo mismo hablar de hechos con un recorrido que permite valorar consecuencias que elucubrar, por mucho que se quieran fundamentar las elucubraciones, con las consecuencias que pueden tener los actos del presente. Pero son dos entradas que hablan de las mismas cuestiones y creo que, como decía Pierre Vilar, para entender el mundo actual es necesario intentar comprender lo que pasó anteriormente, en este caso en el pasado más inmediato, el que hace poco más de una década aún era presente.

Desde el fin de la II Guerra Mundial y hasta mediada la década de los 70 del siglo pasado las sociedades occidentales vivieron unas décadas marcadas por el crecimiento económico y una redistribución de la riqueza generada muy superior a la de cualquier otro momento de la historia contemporánea, al tiempo que se huía, al menos formalmente, de visiones identitarias. Todo eso descansaba sobre unas relaciones con el resto del mundo, al que se calificaba como subdesarrollado, de clara explotación de sus recursos, los nacionalismos que crecían en el mundo eran movimientos de descolonización que la mayor parte de la veces no consiguieron modificar de forma substancial las relaciones económicas con los países europeos y los USA, incluso en los movimientos de descolonización se ponía más acento en el acceso y el control de la riqueza que en la defensa de la identidad nacional propia, al menos en los discursos oficiales. La Guerra Fría dominaba las relaciones internacionales y la URSS daba apoyo a buena parte de los movimientos de liberación colonial, al mismo tiempo que sometía a los países de la Europa Oriental que quedaron en su órbita de influencia y gastaba un porcentaje tan elevado de sus recursos en la carrera de armamentos que su población no mejoraba significativamente su nivel de vida. España quedaba en el limbo bajo la dictadura franquista, entró en la fase de crecimiento más tarde que el resto de Europa, en los años 60, y la redistribución de la riqueza fue durante este periodo muy inferior a la que se dio en los países de su entorno.

Las confrontaciones de intereses estaban dominadas por los elementos no identitarios, hasta el punto que en un conflicto como el árabe-israelí no eran los fundamentalismos religiosos los que dominaban eso que hoy llamamos la agenda mediática, ni en un Israel que exhibía el modelo cooperativo de los Kibutz ni en una Organización para la Liberación de Palestina que buscaba no estar controlada por las potencias árabes. Fue en ese contexto en el que la Iglesia Católica abordó su proceso de aggiornamento, el papado de Juan XXIII puso los fundamentos con el Concilio Vaticano Segundo y el de Pablo VI lo impulsó. Había expresiones de compromiso social de la Iglesia que planteaban actuaciones más allá de la caridad cristiana. La teología de la liberación vivió su momento dorado y en España, por ejemplo, fue el momento de los curas obreros o, en otra faceta, de tensiones de la cúspide eclesiástica con el franquismo antaño protegido. 

Los cambios que se produjeron en el mundo desde la segunda mitad de la década de los 70 iban a ir acompañados de un avance de las versiones más conservadoras e integristas de religiosidad, como parte de un avance del conservadurismo en todos los aspectos de la vida y, en definitiva, con la progresiva preponderancia de la identidad como instrumento para analizar las sociedades y sus relaciones internas y externas. La conocida como crisis del petróleo sirvió de excusa para desarrollar unas políticas económicas completamente diferentes a las keynesianas que constituían entonces la ortodoxia económica. Fue el momento en que empezó a sustituirse una visión hegemónica del sistema capitalista por otra, la puesta de largo de lo que pasó a conocerse como neoliberalismo. Un cambio de paradigma que comportaba otra serie de cambios, necesitaba cobertura ideológica (debilitar la contestación) y desviar el foco de las relaciones económicas entre grupos sociales a los conflictos culturales.

Las teorías neoliberales se fraguaron muy pronto, ya antes de la II Guerra Mundial, cuando las prácticas keynesianas se emplearon para hacer frente a la crisis desatada a partir del crack del 29. Fueron los conocidos como Chicago Boys o Escuela de Chicago, con Milton Friedman como figura más destacada, los que articularon a finales de los 60 y principios de los 70 la propuesta, una vuelta a capitalismo desregulado originario: bajada de impuestos, desregulación de las actividades empresariales, intervención mínima del estado en la economía y reducción drástica del gasto social. Todo ello, decían, llevaría a la reducción del déficit público y a un crecimiento económico que acabaría favoreciendo al conjunto de la población, habría tanto que el que unos pocos poseyeran muchísimo no impediría que el conjunto de la población mejorara muy sustancialmente su nivel de vida.

En la actualidad debiera haber quedado claro que todo se basó en mentiras y que los 40 años de hegemonía neoliberal han servido para incrementar las desigualdades, esas doctrinas acabaron generando la gran crisis de 2008 que aún continua afectando, con consecuencias políticas y sociales muy importantes, a todas las sociedades occidentales. En un primer momento su imposición no fue indolora. La primera aplicación práctica de esas teorías fue anterior a la crisis del petróleo, en el Chile inmediatamente posterior al golpe de Pinochet y se ahorró la contestación social porque la represión de los golpistas en el poder no dejaba margen para ella. En el Reino Unido de Margaret Thatcher la cosa fue distinta, la huelga de un año de los mineros fue un pulso, no había opciones para una transacción, algo que también hizo Ronald Reagan en los EE.UU. con los controladores aéreos. Debilitar los contrapesos que pudiera tener el poder empresarial, el sindical en primer lugar, pero también el de los movimientos sociales de todo tipo, fue una práctica generalizada.

Poco importaba que se demostraran falsas algunas de las profecías claves sobre las que se edificaba el discurso porque se han seguido repitiendo los mantras como si fueran una verdad absoluta a modo de axiomas, sólo que que sobre falsos postulados. Basten dos ejemplos al respecto: Reagan no redujo el déficit fiscal, al contrario, se incrementó espectacularmente porque la reducción del gasto social fue inferior al fuerte incremento de los gastos de defensa, el estado dejaba de gastar en los que menos tenían pero destinaba recursos ingentes a las grandes empresas del emporio de la industria militar norteamericana; la curva que Laffer dibujó en una servilleta, según la cual bajando los impuestos crecería la recaudación gracias al incremento de actividad que generaría esa bajada fiscal, nunca se dio en la práctica, se quedó en el papel de la servilleta, lo que no impide que siga siendo la muletilla que acompaña a todas las propuestas de bajadas de impuestos a los más ricos.

El fenómeno no podía ser sólo económico, lo que se denominó revolución conservadora expresó ese conservadurismo en muchos otros aspectos. Además, los conflictos de intereses se empezaron a expresar cada vez más en términos de conflictos de identidades, algo que se plasmó en la idea de choque de civilizaciones de Hutintong en 1993 pero que venía de bastante antes. Desde mediados de los 70 las corrientes más integristas de las distintas confesiones monoteístas han ido ganando peso y visibilidad. A ello contribuyó en gran medida la frustración de las esperanzas de cambio que pudiera haber representado en décadas anteriores el modelo soviético.

Cuando el pueblo iraní se enfrentó a la dictadura de Sha Reza Palehvi el nuevo gobierno de los ayatolás, instaurado en febrero de 1979, encarnaba una versión de nacionalismo iraní que se apartaba de lo que había caracterizado a los más destacados movimientos de liberación nacional del pasado inmediato. Irán se autoproclamaba la patria de la versión chiita del islam, sobre esa concepción descansaba una forma de estado estrictamente confesional, con el rigorismo religioso convertido en fuente de legislación. Se trataba de un gobierno muy conservador en lo social y abiertamente enfrentado a los USA que habían apoyado al depuesto sha durante décadas en beneficio propio. El devenir histórico de Irán desde entonces ha venido marcado por la guerra con un Irak de Sadam Hussein armado por los mismos USA que después invadirían el país para derrocarlo y por la confrontación con Arabia Saudí (que encarna la visión rigorista del islam sunita) por la influencia sobre Oriente Medio, pero también por conflictos internos en los que los intentos de una cierta apertura han sido frenados por el gobierno real del país que sigue descansando en los ayatolás.

Sería un error reducir a una cuestión regional lo que ha sucedido en Irán en estas cuatro décadas y, sin embargo, hablamos de una rama del islam que sólo tiene presencia en esa zona del mundo. Mucho más extendido es la versión sunnita delislam y por ello es aún más importante entender lo que significó la intervención soviética en Afganistán y la respuesta a la misma dada por los USA en el marco de la Guerra Fría. La información que llegó a occidente pecó de maniqueísta y se puede resumir en que la malvada URSS invadió Afganistán con sus tropas el 27 de diciembre de 1979, a partir de ese momento se inició una lucha popular contra esa presencia extranjera, para una breve visión más matizada puede consultarse esta entrada reciente en el blog de Manel García Biel (aquí). A los efectos de lo que aquí interesa lo que se produjo fue una respuesta en clave identitaria, engrasada por los USA y por la muy conservadora visión islamista de Arabia Saudí. Durante años se recibió información puntual de los problemas que tenían las tropas soviéticas y desde su retirada total en 1989 el silencio fue absoluto, poco o nada se supo de la derrota del gobierno afgano en 1992 y de la toma del poder por los muyaidines y de la evolución posterior, hasta que que en 2001 dos sucesos volvieron a poner a Afganistán como noticia destacada, el mundo occidental descubrió la palabra talibán a raíz de la voladura de los budas de Bamiyán y se escandalizó, entonces y no antes, de la situación de las mujeres en Afganistán, algo que vino acompañado del descubrimiento del término burka. Pero talibán y burka no son palabras surgidas de la nada. Pocos meses después otro término y un nombre propio se hicieron archiconocidos: Al Qaeda y Osama Bin Laden pasaron a estar en boca de todos tras los atentados del 11 de septiembre a las Torres Gemelas de Nueva York y el edificio del Pentágono.

La guerra de civilizaciones de la que habló Huntintong en 1993 fue alimentada por quienes se presentaron como víctimas, más aún después de los atentados de 2001. El despropósito de la intervención en Afganistán y, sobre todo, la invasión de Irak fueron como abrir definitivamente la caja de pandora del integrismo islámico, al propiciar la desestabilización del avispero de Oriente Medio y el panislamismo que alimenta al terrorismo de matriz islamista. Si a todo lo anterior se añade la ingente financiación de la extensión, por todo el mundo, de una de las versiones más integristas de la doctrina islámica por parte de Arabia Saudí se entiende algo más el fenómeno de dicho terrorismo.

Hay que resaltar que todo esto se enmarca en un contexto mundial en el que la visión de la realidad en clave de defensa de señas de identidad propias ha relegado a un segundo plano el conflicto de intereses de los distintos colectivos sociales en el seno de cada sociedad, en otras palabras, los nacionalismos (entendidos de una forma amplia) han sustituido a la lucha de clases como motor de la historia, al menos a corto plazo. Y las visiones del mundo en clave identitaria se retroalimentan, al mismo tiempo que en el mundo musulmán ha crecido el peso de las visiones integristas lo mismo ha sucedido con las corrientes integristas del judaísmo, sólo que a estos el calificativo aplicado suele ser el de ortodoxo o ultraortodoxo que no suena tan mal. La influencia de las minorías ultraortodoxas en los diferentes ejecutivos israelís desde la llegada de Menahem Begin (1977) ha crecido tanto en la presencia de partidos confesionales en el parlamento con influencia creciente como en el significado de las políticas aplicadas con respecto al conflicto palestino por los diferentes gobiernos, hasta el punto de que es difícil imaginar qué mayor integrismo es posible cuando han gobernado el país la mayor parte del tiempo, desde 1977, figuras como el propio Menahem Beguín y Benjamín Netanyaju (Likud) o Ariel Sharon (Kadima), sin olvidar que en uno de los periodos en los que no gobernó la derecha próxima al integrismo nacionalista-religioso fue asesinado el por entonces primer ministro laborista Isaac Rabin a manos de radicales ultraortdoxos.

La revolución conservadora se nutrió especialmente del occidente cristiano, la potenció en el mundo árabe y la desarrolló en Europa y América, allí donde el cristianismo, en sus diferentes versiones, era religión mayoritaria, para ello contó con la inestimable colaboración del anquilosamiento de la URSS que con su fiasco en Europa del Este abrió puertas a lo que se ha visto y se sigue viendo en la propia Rusia, Polonia, Ucrania o Hungría, por citar algunos ejemplos. La elección de Juan Pablo II como Papa en octubre de 1978 iba a marcar un largo periodo anticonciliar, aunque eso nunca se dijera expresamente. Cosas como las formas de la liturgia no tendrían marcha atrás, pero la dictadura absolutista que es de hecho el gobierno de la Iglesia Católica estuvo más de 30 años, si contamos el periodo de Benedicto XVI, desvistiendo el Concilio Vaticano II. Juan Pablo II contó con su carisma y con un aparto propagandístico propio de la estrellas musicales, sus continuos viajes con eventos multitudinarios en todo el mundo eclipsaron una labor larga de giro extremadamente conservador en las actuaciones de la Santa Sede, por una parte arrinconando a los teólogos de la liberación, incluyendo reprimendas públicas como la que pudo verse en directo a Ernesto Cardenal en Nicaragua, y por otro poniendo el poder real de la Iglesia en manos de ultraortodoxos.

Juan Pablo II tuvo la oportunidad de nombrar a muchos obispos en todo el mundo durante su largo papado, no dudó en sustituir a los más aperturistas por otro perfil, España es un ejemplo claro, de los tiempos de Enrique y Tarancón se pasó a los de Rouco Varela y sus acompañantes como Cañizares y otros aún en primera fila. Por lo que respecta al círculo más próximo al pontífice en Roma, Juan Pablo II dio peso a los nuevos movimientos ultraconservadores, en especial al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo de Marcial Maciel, a pesar de tener constancia, como sabemos hoy, de las irregularidades de todo tipo de este último personaje, pederastia incluida. Todo ello en detrimento de las congregaciones tradicionales y de forma muy relevante de la Compañía de Jesús, que constituía, además de la principal congregación de la Iglesia, uno de los sectores más progresistas de la misma

América Latina fue uno de los principales destinos de los viajes papales, los actos multitudinarios ocultaron un debilitamiento creciente de la base social del catolicismo, los evangelistas fueron ganando seguidores con algunas de sus ramas más conservadoras, hasta el punto de ser considerados decisivos en procesos electorales como los que han llevado a Bolsonaro al poder en Brasil o para mantener el soporte de un buen número de hispanos a Donald Trump en las recientes presidenciales. En territorios donde la injusticia social ha sido y es palmaria sin duda ha tenido un efecto negativo arrinconar a los eclesiásticos que desde su compromiso mejor podían conectar, la influencia social que pudieran haber tenido los teólogos de la liberación y los jesuitas de haber habido otra estrategia desde el Vaticano no se sabrá nunca. Lo que sí resulta evidente es que los mensajes de los predicadores más exaltados, que no tienen las cortapisas de un mando centralizado como los sacerdotes católicos, han tenido más fácil extender su mensaje ultraconservador y políticamente incorrecto de ser necesario. Defender ideas como la superioridad de la textualidad de la Biblia frente a las evidencias científicas pueden convencer a una parte de creyentes, pero no a otros muchos, es difícil defender con vehemencia ese tipo de fe y vincularla a la resurrección de la carne para el conjunto de creyentes, no para el pastor que se dirige a unos centenares o miles de seguidores predispuestos a creerlo.

Los valores conservadores no se han extendido sólo a través de las creencias religiosas, aunque estas siguen tenido una influencia importante los valores laicos también se vieron afectados, el culto al individualismo y el consumismo se confrontaron con otros valores como la defensa colectiva de intereses comunes. La culminación de todo ello es la estigmatización del perdedor, el señalamiento de los que se quedan en el camino, junto con la búsqueda de soluciones individuales a todas las problemáticas, la combinación de ultraliberalismo en lo económico, con sus consecuentes lecturas sociales se unió a la mayor divulgación de los fundamentalismos y a la recuperación de los discursos nacionalistas basados en la contraposición de señas de identidad más que a relaciones de explotación colonial. A ello contribuyó el declive que arrastraba el modelo soviético, impuesto a sus satélites y que acabó con el hundimiento no sólo de estados y modelos concretos, sino de del influjo político mundial que supuso la Revolución Rusa de 1917

Uno de los temas que más suele destacarse de Juan Pablo II fue su supuesto papel decisivo en las movilizaciones polacas contra el gobierno comunista. Sin duda tuvo alguna influencia, pero la ascendencia del catolicismo en Polonia le debe mucho más a la nefasta actuación no ya del gobierno polaco, sino del de la URSS que todo lo que contralaba en su zona de influencia. Cuando Solidarnost inició la huelga en los astilleros de Gdansk, agosto de 1980, el movimiento se extendió con rapidez, el principal factor fue el descontento con la acción de gobierno, el apoyo de la Iglesia o de los servicios secretos occidentales fueron la sal del guiso, no su base. El fracaso del llamado socialismo real en la propia URSS arrasó con lo que pregonaba el discurso oficial reiteradamente incumplido, la norma fue el choque de intereses en claves nacionales y la extensión de un capitalismo sin reglas, con frecuencia vinculado a la corrupción, tanto en las diferentes repúblicas surgidas del desmembramiento de la URSS como en el de los restantes países de la Europa del Este.

La ola de la revolución conservadora se desinhibió tras el hundimiento soviético, pero ya llevaba una década larga poniendo en práctica sus recetas económicas y afianzando sus bases ideológicas, hubo una aceleración de un proceso que ya estaba en marcha. Todo lo anterior no significa que no haya habido oposición en todos los terrenos, desde el económico al de los valores.

Frente a esa ofensiva conservadora en todos los frentes hubo resistencias también en todos los frentes, aunque con ausencia de un hilo conductor. En materia económica las visiones alternativas fueron silenciadas de forma sistemática, la izquierda con presencia institucional y responsabilidades de gobierno asumió lo fundamental de la nueva ortodoxia neoliberal. De esa forma no ha habido obstáculos al desarrollo de los programas que hubieran debido de ser propios tan sólo de las fuerzas conservadoras, como las políticas restrictivas de gasto público, la reducción de la presión fiscal a las rentas altas, la privatización de empresas públicas o la libre circulación de capitales que ha dado pie a una economía especulativa con un poder cada vez mayor del sector financiarizado con respecto al productivo. En cambio, los sectores públicos asociados al concepto de estado del bienestar (pensiones, educación, sanidad o protección social) no pudieron ser desmantelados allí donde existían, básicamente en Europa, aunque sí que avanzó la privatización de su gestión. La hegemonía del dogma neoliberal impidió la existencia de una alternativa con opciones de ser aplicada en lo que respectaba a la producción y redistribución de la riqueza, lo que supuso la ausencia de un proyecto integral que incorporara al conjunto de resistencias

Corrientes que se habían expresado con anterioridad y que lo están haciendo cada vez con mayor fuerza después de la crisis de 2008, se opusieron a los modelos de sociedad más conservadores. Desde la defensa de la propia identidad no sólo crecieron aquellos, también lo hicieron movimientos contra la homofobia, contra las distintas expresiones del racismo, incluyendo las políticas migratorias o por la igualdad en derechos y oportunidades de las mujeres, en clara confrontación con muchos de los postulados socialmente más conservadores. Junto a ellos adquirió cada vez más fuerza el ecologismo, no necesariamente progresista en lo social, pero con difícil encaje en la defensa de un modelo económico donde el beneficio privado domine sobre cualquier otra consideración.

Así se llegó a la crisis de 2008 que lo puso todo patas arriba tras 30 años de clara hegemonía de los valores conservadores, de limitadas posibilidades de contestación en materia económica, con las distintas confesiones religiosas unánimemente enfrentadas a los movimientos que pese a ello fueron avanzando en materia de libertades sexuales y de igualdad de género, con la sublimación del individualismo, en un contexto en el que las identidades propias fueron el marco de confrontación y conflicto habitual, no ya con la ausencia de un proyecto alternativo de transformación creíble, sino con la inexistencia práctica de voluntad de articularlo. A partir de 2008 la contradicciones se agudizaron, las crisis sistémicas de esa envergadura acostumbran a actuar como aceleradores de los procesos históricos y vivimos desde entonces tiempos de incertidumbre y polarización. Pero eso será el tema de la próxima entrada