diumenge, 20 de desembre del 2020

¿QUÉ NUEVA HEGEMONÍA?

La anterior entrada de este blog (aquí) ha explicado cómo, desde finales de los 70 y hasta la crisis de 2008, el dominio del neoliberalismo vino acompañado del dominio también de un marco ideológico muy conservador más allá de la economía, no sin contestación y resistencias. Junto a la extensión de los valores más directamente asociados a la visión de las relaciones económicas ultraliberales, como el individualismo y la apología de la figura del ganador paralela al desdén hacia el perdedor, se impuso una interpretación de las relaciones sociales, nacionales e internacionales, en términos de señas de identidad confrontadas entre sí, con un peso creciente de las versiones más rigoristas de las diferentes religiones monoteístas. La magnitud de la crisis de 2008, provocada por la aplicación de las doctrinas neoliberales, abrió un periodo convulso aún no cerrado en el que está en disputa qué líneas maestras van a marcar el futuro a medio plazo.

La gran crisis de 2008 ha agitado a la sociedad de casi todo el planeta, hay que matizar lo de casi porque el eurocentrismo transformado en visión del mundo con mentalidad occidental hace que a menudo se ignore a gran parte de la humanidad, con seguridad no se percibe esta crisis de calado de la misma manera en algunos países de África, Asia u Oceanía como en Europa o América. Pero en la parte que se cree ombligo del mundo la repercusión tiene similitudes con lo que sucedió hace ahora 90 años con la Gran Depresión y la crisis de los años 30, las políticas económicas que se han estado siguiendo nos han abocado a una gran crisis, las primeras medidas adoptadas han hecho que todo se agravara, la incertidumbre por el futuro de una población que creía que algo así no podría volver a pasar nunca ha generado desconcierto y una gran polarización ideológica, se asume la necesidad de plantear políticas económicas totalmente distintas que encuentran resistencias de los defensores de dejar seguir haciendo como si nada hubiera pasado. En definitiva, vuelve a tener sentido aquella sentencia visionaria de Gramsci de que cuando el viejo mundo está muriendo y el nuevo tarda en aparecer, en el claroscuro aparecen los monstruos.

La crisis de 2008 es una crisis estructural de la que aún no hemos salido porque no fue sólo económica y, aunque algunos países parezca que la han superado, las sociedades europeas y americanas no la han digerido, hay un cuestionamiento ideológico del modelo de sociedad. La crisis que está provocando en estos momentos el COVID-19 sí podría haber sido un crisis coyuntural, pero ha venido a acelerar los conflictos sociales e ideológicos abiertos por la crisis sistémica de hace una década. Como sucedió a mediados de los 70, el más que posible cambio de ortodoxia económica en detrimento del neoliberalismo vendrá acompañado de una nueva hegemonía ideológica, ya se verá si también geográfica. Lo que no está decidido es cuál será la salida ni cómo se llegará a ella.

La crisis de 2008 fue consecuencia directa de las políticas económicas neoliberales que se vinieron aplicando desde 1980, la secuencia esquemática es la que sigue en el caso de los EE.UU, de donde se exportó al resto del mundo. Las políticas aplicadas desde la llegad de Reagan a la presidencia, continuadas con matices por sus sucesores, supuso un crecimiento de las desigualdades, la famosa clase media sobre la que se sostenía el conocido como modo de vida americano tenía cada vez menos peso en la distribución de la tarta de los ingresos, pero como su consumo era necesario para que la maquinaria funcionara lo que se hizo fue facilitarle crédito, para ello se facilitó a los bancos su concesión eliminando controles, llamados rigideces para facilitar la operación. Así hasta que esos créditos se dieron a personas insolventes y en la pirueta final especulativa esos créditos se mezclaron en paquetes con otros fiables y se colocaron a inversores de todo el mundo con el beneplácito de las agencias de calificación de riesgos. Cuando la rueda estalló era imposible saber cuanta basura tenía cada inversor, entre los que destacaban los bancos de todo el mundo.

La otra forma de mantener el consumo, además del incremento del endeudamiento privado, fue el gasto público en inversiones, en el caso de España fueron casi siempre a infraestructuras , usando ingentes cantidades de fondos europeos, de entre las que destacan el AVE y las autovías, pero también auditorios o polideportivos municipales hipertrofiados. Al mismo tiempo se desmantelaba buena parte del tejido industrial con lo que se creo un monstruo en el que el sector de la construcción (apoyado  además en un proceso especulativo de la vivienda favorecido por las políticas públicas) y los servicios turísticos adquirieron un peso relativo aberrante. No fue sólo un problema de España, sólo los países sede de las grandes multinacionales industriales han podido mantener una cierta capacidad productiva en el sector industrial que, junto a las ayudas públicas al sector agrario, permitieron un mayor equilibrio de su economía.

Frente a esta crisis se desarrolló un cuestionamiento de las bases de funcionamiento del sistema en las últimas décadas, pero también un enroque en los postulados más ultraliberales de los que defendieron que los estados deberían haber dejado caer a las empresas comprometidas, incluyendo los grandes bancos, para que se saneara el tejido económico.

La economía como ciencia volvió a demostrar que sabe explicar (y no siempre) lo ya pasado, pero es incapaz de predecir con certeza el futuro, como evidenció que las recetas aplicadas en los EE.UU. y la Unión Europea poco tuvieron que ver. Sin embargo, en todos los casos el panorama social quedó marcado por la frustración, se rompió el mantra de que cada generación podría vivir mejor que la anterior y la inseguridad por el futuro se extendió a capas de la población que no tenían esa inquietud anteriormente. La crisis económica tuvo repercusiones de todo tipo, la batalla ideológica se desató en múltiples frentes a partir de la semilla dejada por los propulsores de la revolución conservadora que acompañó al apogeo de las tesis neoliberales y de los que rechazaron sus planteamientos. El punto en común fue el rechazo al funcionamiento institucional, argumentario válido para el discurso de Trump, para el inicio de las primaveras árabes en Túnez, para regímenes dictatoriales como el sirio, para desde el poder político destruir contrapesos democráticos como en Hungría o Polonia, para el discurso fundacional de Podemos y el independentismo catalán, para el Brexit, etc...

Hay un cuestionamiento de lo anterior desde una perspectiva progresista que tiende a darle un hilo conductor, a través de las propuestas económicas, a planteamientos que fueron adquiriendo fuerza en oposición a la visión hegemónica dominante en el periodo de apogeo neoliberal. Destaca el ecologismo, en especial en lo referente al cambio climático, y los movimientos transversales que defienden identidades, más o menos amplias, que se autoconsideran con razón discriminadas, como el feminismo, los defensores de la libre elección sexual o el antirracismo.

En el polo opuesto se da una reafirmación de las políticas económicas neoliberales acompañada del negacionismo de todo lo que objeta el modelo de sociedad vigente (cambio climático, políticas de género, equiparación de derechos de parejas homosexuales...) con la xenofobia como gran bandera programática común, la defensa frente a una invasión de elementos ajenos a la tradición (musulmanes en Europa, hispanos en EE.UU.) que entronca con la idea del choque de civilizaciones como conflicto esencial y con la defensa de posiciones  nacionalistas identitarias. Así, se plantea al mismo tiempo la defensa de la verdadera Europa, frente la inmigración extracomunitaria, y el debilitamiento de la Unión Europea, como diluyente de las personalidades históricas particulares y ejemplo del mal funcionamiento de las instituciones existentes.

No hay una alternativa moderada a esa polarización que se abra paso aunque siga siendo la opción preferida por la mayoría de la población. No la hay porque no es una opción dejar que funcionen como hasta ahora la producción y distribución de la riqueza porque genera desigualdad y esta es el combustible de la polarización. Que la receta económica del FMI y la UE ante el COVID sea que se gaste lo que se tenga y se endeuden las administraciones no es tanto por las características de la actual crisis como consecuencia del análisis de lo que supuso obligar a lo contrario en 2008.

Lo que existe es una pugna entre valores, más allá de lo económico, que lleva a contradicciones que se solventan con pocas o ninguna explicación. Dos ejemplos en España. Primero, el feminismo avanza posiciones y lleva a cambios en las posturas tradicionales de los partidos conservadores clásicos, de estar contra el divorcio en la España de finales de los 70, o en contra del aborto cada vez que se ha planteado el tema, a buscar un hueco en las manifestaciones del 8-M, para quejarse de la mala recepción y pregonar que en materia de igualdad no admiten lecciones, tampoco de democracia a pesar de ser provenir en buena medida de aquellos que miraban con recelo lo que consideraban riesgo de caer en el libertinaje. Segundo, el retroceso de los derechos individuales en aras de una mayor seguridad también ha avanzado posiciones, hasta el punto que fuerzas en principio progresistas asumen las medidas restrictivas en la materia de los gobiernos conservadores, esperando que el silencio haga olvidar sus quejas de antaño cuando llegan al gobierno, como pasa con la ley mordaza o las políticas migratorias.

La extrema derecha ha crecido presentándose como enfant terrible del sistema, desde el rechazo al funcionamiento de las instituciones y la crítica al denominado por ella buenismo de una supuesta superioridad de los postulados progresistas. El hilo conductor en todos los casos ha sido el repliegue identitario, el primero nosotros. Racismo y xenofobia (o expresiones derivadas, como el supremacismo de un colectivo determinado) son el rasgo común más evidente de Trump, Orban, Salvini, Le Pen o Abascal. Es la receta clásica, el repliegue en lo identitario y la búsqueda del enemigo exterior para desviar la atención del problema de fondo, la injusta distribución de la riqueza. A partir de ahí lo que caracteriza a la ideología de la ultraderecha en este momento concreto (puede derivar hacia otros planteamientos en función de cómo cambien las circunstancias) es el rechazo a todo lo que se aparte de la estructura social tradicional y la concepción cultural propia de la misma: antifeminismo, homofobia, rechazo de la pluralidad religiosa... y por supuesto, mucha dosis de patrioterismo. De hecho, lo único que se cuestiona del modelo económico neoliberal es la total libertad comercial (no la del movimiento de capitales) optando, como ha hecho Trump, por una política proteccionista frente a las importaciones al tiempo que exigía lo contrario para los bienes y servicios exportados.

En apoyo a las concepciones más tradicionalistas se han mantenido la mayoría de confesiones religiosas, como en el periodo de crecimiento y cenit del neoliberalismo sus postulados son útiles al conservadurismo más extremo, por activa cunado se trata de nuevos derechos personales o en pasiva en forma de rechazo al otro. El islamismo de raíz sunita, el más extendido gracias a la financiación saudí y el que  sirve de base a los hechos que hacen referencia a los musulmanes y son más divulgados por los medios de información formales o informales (incluyendo los bulos) es tan útil para los mensajes xenófobos en occidente como las posiciones de los predicadores evangelistas más exaltados lo son como ariete antifeminista u homófobo.

No obstante, hay un cambio muy significativo en el caso de la Iglesia Católica. Favorecido por el absolutismo propio de esta confesión, cada papado puede reorientar sus formulaciones y el legado ultraconservador de Juan Pablo II está cuestionado por los posicionamientos de Francisco I. Con los límites que se quieran remarcar, los planteamientos en materias social, sobre la homosexualidad o sobre el papel de las mujeres en la Iglesia no pueden ser despreciados con una valoración de su insuficiencia, tanto por lo que suponen de anormalidad con respecto a lo que transmiten las otras confesiones monoteístas como por la desautorización de determinados mensajes por parte de quien se suponía uno de los principales puntales del tradicionalismo más estricto.

En definitiva, estamos viviendo un periodo convulso, consecuencia de la crisis de una versión del capitalismo y de los valores sociales en los que se apoyaba. Difícilmente la nueva visión hegemónica que se acabe imponiendo será continuidad de lo anterior y también difícilmente lo que surja será un mundo que haya superado el modelo capitalista. Lo que está en juego no es por ello poco importante, la nueva hegemonía puede descansar sobre postulados totalmente diferentes. Una posible salida progresista plantearía la redistribución de buena parte de la riqueza, un segundo pilar sería preservar el equilibrio medioambiental en un planeta que está al límite en muchos aspectos y un tercero el avance de los derechos personales y de los colectivos sometidos a discriminaciones de diferente índole. La otra propuesta que se erige es mantener en lo esencial el modelo económico existente, incrementando los aspectos represivos frente a las posibles expresiones de descontento y desviando el objetivo del malestar a la confrontación frente al enemigo, sea interno o externo.

No es una cuestión de moderación o radicalismo, la polarización es fruto de un conflicto real, no surge de la nada. Por mucho que algunos añoren un supuesto pasado ideal que en realidad nunca existió y se esfuercen en ofrecer milagrosos puntos de encuentro entre visiones diferentes de las cosas, la realidad es que es tiempo de optar. No es viable un mundo de crecimiento ilimitado en el que sobre para que todo el mundo tenga lo necesario aunque no haya políticas redistributivas, si estas no existen el malestar colectivo se canalizará contra algo, las instituciones, el diferente, el discrepante... Por otra parte, si no somos conscientes de los límites del planeta y lo fiamos todo a que la ciencia lo irá resolviendo todo sobre la marcha puede que nos demos cuenta demasiado tarde del desaguisado. Contrariamente a lo que muchos piensan, la historia no ha sido un proceso lineal de mejora de las condiciones de vida de la humanidad, es bueno recordarlo en momentos de encrucijada como este.

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