dijous, 7 de novembre del 2024

LA UTOPÍA NECESARIA

 

En mayo de 2021 publiqué en este blog la entrada  Algunas reflexiones inspiradas por el libro de Joan Coscubiela La pandemia del capitalismo. Esta es un corta y pega con retoques de aquella, en concreto de la parte final (y más larga) en la que hablaba del proyecto utópico que en mi opinión es preciso construir. Lamentablemente, el término utopía acostumbra a ser usado en tono peyorativo cuando cualquier proyecto de sociedad a la que se aspire debe tener un modelo imaginado que sirva de referencia, una especie de prototipo. La existencia de dicho modelo tiene dos funciones para una propuesta política de transformación de la sociedad.

Primero, servir para orientar las decisiones que se adopten y que estas vayan en la línea de acercarse a dicho modelo, incluso para ser conscientes de que se va en sentido contrario en determinado momento para evitar un mal mayor, eludiendo considerar una victoria lo que es en realidad una derrota, aunque sea menos negativa que otro posible resultado.

Segundo, dar la batalla por la hegemonía de las ideas. Ofrecer una alternativa a la organización económica y social del presente es la única forma de sumar apoyos conscientes y coherentes, el soporte a propuestas puntuales no puede serlo a un proyecto global si este no existe, quizá esto explica en parte que se vote a opciones políticas conservadoras pero mayoritariamente nos consideremos de izquierdas, el uno por estar a favor del aborto, el otro por estar de acuerdo con acoger refugiados, el de más allá porque considera un problema grave el cambio climático, el de acullá por estar contra una estructura del estado que considera heredada del centralismo franquista, etcétera. Por contra, si ese proyecto global existe permite articular un programa completo de propuestas y abrir el debate sobre la organización económica y social en su globalidad. La consecuencia práctica de la disputa en torno al modelo de sociedad es que mejoran las opciones de transformarla, si hay un modelo que suscita apoyos la contraparte debe ceder para evitar el riesgo de perderlo todo y acaba asumiendo como buenas medidas que objetivamente le son perjudiciales. A modo de ejemplo, el socialismo que Marx y Engels presentaron como meta de la lucha de la clase obrera por su emancipación alentó la organización en partidos y sindicatos obreros que consiguieron introducir mejoras en las condiciones de la clase a la que representaban, algo que se aceleró tras la Revolución Rusa y la derrota de los fascismos porque las clases propietarias asumieron como necesario redistribuir parte significativa de sus ganancias. En la medida en que la URSS y sus satélites desvirtuaron el sentido de la sociedad utópica a la que debían avanzar se produjo el rearme ideológico del capitalismo que recuperó la hegemonía con el horizonte, también utópico, de una sociedad donde la generación de riqueza no tendría límite y su distribución, por desigualitaria que fuera, permitiría a todo el mundo vivir mucho mejor que en cualquier otro momento, en ese contexto las clases trabajadoras han ido aceptando como convenientes medidas que objetivamente les eran perjudiciales, como reducir impuestos a las rentas más altas y equilibrar las cuentas reduciendo el gasto social, es decir, revirtiendo lo que se había hecho en las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Tener una utopía no garantiza nada, pero no tenerla impide avanzar hacia ningún tipo de objetivo, conduce a dar bandazos y, finalmente, salir derrotados, probablemente lo que le ha sucedido a la socialdemocracia clásica asumiendo el oxímoron que implica el término social-liberal. Pero la propuesta de sociedad a la que se pretende avanzar debe adaptarse a las transformaciones sobrevenidas, la utopía de una sociedad sin clases tal y como la imaginaron Marx y Engels debe inspirar la propuesta que se haga como alternativa al modelo actual, pero no sirve tal y como fue planteada en la segunda mitad del s. XIX, no sirve porque es fruto de un tiempo que no es el presente y no contempla, por ejemplo, los límites del planeta frente al crecimiento. Ideas ya hay, pero falta articularlas. En lo que sigue voy a intentar describir algunas de las características de la utopía posible, sin olvidar que al final hay que actuar en el mientras tanto, lo que Vázquez Montalbán describió con su agudeza característica: No hay verdades únicas, ni luchas finales, pero aún es posible orientarnos mediante las verdades disponibles contra las no verdades evidentes y luchar contra ellas.

La economía capitalista tiene como fin conseguir la mayor tasa de beneficio para el capital invertido, la utopía capitalista dice que la mano invisible del mercado se encarga de hacer que lo producido cubra las necesidades y se genere un crecimiento ilimitado, de esa forma, el interés individual se transforma en bienestar colectivo. A pesar de las evidencias de que las cosas no funcionan así en la práctica se sigue defendiendo básicamente lo mismo dos siglos y medio después de publicarse La riqueza de las naciones, con una panoplia impresionante de fórmulas matemáticas al servicio del planteamiento. La utopía alternativa necesita otro paradigma: la finalidad de la economía debe ser atender las necesidades de la población con una incidencia medioambiental neutra, lo que implica garantizar la producción de bienes y servicios que satisfagan, en primer lugar, las necesidades básicas de la población mundial, con unos métodos y una organización de la producción que supongan una huella ecológica asumible por el planeta y una distribución de la riqueza producida que evite las desigualdades estructurales. Mantener la concepción actual, pese a la demostrada capacidad de adaptación del capitalismo, resulta de difícil encaje con preservar el planeta o puede asomarnos, incluso, a distopías como el uso del big data por parte de un puñado de personas.

La atención de las necesidades básicas es un objetivo expansivo y planetario. Expansivo porque las necesidades básicas tenderán a ser más amplias, del acceso al agua potable se pasará a la disponibilidad de agua corriente y de ahí al agua caliente, de tener una alimentación suficiente a disponer de alojamiento adecuado, atención sanitaria y educación y de ahí a tener acceso a bienes culturales, practicar actividades físicas de ocio, etcétera. Planetario porque la cobertura de las necesidades básicas será universal por solidaridad y por interés mutuo, para evitar conflictos enquistados y procesos migratorios masivos por razones económicas o políticas. El colapso de la globalización es un escenario tan indeseable como que el proceso siga desarrollándose como hasta ahora, lo que necesitamos es actualizar la idea del internacionalismo.

La iniciativa privada no es incompatible con cubrir las necesidades básicas, lo que sí es incompatible es la lógica capitalista de obtener el máximo rendimiento posible para el capital invertido. Es incompatible, por ejemplo, que haya habido carestías de productos de alimentación básicos como los cereales porque se especulaba con esos productos en los mercados de futuros, algo que puede pasar con la substancia básica para la vida, el agua, que ya forma parte de esos productos con los que negocian los mercados de futuros, algo que estamos sufriendo en el tema de la vivienda, una necesidad esencial a la que cada vez es más difícil acceder en todas partes, no sólo en España o Catalunya, al convertirse en objeto de inversión especulativa . Así pues, garantizar el acceso universal a la cobertura de las necesidades básicas estará garantizado por la producción pública de bienes o la prestación pública de servicios, o por la regulación de la actividad privada en aquello que afecte a dicha provisión de bienes y servicios. Regulación que será cada vez mayor por el carácter expansivo que tendrán las necesidades básicas conforme a lo dicho anteriormente.

Para que la huella ecológica sea neutra, todo proceso de producción deberá tener una huella neutra, en los caso en los que la tecnología no lo permita deberá haber compensación. Pero esta formulación es insuficiente, tanto en el mientras tanto como en la utopía final deberá imponerse la idea de austeridad planteada por Enrico Berlinguer en 1977:  "Para nosotros, por el contrario (en referencia a la idea de austeridad de las fuerzas conservadoras), la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan". El consumismo asociado al modelo capitalista actual no sólo es incompatible en términos ecológicos (no descartemos que se adapte y con el reciclaje y el reaprovechamiento le dé la vuelta a la situación) sino que también lo es en cuanto a valores.

El individualismo es antinatural, la especie humana es un animal social y no individualista, la necesidad de los trabajos de cuidados ha quedado patente en la crisis pandémica pasada, aunque no debemos dejar caer en saco roto el alto predicamento de las políticas basadas en no frenar la economía que no tuvieron sólo un componente negacionista, también hubo otro, menos aparatoso y llamativo aunque quizá más extendido y desde luego más cínico, el de que no se podía sacrificar el supuesto bienestar de la mayoría por alargar unos meses la vida de personas mayores que ya han cumplido su ciclo vital, formulación fría que no pasó factura a Isabel Díaz Ayuso en Madrid  porque muchas personas han aceptado ese mensaje con un envoltorio de resignación cristiana siempre que esos mayores no fueran uno de su círculo, me atrevo a pensar que incluso en ese caso.

No todo el trabajo necesario para el funcionamiento de la sociedad es asalariado, una parte de los trabajos de subsistencia no han sido trabajo asalariado tradicionalmente y eso se mantiene todavía en la actualidad, se ha cargado normalmente sobre las mujeres y se ha minusvalorado por no estar en el mercado y no tener un precio. La inmensa mayoría del trabajo de limpieza doméstica, abastecimiento y preparación de los alimentos en el núcleo familiar y atención a personas dependientes por edad, enfermedad o discapacidad ha sido tradicionalmente un trabajo invisibilizado, sólo ha estado sujeto a algún tipo de retribución muy desregulada en el ámbito de los hogares más acomodados. Esos mismos trabajos se van incorporando de forma acelerada con el incremento del trabajo asalariado femenino en diferentes sectores, son muchos los casos de trabajos de cuidados que salen de ámbito doméstico y son desempeñados de forma muy mayoritaria por mujeres: la extensión de la sanidad pública y la mayor complejidad de los tratamientos médicos trasladan el cuidado de los enfermos del domicilio a los hospitales en un volumen creciente; las distancias y las necesidades horarias hacen que se incremente los servicios de cátering, también en los colegios con la incorporación creciente de mujeres al trabajo asalariado en la industria y otros sectores de servicios, etcétera. Aunque con frecuencia se nos muestra el acceso de la mujer al mercado laboral regulado(habría que decir con más propiedad el incremento de su presencia, porque siempre ha habido mujeres asalariadas) asociado al problema de los techos de cristal para equiparse a los hombres, la realidad es que hay un problema mucho más extendido, como es el de que una gran parte de las mujeres asalariadas están en sectores muy poco reconocidos, en gran medida porque vienen lastrados por esa percepción de trabajo poco valioso porque no se valoraban al estar fuera del mercado, era algo que no tenía precio y a lo que, en consecuencia, se le restaba valor. Esa disfunción entre valor y precio del trabajo no tendrá sentido en la utopía que debemos construir y debe abordarse no ya en el mientras tanto, sino de forma urgente, nadie puede defender ni medio minuto que no sean trabajos que requieren mucha responsabilidad y que son además físicamente agotadores, así como tampoco se puede cuestionar su valor social.

Aunque el trabajo esté lejos de desaparecer, como se preconiza en ocasiones, sí es cierto que la técnica está en condiciones de garantizar los procesos productivos con una participación decreciente del trabajo humano directo, en todos los sectores de actividad y no sólo en el trabajo manual. Ese incremento de la productividad será, en la utopía que se quiere construir, patrimonio del conjunto de la humanidad y no de unas pocas personas que se apropien del conocimiento acumulado por el conjunto de la sociedad a lo largo de la historia, nadie descubre nada si no es a partir del conocimiento previo acumulado y de la formación recibida sobre el mismo. La propiedad colectiva del conocimiento acumulado permitirá una mayor disponibilidad de tiempo de ocio voluntario, frente a ello, la apropiación del conocimiento acumulado por la humanidad en manos de un porcentaje mínimo de personas nos conduce a la distopía del control total de la sociedad por parte de una ínfima minoría.

El mayor tiempo de ocio es una de las muchas razones para que la educación sea esencial tanto en la utopía del proyecto final como en el mientras tanto que nos acerque a él porque el ocio es mucho más importante de lo que nos parece, baste pensar que han sido personas "ociosas" las que han generado y transmitido buena parte del saber históricamente. Otras razones que hacen de la educación un elemento fundamental son sus funciones para equiparar, aunque no igualar del todo, las oportunidades individuales, el interiorizar valores colectivos y, al mismo tiempo, tener una mentalidad crítica y, en definitiva, el posibilitar hacer plenamente libre al conjunto de la ciudadanía, como sujetos individuales y colectivos. Desde esa trascendencia se entiende la importancia de los debates que se viven en el presente, y se han vivido en el pasado, en torno a la educación, ya ahora es imprescindible una educación que contribuya a hacer de ascensor social y facilite la integración de los colectivos con mayor riesgo de marginalidad. Junto a ello es necesario un debate que se evita, el mantra de formar para dotar de empleabilidad puede esconder una nueva forma de discriminación desde la primera formación entre los destinados a hacer de operarios y los elegidos para mandar: sin despreciar los contenidos tecnológicos y el conocimiento científico la educación debe tener un fuerte contenido humanístico, no sirve saber qué podemos hacer y cómo hacerlo sin entender por qué y para qué lo hacemos.

El trabajo ya está adoptando desde hace tiempo formas de organización muy diversas y las tendrá en el futuro, pero habrá que dotar de medios a las personas asalariadas (o dependientes de otro en el ejercicio de su actividad, cualquiera que sea la forma) para cambiar la lógica actual que, debajo de toda la palabrería con la que se pretende ocultarlo, sólo busca reducir el coste de la mano de obra. El trabajo tendrá derechos reconocidos y mecanismos eficaces para que se respeten. Ya de paso y aunque el tema no es propiamente el del mundo del trabajo, sino el de los mecanismos de reparto de los beneficios, es imprescindible poner ya límites a las retribuciones de los altos ejecutivos, no las llamemos salario porque son otra cosa muy distinta

La existencia de propiedad privada estará supeditada, además de a los límites que se establezcan para garantizar las necesidades básicas de las que se habló más arriba, al mandato social de limitar las desigualdades y no perpetuarlas, para lo cual el sistema fiscal es el instrumento fundamental. En la utopía que se plantea el impuesto de sucesiones tendrá un carácter casi confiscatorio a partir de un mínimo exento para las herencias más habituales, eventuales propiedades muebles e inmuebles que no superen un determinado valor, a partir de ese mínimo el gravamen será progresivo y muy acelerado, de manera que los descendientes de las personas con menos recursos no queden en desventaja abrumadora al abordar su proyecto vital. La descendencia de los sectores más acomodados seguirá gozando de una situación de partida mejor, por posibilidades de formación, contactos ya establecidos y conocimiento empírico para la iniciativa privada, lo que no es admisible si se apuesta por la igualdad de oportunidades es que además parta con unas posibilidades económicas desproporcionadamente más favorables.

El resto del sistema impositivo descansará sobre un impuesto de la renta altamente progresivo y la desaparición casi total de los impuestos indirectos, que sólo gravarán para desincentivar comportamientos o consumos concretos. Así, el IVA o cualquier impuesto similar no existirá y su recaudación será sustituida por impuestos finalistas en actividades donde la huella ecológica no pueda ser neutra u otros en esa línea y, sobre todo, por el incremento de la progresividad en los impuestos directos. El impuesto sobre el patrimonio puede tener un función importante en el mientras tanto, pero no gran trascendencia en la utopía que se plantea porque su función redistributiva estará cubierta por los impuestos directos y el de sucesiones. El análisis de Piketty en Capital e ideología sobre la evolución de las cargas fiscales deja claro que una alta presión fiscal muy progresiva ha sido posible, compatible con la iniciativa privada y con un fuerte crecimiento económico

Todo lo expuesto es inviable sin unas instituciones de gobierno mundial que no se parecerán a lo que actualmente entendemos por gobierno. Eso es especialmente trascendente en materia fiscal porque los mecanismos de elusión son los que se utilizan para evitar el pago de impuestos por parte de las grandes corporaciones y fortunas. La progresiva desaparición del dinero físico ayudará a evitar el fraude fiscal más evidente, pero otras formas de transacciones ya están haciendo acto de presencia como las criptomonedas y evitar el fraude y la elusión fiscal son determinantes para que la población se comprometa y eso supera la capacidad de los estados tal y como hoy los conocemos. No es el único tema que precisa de gobernanza global, determinadas políticas contra delitos a gran escala, mecanismos de intervención en resolución de conflictos (no en defensa de intereses particulares en los conflictos), desarrollo de acuerdos de respeto al medio ambiente con compensaciones a los territorios que renuncian a lo que hoy llamaríamos lucro cesante, normativas laborales mínimas que dignifiquen el trabajo, acaben con situaciones que aún hoy son de esclavitud y con el trabajo infantil... toda una serie de temáticas van a requerir en el mientras tanto de mecanismos supranacionales que acaben en unas estructuras de decisión política muy distintas a los estados-nación sobre las que es difícil hacer previsiones. Aquí no se va a formular el modelo de equilibrio de poderes y competencias utópico, más allá de que la democracia directa sobre amplias materias se combinará con delegaciones de competencias en otras muy diversas a organismos que deberán tener base democrática y rendir cuentas.

En definitiva y para ir concluyendo, necesitamos una utopía que se alimente de valores totalmente distintos a los de las sociedades que Piketty llama propietaristas (sigue siendo más preciso el término capitalista) y que también tienen su utopía, la que nos venden cada día mensaje a mensaje y se da de bruces con la realidad: frente al individualismo y la insolidaridad, cooperación; frente a medirlo todo a partir del crecimiento económico en términos de PIB o conceptos similares, tomar como referencia otros como el Índice de Desarrollo Humano; frente a vaciar de contenido términos como el de libertad, algo tan en boga en las últimos tiempos, garantizar la verdadera libertad que supone poder plantearse un proyecto vital sin que falten los medidos básicos para la subsistencia; frente a la promoción de lo chabacano y superficial, educación que convierta a las personas en sujetos con pensamiento crítico; frente a la depredación del planeta, eficiencia en el uso de los recursos... Hace tiempo que quienes aspiramos a transformar la sociedad estamos huérfanos de un horizonte a conquistar, lo que nos limita a luchar contra las mentiras evidentes, como en la cita que al principio se ponía de Manuel Vázquez Montalbán, pero es una lucha en la que sólo podemos retrasar la derrota si no ilusionamos a cada vez más gente con la perspectiva de una sociedad mejor y más justa a la que es posible aspirar. Va siendo hora de hacer el debate sobre la utopía que queremos

 

diumenge, 21 de juliol del 2024

Consumimos más que nunca y vivimos peor que antes. Las raíces del malestar.

Si el título se planteara como una pregunta de encuesta la respuesta mayoritaria sería seguramente que sí. Si se toma como una afirmación nos encontramos con algo parecido a una antinomia kantiana, es decir, el uso de la razón nos lleva a dos conclusiones contradictorias. Tenemos tesis y antítesis y faltaría buscar la síntesis que nos explique el malestar creciente en nuestra sociedad.

Tesis, consumimos más que nunca.

Si miramos al pasado sin las lentes de la nostalgia sólo hay un breve periodo (justo antes de la gran crisis de 2008) en el que encontremos un entusiasmo consumista similar al actual, con la salvedad de que entonces se basaba en gran medida en un endeudamiento desbocado. Los que ya tenemos unos años y nacimos en los 60 podemos recordar una infancia incluso feliz, pero no un entrecot en la cena, ni siquiera en navidad. En la década a caballo de los 70 y los 80 lo que se impuso fue una crisis de calado y los gastos extraordinarios sólo los tenían los que acabaron enganchados en la heroína y no por propia voluntad, la juventud de entonces no se planteaba que pudieran vivir peor que las generaciones anteriores porque tenían el recuerdo familiar de los relatos de una vida de miserias difícilmente igualables, no porque las perspectivas fueran halagüeñas, precisamente. Desde mediados de los 80 la cosa fue mejorando (con algún sobresalto importante como la breve pero muy pronunciada crisis que siguió a los fastos del 92) pero a costa del avance imparable de la precariedad que acabó imponiéndose como la forma normal de las relaciones laborales, al tiempo que el trabajo estable y con derechos se consideraba una antigualla a extinguir en aras de la modernidad económica. El único espejismo que podría confundirnos con respecto al dato de mayor consumo actual de bienes y servicios de nuestra historia es el ya referido de la década que va de finales de los 90 a la gran crisis de 2008, una abundancia aparente que resultó ser un gigante con pies de barro.

No hablo de jóvenes porque no es un conflicto generacional como pretenden hacernos creer, la juventud tienen en la actualidad un gasto superior al que tuvo la juventud de generaciones anteriores, pero también las generaciones más veteranas consumimos mucho más que nunca. Nunca se había viajado tanto (aunque por supuesto hay muchos casos de economías que no se lo pueden permitir) ni se había asistido a tanto conciertos en directo, nunca se había consumido tanta música y producción audiovisual, aunque en formatos distintos a los del pasado, nunca se había comprado ropa para usarla una o dos  veces y arrinconarla porque ya está demasiado vista.

Lo vemos y nos lo dicen los datos de todo tipo: ocupación hotelera, viajes al extranjero, ventas de los distintos tipos de establecimientos de ocio y restauración, volumen de actividad de las multinacionales de la moda o de los portales de compra on-line… A los efectos de lo que aquí me ocupa no importan otros debates importantes que esos datos llevan aparejados: sobre las bondades o maldades del sistema que permite una democratización del consumo por el abaratamiento e incremento de la producción; sobre los límites del planeta para resistir ese consumo; sobre la explotación  laboral en que se sustenta; sobre el expolio de materia primas y la forma en que se obtienen, etcétera. En lo que afecta a la reflexión que aquí quiero trasladar lo que se constata es que en la sociedad española actual se consume más de lo que nunca se ha consumido.



Primera conclusión: frente a los que nos quieren convencer de que en el pasado se vivía mejor y de que a lo que debemos aspirar es a recuperar un supuesto paraíso perdido donde todo era color de rosa adoptemos todas las precauciones del mundo. Cualquier tiempo pasado fue anterior, lo de mejor ya es otra cosa, no vayamos a ser como los románticos del s. XIX que idealizaban una Edad Media de pureza perdida.

Antítesis, vivimos peor que antes.

La concentración de riqueza en pocas manos es la mayor de la historia de la humanidad, en parte porque la evolución del modelo capitalista (economía de mercado como lo llaman ahora) tiende a eso y en parte porque desde la política no se está corrigiendo esa tendencia natural del sistema con una política impositiva que redistribuya una parte substancial de sus ganancias entre todos, como sí se hizo hasta la década de los 70 en los países occidentales. Como consecuencia de la hegemonía de las doctrinas económicas neoliberales se produjo una crisis planetaria de gran envergadura que provocó que aflorarán consecuencias sociales que habían estado ocultas por una sensación ficticia de abundancia que descansaba en el endeudamiento de los particulares y en el crecimiento de burbujas que acabaron estallando, la  financiera a escala mundial a la que se sumó la  inmobiliaria en el caso español. Conviene recordarlo porque, aunque parezca algo lejano ya para algunos, ahí está la raíz del fundado malestar que el fantasma de la reacción que hoy recorre el otrora orgulloso occidente pretende ocultar, desviando la atención hacia aspectos secundarios o a consecuencias de ese problema primario.

Confluyen en la sociedad actual indignaciones múltiples con detonantes diversos y una tendencia a segmentar por grupos que después se confrontan más por vínculos accidentales que por diferencias de intereses socioeconómicos: entre generaciones; entre los  de aquí y los de fuera; entre identidades sexuales y de género; entre autónomos proletarizados y asalariados; entre asalariados precarios y los que tienen estabilidad laboral, etcétera.

Lo cierto es que la hegemonía del dogma neoliberal ha supuesto un desplazamiento progresivo del capital industrial al financiero como rey del sistema, con una paralela globalización sin reglas que ha generado un reguero de perdedores objetivos.

Eso afecta a territorios enteros que vivían en una prosperidad asentada en una actividad industrial que en poco tiempo ha desaparecido y que son terreno abonado para el crecimiento de la extrema derecha en zonas importantes de Francia o de los USA, o como está empezando a pasar en Alemania. También afecta a colectivos que se vieron expulsados del mercado laboral como consecuencia de la crisis del ladrillo en España y que o bien por edad se quedaron como desempleados crónicos, o bien si han vuelto a trabajar en lo mismo o en otros sectores han visto por lo general empeorar sus condiciones laborales.

Son amplias las capas de población que interiorizaron ser clase media acomodada, o al menos con aspiraciones, y que ahora ven el futuro con incertidumbre o, en el peor de los casos, con la certeza de que las cosas no irán a mejor.

Por lo que respecta a los sectores más jóvenes de la población es falso, como en los demás grupos de edad, que haya una situación homogénea, pero es un fenómeno generalizado el desasosiego con un presente inestable y unas predicciones de futuro que tienen más de agoreras que de halagüeñas, incluso aunque con una varita mágica se solventara de repente el grave problema del acceso a la vivienda que existe en nuestro país se mantendría el problema de fondo, como pone de manifiesto que el malestar juvenil se dé en países donde la vivienda no constituye un quebradero de cabeza tan grave como aquí. Hay que añadir la nada inocente campaña puesta en marcha para atizar la confrontación generacional que pretende que los problemas de la  juventud son culpa del supuestamente inasumible nivel de vida de la generaciones que les precedieron y, por supuesto, la intemporal crítica de los ya talluditos porque ”lo tienen todo hecho y son unos blandos” o “tendrían que haber pasado las penurias que pasamos nosotros” para que a unas dificultades reales se añada una percepción que agudiza el descontento enfocándolo en dirección errónea.

Añádase a lo anterior el ingrediente de los estados de ánimo colectivos que incluyen factores muy dispares. La experiencia del trabajo se vive de una manera mucho más incierta que en el pasado, ya en 1998 Richard Sennett describía en La corrosión del carácter diferentes formas de malestar y desapego que generaban las nuevas formas de trabajar que llevaban años imponiéndose y que en el cuarto de siglo que ha pasado desde la publicación de ese ensayo han ido a más. Las rutinas del trabajo en la cadena de producción fordista no eran una maravilla pero generaban seguridades y había habido un proceso de adaptación colectivo que las hacía menos insoportables que en la película Tiempos modernos de Chaplin. Las inseguridades, la competencia entre el propio personal empleado, el desapego al producto del trabajo realizado o la precarización extrema explican fenómenos que no son generales pero sí significativos, como la llamada gran dimisión (el abandono de sus trabajos de muchas personas del que nos hablaron lo medios de comunicación hace unos meses). Se evidencia un malestar creciente en un mundo del trabajo en el que cada mutación organizativa busca debilitar los mecanismos de defensa colectiva de los intereses de las personas trabajadoras, sin que sea fácil buscar una respuesta rápida y eficaz desde el sindicalismo a esas formas de organización del trabajo en constante transformación.

No es lo único que afecta a los estados de ánimo colectivos, creo que existe un cierto síndrome milenarista, bastante extendido, ante los anuncios de un mundo poco menos que apocalíptico en el que los anuncios de que vamos a tener que vivir peor se suceden día tras día, faltaba la guinda una pandemia mundial para que se exacerbara un negacionismo que viene a decir que me dejen en paz, que ya que todo se va a ir al garete al menos que nos dejen corrernos la última juerga, vivir una especie de carnaval sin fecha cierta de final antes de la cuaresma definitiva.

La reflexión racional y los datos nos confirman, por tanto, lo de que vivimos peor que nunca con fundamentos materiales y de percepción colectiva de la realidad apuntalando lo que sería la antítesis al consumimos más que nunca (tesis) que debería ser el summum en una sociedad empeñada en decirnos que tanto consumes, tanto vales.

Síntesis, crece el malestar.

La versión del capitalismo que se ha ido imponiendo desde finales de los años 70, incluso después de la crisis que esa  misma versión del capitalismo provocó en 2008, no sirve para muchas personas ni para la sociedad en su conjunto. Que el diagnóstico sea claro no quiere decir que las soluciones puedan ser simples ni fáciles en sociedades que son muy complejas y para problemáticas que no son uniformes.

Parte del descontento por aglomeración de descontentos diversos es del colectivo que no puede cubrir sus necesidades básicas, el que se pregunta dónde se quedó la parte del pastel que por estadística debía corresponderles. Decir que consumen más que antes suena a sarcasmo y quedan fuera de la formulación inicial porque no se da la primera parte de la misma. No obstante están ahí y no es aceptable el planteamiento meritocrático en su aspecto negativo (lo de que tienen lo que se merecen que se ha dicho toda la vida) ni la no-solución que con crudeza planteó no hace mucho Milei, aquello de que ya se buscarán la vida antes de morirse de hambre. Puede que en conjunto consumamos más, pero una de las características del modelo es una distribución de la riqueza generada más desigual que hace que, por ejemplo, sea cada vez mayor el número de personas que trabajan y no cubren mínimos.

Si se hace un esfuerzo para entender la situación más generalizada el malestar se origina no porque se tenga un menor acceso a bienes de consumo que en tiempo pretéritos, sino en la ruptura del contrato no escrito que contemplaba cubrir unas determinadas expectativas a quien cumpliera con una serie de compromisos mínimos. De forma generalizada los jubilados actuales pueden permitirse un consumo de bienes y servicios muchos mayor que los jubilados de la primera mitad de los 80, algo similar sucede en todas las franjas de edad actuales y las de entonces, lo mismo se puede decir si la comparación se hace entre personas dedicadas a diferentes actividades en lugar de por franjas de edad, en España el pequeño propietario rural o el empleado de hostelería, por citar dos actividades que siempre están entre los ejemplos del malestar creciente, pueden permitirse muchas más cosas hoy que al inicio del  periodo de hegemonía neoliberal en los primeros 80. El malestar se extiende a pesar ello, apunto tres razones de fondo aunque a buen seguro existen más

Primera. Necesariamente, si se cumple lo de consumir más y vivir peor, una parte del consumo que se realiza es superfluo y un volumen considerable inducido más que realmente deseado, dicho de otra forma, no satisface ninguna necesidad y no genera más que una efímera satisfacción que no deja poso alguno. Aquello de comprar algo que tiempo después te das cuenta de que no te ha servido para nada elevado, o casi, a la enésima potencia. Dejando de lado los debates sobre los límites del crecimiento es pertinente otro sobre la capacidad de condicionar las voluntades que opera en un mundo de libertad sólo aparente. Si la práctica de poner fotogramas aislados de un refresco en el pase de las películas se prohibió, con buen criterio, porque suponían un estímulo tramposo al consumo, podemos preguntarnos cuantas prácticas actuales deberían por lo menos limitarse por hacer lo mismo a una escala mucho mayor.

Segunda. La incertidumbre y el miedo al cambio se ha apoderado de la vida de mucha personas que en buena lógica se sienten más vulnerables y perciben que se vive peor, segunda parte de la formulación inicial. Parte de esa incertidumbre es provocada de forma deliberada por los poderes económicos, como los anuncios reiterados de que en el futuro las pensiones públicas serán insostenibles, algo que vienen repitiendo desde hace 40 años y que justo ahora que tiene menos fundamento la premonición consigue calar más entre las generaciones que menos debieran temer esa supuesta hecatombe del sistema público de pensiones: con la pirámide demográfica española las generaciones posteriores al baby boom, los que accedan a la jubilación dentro de 30 años, tendrán una situación objetiva más fácil para cubrir las pensiones que hayan generado, básicamente porque se reducirá el número de los que accederán a su cobro. Pero la desconfianza hacia lo que depare el futuro tiene fundamentos mucho más reales, estamos inmersos aún en la crisis que se estalló en 2008, la globalización sin reglas ha provocado deslocalizaciones industriales que no van a acabar (como apunta ya todo el tema del coche eléctrico en un asunto que está afectando a la hasta ahora imperturbable Alemania) la crisis climática y los límites del planeta en general van a provocar cambios que siempre generan inquietud y, de forma más general, los cambios productivos y los de otra índole que llevan aparejados se producen a una velocidad muy superior a la que estábamos acostumbrados en décadas anteriores en las que, no obstante, ya vivíamos en un mundo que mutaba mucho más rápido que antes. El miedo al cambio es aprovechado por la extrema derecha para generar odio y apoyos al mismo tiempo, ofreciendo como programa la mentira del imposible regreso al paraíso perdido que nunca existió, como dije al principio. Desde posiciones progresistas no podemos competir en la simplicidad del mensaje, a cambio podemos dar alternativas realistas, que no fáciles, a los perjuicios que amenazan a las personas comunes y corrientes.

Cada incertidumbre tiene una base diferente y deberemos afrontarla de forma también diferente, pero afrontarla, no hacer como si no existiera. Negando la mentira en el caso de las que, como el miedo a que no puedan cobrar pensiones quienes se jubilen a partir de 2050, surgen del interés por generar ese marco mental y siendo conscientes del poder de los poderes económicos interesados en generarlos, nada nuevo bajo el sol salvo quizá la intensidad de la campaña. Siendo conscientes, también, de los perjuicios que llevan aparejados los procesos de cambio que se han vivido y se van a vivir para gobernarlos y paliar los  efectos negativos sobre las personas y sobre los territorios, justo lo que no se ha hecho con las deslocalizaciones provocadas por la globalización sin reglas. Las medidas para combatir el cambio climático son necesarias, lo que no está escrito es que tengan que ser negativas para el nivel de vida de la gente, medidas como la descarbonización de las actividades humanas son inaplazables, pero hay que analizar sus posibles consecuencias para compensar a quienes pueden perder su empleo actual para que no vean empeorar sus vidas, también para los territorios que dejen de contar con una actividad que puede ser en ocasiones de monocultivo económico, incluyendo a las que ya han pasado por procesos similares. Así, por ejemplo, aunque las personas que vivían de la actividad minera en las cuencas carboníferas tengan su futuro resuelto hay que generar actividad que evite que esos territorios vayan languideciendo, no puede verse reducida la actividad económica al consumo que generen las rentas de los ya inactivos y a un par de iniciativas de turismo rural. De igual forma, se le puede pedir al mundo rural que oriente su actividad hacia objetivos diferentes o con procedimientos distintos siempre y cuando no se les  pida un sacrifico en condiciones de vida y se les compense la posible menor rentabilidad o se les posibilite mecanismos de comercialización que mejoren sus márgenes.  Lo que no es de recibo  es dejar degradarse territorios enteros que estaban poblados de gente consciente de la importancia de la actividad que allí de desarrollaba encogiéndose de hombros y diciendo aquello de que es el mercado, amigo. De forma más general, acompañando a las personas y garantizándoles un futuro digno ante los efectos de las transformaciones que se den

Nada está escrito y el mundo será el que construyamos, lo que es seguro es que será diferente, un ejemplo son los movimientos migratorios que es uno de los miedos que más explota el populismo de derechas. En España hemos pasado de exportar mano de obra en los 60, a vivir la repatriación de parte de esa inmigración entre finales de los 70 y los primeros 80 y a ser receptores de mano de obra inmigrante en las últimas décadas. Los orígenes de nuestra población son cada vez más diversos, la selección española ganadora del mundial en 2010, con jugadores nacidos en torno al año 1980, no tenía ningún hijo de inmigrante, en la reciente  Eurocopa los dos jugadores más desequilibrantes del equipo eran españoles nacidos en el siglo XXI de padres inmigrantes y etnia no caucásica, en nuestro atletismo pasa algo parecido si comparamos lo actual con los medio fondistas y maratonianos de los años 80  y 90. Que eso no tenga vuelta atrás no significa que no genere tensiones y que no haya que intervenir para hacer posible una buena convivencia: en las zonas donde se concentra esa población migrante y para que no se concentre sólo en determinados barrios; en los sectores en los que trabajan mayoritariamente y para que puedan acceder a otro tipo de empleos; en la asunción por parte de toda la población de valores laicos y democráticos comunes y al margen de las creencias de cada cual. Políticas de acogida, políticas de regulación de flujos, también políticas de seguridad ciudadana que hay que abordar para que origen, pobreza y exclusión no se conviertan en un cóctel de difícil digestión.

Tercera. Como especie somos animales sociales y como tales hemos llegado al desarrollo social actual, con sus muchísimos pros y sus importantes contras. El ser humano busca, porque los necesita, vínculos colectivos, por mucho que se fomente el individualismo extremo y que se pretenda hacer creer que consumir cuanto más mejor es el camino a la plena felicidad. El proyecto personal completo necesita referentes colectivos que pueden establecerse en base a intereses objetivos comunes o en clave identitaria, en ambos caso esa identificación grupal puede conllevar confrontación con los opuestos, sean estos supuestos u objetivos.

Si bien las referencias identitarias no tienen por qué ser negativas (pertenecer a una entidad deportiva o cultural, profesar una creencia religiosa, tener una convicción nacionalista determinada, etcétera) con facilidad se da el fenómeno de reforzar la propia convicción identitaria a través de la confrontación con la o las que se identifican como sus enfrentadas, en especial en momentos históricos de crisis económicas y sociales que, como sucede en la actualidad, generan descontento e incertidumbre. Es el caldo de cultivo de los populismos de extrema derecha que a su vez, y sabedores de este hecho, impulsan esos sentimientos identitarios excluyentes generando un efecto de retroalimentación.

En paralelo, se ponen todas las trabas posibles al crecimiento de vínculos colectivos basados en intereses comunes, los que podría dar pie a sentimientos de pertenencia colectiva inclusivas: Hablo básicamente de relaciones laborales, por un lado, y de bienes colectivos.

En todo lo que afecta al contrato colectivo de trabajo, es decir, a la defensa de intereses comunes frente a los poderes económicos por parte de los que viven de su trabajo, sea asalariado o haya adoptado la forma de trabajo autónomo pero en realidad siga dependiendo de un empleador (como los riders como ejemplo más claro) Las mutaciones en la organización del trabajo (ayudadas por unos cambios tecnológicos que a su vez se impulsan en gran medida para poder organizar el trabajo de forma más desregulada) tienden a segmentar, atomizar e individualizar con ello las relaciones laborales. Es obvio que las organizaciones sindicales son conscientes de los problemas que les genera la organización de las personas con centros de trabajo dispersos (incluso sin centro de trabajo propiamente dicho) y con condiciones laborales precarias, tan obvio como que encontrar vías para hacer frente a esa realidad no es sencillo. Hay que ser conscientes de que la  lucha contra la precariedad laboral y la individualización de las relaciones laborales tiene mucho más alcance que la mejora de condiciones de trabajo de las personas con más dificultades para negociarlas, supone favorecer el sentimiento de pertenencia colectiva en tanto que personas trabajadoras, con intereses que son comunes a los de otras personas que también lo son aunque sus condiciones sean diferentes. En definitiva, potenciar el sujeto colectivo unido por vínculos de solidaridad de clase para hacer frente a los intereses de los poderes económicos, mucho más cómodos cuando las quejas generadas por el malestar no apuntan a sus intereses y privilegios, sino a choques entre facciones de las que para ellos son todas clases subalternas. Por supuesto que es más fácil decir que hacer, pero a veces parece que el espacio progresista olvida el conflicto esencial del que parten todos los conflictos.

Por lo que respecta a los bienes colectivos de lo que hablo es de todo lo que es de uso común y no privativo, desde el espacio público y sus usos a los servicios públicos de todo tipo y, por supuesto, los cuatro pilares que aún constituyen el estado del bienestar que quieren desmantelar: sanidad; educación; pensiones y cuidados de las personas. La defensa de lo público frente al dogma (falso, hemos de insistir) de que lo privado funciona mejor y la insistencia en que el mantenimiento de lo que es de todos es mucho más valioso que los supuestos beneficios individuales que se pudieran obtener dejándolo desaparecer son un gran caballo de batalla, una lucha por la defensa de las condiciones de vida de la gente, pero además son un instrumento frente a la insatisfacción y las inseguridades que el sistema genera en estos momentos de crisis. Junto a la centralidad del mundo de los trabajos, en su diversidad, lo público y su defensa constituye el instrumento más poderosos para que haya una identificación colectiva en positivo, a favor de los intereses de la mayoría  y desactivando los riesgos de confrontación, estéril en términos de mejora de la vida de las personas, que pueden alimentar los sentimientos de pertenencia identitaria si son los que dominan el debate público.

Al igual que el sindicalismo tiene que adaptarse a los cambios, así también el movimiento vecinal tiene que conquistar espacios de actuación en defensa de lo público y en temas muy diversos que garanticen el buen funcionamiento del sistema educativo en lo que afecta a las necesidades concretas de cada lugar, la atención sanitaria primaria que prevenga las carencias que afecten a la salud futura de la población, los mecanismos de seguridad ciudadana que contemplen tanto evitar la delincuencia como fomentar la convivencia en presente y futura, además de los temas urbanísticos y las demandas de equipamientos que fueron los ámbitos de actuación preferente en su momento.

A modo de conclusiones.

El aumento de las desigualdades y el de la incertidumbre ante el futuro vienen provocando sucesivos movimientos que cuestionan, o hacen ver que cuestionan, el status existente. En todo el mundo y en particular en España y en Catalunya, hemos vivido desde aquel momento sucesivos fenómenos políticos novedosos y que se han reivindicado, desde posiciones muy distintas, como rupturistas: el procés en Catalunya; el crecimiento fulgurante de Podemos y sus confluencias y ahora las extremas derechas vinculadas a un nacionalismo u otro. Todos ellos han ofrecido alternativas aparentemente simples para una problemática que es muy compleja.

El ciclo político que podía favorecer determinados postulados transformadores progresistas basados en propuestas simples parece agotado, ahora las supuestas soluciones fáciles que cobran fuerza son de carácter marcadamente regresivo. Desde posiciones progresistas debemos asumir la complejidad que nos lleva a formulaciones aparentemente contradictorias como la que da origen a esta reflexión, lo de que consumimos más y vivimos peor, para extraer conclusiones que nos lleven a planteamientos claros pero que eviten simplificaciones falsas, una guía para elaborar las propuestas concretas y poder explicarlas sabiendo que en más de una ocasión irán a contracorriente de un supuesto sentido común impuesto por los intereses dominantes, como nos ha sucedido en todos los ámbitos donde hemos tomado decisiones de gobierno, sean las campañas contra las superilles en Barcelona o los  augurios catastrofistas de lo que podría conllevar la reforma laboral o el incremento del salario mínimo.

Por lo que respecta a lo aquí analizado, la conclusión básica de que más consumo no significa mejor calidad de vida, tiene que servir para elaborar propuestas que den respuesta al malestar social y al mismo tiempo confronten con las no-soluciones fáciles del populismo de derechas. Enfrentarnos al supuesto sentido común que interesa a los poderes dominantes y a sus potentes medios para instalar sus ideas no es fácil, pero podemos ofrecer un horizonte hacia el que avanzar que es atractivo, con más igualdad y un proyecto comunitario que respete las individualidades al tiempo que evite los problemas derivados del individualismo garantizando un vida decente. En definitiva, medios para poder vivir y una filosofía de vida atractiva, una utopía hacia la que avanzar si se adoptan las decisiones correctas en la línea de hacer posible el consumo de aquello que realmente se quiere consumir, dar certidumbre con respecto al futuro tanto de las personas como de los territorios en los que desarrolla la vida social colectiva e impulsar fórmulas inclusivas de identificación comunitaria en base a la defensa de los derechos e intereses de la mayoría social.