En mayo de 2021 publiqué en este blog la entrada Algunas reflexiones inspiradas por el libro
de Joan Coscubiela La pandemia del capitalismo. Esta es un corta y pega con
retoques de aquella, en concreto de la parte final (y más larga) en la que
hablaba del proyecto utópico que en mi opinión es preciso construir. Lamentablemente,
el término utopía acostumbra a ser usado en tono peyorativo cuando cualquier
proyecto de sociedad a la que se aspire debe tener un modelo imaginado que
sirva de referencia, una especie de prototipo. La existencia de dicho modelo
tiene dos funciones para una propuesta política de transformación de la
sociedad.
Primero, servir para orientar las decisiones que se adopten
y que estas vayan en la línea de acercarse a dicho modelo, incluso para ser
conscientes de que se va en sentido contrario en determinado momento para
evitar un mal mayor, eludiendo considerar una victoria lo que es en realidad
una derrota, aunque sea menos negativa que otro posible resultado.
Segundo, dar la batalla por la hegemonía de las ideas. Ofrecer
una alternativa a la organización económica y social del presente es la única
forma de sumar apoyos conscientes y coherentes, el soporte a propuestas
puntuales no puede serlo a un proyecto global si este no existe, quizá esto
explica en parte que se vote a opciones políticas conservadoras pero
mayoritariamente nos consideremos de izquierdas, el uno por estar a favor del
aborto, el otro por estar de acuerdo con acoger refugiados, el de más allá porque
considera un problema grave el cambio climático, el de acullá por estar contra
una estructura del estado que considera heredada del centralismo franquista,
etcétera. Por contra, si ese proyecto global existe permite articular un
programa completo de propuestas y abrir el debate sobre la organización
económica y social en su globalidad. La consecuencia práctica de la disputa en
torno al modelo de sociedad es que mejoran las opciones de transformarla, si
hay un modelo que suscita apoyos la contraparte debe ceder para evitar el
riesgo de perderlo todo y acaba asumiendo como buenas medidas que objetivamente
le son perjudiciales. A modo de ejemplo, el socialismo que Marx y Engels
presentaron como meta de la lucha de la clase obrera por su emancipación alentó
la organización en partidos y sindicatos obreros que consiguieron introducir
mejoras en las condiciones de la clase a la que representaban, algo que se
aceleró tras la Revolución Rusa y la derrota de los fascismos porque las clases
propietarias asumieron como necesario redistribuir parte significativa de sus
ganancias. En la medida en que la URSS y sus satélites desvirtuaron el sentido
de la sociedad utópica a la que debían avanzar se produjo el rearme ideológico
del capitalismo que recuperó la hegemonía con el horizonte, también utópico, de
una sociedad donde la generación de riqueza no tendría límite y su
distribución, por desigualitaria que fuera, permitiría a todo el mundo vivir
mucho mejor que en cualquier otro momento, en ese contexto las clases trabajadoras
han ido aceptando como convenientes medidas que objetivamente les eran
perjudiciales, como reducir impuestos a las rentas más altas y equilibrar las
cuentas reduciendo el gasto social, es decir, revirtiendo lo que se había hecho
en las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Tener una utopía no garantiza nada, pero no tenerla impide
avanzar hacia ningún tipo de objetivo, conduce a dar bandazos y, finalmente,
salir derrotados, probablemente lo que le ha sucedido a la socialdemocracia
clásica asumiendo el oxímoron que implica el término social-liberal. Pero la
propuesta de sociedad a la que se pretende avanzar debe adaptarse a las
transformaciones sobrevenidas, la utopía de una sociedad sin clases tal y como
la imaginaron Marx y Engels debe inspirar la propuesta que se haga como alternativa
al modelo actual, pero no sirve tal y como fue planteada en la segunda mitad
del s. XIX, no sirve porque es fruto de un tiempo que no es el presente y no
contempla, por ejemplo, los límites del planeta frente al crecimiento. Ideas ya
hay, pero falta articularlas. En lo que sigue voy a intentar describir algunas
de las características de la utopía posible, sin olvidar que al final hay que
actuar en el mientras tanto, lo que Vázquez Montalbán describió con su agudeza
característica: No hay verdades únicas, ni luchas finales, pero aún es
posible orientarnos mediante las verdades disponibles contra las no verdades
evidentes y luchar contra ellas.
La economía capitalista tiene como fin conseguir la mayor
tasa de beneficio para el capital invertido, la utopía capitalista dice que la
mano invisible del mercado se encarga de hacer que lo producido cubra las
necesidades y se genere un crecimiento ilimitado, de esa forma, el interés
individual se transforma en bienestar colectivo. A pesar de las evidencias de
que las cosas no funcionan así en la práctica se sigue defendiendo básicamente
lo mismo dos siglos y medio después de publicarse La riqueza de las naciones, con
una panoplia impresionante de fórmulas matemáticas al servicio del
planteamiento. La utopía alternativa necesita otro paradigma: la finalidad de
la economía debe ser atender las necesidades de la población con una incidencia
medioambiental neutra, lo que implica garantizar la producción de bienes y
servicios que satisfagan, en primer lugar, las necesidades básicas de la
población mundial, con unos métodos y una organización de la producción que
supongan una huella ecológica asumible por el planeta y una distribución de la
riqueza producida que evite las desigualdades estructurales. Mantener la
concepción actual, pese a la demostrada capacidad de adaptación del
capitalismo, resulta de difícil encaje con preservar el planeta o puede
asomarnos, incluso, a distopías como el uso del big data por parte de un puñado
de personas.
La atención de las necesidades básicas es un objetivo
expansivo y planetario. Expansivo porque las necesidades básicas tenderán a ser
más amplias, del acceso al agua potable se pasará a la disponibilidad de agua
corriente y de ahí al agua caliente, de tener una alimentación suficiente a
disponer de alojamiento adecuado, atención sanitaria y educación y de ahí a
tener acceso a bienes culturales, practicar actividades físicas de ocio,
etcétera. Planetario porque la cobertura de las necesidades básicas será universal
por solidaridad y por interés mutuo, para evitar conflictos enquistados y
procesos migratorios masivos por razones económicas o políticas. El colapso de
la globalización es un escenario tan indeseable como que el proceso siga
desarrollándose como hasta ahora, lo que necesitamos es actualizar la idea del
internacionalismo.
La iniciativa privada no es incompatible con cubrir las
necesidades básicas, lo que sí es incompatible es la lógica capitalista de
obtener el máximo rendimiento posible para el capital invertido. Es
incompatible, por ejemplo, que haya habido carestías de productos de
alimentación básicos como los cereales porque se especulaba con esos productos
en los mercados de futuros, algo que puede pasar con la substancia básica para
la vida, el agua, que ya forma parte de esos productos con los que negocian los
mercados de futuros, algo que estamos sufriendo en el tema de la vivienda, una
necesidad esencial a la que cada vez es más difícil acceder en todas partes, no
sólo en España o Catalunya, al convertirse en objeto de inversión especulativa .
Así pues, garantizar el acceso universal a la cobertura de las necesidades
básicas estará garantizado por la producción pública de bienes o la prestación
pública de servicios, o por la regulación de la actividad privada en aquello
que afecte a dicha provisión de bienes y servicios. Regulación que será cada
vez mayor por el carácter expansivo que tendrán las necesidades básicas
conforme a lo dicho anteriormente.
Para que la huella ecológica sea neutra, todo proceso de
producción deberá tener una huella neutra, en los caso en los que la tecnología
no lo permita deberá haber compensación. Pero esta formulación es insuficiente,
tanto en el mientras tanto como en la utopía final deberá imponerse la idea de
austeridad planteada por Enrico Berlinguer en 1977: "Para
nosotros, por el contrario (en referencia a la idea de austeridad de las
fuerzas conservadoras), la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y
sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis
estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son
el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de
los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado.
Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir,
lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha
conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan". El
consumismo asociado al modelo capitalista actual no sólo es incompatible en
términos ecológicos (no descartemos que se adapte y con el reciclaje y el
reaprovechamiento le dé la vuelta a la situación) sino que también lo es
en cuanto a valores.
El individualismo es antinatural, la especie humana es un
animal social y no individualista, la necesidad de los trabajos de cuidados ha
quedado patente en la crisis pandémica pasada, aunque no debemos dejar caer en
saco roto el alto predicamento de las políticas basadas en no frenar la
economía que no tuvieron sólo un componente negacionista, también hubo otro,
menos aparatoso y llamativo aunque quizá más extendido y desde luego más
cínico, el de que no se podía sacrificar el supuesto bienestar de la mayoría
por alargar unos meses la vida de personas mayores que ya han cumplido su ciclo
vital, formulación fría que no pasó factura a Isabel Díaz Ayuso en Madrid
porque muchas personas han aceptado ese mensaje con un envoltorio de
resignación cristiana siempre que esos mayores no fueran uno de su círculo, me
atrevo a pensar que incluso en ese caso.
No todo el trabajo necesario para el funcionamiento de la
sociedad es asalariado, una parte de los trabajos de subsistencia no han sido
trabajo asalariado tradicionalmente y eso se mantiene todavía en la actualidad,
se ha cargado normalmente sobre las mujeres y se ha minusvalorado por no estar
en el mercado y no tener un precio. La inmensa mayoría del trabajo de limpieza
doméstica, abastecimiento y preparación de los alimentos en el núcleo familiar
y atención a personas dependientes por edad, enfermedad o discapacidad ha sido
tradicionalmente un trabajo invisibilizado, sólo ha estado sujeto a algún tipo
de retribución muy desregulada en el ámbito de los hogares más acomodados. Esos
mismos trabajos se van incorporando de forma acelerada con el incremento del
trabajo asalariado femenino en diferentes sectores, son muchos los casos de trabajos
de cuidados que salen de ámbito doméstico y son desempeñados de forma muy
mayoritaria por mujeres: la extensión de la sanidad pública y la mayor
complejidad de los tratamientos médicos trasladan el cuidado de los enfermos
del domicilio a los hospitales en un volumen creciente; las distancias y las
necesidades horarias hacen que se incremente los servicios de cátering, también
en los colegios con la incorporación creciente de mujeres al trabajo asalariado
en la industria y otros sectores de servicios, etcétera. Aunque con frecuencia
se nos muestra el acceso de la mujer al mercado laboral regulado(habría que
decir con más propiedad el incremento de su presencia, porque siempre ha habido
mujeres asalariadas) asociado al problema de los techos de cristal para
equiparse a los hombres, la realidad es que hay un problema mucho más
extendido, como es el de que una gran parte de las mujeres asalariadas están en
sectores muy poco reconocidos, en gran medida porque vienen lastrados por esa
percepción de trabajo poco valioso porque no se valoraban al estar fuera del
mercado, era algo que no tenía precio y a lo que, en consecuencia, se le
restaba valor. Esa disfunción entre valor y precio del trabajo no tendrá
sentido en la utopía que debemos construir y debe abordarse no ya en el
mientras tanto, sino de forma urgente, nadie puede defender ni medio minuto que
no sean trabajos que requieren mucha responsabilidad y que son además
físicamente agotadores, así como tampoco se puede cuestionar su valor social.
Aunque el trabajo esté lejos de desaparecer, como se
preconiza en ocasiones, sí es cierto que la técnica está en condiciones de
garantizar los procesos productivos con una participación decreciente del
trabajo humano directo, en todos los sectores de actividad y no sólo en el
trabajo manual. Ese incremento de la productividad será, en la utopía que se
quiere construir, patrimonio del conjunto de la humanidad y no de unas pocas
personas que se apropien del conocimiento acumulado por el conjunto de la sociedad
a lo largo de la historia, nadie descubre nada si no es a partir del
conocimiento previo acumulado y de la formación recibida sobre el mismo. La
propiedad colectiva del conocimiento acumulado permitirá una mayor
disponibilidad de tiempo de ocio voluntario, frente a ello, la apropiación del
conocimiento acumulado por la humanidad en manos de un porcentaje mínimo de
personas nos conduce a la distopía del control total de la sociedad por parte
de una ínfima minoría.
El mayor tiempo de ocio es una de las muchas razones para
que la educación sea esencial tanto en la utopía del proyecto final como en el
mientras tanto que nos acerque a él porque el ocio es mucho más importante de
lo que nos parece, baste pensar que han sido personas "ociosas" las
que han generado y transmitido buena parte del saber históricamente. Otras
razones que hacen de la educación un elemento fundamental son sus funciones
para equiparar, aunque no igualar del todo, las oportunidades individuales, el
interiorizar valores colectivos y, al mismo tiempo, tener una mentalidad
crítica y, en definitiva, el posibilitar hacer plenamente libre al conjunto de
la ciudadanía, como sujetos individuales y colectivos. Desde esa trascendencia
se entiende la importancia de los debates que se viven en el presente, y se han
vivido en el pasado, en torno a la educación, ya ahora es imprescindible una
educación que contribuya a hacer de ascensor social y facilite la integración
de los colectivos con mayor riesgo de marginalidad. Junto a ello es necesario
un debate que se evita, el mantra de formar para dotar de empleabilidad puede
esconder una nueva forma de discriminación desde la primera formación entre los
destinados a hacer de operarios y los elegidos para mandar: sin despreciar los
contenidos tecnológicos y el conocimiento científico la educación debe tener un
fuerte contenido humanístico, no sirve saber qué podemos hacer y cómo hacerlo
sin entender por qué y para qué lo hacemos.
El trabajo ya está adoptando desde hace tiempo formas de
organización muy diversas y las tendrá en el futuro, pero habrá que dotar de
medios a las personas asalariadas (o dependientes de otro en el ejercicio de su
actividad, cualquiera que sea la forma) para cambiar la lógica actual que,
debajo de toda la palabrería con la que se pretende ocultarlo, sólo busca
reducir el coste de la mano de obra. El trabajo tendrá derechos reconocidos y
mecanismos eficaces para que se respeten. Ya de paso y aunque el tema no es
propiamente el del mundo del trabajo, sino el de los mecanismos de reparto de
los beneficios, es imprescindible poner ya límites a las retribuciones de los
altos ejecutivos, no las llamemos salario porque son otra cosa muy distinta
La existencia de propiedad privada estará supeditada, además
de a los límites que se establezcan para garantizar las necesidades básicas de
las que se habló más arriba, al mandato social de limitar las desigualdades y
no perpetuarlas, para lo cual el sistema fiscal es el instrumento fundamental.
En la utopía que se plantea el impuesto de sucesiones tendrá un carácter casi
confiscatorio a partir de un mínimo exento para las herencias más habituales,
eventuales propiedades muebles e inmuebles que no superen un determinado valor,
a partir de ese mínimo el gravamen será progresivo y muy acelerado, de manera
que los descendientes de las personas con menos recursos no queden en
desventaja abrumadora al abordar su proyecto vital. La descendencia de los
sectores más acomodados seguirá gozando de una situación de partida mejor, por
posibilidades de formación, contactos ya establecidos y conocimiento empírico
para la iniciativa privada, lo que no es admisible si se apuesta por la
igualdad de oportunidades es que además parta con unas posibilidades económicas
desproporcionadamente más favorables.
El resto del sistema impositivo descansará sobre un impuesto
de la renta altamente progresivo y la desaparición casi total de los impuestos
indirectos, que sólo gravarán para desincentivar comportamientos o consumos
concretos. Así, el IVA o cualquier impuesto similar no existirá y su
recaudación será sustituida por impuestos finalistas en actividades donde la
huella ecológica no pueda ser neutra u otros en esa línea y, sobre todo, por el
incremento de la progresividad en los impuestos directos. El impuesto sobre el
patrimonio puede tener un función importante en el mientras tanto, pero no gran
trascendencia en la utopía que se plantea porque su función redistributiva
estará cubierta por los impuestos directos y el de sucesiones. El análisis de
Piketty en Capital e ideología sobre la evolución de las
cargas fiscales deja claro que una alta presión fiscal muy progresiva ha sido
posible, compatible con la iniciativa privada y con un fuerte crecimiento
económico
Todo lo expuesto es inviable sin unas instituciones de
gobierno mundial que no se parecerán a lo que actualmente entendemos por
gobierno. Eso es especialmente trascendente en materia fiscal porque los
mecanismos de elusión son los que se utilizan para evitar el pago de impuestos
por parte de las grandes corporaciones y fortunas. La progresiva desaparición
del dinero físico ayudará a evitar el fraude fiscal más evidente, pero otras
formas de transacciones ya están haciendo acto de presencia como las criptomonedas
y evitar el fraude y la elusión fiscal son determinantes para que la población
se comprometa y eso supera la capacidad de los estados tal y como hoy los
conocemos. No es el único tema que precisa de gobernanza global, determinadas
políticas contra delitos a gran escala, mecanismos de intervención en
resolución de conflictos (no en defensa de intereses particulares en los
conflictos), desarrollo de acuerdos de respeto al medio ambiente con
compensaciones a los territorios que renuncian a lo que hoy llamaríamos lucro
cesante, normativas laborales mínimas que dignifiquen el trabajo, acaben con
situaciones que aún hoy son de esclavitud y con el trabajo infantil... toda una
serie de temáticas van a requerir en el mientras tanto de mecanismos
supranacionales que acaben en unas estructuras de decisión política muy
distintas a los estados-nación sobre las que es difícil hacer previsiones. Aquí
no se va a formular el modelo de equilibrio de poderes y competencias utópico,
más allá de que la democracia directa sobre amplias materias se combinará con
delegaciones de competencias en otras muy diversas a organismos que deberán
tener base democrática y rendir cuentas.
En definitiva y para ir concluyendo, necesitamos una utopía
que se alimente de valores totalmente distintos a los de las sociedades que
Piketty llama propietaristas (sigue siendo más preciso el término capitalista)
y que también tienen su utopía, la que nos venden cada día mensaje a mensaje y
se da de bruces con la realidad: frente al individualismo y la insolidaridad,
cooperación; frente a medirlo todo a partir del crecimiento económico en
términos de PIB o conceptos similares, tomar como referencia otros como el
Índice de Desarrollo Humano; frente a vaciar de contenido términos como el de
libertad, algo tan en boga en las últimos tiempos, garantizar la verdadera
libertad que supone poder plantearse un proyecto vital sin que falten los
medidos básicos para la subsistencia; frente a la promoción de lo chabacano y
superficial, educación que convierta a las personas en sujetos con pensamiento
crítico; frente a la depredación del planeta, eficiencia en el uso de los
recursos... Hace tiempo que quienes aspiramos a transformar la sociedad estamos
huérfanos de un horizonte a conquistar, lo que nos limita a luchar contra las
mentiras evidentes, como en la cita que al principio se ponía de Manuel Vázquez
Montalbán, pero es una lucha en la que sólo podemos retrasar la derrota si no
ilusionamos a cada vez más gente con la perspectiva de una sociedad mejor y más
justa a la que es posible aspirar. Va siendo hora de hacer el debate sobre
la utopía que queremos
