Si el título se planteara como una pregunta de encuesta la respuesta mayoritaria sería seguramente que sí. Si se toma como una afirmación nos encontramos con algo parecido a una antinomia kantiana, es decir, el uso de la razón nos lleva a dos conclusiones contradictorias. Tenemos tesis y antítesis y faltaría buscar la síntesis que nos explique el malestar creciente en nuestra sociedad.
Tesis, consumimos más que nunca.
Si miramos al pasado sin las lentes de la nostalgia sólo hay
un breve periodo (justo antes de la gran crisis de 2008) en el que encontremos
un entusiasmo consumista similar al actual, con la salvedad de que entonces se
basaba en gran medida en un endeudamiento desbocado. Los que ya tenemos unos
años y nacimos en los 60 podemos recordar una infancia incluso feliz, pero no
un entrecot en la cena, ni siquiera en navidad. En la década a caballo de los
70 y los 80 lo que se impuso fue una crisis de calado y los gastos
extraordinarios sólo los tenían los que acabaron enganchados en la heroína y no
por propia voluntad, la juventud de entonces no se planteaba que pudieran vivir
peor que las generaciones anteriores porque tenían el recuerdo familiar de los
relatos de una vida de miserias difícilmente igualables, no porque las
perspectivas fueran halagüeñas, precisamente. Desde mediados de los 80 la cosa
fue mejorando (con algún sobresalto importante como la breve pero muy
pronunciada crisis que siguió a los fastos del 92) pero a costa del avance
imparable de la precariedad que acabó imponiéndose como la forma normal de las
relaciones laborales, al tiempo que el trabajo estable y con derechos se
consideraba una antigualla a extinguir en aras de la modernidad económica. El
único espejismo que podría confundirnos con respecto al dato de mayor consumo
actual de bienes y servicios de nuestra historia es el ya referido de la década
que va de finales de los 90 a la gran crisis de 2008, una abundancia aparente
que resultó ser un gigante con pies de barro.
No hablo de jóvenes porque no es un conflicto generacional
como pretenden hacernos creer, la juventud tienen en la actualidad un gasto
superior al que tuvo la juventud de generaciones anteriores, pero también las
generaciones más veteranas consumimos mucho más que nunca. Nunca se había
viajado tanto (aunque por supuesto hay muchos casos de economías que no se lo
pueden permitir) ni se había asistido a tanto conciertos en directo, nunca se
había consumido tanta música y producción audiovisual, aunque en formatos
distintos a los del pasado, nunca se había comprado ropa para usarla una o
dos veces y arrinconarla porque ya está
demasiado vista.
Lo vemos y nos lo dicen los datos de todo tipo: ocupación
hotelera, viajes al extranjero, ventas de los distintos tipos de
establecimientos de ocio y restauración, volumen de actividad de las
multinacionales de la moda o de los portales de compra on-line… A los efectos
de lo que aquí me ocupa no importan otros debates importantes que esos datos
llevan aparejados: sobre las bondades o maldades del sistema que permite una
democratización del consumo por el abaratamiento e incremento de la producción;
sobre los límites del planeta para resistir ese consumo; sobre la
explotación laboral en que se sustenta;
sobre el expolio de materia primas y la forma en que se obtienen, etcétera. En
lo que afecta a la reflexión que aquí quiero trasladar lo que se constata es
que en la sociedad española actual se consume más de lo que nunca se ha
consumido.
Primera conclusión: frente a los que nos quieren convencer
de que en el pasado se vivía mejor y de que a lo que debemos aspirar es a
recuperar un supuesto paraíso perdido donde todo era color de rosa adoptemos
todas las precauciones del mundo. Cualquier tiempo pasado fue anterior, lo de
mejor ya es otra cosa, no vayamos a ser como los románticos del s. XIX que
idealizaban una Edad Media de pureza perdida.
Antítesis, vivimos peor que antes.
La concentración de riqueza en pocas manos es la mayor de la
historia de la humanidad, en parte porque la evolución del modelo capitalista
(economía de mercado como lo llaman ahora) tiende a eso y en parte porque desde
la política no se está corrigiendo esa tendencia natural del sistema con una
política impositiva que redistribuya una parte substancial de sus ganancias
entre todos, como sí se hizo hasta la década de los 70 en los países
occidentales. Como consecuencia de la hegemonía de las doctrinas económicas
neoliberales se produjo una crisis planetaria de gran envergadura que provocó
que aflorarán consecuencias sociales que habían estado ocultas por una
sensación ficticia de abundancia que descansaba en el endeudamiento de los
particulares y en el crecimiento de burbujas que acabaron estallando, la financiera a escala mundial a la que se sumó
la inmobiliaria en el caso español.
Conviene recordarlo porque, aunque parezca algo lejano ya para algunos, ahí
está la raíz del fundado malestar que el fantasma de la reacción que hoy
recorre el otrora orgulloso occidente pretende ocultar, desviando la atención
hacia aspectos secundarios o a consecuencias de ese problema primario.
Confluyen en la sociedad actual indignaciones múltiples con detonantes
diversos y una tendencia a segmentar por grupos que después se confrontan más por
vínculos accidentales que por diferencias de intereses socioeconómicos: entre
generaciones; entre los de aquí y los de
fuera; entre identidades sexuales y de género; entre autónomos proletarizados y
asalariados; entre asalariados precarios y los que tienen estabilidad laboral, etcétera.
Lo cierto es que la hegemonía del dogma neoliberal ha
supuesto un desplazamiento progresivo del capital industrial al financiero como
rey del sistema, con una paralela globalización sin reglas que ha generado un
reguero de perdedores objetivos.
Eso afecta a territorios enteros que vivían en una
prosperidad asentada en una actividad industrial que en poco tiempo ha
desaparecido y que son terreno abonado para el crecimiento de la extrema
derecha en zonas importantes de Francia o de los USA, o como está empezando a
pasar en Alemania. También afecta a colectivos que se vieron expulsados del mercado
laboral como consecuencia de la crisis del ladrillo en España y que o bien por
edad se quedaron como desempleados crónicos, o bien si han vuelto a trabajar en
lo mismo o en otros sectores han visto por lo general empeorar sus condiciones
laborales.
Son amplias las capas de población que interiorizaron ser
clase media acomodada, o al menos con aspiraciones, y que ahora ven el futuro
con incertidumbre o, en el peor de los casos, con la certeza de que las cosas
no irán a mejor.
Por lo que respecta a los sectores más jóvenes de la
población es falso, como en los demás grupos de edad, que haya una situación
homogénea, pero es un fenómeno generalizado el desasosiego con un presente
inestable y unas predicciones de futuro que tienen más de agoreras que de halagüeñas,
incluso aunque con una varita mágica se solventara de repente el grave problema
del acceso a la vivienda que existe en nuestro país se mantendría el problema
de fondo, como pone de manifiesto que el malestar juvenil se dé en países donde
la vivienda no constituye un quebradero de cabeza tan grave como aquí. Hay que
añadir la nada inocente campaña puesta en marcha para atizar la confrontación
generacional que pretende que los problemas de la juventud son culpa del supuestamente
inasumible nivel de vida de la generaciones que les precedieron y, por supuesto,
la intemporal crítica de los ya talluditos porque ”lo tienen todo hecho y son
unos blandos” o “tendrían que haber pasado las penurias que pasamos nosotros”
para que a unas dificultades reales se añada una percepción que agudiza el descontento
enfocándolo en dirección errónea.
Añádase a lo anterior el ingrediente de los estados de ánimo
colectivos que incluyen factores muy dispares. La experiencia del trabajo se
vive de una manera mucho más incierta que en el pasado, ya en 1998 Richard
Sennett describía en La corrosión del carácter diferentes formas de
malestar y desapego que generaban las nuevas formas de trabajar que llevaban años
imponiéndose y que en el cuarto de siglo que ha pasado desde la publicación de
ese ensayo han ido a más. Las rutinas del trabajo en la cadena de producción
fordista no eran una maravilla pero generaban seguridades y había habido un
proceso de adaptación colectivo que las hacía menos insoportables que en la
película Tiempos modernos de Chaplin. Las inseguridades, la competencia
entre el propio personal empleado, el desapego al producto del trabajo
realizado o la precarización extrema explican fenómenos que no son generales
pero sí significativos, como la llamada gran dimisión (el abandono de sus
trabajos de muchas personas del que nos hablaron lo medios de comunicación hace
unos meses). Se evidencia un malestar creciente en un mundo del trabajo en el
que cada mutación organizativa busca debilitar los mecanismos de defensa
colectiva de los intereses de las personas trabajadoras, sin que sea fácil
buscar una respuesta rápida y eficaz desde el sindicalismo a esas formas de
organización del trabajo en constante transformación.
No es lo único que afecta a los estados de ánimo colectivos,
creo que existe un cierto síndrome milenarista, bastante extendido, ante los
anuncios de un mundo poco menos que apocalíptico en el que los anuncios de que
vamos a tener que vivir peor se suceden día tras día, faltaba la guinda una
pandemia mundial para que se exacerbara un negacionismo que viene a decir que
me dejen en paz, que ya que todo se va a ir al garete al menos que nos dejen
corrernos la última juerga, vivir una especie de carnaval sin fecha cierta de
final antes de la cuaresma definitiva.
La reflexión racional y los datos nos confirman, por tanto, lo
de que vivimos peor que nunca con fundamentos materiales y de percepción
colectiva de la realidad apuntalando lo que sería la antítesis al consumimos
más que nunca (tesis) que debería ser el summum en una sociedad empeñada en
decirnos que tanto consumes, tanto vales.
Síntesis, crece el malestar.
La versión del capitalismo que se ha ido imponiendo desde
finales de los años 70, incluso después de la crisis que esa misma versión del capitalismo provocó en
2008, no sirve para muchas personas ni para la sociedad en su conjunto. Que el
diagnóstico sea claro no quiere decir que las soluciones puedan ser simples ni
fáciles en sociedades que son muy complejas y para problemáticas que no son
uniformes.
Parte del descontento por aglomeración de descontentos
diversos es del colectivo que no puede cubrir sus necesidades básicas, el que
se pregunta dónde se quedó la parte del pastel que por estadística debía
corresponderles. Decir que consumen más que antes suena a sarcasmo y quedan
fuera de la formulación inicial porque no se da la primera parte de la misma.
No obstante están ahí y no es aceptable el planteamiento meritocrático en su
aspecto negativo (lo de que tienen lo que se merecen que se ha dicho toda la
vida) ni la no-solución que con crudeza planteó no hace mucho Milei, aquello de
que ya se buscarán la vida antes de morirse de hambre. Puede que en conjunto
consumamos más, pero una de las características del modelo es una distribución de
la riqueza generada más desigual que hace que, por ejemplo, sea cada vez mayor
el número de personas que trabajan y no cubren mínimos.
Si se hace un esfuerzo para entender la situación más
generalizada el malestar se origina no porque se tenga un menor acceso a bienes
de consumo que en tiempo pretéritos, sino en la ruptura del contrato no escrito
que contemplaba cubrir unas determinadas expectativas a quien cumpliera con una
serie de compromisos mínimos. De forma generalizada los jubilados actuales pueden
permitirse un consumo de bienes y servicios muchos mayor que los jubilados de
la primera mitad de los 80, algo similar sucede en todas las franjas de edad
actuales y las de entonces, lo mismo se puede decir si la comparación se hace
entre personas dedicadas a diferentes actividades en lugar de por franjas de
edad, en España el pequeño propietario rural o el empleado de hostelería, por
citar dos actividades que siempre están entre los ejemplos del malestar
creciente, pueden permitirse muchas más cosas hoy que al inicio del periodo de hegemonía neoliberal en los
primeros 80. El malestar se extiende a pesar ello, apunto tres razones de fondo
aunque a buen seguro existen más
Primera. Necesariamente, si se cumple lo de consumir más y
vivir peor, una parte del consumo que se realiza es superfluo y un volumen
considerable inducido más que realmente deseado, dicho de otra forma, no
satisface ninguna necesidad y no genera más que una efímera satisfacción que no
deja poso alguno. Aquello de comprar algo que tiempo después te das cuenta de
que no te ha servido para nada elevado, o casi, a la enésima potencia. Dejando
de lado los debates sobre los límites del crecimiento es pertinente otro sobre la
capacidad de condicionar las voluntades que opera en un mundo de libertad sólo
aparente. Si la práctica de poner fotogramas aislados de un refresco en el pase
de las películas se prohibió, con buen criterio, porque suponían un estímulo
tramposo al consumo, podemos preguntarnos cuantas prácticas actuales deberían por
lo menos limitarse por hacer lo mismo a una escala mucho mayor.
Segunda. La incertidumbre y el miedo al cambio se ha
apoderado de la vida de mucha personas que en buena lógica se sienten más
vulnerables y perciben que se vive peor, segunda parte de la formulación inicial.
Parte de esa incertidumbre es provocada de forma deliberada por los poderes
económicos, como los anuncios reiterados de que en el futuro las pensiones
públicas serán insostenibles, algo que vienen repitiendo desde hace 40 años y
que justo ahora que tiene menos fundamento la premonición consigue calar más
entre las generaciones que menos debieran temer esa supuesta hecatombe del
sistema público de pensiones: con la pirámide demográfica española las
generaciones posteriores al baby boom, los que accedan a la jubilación dentro
de 30 años, tendrán una situación objetiva más fácil para cubrir las pensiones
que hayan generado, básicamente porque se reducirá el número de los que
accederán a su cobro. Pero la desconfianza hacia lo que depare el futuro tiene
fundamentos mucho más reales, estamos inmersos aún en la crisis que se estalló en
2008, la globalización sin reglas ha provocado deslocalizaciones industriales
que no van a acabar (como apunta ya todo el tema del coche eléctrico en un
asunto que está afectando a la hasta ahora imperturbable Alemania) la crisis
climática y los límites del planeta en general van a provocar cambios que
siempre generan inquietud y, de forma más general, los cambios productivos y los
de otra índole que llevan aparejados se producen a una velocidad muy superior a
la que estábamos acostumbrados en décadas anteriores en las que, no obstante,
ya vivíamos en un mundo que mutaba mucho más rápido que antes. El miedo al
cambio es aprovechado por la extrema derecha para generar odio y apoyos al
mismo tiempo, ofreciendo como programa la mentira del imposible regreso al
paraíso perdido que nunca existió, como dije al principio. Desde posiciones
progresistas no podemos competir en la simplicidad del mensaje, a cambio
podemos dar alternativas realistas, que no fáciles, a los perjuicios que
amenazan a las personas comunes y corrientes.
Cada incertidumbre tiene una base diferente y deberemos
afrontarla de forma también diferente, pero afrontarla, no hacer como si no
existiera. Negando la mentira en el caso de las que, como el miedo a que no
puedan cobrar pensiones quienes se jubilen a partir de 2050, surgen del interés
por generar ese marco mental y siendo conscientes del poder de los poderes
económicos interesados en generarlos, nada nuevo bajo el sol salvo quizá la intensidad de la campaña. Siendo conscientes, también, de los perjuicios que
llevan aparejados los procesos de cambio que se han vivido y se van a vivir
para gobernarlos y paliar los efectos
negativos sobre las personas y sobre los territorios, justo lo que no se ha
hecho con las deslocalizaciones provocadas por la globalización sin reglas. Las
medidas para combatir el cambio climático son necesarias, lo que no está
escrito es que tengan que ser negativas para el nivel de vida de la gente,
medidas como la descarbonización de las actividades humanas son inaplazables,
pero hay que analizar sus posibles consecuencias para compensar a quienes
pueden perder su empleo actual para que no vean empeorar sus vidas, también
para los territorios que dejen de contar con una actividad que puede ser en
ocasiones de monocultivo económico, incluyendo a las que ya han pasado por
procesos similares. Así, por ejemplo, aunque las personas que vivían de la
actividad minera en las cuencas carboníferas tengan su futuro resuelto hay que
generar actividad que evite que esos territorios vayan languideciendo, no puede
verse reducida la actividad económica al consumo que generen las rentas de los
ya inactivos y a un par de iniciativas de turismo rural. De igual forma, se le
puede pedir al mundo rural que oriente su actividad hacia objetivos diferentes o
con procedimientos distintos siempre y cuando no se les pida un sacrifico en condiciones de vida y se
les compense la posible menor rentabilidad o se les posibilite mecanismos de
comercialización que mejoren sus márgenes.
Lo que no es de recibo es dejar
degradarse territorios enteros que estaban poblados de gente consciente de la
importancia de la actividad que allí de desarrollaba encogiéndose de hombros y
diciendo aquello de que es el mercado, amigo. De forma más general, acompañando
a las personas y garantizándoles un futuro digno ante los efectos de las
transformaciones que se den
Nada está escrito y el mundo será el que construyamos, lo
que es seguro es que será diferente, un ejemplo son los movimientos migratorios
que es uno de los miedos que más explota el populismo de derechas. En España
hemos pasado de exportar mano de obra en los 60, a vivir la repatriación de
parte de esa inmigración entre finales de los 70 y los primeros 80 y a ser
receptores de mano de obra inmigrante en las últimas décadas. Los orígenes de
nuestra población son cada vez más diversos, la selección española ganadora del
mundial en 2010, con jugadores nacidos en torno al año 1980, no tenía ningún
hijo de inmigrante, en la reciente
Eurocopa los dos jugadores más desequilibrantes del equipo eran
españoles nacidos en el siglo XXI de padres inmigrantes y etnia no caucásica,
en nuestro atletismo pasa algo parecido si comparamos lo actual con los medio
fondistas y maratonianos de los años 80
y 90. Que eso no tenga vuelta atrás no significa que no genere tensiones
y que no haya que intervenir para hacer posible una buena convivencia: en las
zonas donde se concentra esa población migrante y para que no se concentre sólo
en determinados barrios; en los sectores en los que trabajan mayoritariamente y
para que puedan acceder a otro tipo de empleos; en la asunción por parte de
toda la población de valores laicos y democráticos comunes y al margen de las
creencias de cada cual. Políticas de acogida, políticas de regulación de flujos,
también políticas de seguridad ciudadana que hay que abordar para que origen, pobreza
y exclusión no se conviertan en un cóctel de difícil digestión.
Tercera. Como especie somos animales sociales y como tales
hemos llegado al desarrollo social actual, con sus muchísimos pros y sus importantes
contras. El ser humano busca, porque los necesita, vínculos colectivos, por
mucho que se fomente el individualismo extremo y que se pretenda hacer creer
que consumir cuanto más mejor es el camino a la plena felicidad. El proyecto
personal completo necesita referentes colectivos que pueden establecerse en base
a intereses objetivos comunes o en clave identitaria, en ambos caso esa
identificación grupal puede conllevar confrontación con los opuestos, sean
estos supuestos u objetivos.
Si bien las referencias identitarias no tienen por qué ser
negativas (pertenecer a una entidad deportiva o cultural, profesar una creencia
religiosa, tener una convicción nacionalista determinada, etcétera) con
facilidad se da el fenómeno de reforzar la propia convicción identitaria a
través de la confrontación con la o las que se identifican como sus enfrentadas,
en especial en momentos históricos de crisis económicas y sociales que, como
sucede en la actualidad, generan descontento e incertidumbre. Es el caldo de
cultivo de los populismos de extrema derecha que a su vez, y sabedores de este
hecho, impulsan esos sentimientos identitarios excluyentes generando un efecto
de retroalimentación.
En paralelo, se ponen todas las trabas posibles al crecimiento
de vínculos colectivos basados en intereses comunes, los que podría dar pie a
sentimientos de pertenencia colectiva inclusivas: Hablo básicamente de
relaciones laborales, por un lado, y de bienes colectivos.
En todo lo que afecta al contrato colectivo de trabajo, es
decir, a la defensa de intereses comunes frente a los poderes económicos por
parte de los que viven de su trabajo, sea asalariado o haya adoptado la forma
de trabajo autónomo pero en realidad siga dependiendo de un empleador (como los
riders como ejemplo más claro) Las mutaciones en la organización del trabajo
(ayudadas por unos cambios tecnológicos que a su vez se impulsan en gran medida
para poder organizar el trabajo de forma más desregulada) tienden a segmentar,
atomizar e individualizar con ello las relaciones laborales. Es obvio que las
organizaciones sindicales son conscientes de los problemas que les genera la
organización de las personas con centros de trabajo dispersos (incluso sin
centro de trabajo propiamente dicho) y con condiciones laborales precarias, tan
obvio como que encontrar vías para hacer frente a esa realidad no es sencillo. Hay
que ser conscientes de que la lucha
contra la precariedad laboral y la individualización de las relaciones laborales
tiene mucho más alcance que la mejora de condiciones de trabajo de las personas
con más dificultades para negociarlas, supone favorecer el sentimiento de
pertenencia colectiva en tanto que personas trabajadoras, con intereses que son
comunes a los de otras personas que también lo son aunque sus condiciones sean
diferentes. En definitiva, potenciar el sujeto colectivo unido por vínculos de
solidaridad de clase para hacer frente a los intereses de los poderes
económicos, mucho más cómodos cuando las quejas generadas por el malestar no
apuntan a sus intereses y privilegios, sino a choques entre facciones de las
que para ellos son todas clases subalternas. Por supuesto que es más fácil
decir que hacer, pero a veces parece que el espacio progresista olvida el
conflicto esencial del que parten todos los conflictos.
Por lo que respecta a los bienes colectivos de lo que hablo
es de todo lo que es de uso común y no privativo, desde el espacio público y
sus usos a los servicios públicos de todo tipo y, por supuesto, los cuatro
pilares que aún constituyen el estado del bienestar que quieren
desmantelar: sanidad; educación; pensiones y cuidados de las personas. La
defensa de lo público frente al dogma (falso, hemos de insistir) de que lo privado funciona mejor y la insistencia en que el mantenimiento de lo que es
de todos es mucho más valioso que los supuestos beneficios individuales que se
pudieran obtener dejándolo desaparecer son un gran caballo de batalla, una
lucha por la defensa de las condiciones de vida de la gente, pero además son un
instrumento frente a la insatisfacción y las inseguridades que el sistema
genera en estos momentos de crisis. Junto a la centralidad del mundo de los
trabajos, en su diversidad, lo público y su defensa constituye el instrumento
más poderosos para que haya una identificación colectiva en positivo, a favor
de los intereses de la mayoría y desactivando
los riesgos de confrontación, estéril en términos de mejora de la vida de las
personas, que pueden alimentar los sentimientos de pertenencia identitaria si
son los que dominan el debate público.
Al igual que el sindicalismo tiene que adaptarse a los
cambios, así también el movimiento vecinal tiene que conquistar espacios de
actuación en defensa de lo público y en temas muy diversos que garanticen el buen funcionamiento del sistema educativo en lo que afecta a las necesidades
concretas de cada lugar, la atención sanitaria primaria que prevenga las carencias
que afecten a la salud futura de la población, los mecanismos de seguridad
ciudadana que contemplen tanto evitar la delincuencia como fomentar la
convivencia en presente y futura, además de los temas urbanísticos y las demandas de
equipamientos que fueron los ámbitos de actuación preferente en su momento.
A modo de conclusiones.
El aumento de las desigualdades y el de la incertidumbre
ante el futuro vienen provocando sucesivos movimientos
que cuestionan, o hacen ver que cuestionan, el status existente. En todo el
mundo y en particular en España y en Catalunya, hemos vivido desde aquel
momento sucesivos fenómenos políticos novedosos y que se han reivindicado,
desde posiciones muy distintas, como rupturistas: el procés en Catalunya; el crecimiento
fulgurante de Podemos y sus confluencias y ahora las extremas derechas vinculadas
a un nacionalismo u otro. Todos ellos han ofrecido alternativas aparentemente
simples para una problemática que es muy compleja.
El ciclo político que podía favorecer determinados
postulados transformadores progresistas basados en propuestas simples parece
agotado, ahora las supuestas soluciones fáciles que cobran fuerza son de carácter marcadamente regresivo. Desde
posiciones progresistas debemos asumir la complejidad que nos lleva a
formulaciones aparentemente contradictorias como la que da origen a esta
reflexión, lo de que consumimos más y vivimos peor, para extraer conclusiones
que nos lleven a planteamientos claros pero que eviten simplificaciones falsas,
una guía para elaborar las propuestas concretas y poder explicarlas sabiendo
que en más de una ocasión irán a contracorriente de un supuesto sentido común
impuesto por los intereses dominantes, como nos ha sucedido en todos los
ámbitos donde hemos tomado decisiones de gobierno, sean las campañas contra las
superilles en Barcelona o los augurios
catastrofistas de lo que podría conllevar la reforma laboral o el incremento
del salario mínimo.
Por lo que respecta a lo aquí analizado, la conclusión
básica de que más consumo no significa mejor calidad de vida, tiene que servir
para elaborar propuestas que den respuesta al malestar social y al mismo tiempo
confronten con las no-soluciones fáciles del populismo de derechas. Enfrentarnos
al supuesto sentido común que interesa a los poderes dominantes y a sus potentes
medios para instalar sus ideas no es fácil, pero podemos ofrecer un horizonte
hacia el que avanzar que es atractivo, con más igualdad y un proyecto comunitario
que respete las individualidades al tiempo que evite los problemas derivados del individualismo
garantizando un vida decente. En definitiva, medios para poder vivir y una
filosofía de vida atractiva, una utopía hacia la que avanzar si se adoptan las
decisiones correctas en la línea de hacer posible el consumo de aquello que
realmente se quiere consumir, dar certidumbre con respecto al futuro tanto de las
personas como de los territorios en los que desarrolla la vida social colectiva
e impulsar fórmulas inclusivas de identificación comunitaria en base a la
defensa de los derechos e intereses de la mayoría social.

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