diumenge, 18 d’octubre del 2020

EN FEBRERO ELEGIREMOS UN PARLAMENT

Quizá el título peque de optimista dando por hecho que habrá elecciones en febrero dados los tiempos que corren, entre la pandemia y la capacidad de sorprender de mundo procesista es un riesgo afirmar de forma categórica nada sobre el futuro inmediato en Catalunya.

Con esa prevención señalada de lo que cabe hablar es del complemento directo de la oración, algo tan obvio como que en las elecciones al Parlament de Catalunya se elige la composición de dicho Parlament vuelve a sumergirse en la nebulosa de los ensueños mentirosos. Se intenta rescatar, usando otros términos, la idea de las elecciones plebiscitarias de 2015, aquellas que desde una lectura plebiscitaria perdió el procesismo (obtuvo menos del 50% de los votos) y sirvieron, en cambio, para llevar la nave no a las plácidas aguas de Ítaca sino al proceloso mar del otoño de 2017.

Todo parte de la rama del linaje Convergent que cuenta con el principal activo de la herencia pujolista, el nuevo líder mesiánico. Puigdemont es el sustituto del padre fundador al que se intenta matar sólo temporalmente, para volver a subirlo a un pedestal con el perdón que siempre se concede a los cadáveres cuando se produzca hecho biológico. El hiperliderazgo personal era la seña de identidad convergente y lo es de JuntsxCat, o como acabe llamándose la organización que resulte al final. Para propagar sus estrategias siempre han tenido habilidad y medios a su alcance, lo primero sirve de poco sin lo segundo y viceversa. Ahora la consigna es que el independentismo sume más del 50% de los votos (usan el término independentismo cuando hablan del procesismo aunque sepan mejor que nadie que no es la misma cosa) y el objetivo es el mismo que el de que volvería el presidente legítimo a Catalunya si ganaba las elecciones, no cumplir ningún compromiso, tan sólo llevar a ERC al territorio del procesismo donde Puigdemont tiene bazas para ganar en la pugna insomne por liderar el nacionalismo catalán esencialista.

ERC ha aceptado el juego desde el momento en que ha entrado en el debate sobre si eso debería pasar de forma continuada. Han medido sin duda costes y beneficios al hacerlo en lugar de responder con un programa de gobierno con propuestas para hacer frente a la situación que nos va a dejar la crisis del COVID-19.

Frente a ellos y los acólitos de la CUP, el nacionalismo español más rancio aplaude, aunque no lo diga, ese enfoque de la campaña. Nos van a decir infinidad de veces que en estas elecciones la cosa va de independentismo (también les gusta llamar al procesismo por otro nombre) o España y van a agitar banderas y constituciones jamás leídas por ellos. Puede que alguna vez se eles escape que lo que vamos a elegir son 135 representantes de la ciudadanía, pero sólo para tomar impulso y seguir hablando de patrias.

Los menos interesados en que el debate electoral se centre en estos aspectos son el PSC i los Comuns, pero se van a ver engullidos por la dinámica y harán de versión blanda del nacionalismo español (PSC) y del procesismo (Comuns) en contra de sus intereses, sobre todo en el caso de Catalunya en Comú.

La capacidad de llevar el debate al terreno más propicio para las fuerzas políticas conservadoras tiene que ver con la hegemonía de las ideas, no es sólo una cuestión de control de los medios de comunicación públicos y privados, aunque eso sea muy importante para conseguirlo. Pero aunque consigan que la polémica reiterada sea la de si va a haber o no fuerza suficiente para implementar el paso definitivo hacia la independencia, la inmensa mayoría sabe que es un falso debate, no habrá un paso definitivo hacia la independencia fruto de estas elecciones ni un fracaso definitivo del independentismo, lo que haremos será elegir una cámara de representantes que a su vez elegirá un President de la Generalitat que a su vez nombrará un Govern. Es menos épico, en modo alguno intrascendente.

Harían bien PSC y Comuns en tener claro este panorama para luchar contra él, no porque vayan a poder evitar que ciertos mantras dominen la campaña, sino para conseguir que otros temas no queden en el olvido más absoluto. Tenemos en Catalunya problemas atrasados, desde hace décadas y agudizados en la última: el acceso a la vivienda, el modelo de privatización de la gestión de lo público en materias como la sanidad, la educación o los cuidados a las personas, los recortes no superados en lo servcios públicos, la ausencia de política industrial, la pérdida relativa de peso económico de Catalunya en España... Sólo eso es motivo suficiente para evitar que las ideas románticas de naciones enfrentadas no sean monotema electoral.

Debe añadirse otro tema del que no se oye hablar, qué hacer de cara a la postpandemia, no sólo porque la crisis será profunda sino porque las oportunidades de reconducir las derivas del sistema productivo catalán van a ir muy ligadas a lo que suceda en España en su conjunto. Gustará más o menos, pero los fondos europeos sólo se podrán aprovechar en Catalunya en la medida en que se hable con seriedad del tema con el gobierno central, como van a hacer todas las comunidades autónomas. El futuro Parlament tendrá que elegir entre mantener la confrontación simbólica para desgastar al estado o modernizar el tejido productivo catalán negociando el uso de los fondos europeos para, entre otras cosas:

- Aprovechar la tradición industrial, y lo que aún queda de aquella Catalunya fábrica de España, para contribuir a que Europa en su conjunto tenga mayor capacidad productiva en sectores que pueden ser estratégicos en caso de situaciones críticas.

- Desarrollar actividad productiva vinculada a la descarbonización de la economía, más allá de la fabricación de vehículos eléctricos y sus componentes y sus baterías, prestando especial atención a las energías renovables, tanto en lo que respecta a su producción como en la investigación de la tecnología para producirla y almacenarla.

- Ser uno de los focos de eso tan amplio que llaman digitalización y economía digital.

Pensar que todo eso vendrá dado, o que no habrá que defender los intereses legítimos de Catalunya ante los intereses, también legítimos, de otros territorios para buscar un equilibrio y no quedar postergados es una quimera. Plantear que eso es viable desde el choque continuo con el gobierno central, fuese el que fuese, es mentir, quizá porque ya le va bien a ciertos sectores que la orientación se mantenga en la dirección de primar determinada economía terciarizada basada en servicios que ofrecen expectativas de altas rentabilidades especulativas. Al igual hay quien quiere que seamos un gran parque de atracciones y nos acerquemos a ser un paraíso fiscal pero no se atreve a decirlo, lo que no impide que sigamos avanzando hacia eso.

Sin encauzar el conflicto político abierto, no ya resolverlo, va a ser difícil centrar los focos en este tipo de cuestiones, pero harán bien las fuerzas progresistas, en especial Catalunya en Comú, en no quedar atrapada en la red de los maximalismos, el mensaje paralelo al del 50% de los votos es el de que no hay nada que hacer sin resolver el conflicto nacional en los términos que sea, lo que en la práctica significa no hacer nada durante mucho tiempo porque no hay un solución definitiva, inmediata e indolora que permita salir del marasmo actual.

Es ingenuo pensar que con sólo plantear una propuesta alternativa a la hegemónica actual, la que marcan en Catalunya el procesismo y a escala global los repliegues identitarios, se va a conseguir llevar el debate a las temáticas que le interesan a las fuerzas progresistas, ni se cuenta con un aparato mediático que colabore, todo lo contrario, ni el soporte social que lo permita. Ahora bien, sin plantear la necesidad de abordar el conflicto desde otra perspectiva no será posible avanzar en la disputa del marco hegemónico.

Así las cosas, es imprescindible contraponer al mensaje del 50% el de que en febrero se elige un Parlament, ni más ni menos. De esa premisa cuelgan los otros mensajes que se podrían resumir en cuatro esenciales:

1.- Elegir los diputados no es poca cosa, el Parlament es una conquista que no podemos despreciar y depreciar desde Catalunya como se ha venido haciendo durante estos años.

2.- El Govern que resulte a partir de la composición del Parlament debe potenciar el sector público catalán, castigado por los recortes no revertidos entre otras cosas en sanidad, educación o atención a la dependencia.

3.- Hay que hacer uso de las competencias y recursos que tenemos, y no son migajas, para hacer frente a las problemáticas sociales generadas por el empobrecimiento de los sectores más débiles de la sociedad catalana, fruto del modelo económico desarrollado en Catalunya durante décadas y agravadas a causa de la crisis de 2008 y la actual generada por la pandemia del COVID-19. Políticas de vivienda y el desarrollo de derechos de ciudadanía que garanticen la alimentación, el suministro de servicios básicos, la educación o la atención sanitaria, por ejemplo

4.- Iniciar el cambio del modelo productivo, aprovechando, entre otras cosas, los recursos de los fondos europeos destinados a este fin en los términos expuestos más arriba.

Son tiempos en que lo obvio cuesta que se entienda y, sobre todo, que movilice más que lo emocional, pero alguien tendrá que decir que el rey va desnudo, que no vamos a celebrar ningún plebiscito y que en estas elecciones que vienen es cierto que nos jugamos mucho, pero no lo que algunos nos quieren volver a vender.

Tenemos que elegir un Parlament que haga frente a los retos que debe afrontar Catalunya. Como diría aquel, casí ná.

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