El régimen de Franco se apoyó desde un principio en tres sectores fundamentales de la sociedad española: la Iglesia Católica que le daba gran parte de la cobertura ideológica; el ejército que le permitió conquistar el poder con el inestimable apoyo de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini y las clases propietarias que le financiaron la guerra y se cobraron la deuda posteriormente. Desde los años 60, de forma acelerada, empiezan a mostrarse fisuras en el apoyo casi monolítico de los primeros 20 años de la dictadura, si bien por razones distintas y con una intensidad muy dispar en cada caso
Por lo que respecta al ejército las discrepancias fueron muy matizadas y tuvieron más que ver con el enfoque de cómo modernizar la institución que con la oposición al régimen. El ejército español estaba sobredimensionado en miembros e infradotado en medios, justo lo contrario de la tendencia que se había ido imponiendo en los países más preparados en el terreno militar. La sobredimensión de efectivos tenía su reflejo en el número de oficiales y suboficiales y el resultado final de todo ello era que el grueso del presupuesto militar iba a la partida de personal y poco quedaba para invertir en modernización de material.
Debe añadirse que el mecanismo de promoción se basaba en los años de servicio a falta de escenarios bélicos que permitieran las promociones por méritos, como sucedió a principios de siglo con las guerras coloniales en Marruecos. Consecuencia de ello, de que el acceso a la carrera militar estaba muy condicionada por la tradición familiar y de la profunda purga que se hizo durante la Guerra de España de todo aquel militar que no se puso del lado de los rebeldes, en la etapa final de la dictadura las máximas responsabilidades estaban en manos de un generalato envejecido que había luchado en la guerra en el bando franquista y el cuerpo era muy endogámico y altamente conservador, no sólo con respecto a su visión de la sociedad sino también en lo referente al funcionamiento de la institución.
Que pasara algo similar a lo de Portugal, donde el ejército desempeñó un rol clave en la caída de la dictadura salazarista era impensable. De hecho, el caso portugués fue uno de los acicates para que un grupo de oficiales de grado medio constituyeran la Unión Militar Democrática (UMD) en 1974, pero tuvieron escaso eco dentro de la oficialidad (unos centenares sobre decenas de miles de mandos) no llegaron a penetrar en los niveles superiores del escalafón y fueron rápidamente desmontados, la UMD quedó casi desmantelada con la detención de buena parte de sus organizadores antes de cumplir un año de vida, con Franco aún vivo. Su juicio en consejo de guerra, ya posterior al fallecimiento del dictador, acabó con penas desproporcionadas y la expulsión del ejército de los cabezas visibles. Cabe decir que la democracia no ha tenido a bien resarcir a ese puñado de demócratas que osó plantar cara a la dictadura desde la más oscura de las cavernas
El debate que sí hubo en el ejército aún en vida de Franco era el de su necesaria modernización, lo que pudiera afectar a cambios políticos en el país era colateral, los reformistas eran conscientes de que modernizar al ejército tenía que ir acompañado de mantener buenas relaciones con los ejércitos de los países aliados y aunque EE.UU. no tenía muchos escrúpulos al respecto, en los países europeos la opinión pública abiertamente contraria al franquismo hacía que sus gobiernos cerraran la puerta, además de a la Comunidad Económica Europea (CEE) al ingreso de España a la OTAN, con lo que la modernización en material bélico y organización del ejército se hacía casi imposible
Tampoco fue este un debate que produjera una gran división, el grueso de la oficialidad, incluyendo la de más alto rango, seguía anclada en su visión conservadora del mundo y del ejército. La gran cuestión que se planteaba todo el mundo no era si los militares se enfrentarían entre ellos a partir de un impulso transformador de algunos de sus miembros, sino qué movimientos podrían darse en el ejército para entorpecer cualquier tipo de cambios que pudieran emprenderse. Sea como fuere, la existencia de esa parte de militares que apostaban por la modernización de la institución fue importante tras la muerte de Franco, porque constituyó el núcleo al que se adhirieron los que actuaron más por obediencia que por convicción que no fueron pocos, pero de eso ya se hablará en otro momento
El poder económico se benefició desde el primer momento de la victoria franquista, cuando la mayoría de la población vivía en la penuria, el aislamiento económico español impuesto por las políticas autárquicas dejó al empresariado sin competencia y además con una mano de obra carente de los más mínimos derechos para disputarle el reparto de la escasa riqueza que se producía. El cambio de orientación obligado por el fracaso del modelo autárquico implicó mayor apertura al exterior, cada vez estaba más claro que fuera de la CEE las posibilidades de negocio eran menores, pero la pertenencia al club europeo implicaba cambios políticos.
Por contra, al empresariado ya le iba bien una situación legal que ponía enormes dificultades a la organización sindical de las plantillas. Las estructura del sindicato vertical les servía para representarlos ante la administración, además se habían mantenido algunas organizaciones empresariales, como sucedió con Fomento del Trabajo Nacional en Catalunya. Sólo cuando el conflicto laboral se agudizaba en extremo había empresarios que veían la inutilidad de las estructuras legales existentes y prefería negociar con los interlocutores reales, otros, por contra, optaban por la represión pura y dura en situaciones de ese tipo.
Hubo, en consecuencia, un incremento de las posturas favorables a un cierto cambio político, forzado básicamente por las circunstancias y con el objetivo de evitar situaciones incontrolables. Las grandes fortunas se sentaban en los consejos de administración de la banca y de las grandes empresas y también en los consejos de ministros, pero mantenían la relación con el círculo de Juan de Borbón y miraban cada vez más a Europa. Jugaban todas las bazas y tenían vías directas de contacto con el poder político. No es de extrañar, pues no se había visto necesaria, que la creación de la CEOE sea tardía, casi dos años después de la muerte de Franco
Si en el ejército las fisuras fueron mínimas y en el poder económico muy discretas aunque más profundas, en el caso de la Iglesia Católica sí se hicieron mucho más evidentes, con el riesgo de que el fuego de artificio de algunas manifestaciones del distanciamiento hagan pensar que la parte minoritaria de la Iglesia era el todo. Por tanto, lo primero que hay que señalar es que gran parte del estamento eclesiástico, desde la jerarquía a las bases, siguió defendiendo postulados poco dados a veleidades democráticas y mucho menos socializantes
Eran años de expansión de la Teología de la Liberación y eso tuvo su influencia en España, la figura del cura obrero que iba a su trabajo asalariado como cualquier otro vecino y después daba misa, o la del que apostaba por fórmulas novedosas de aproximación a la juventud organizando actividades no fue infrecuente, aprovechando las posibilidades de actuación que el sacerdocio daba y que no estaban al alcance del resto de la población. Estas actividades llegaron incluso a zonas rurales como consecuencia de los traslados que se hicieron para desactivar el peligro potencial que veían las autoridades en este clero. Si unimos a lo anterior la identificación de gran parte del estamento eclesiástico con las demandas nacionales de Catalunya y Euskadi en esos dos territorios nos podemos imaginar la alarma y el escándalo que en determinados sectores provocó la imagen de una iglesia enfrentada a la gente de orden, a la que tanto pensaban ellos que debían, no sin cierta razón. El grado de contestación se refleja en el centenar de hombres que pasaron por la prisión zamorana destinada exclusivamente a presos religiosos y que estuvo activa entre 1968 y 1977. Con todo, hay que ser cautos y no sobrevalorar a este colectivo de eclesiásticos abiertamente enfrentados con el régimen porque siguieron siendo una minoría dentro de la Iglesia, como tampoco negarles lo que supusieron, tanto desde el punto de vista simbólico como en la práctica, al facilitar la actividad de muchos colectivos con actos como ceder espacios donde celebrar reuniones
Muy importante fue colectivo más centrista de la Iglesia, los dos papados de Juan XXIII y, en especial, de Pablo VI ayudaron mucho (ver aquí) a que la jerarquía más afín a la dictadura fuera desplazada por personajes de la trascendencia del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, la misma postura oficial de la Santa Sede ante las desmesuras franquistas reflejaba la profunda grieta que había en las relaciones, las desconfianzas sobre Pablo VI se remontaban a antes de su acceso al papado, cuando criticó al gobierno español en relación al caso de Julián Grimau. Los gritos y pintadas ultras de Tarancón al paredón, el hecho de que no fuera él el que oficiara en el entierro de Franco o el contenido de su homilía en la misa posterior a la coronación de Juan Carlos I son expresiones del alejamiento, más si se tiene en cuenta que presidió la conferencia episcopal en el delicado periodo comprendido entre 1971 y 1982.
La diócesis vascas y catalanas fueron otra expresión de desencuentro, la proximidad de las autoridades eclesiásticas a los planteamientos catalanistas y vasquistas es un elemento añadido para defender posturas de cambios democráticos, declaraciones como las del Abad Escarré de Montserrat al diario Le Monde en 1963, o el caso Añoveros, obispo de Bilbao, que en 1974 provocó una crisis diplomática con el Vaticano, son expresiones de una corriente de fondo que no se quedaba en la cúpula obispal de ambos territorios
Pero el sector centrista no estaba contaminado por la teología de la liberación, su compromiso terrenal estuvo más pendiente de los intereses de la propia Iglesia que de los de la feligresía, la implicación en los cambios políticos tras la muerte de Franco estuvo estrechamente vinculada a la negociación de los acuerdos que permitieron mantener una situación de privilegio a la Iglesia Católica en el nuevo escenario, con los acuerdos de julio de 1976 y enero de 1979, negociados en paralelo al debate constitucional y de forma secreta. Con la llegada de Juan Pablo II en 1978 del Vaticano empezaron a llegar impulsos marcadamente conservadores que fueron trasladándose a las actuaciones de la Iglesia en España, pero esa ya es otra historia
El poder económico se benefició desde el primer momento de la victoria franquista, cuando la mayoría de la población vivía en la penuria, el aislamiento económico español impuesto por las políticas autárquicas dejó al empresariado sin competencia y además con una mano de obra carente de los más mínimos derechos para disputarle el reparto de la escasa riqueza que se producía. El cambio de orientación obligado por el fracaso del modelo autárquico implicó mayor apertura al exterior, cada vez estaba más claro que fuera de la CEE las posibilidades de negocio eran menores, pero la pertenencia al club europeo implicaba cambios políticos.
Por contra, al empresariado ya le iba bien una situación legal que ponía enormes dificultades a la organización sindical de las plantillas. Las estructura del sindicato vertical les servía para representarlos ante la administración, además se habían mantenido algunas organizaciones empresariales, como sucedió con Fomento del Trabajo Nacional en Catalunya. Sólo cuando el conflicto laboral se agudizaba en extremo había empresarios que veían la inutilidad de las estructuras legales existentes y prefería negociar con los interlocutores reales, otros, por contra, optaban por la represión pura y dura en situaciones de ese tipo.
Hubo, en consecuencia, un incremento de las posturas favorables a un cierto cambio político, forzado básicamente por las circunstancias y con el objetivo de evitar situaciones incontrolables. Las grandes fortunas se sentaban en los consejos de administración de la banca y de las grandes empresas y también en los consejos de ministros, pero mantenían la relación con el círculo de Juan de Borbón y miraban cada vez más a Europa. Jugaban todas las bazas y tenían vías directas de contacto con el poder político. No es de extrañar, pues no se había visto necesaria, que la creación de la CEOE sea tardía, casi dos años después de la muerte de Franco
Si en el ejército las fisuras fueron mínimas y en el poder económico muy discretas aunque más profundas, en el caso de la Iglesia Católica sí se hicieron mucho más evidentes, con el riesgo de que el fuego de artificio de algunas manifestaciones del distanciamiento hagan pensar que la parte minoritaria de la Iglesia era el todo. Por tanto, lo primero que hay que señalar es que gran parte del estamento eclesiástico, desde la jerarquía a las bases, siguió defendiendo postulados poco dados a veleidades democráticas y mucho menos socializantes
Eran años de expansión de la Teología de la Liberación y eso tuvo su influencia en España, la figura del cura obrero que iba a su trabajo asalariado como cualquier otro vecino y después daba misa, o la del que apostaba por fórmulas novedosas de aproximación a la juventud organizando actividades no fue infrecuente, aprovechando las posibilidades de actuación que el sacerdocio daba y que no estaban al alcance del resto de la población. Estas actividades llegaron incluso a zonas rurales como consecuencia de los traslados que se hicieron para desactivar el peligro potencial que veían las autoridades en este clero. Si unimos a lo anterior la identificación de gran parte del estamento eclesiástico con las demandas nacionales de Catalunya y Euskadi en esos dos territorios nos podemos imaginar la alarma y el escándalo que en determinados sectores provocó la imagen de una iglesia enfrentada a la gente de orden, a la que tanto pensaban ellos que debían, no sin cierta razón. El grado de contestación se refleja en el centenar de hombres que pasaron por la prisión zamorana destinada exclusivamente a presos religiosos y que estuvo activa entre 1968 y 1977. Con todo, hay que ser cautos y no sobrevalorar a este colectivo de eclesiásticos abiertamente enfrentados con el régimen porque siguieron siendo una minoría dentro de la Iglesia, como tampoco negarles lo que supusieron, tanto desde el punto de vista simbólico como en la práctica, al facilitar la actividad de muchos colectivos con actos como ceder espacios donde celebrar reuniones
Muy importante fue colectivo más centrista de la Iglesia, los dos papados de Juan XXIII y, en especial, de Pablo VI ayudaron mucho (ver aquí) a que la jerarquía más afín a la dictadura fuera desplazada por personajes de la trascendencia del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, la misma postura oficial de la Santa Sede ante las desmesuras franquistas reflejaba la profunda grieta que había en las relaciones, las desconfianzas sobre Pablo VI se remontaban a antes de su acceso al papado, cuando criticó al gobierno español en relación al caso de Julián Grimau. Los gritos y pintadas ultras de Tarancón al paredón, el hecho de que no fuera él el que oficiara en el entierro de Franco o el contenido de su homilía en la misa posterior a la coronación de Juan Carlos I son expresiones del alejamiento, más si se tiene en cuenta que presidió la conferencia episcopal en el delicado periodo comprendido entre 1971 y 1982.
La diócesis vascas y catalanas fueron otra expresión de desencuentro, la proximidad de las autoridades eclesiásticas a los planteamientos catalanistas y vasquistas es un elemento añadido para defender posturas de cambios democráticos, declaraciones como las del Abad Escarré de Montserrat al diario Le Monde en 1963, o el caso Añoveros, obispo de Bilbao, que en 1974 provocó una crisis diplomática con el Vaticano, son expresiones de una corriente de fondo que no se quedaba en la cúpula obispal de ambos territorios
Pero el sector centrista no estaba contaminado por la teología de la liberación, su compromiso terrenal estuvo más pendiente de los intereses de la propia Iglesia que de los de la feligresía, la implicación en los cambios políticos tras la muerte de Franco estuvo estrechamente vinculada a la negociación de los acuerdos que permitieron mantener una situación de privilegio a la Iglesia Católica en el nuevo escenario, con los acuerdos de julio de 1976 y enero de 1979, negociados en paralelo al debate constitucional y de forma secreta. Con la llegada de Juan Pablo II en 1978 del Vaticano empezaron a llegar impulsos marcadamente conservadores que fueron trasladándose a las actuaciones de la Iglesia en España, pero esa ya es otra historia
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