dimecres, 24 d’abril del 2019

LA MOVILIACIÓN SOCIAL ANTIFRANQUISTA

Desde finales de la década de los 50 la respuesta ciudadana a la dictadura fue creciendo e incorporando a nuevos colectivos, sin que ello supusiera en ningún momento una movilización lo suficientemente poderosa como para que la dictadura corriera peligro, como muestran los sucesivos fracasos de las convocatorias de la manida huelga general pacífica

El temor a que eso sucediera sí fue real en los estamentos del régimen y en algunas cancillerías extranjeras en los últimos años de vida de Franco y en los meses que siguieron a su muerte, es una de las claves de la Transición y sobre ello ya se hablará. Esta entrada se va a centrar en una parte de las movilizaciones sociales que fue en aumento a medida que avanzaba la década de los 60 y en la primera mitad de los 70. Quedan fuera los dos frentes más importantes de oposición ciudadana que por su trascendencia serán tratados aparte: el movimiento obrero y las reivindicaciones nacionales de Catalunya y Euskadi

El inicio y crecimiento de la contestación al franquismo respondió a varias razones. Una primera fue generacional, los nacidos con posterioridad a la guerra o que la vivieron en su infancia adquirieron mayor protagonismo social, desplazando paulatinamente a la que fue derrotada y aportando nuevas formas de organizarse. La segunda fue la necesidad del régimen de abrirse económicamente al exterior, lo que tuvo la contrapartida de hacer gestos, fueron los tiempos del aperturismo que dejaron resquicios a la actuación de la ciudadanía, sin que eso significara la renuncia a la represión como respuesta en cuanto los jerarcas apreciaban que se rebasaban los estrechos límites que estaban dispuestos a permitir. En tercer lugar hay que reseñar el crecimiento económico (ver aquí) que experimentó España desde el Plan de Estabilización a la crisis del petróleo, un crecimiento que produjo desplazamientos masivos de población a ciudades que no se prepararon para el repentino incremento de habitantes y una carestía que era difícil compensar con la timorata Ley de Convenios Colectivos de 1958, una de las expresiones del aperturismo. Cabe añadir que ser testigos del crecimiento de las ganancias empresariales sin  optar al reparto del pastel fue un acicate para la movilización. Sin duda hay más razones, pero acostumbramos a olvidar una cuarta, la influencia de los cambios que se producían en exterior, en las políticas de los estados y en las mentalidades colectivas, y que nos afectaron, nos afectan siempre, mucho más de lo que percibimos

Hubo movilizaciones de distinto tipo en el primer franquismo: los partidos intentaron reorganizarse en el interior, llegó a haber un intento de invasión en la Vall d'Aran, incluso alguna movilización consiguió algún éxito importante aunque puntual, como la huelga de tranvías en Barcelona en 1951, pero no fue hasta finales de la década de los 50 cuando empezó a surgir una movilización de nuevo tipo. Fue sustituyendo a la heredada de la primera resistencia antifranquista y durante un periodo convive con ella, así la mayoría de historiadores considera las huelgas mineras de 1962 como las últimas defensivas o el maquis mantuvo algún grupo activo hasta los años 60, cuando ya habían empezado las primeras movilizaciones estudiantiles o el catalanismo había protagonizado actuaciones destacadas

Los estudiantes universitarios protagonizaron las primeras movilizaciones que pueden considerarse antifranquistas de nuevo de cuño, en febrero de 1956 se produjo el choque en Madrid entre estudiantes opuestos al oficial Sindicato de Estudiantes universitarios (SEU) y falangistas, en el que resultó herido grave de bala uno de los integrantes del grupo falangista, muy probablemente por un disparo errado de uno de sus compañeros. la importancia que dio el régimen a los incidentes queda demostrada por el coste político que tuvo, la dimisión de dos ministros, el de educación (Joaquín Ruíz Jiménez) y el Secretario General del  Movimiento (Raimundo Fernández Cuesta) Vistos en perspectiva, lo más destacable de aquellos hechos fue que estuvieron protagonizados por una nueva generación que no fue protagonista de la Guerra de España y que por el perfil sociológico, los estudiantes pertenecían a clases acomodadas y algunos a familias destacadas del país y de la dictadura, ya no podía hablarse de una reacción de los vencidos frente a los vencedores. Nombres como los de Ramón Tamames, Enrique Múgica, Fernando Sánchez Dragó, José María Ruiz Gallardón o Miguel Sánchez Mazas aparecían en el relato de los hechos y son prueba de los problemas que iba a tener el régimen en la universidad

En 1965 resurgió con fuerza el movimiento estudiantil, esta vez con apoyo de una parte del profesorado (como consecuencia fueron expulsados de la universidad los catedráticos Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis López Aranguren, por ejemplo) y con mucha más extensión que en 1956, la protesta afectó a buena parte de las principales universidades (Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Valencia) y ya no desapareció, aunque sí experimentó mutaciones. Si el SEU había quedado gravemente afectado por lo sucedido en 1956 ahora ya iba a desaparecer. Por otra parte, en estas fechas el movimiento estudiantil era uno más de los quebraderos de cabeza y no el único foco de atención. Como una década atrás, la universidad era coto casi exclusivo de descendientes de familias bien situadas, aunque empezaban a llegar hijos de obreros eran aún un porcentaje mínimo: la extensión del rechazo al franquismo en la universidad era indicativo de la pérdida de apoyos que padecía.

Una consecuencia con repercusiones colaterales de las protestas estudiantiles fue la Caputxinada, incidente que vale la pena destacar porque evidencía la conexión que adquieren las movilizaciones de distinto tipo. El ilegal Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) elige para una reunión en convento de los Capuchinos de Sarrià, la Brigada Político-Social tiene conocimiento de la reunión, pero llega tarde y el encierro se prolonga durante dos días hasta que se procede a la entrada de la policía. Aparte de las cuantiosas multas a los asistentes se procede al despido de casi un centenar de profesores no numerarios y para organizar la solidaridad con los represaliados se constituye inicialmente la Taula Rodona, primer organismo unitario antifranquista en el que se rompe el cordón sanitario y participan los comunistas del PSUC, será el primer precedente de la Assemblea de Catalunya. Además, el incidente implicó a la Iglesia, cuando dos meses después, también en relación con las protestas universitarias, un grupo de sacerdotes en sotana se dirijía a la comisaría de Via Laietana para entregar un escrito se produjo la imagen de una carga policial contra decenas de sacerdotes en sotana

Hasta 1969 las protestas universitarias tuvieron un apoyo importante, se revitalizaron además con el eco del mayo francés de 1968 y acabaron provocando la declaración del estado de excepción en toda España, la primera vez que esto sucedía desde el final de la guerra. El 20 de enero muere el estudiante madrileño Enrique Ruano a manos de la policía, su muerte se pretende hacer pasar por un suicidio y ante las protestas el gobierno procede a declarar el estado de excepción, durante el que las detenciones fueron numerosas, tanto de estudiantes como de opositores al régimen en general, hasta un total de más de 700.

La repuesta represiva del régimen tuvo repercusiones en la capacidad movilizadora, al tiempo que fue llevando a la radicalización del movimiento estudiantil que subsistió, mucho más politizado pero con menos seguimiento. el movimiento estudiantil fue cediendo protagonismo en los años 70 a otros colectivos de oposición antifranquista. Estudiantes y profesores que participaron en las protestas universitarias de aquella época fueron poco después cuadros políticos destacados o asesoraron en distintos frentes a sindicatos y movimientos vecinales. Otro tanto pasó con los integrantes de los colegios profesionales, en algunos de los cuales las juntas directivas elegidas estaban formadas por demócratas, como sucedió en los colegios de abogados de Madrid y Barcelona

El crecimiento de las ciudades fue desordenado no sólo por la falta de previsión para alojar a los miles de personas que llegaban, sino también por los negocios especulativos propiciados desde los mismos ayuntamientos a costa de ese crecimiento. Fueron prácticas habituales de la época las modificaciones de las planificaciones urbanísticas para incrementar la edificabilidad a costa de los equipamientos o las zonas verdes, aumentando las alturas permitidas sin prever los servicios que comportaría el incremento de población que ello significaba y otras prácticas para convertir en negocio el crecimiento poblacional, negocios en los que era frecuente que el beneficiado fuera miembro del consistorio, incluyendo  al propio alcalde. Los problemas eran múltiples, desde el chabolismo (fenómeno más conocido en Catalunya como barraquismo) en su versión más dura a la falta de espacios verdes y plazas, pasando por carencias básicas de todos tipo: alcantarillado, alumbrado, asfaltado, transporte público, escuelas, servicios de atención sanitaria, deficiencias de todo tipo en la recogida de residuos y lo todo lo que se pueda imaginar.

El fenómeno era paralelo al desarrollo de la conciencia de los trabajadores en las empresas y tuvo más repercusión en las zonas con un desarrollo económico mayor que eran las que atraían flujos migratorios. No es de extrañar, por tanto, que en más de una ocasión los activistas de la fábrica fueran los mismos que en los barrios y que las luchas vecinales para conseguir revertir la situación se extendiera por los grandes núcleos de población en crecimiento, las áreas metropolitanas de Madrid y Barcelona, pero también en Bilbao y Sevilla. Como en otros casos, los movimientos vecinales aprovecharon los resquicios legales, en este caso la Ley de Asociaciones de Cabezas de Familia y, también como en otros casos, las demandas concretas acababan llevando a reclamaciones genéricas de democratización y conquista de libertades que permitieran tener incidencia en las políticas municipales.

Movimientos incipientes por entonces, como el feminismo o el ecologismo tuvieron escaso protagonismo, se estaban rodando podría decirse para lo que serían en el futuro. Sin duda el movimiento obrero fue el más transversal de todos y el que a la postre tendría más trascendencia junto al las reivindicaciones nacionales de Catalunya y Euskadi. Como ya se ha dicho, ambos asuntos merecen una consideración aparte

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