Ayer me llegó y empecé a leer el libro de Miguel Guillén Els "equidistants tenien raó", "El PCE al govern" i altres articles y el título me ha venido bien para hacer un refrito del mismo que encabece algunas reflexiones sobre el tema del momento, la guerra de Ucrania, más allá de las conversaciones de barra de bar de los tiempos modernos, o sea, en las redes sociales y, en mi caso concreto, en twitter.
Sigo reivindicando el marxismo como ideología si se le quitan los elementos religiosos con los que acostumbran a vestirlo buena parte de los que se autoproclaman sus adalides, pero en especial como método de análisis de las sociedades y los conflictos sociales, no hay ningún elemento de conflicto entre clases en el origen de la guerra de Ucrania, es un episodio de las políticas imperialistas, eso que llaman geoestrategia, y como tal debe analizarse.
Yo era de los que pensaba que Rusia no invadiría Ucrania y se limitaría a algo que no hubiera sido poca cosa, pero que ni de lejos se puede equiparar a lo que está sucediendo, como reconocer como estados a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk e incrementar el apoyo militar que les presta. Sólo expresaba una duda que formulaba en los siguientes términos: Europa ha dejado de ser el ombligo del mundo, a diferencia del periodo de la Guerra Fría no somos el escenario clave de los conflictos geoestratégicos, trasladado ahora al Pacífico Occidental, si durante años las tensiones se liberaban en otros territorios del mundo mientras Europa evitaba guerras, la desaparición de la URSS rompía aquel equilibrio y las cosas podían ir por otras vías y acabar en guerras, como pronto se vio en los Balcanes, Pese a ello, confiaba en que China, la verdadera potencia antagónica a los EUA, no tenía interés en que se complicase el acceso por tierra a los mercados europeos y contuviera al gobierno de Putin.
En lo único en lo que no me equivocaba hace pocas semanas era en lo de que Europa es un escenario secundario de los equilibrios estratégicos mundiales y corre por ello más riesgos de verse envuelta en guerras abiertas, nada que extrañe en los otros continentes que, con la excepción de Oceanía, han sufrido guerras que servían de válvula de escape a las tensiones entre las superpotencias, eran buenos clientes para las industrias de armamentos y sufrían los conflictos de intereses de las élites dominantes.
Ser equidistante en esta situación no significa ser indiferente, como no lo significaba cuando empezó a usarse ese término como arma arrojadiza durante el procés catalán. Ser equidistante es decir con claridad que no hay buenos y malos, que los hiperventilados se retroalimentan en ambos bandos, pero que no hay el mismo grado de responsabilidad en las actuaciones de unos y de otros. Quien ha invadido otro país, arrogándose el rol de valedor de bienes y valores superiores que él mismo ha establecido es el gobierno de Putin, haciendo casi lo mismo que Bush hijo y sus palmeros Blair y Aznar en el caso de Iraq hace 20 años. A partir de esa denuncia clara habrá que convenir que ni Sadam Hussein era un dechado de virtudes, ni lo es Ucrania, ni la OTAN puede ser un garante de la paz ahora ni en el futuro.
La denuncia de cuestiones que casi ni se plantean (para muchas cosas se podría prescindir del casi) es la que le corresponde hacer a la izquierda transformadora, así como propuestas concretas con un doble objetivo, evitar nuevos conflictos en el futuro a partir del análisis de cómo se ha llegado al actual y evitar que el sacrificio que se exija a la población descanse exclusivamente en los de siempre. Y, claro, no podemos olvidar la otra parte del título de esta entrada, el PCE está en el gobierno y eso condiciona y a la vez ofrece más posibilidades de actuar, como hemos visto durante la pandemia.
La izquierda alternativa tiene que aprender de sus propias historias, en plural porque son diversas tradiciones las que desembocan en Unidas Podemos, Catalunya en Comú, Compromís, Más País... Un clásico de todas esas tradiciones, casi siempre con malos resultados, es la política de frente único, formulada de diferentes formas se resume en una idea muy sencilla, todos los que no están conmigo y mis planteamientos son iguales en esencia. Con el nombre de política de frente único lo defendió la III Internacional Comunista, hasta que la llegada al poder del nazismo obligó a replantearse aquello de que eran lo mismo los partidos socialdemócratas, las derechas clásicas y el fascismo para dar paso a la consigna de avanzar hacia la constitución de frentes populares. Planteamientos de ese tipo se han repetido continuamente, lo hemos sufrido cuando desde partidos extraparlamentarios de extremísima izquierda se nos ha lanzado como un anatema la acusación de traidores a la clase obrera, lo vimos con la teoría de las dos orillas de Anguita que tenía muchas virtudes, pero no creo que acertara diciendo que Aznar y González eran un misma cosa por mucha razón que tuviera al criticar a Felipe González, estaba latente en la idea del sorpasso de Podemos, es un clásico de la CUP frente a los partidos de izquierda (no frente al nacionalismo irredento de la derecha catalana, por cierto) y aflora en la Ione Belarra que habla de los partidos de la guerra, por mucho que una poco convincente Isa Serra saliera al día siguiente a decir que no se refería al PSOE, también en quien me llama anticomunista en twitter por no coincidir con su punto de vista respecto a lo que pasa en Ucrania.
Con todos sus defectos, la UE agrupa a los países en los que se dan mejores condiciones para que puedan avanzar las propuestas de la izquierda alternativa y la principal amenaza le viene hoy de la extrema derecha que encarna, financia y favorece el gobierno ruso (sin olvidar la amenaza potencial que subsiste en el Partido Republicano americano y que influye de forma considerable en las prácticas del PP o de los tories británicos). Combatir el riesgo que supone esa internacional reaccionaria pide, a los que venimos de la tradición comunista, políticas de cooperación con fuerzas que no aspiran a lo mismo que nosotros, socialdemócratas, izquierda sin raíces obreristas y hasta derechas como el PNV que rehúyen de las formas y propuestas reaccionarias.
Eso no impide mantener planteamientos propios y distintos de los que se propagan por parte de la mayoría de medios de comunicación, entre otras cosas porque es saludable desmarcarse de la maquinaria de propaganda que acompaña el posicionamiento frente a los conflictos bélicos. En concreto, es obligado defender en el contexto actual que la OTAN no puede formar parte de la solución definitiva porque está en el origen del problema, su existencia sólo responde al interés de los EUA de mantener a Europa como un apéndice de sus intereses, su extensión hacia el este del continente es objetivamente una amenaza para Rusia (sin que eso justifique la invasión de otro país) y el escenario hacia el que se debe avanzar es el de su desaparición, por anacrónica y para ser sustituida por mecanismos de defensa autónomos de la UE que nos permitan a los europeos tener una política exterior y de seguridad no subalterna.
También hay que mantener una posición propia con respecto a lo sucedido en Ucrania a partir del golpe de estado del Maidán, el papel de neonazismo o la marginación de la población de origen ruso. Si Rusia está lejos de ser una democracia en Ucrania tambié hay déficits democráticos que deben corregirse, con el riesgo añadido de que el contexto de guerra reverdezca el protagonismo de la extrema derecha. El actual gobierno no es heredero directo de aquellos hechos de 2014, lo era Poroshenko que fue barrido en la segunda vuelta de las elecciones de 2019 por Zelenski, pero sigue habiendo partidos no legales y limitaciones graves de las libertades de las que no se habla en los medios de comunicación de masas. Ucrania tiene derecho a solicitar ayuda y los países europeos la obligación de exigirle a cambio de ella el respeto a las reglas democráticas.
Y, por último y no menos importante, la voz de la izquierda tiene que expresar con claridad que no se puede pretender cargar los costes de la actual situación de forma asimétrica. Hay que poner coto a los incrementos del precio de la electricidad porque no obedecen tanto a la evolución del precio del gas como a los intereses económicos del oligopolio eléctrico. No sirve un pacto de rentas sino recaudar más de las rentas altas para mantener políticas que mantengan la actividad económica, Hay que cerrar el paso al uso del descontento por parte de la extrema derecha siendo conscientes de que lo va a intentar y sabiendo que a los efectos negativos que ya tiene el escenario bélico en las economías de las personas sólo se puede hacer frente diciendo la verdad (no reconociendo los hechos a posteriori) y con políticas que alivien los efectos para los más desprotegidos, algo sabemos ya después de gestionar la crisis de la pandemia.
Cuanto menos dure la guerra mejor, porque será menor el coste en sufrimientos para el pueblo ucraniano, también para el ruso que va viendo como vuelven muertos y heridos los sodados que también son pueblo y para clases populares en toda Europa, los esfuerzos diplomáticos son imprescindibles, pero en la diplomacia hay intereses, no milagros. Entiendo los argumentos contra el envío de armas a Ucrania pero no los comparto, la negociación sólo será real y no una imposición si las dos partes tienen algo que ganar con el acuerdo. Frente a una agresión real, no hipotética, no veo la autoridad moral para negarse, sólo que hay que tener claro que el objetivo tiene que ser forzar la negociación y el acuerdo y que ese sólo será útil si cada parte puede explicarlo como aceptable.
Termino remarcando lo que me parece esencial, la internacional reaccionaria sigue progresando, la Rusia de Putin es clave en ese fenómeno y todos los que nos proclamamos progresistas debemos pensar en torno a cómo parar ese avance, en todos los escenarios se libra esa batalla, en Castilla y León, en Ucrania, en los EUA con el fantasma de Trump dominando en el Partido Republicano, etcétera. No todos los que no piensan lo mismo que nosotros son lo mismo y necesitamos aliados que no tendremos aislándonos en una torre de marfil.
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