Aunque lo fundamental para entender la dinámica del primer gobierno de la monarquía vino dado por la movilización social y por los equilibrios y tensiones dentro de las instituciones que gobernaban el país (lo ya expuesto en las entradas anteriores -aquí y aquí-) los procesos históricos son complejos, como las sociedades en los que se desarrollan, la movilización social no funcionó con independencia de las posturas de la oposición aún clandestina, las situaciones no eran iguales en todos los territorios, la violencia política estuvo presente... En definitiva, hay aspectos que ayudan a explicar las grandes tendencias de aquellos días y que apuntan a conflictos futuros que aparecieron en los años posteriores de la misma transición y que legaron consecuencias vivas aún en la actualidad
Las zonas urbanas y con mayor desarrollo económico, junto a territorios con actividades que concentraban mano de obra asalariada, como la minería asturiana o el sector naval, era lógico que tuvieran mayor protagonismo, pero en el caso de Catalunya y Euskadi deben añadirse dinámicas políticas propias, diferentes en cada caso, que se relacionaban y al mismo tiempo iban más allá de las aspiraciones nacionales
En Catalunya se había desarrollado desde mediados de la década de los sesenta un proceso unitario de confrontación con el franquismo, el punto de arranque podría situarse en la Caputxinada de 1966 y culmina con la Assemblea de Catalunya, constituida en 1971 y que se fue extendiendo más allá de Barcelona por el territorio catalán. Sobre las características de este proceso y su importancia remito a entradas anteriores que son básicas para entender la potencia y transversalidad del movimiento unitario antifranquista en Catalunya (aquí, aquí y aquí)
Fue la Assemblea de Catalunya la que convocó la manifestación del 1 de febrero de 1976, duramente reprimida antes de que llegara ni siquiera a concentrarse, y la que volvió a convocar una semana después, el 8 de febrero y otra vez con la respuesta de una dura represión. Las imágenes que recorrieron el mundo decían poco de la voluntad aperturista que proclamaba el gobierno, pero si algo debe destacarse es que se trataba de una gran movilización convocada en clave estrictamente política, sin vinculación directa con ningún tipo de conflicto concreto al estilo de las huelgas laborales que abundaban en aquellos momentos, como dejaba claro el lema de Llibertat, Amnistia i Estatut d'Autonomia que era el resumen del programa de ruptura defendido por la Assemblea.
La Hoja del Lunes, única prensa escrita que se podía publicar los lunes, llevó la manifestación como principal tema de portada el día 2 de febrero y hablaba de 25 mil participantes según fuentes oficiosas (al día siguiente La Vanguardia volvía a dar esa cifra junto a la estimación de los convocantes de 70 mil asistentes) pero ya le dio un tratamiento más discreto a la del día 8 en la edición de lunes siguiente
Sea como fuere se trataba de una movilización importante, además de muy transversal, que ponía de manifiesto que Catalunya era uno de territorios con mayor asentamiento del antifranquismo militante. No obstante, la primera visita como rey de Juan Carlos I a Catalunya puso de manifiesto apenas una semana después que las unanimidades estaban lejos de existir, el monarca eligió Catalunya como destino de su primer viaje a un territorio español (entonces eran aún regiones) y realizó una visita larga, cinco días en los que estuvo en las cuatro demarcaciones provinciales y participó tanto en actos institucionales como en baños de masas. Las imágenes dejan claro que las calles se podían llenar de manifestantes y que al día siguiente podían verse atestadas de personas vitoreando a los reyes, conviene no perder esa perspectiva de la misma forma que no deben considerarse baladí la elección de Catalunya para la primera visita real o el uso del catalán en alguna intervención, por poner ejemplos, la Casa Real desarrollaba su agenda que era entonces tan importante como la de un gobierno que por aquellas fechas empezaba a discutir sobre unas reformas políticas en las que gran parte de gabinete, empezando por el Presidente del Gobierno, no creía
Si se une la conflictividad social en comarcas industriales como el Baix Llobregat o el Vallès Occidental, ese mes de febrero en Catalunya refleja tanto la fortaleza de las fuerzas partidarias del cambio político en forma de ruptura, superior a la existente en otros territorios, como la capacidad de maniobra que tenía el poder para reconducir la situación si era capaz de actuar
Con mucho menos peso demográfico y económico y con una trayectoria política muy distinta, la situación en Euskadi no tenía ningún parecido con la de Catalunya, además de la existencia de ETA se expresan otras diferencias que no son intrascendentes. Las prácticas represivas del régimen habían distanciado a gran parte de la población de forma más marcada que en cualquier otro lugar, los estado de excepción fueron frecuentes en los últimos años del franquismo y los abusos durante los mismos también. En nombre de la eficacia en la lucha contra ETA se generó un rechazo de buena parte de la población que se manifestó no sólo en la transcición sino hasta mucho después. Por otra parte, las dinámicas unitarias eran casi inexistentes y el protagonismo de los comunistas y de CC.OO. menos destacado que en los otros territorios con un cierto desarrollo industrial
Durante el gobierno de Arias Navarro se mantuvo la actividad de ETA con una intensidad similar a la del año anterior, 12 asesinatos en el primer semestre del año. Pero será la violencia policial en Vitoria de la que ya se ha hablado el hecho más destacado del periodo, una movilización que hasta la brutal intervención policial no se diferenciaba en mucho de las que se vivieron en el resto de España en el mismo periodo y que tuvo repercusiones más allá del territorio vasco.
El otro gran suceso político de estos meses se produjo en Navarra, pero se enmarca dentro de las herencia de la tradición política vasca, fueron los sucesos de Montejurra. El carlismo estaba dividido entre los seguidores de Carlos Hugo, de posicionamientos izquierdistas, y su hermano Sixto, defensor de los postulados conservadores tradicionales del carlismo. En la peregrinación anual desde el Monasterio de Irache a la cumbre de Montejurra celebrada el 8 de mayo se produjo la agresión de grupos armados partidarios de Sixto de Borbón que causaron dos muertes y numerosos heridos. El enfrentamiento del que se habló en medios próximos a la extrema derecha y al gobierno no existió, lo que se produjo fue un ataque, incluso con el uso de una metralleta pesada, por parte de los partidarios de Sixto de Borbón que armados y reforzados por ultraderechistas de otros países habían ocupado la cumbre de Montejurra días antes con la ayuda de la pasividad policial. El apoyo gubernamental a la facción de Sixto de Borbón para debilitar el alineamiento del carlismo con la oposición democrática fue objeto de denuncia ya en aquellos momentos, a lo que contribuyó que se dejara salir de España a dicho pretendiennte sin investigar su participación en los hechos o la negativa a que en el juicio declarase Manuel Fraga Iribarne, por entonces Ministro del Interior, sobre las más que sospechosas permisividades policiales
El caso de Montejurra pone sobre aviso de un fenómeno frecuente a lo largo de todo el periodo de la Transición, las organizaciones democráticas se enfrentaban a los cuerpos represivos del estado que tenían comportamientos impropios de unos cuerpos de seguridad de un país democrático (España no lo era) y que provocaron un buen número de víctimas (al menos 8 entre febrero y mayo de ese año) pero también a la connivencia de los aparatos del estado con la ultraderecha más violenta. Los responsables directos de los asesinatos en Montejurra se beneficiaron de la Ley de Amnistía de 1977, pero más allá de ese dato, la trama que había detrás de los hechos jamás se investigó, la guerra sucia antiterrorista estaba ya en marcha, aunque los hechos más graves de la misma estaban por venir, y los grupos de la ultraderecha actuaban con impunidad, sobre todo en Madrid, causando víctimas hasta entrados los años 80, en 1976 lo hacían ante la pasividad de unos cuerpos de seguridad que no fueron depurados y que miraban para otro lado, cuando no colaboraban con sus acciones, sólo a partir de la matanza de Atocha, en enero de 1977, empezó a actuarse contra los ultraderechistas por el riesgo de desestabilización que suponían, e incluso a partir de entonces contaron con simpatías y connivencias en los aparatos del estado
El relato oficial de la violencia etarra, que existió y fue a más a partir de 1978, como se verá, acostumbra a ignorar la otra violencia vivida durante la Transición, de las que Vitoria y Montejurra son exponentes de dos de las caras que pudo adoptar. La Transición no fue un proceso tranquilo de pactos de despacho, no puede entenderse en toda su complejidad sin tener en cuenta las características del pulso que las fuerzas transformadoras estaban haciéndole a todo un conglomerado de poderes inmovilistas con acceso a muchos resortes de poder
A esa situación debía hacer frente la oposición democrática, con escasa capacidad organizativa si se excluye a los comunistas. Las estrategias, con la excepción vista de Catalunya, eran muy diversas y la unificación de objetivos y planteamientos avanzó con dificultades. El PCE intentó configurar algo parecido a la Assemblea de Catalunya en el ámbito estatal cuando en 1974 encabezó la creación de la Junta Democrática que pretendía aglutinar a partidos, otras entidades y personalidades para forzar la ruptura democrática, pero la dinámica precedente que facilitó el éxito de esa fórmula en Catalunya no se había dado en el resto de España y había formaciones políticas que veían en la propuesta una formula mediante la cual los comunistas controlarían al conjunto del antifranquismo. Esa división cristalizó con la constitución de la Plataforma Democrática en 1975, encabezada por el PSOE
Poco antes de la muerte del dictador ya hubo un comunicado conjunto de ambos organismos que preludiaba la fusión en lo que se denominó popularmente la Platajunta, cuyo acuerdo se presentó el 24 de marzo de 1976, al calor de las fuertes movilizaciones que se estaban produciendo y azuzada por los hechos de Vitoria. Las bases del programa de objetivos conjuntos eran la amnistía y un proceso de ruptura que llevara a otro constituyente, no se hablaba de gobierno provisional aunque el término ruptura resumía sus planteamientos. Lo realmente trascendente es que Felipe González, al aceptar esa vía de disolver la Plataforma e incorporar al PSOE en Coordinación Democrática (nombre oficial de la Platajunta) junto al PCE entre otros, se negó, en palabras de Santos Juliá, a ser el Sagasta de un Fraga haciendo el papel de Cánovas en una reedición de la Restauración decimonónica. El ministro de Exteriores, Areilza, se llegó a quejar ante Alemania de que el PSOE había roto su compromiso con el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) de no pactar con los comunistas, mientras que Fraga, además de imputar al PSOE querer resucitar el Frente Popular procedía, como ya se vio con anterioridad, a encarcelar a los comunistas que estaban presentes en la Platajunta además de a Calvo Serer, monárquico afín al padre del rey. La reacción de los llamados aperturistas que estaban en el gobierno respondía a que su idea de un proceso paulatino de reformas, a plazos e incompletas, necesitaba una cierta legitimación de parte de la oposición al régimen, algo que se dificultaba con la creación del organismo unitario con los objetivos que expresaba, aunque eso no implicó que no siguieran intentando una salida de ese tipo
En definitiva, el primer semestre de 1976 supone el fracaso absoluto del inmovilismo como consecuencia de la movilización social y de las propias divisiones en el interior del régimen. A pesar de la violencia policial y de la permisividad con respecto a la extrema derecha, la presión popular convertía las dudas del poder en un riesgo que permitió al rey (poco afín al Jefe de Gobierno que había tenido que asumir) forzar la dimisión de Arias Navarro e impulsar un cambio de rumbo. Este primer semestre había dejado claras las debilidades del continuismo, el siguiente iba a poner de manifiesto las debilidades de quienes querían forzar la ruptura, pero de eso ya se hablará
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