dilluns, 17 de setembre del 2018

EL CATALANISMO FRENTE A LA DICTADURA




Hasta la segunda mitad de los años 50 las dificultades generalizadas a las que se enfrenta la oposición antifranquista se reflejan también en la defensa de la identidad propia de Catalunya. La oposición en el exilio tiene cada vez menos opciones con el reconocimiento paulatino del régimen hasta hacer irrelevante a la Generalitat en el exilio, de la misma forma que le sucedió al gobierno republicano, y en el interior hay escasos movimientos que nunca logran consolidarse.

Las debilidades que se manifiestan en el proyecto franquista y su necesidad de moderar su imagen negativa en el exterior (aquí) animan a todos los sectores opositores, entre ellos el catalanismo

La burguesía nacionalista encabeza dos episodios casi consecutivos de enfrentamiento con el poder político, primero el caso Galinsoga (entre 1959 y principios de 1960) impulsando una acción que consigue la destitución de este director de La Vanguardia por parte del gobierno (era el que nombraba a los directores de toda la prensa) a raíz de unas declaraciones despectivas hacia los catalanes. Animado por este éxito este mismo grupo, con el clarificador nombre de Cristians Catalans protagoniza Els Fets del Palau unos meses después, en mayo 1960, en este caso cantando el Cant de la senyera en un homenaje a Joan Maragall, autor de la letra, en el Palau de la Música, algo que había sido expresamente excluído por las autoridades del programa del acto. Esto sirvió de excusa para la detención y condena a prisión de Jordi Pujol, ya en el punto de mira por el tema Galinsoga

Las confrontaciones directas de estos sectores con las autoridades desaparecen hasta que una década después se intensifica desde todos los ámbitos la oposición al franquismo. Dicho esto puede parecer que el nacionalismo catalán heredero de la línea identitaria y socialmente conservador es una especie de Guadiana en esta etapa, pero la realidad es que desarrolla un trabajo importante por otras vías. Quizá escarmentados por el poco recorrido de la confrontación directa, quizá porque ven con recelo el crecimiento de la oposición al franquismo en clave social en la década de los 60, los sectores nacionalistas de la burguesía catalana desarrollan una importante labor en el frente cultural, con la lengua como eje, aprovechando la relajación de la dictadura en esta materia.

Las primeras iniciativas están directa o indirectamente relacionadas con la Iglesia, en 1959 inicia su nueva etapa la revista Serra d’Or, editada por el Monasterio de Montserrat e impulsada en esta nueva etapa por Max Cahner y Ramón  Bastardas. En 1961 aparece la publicación infantil Cavall Fort, con el apoyo de los obispados de Girona Vic y Solsona y que sobrevive aún

En 1962 Max Cahner y Ramon Bastardas, hay que recordar su vinculación  con los Serra d’Or, fundan Edicions 62, editorial que además de editar libros en catalán, originales o traducidos de otros idiomas, pone en marcha el proyecto de la Enciclopedia Catalana a partir de 1965, aunque las dificultades económicas conducen al rescate de la publicación por parte de Banca Catalana, presidida por Jordi Pujol, momento en que se separa el proyecto de la editorial y se crea la empresa Enciclopedia Catalana S.A. En 1963 nace Ómnium Cultural y empieza a desarrollar su labor de difusión de la cultural catalana por el conjunto del territorio

Hay, en definitiva, un importante trabajo en el terreno cultural que en los años 70 se complementa con la participación, a título individual o ya con incipientes partidos, en las plataformas conjuntas de oposición al franquismo, en especial la Assemblea de Catalunya

La distinción, interesada y desde luego discutible, entre nacionalismo y catalanismo político ha permitido que en el imaginario colectivo se haya ido borrando la aportación en este período del nacionalismo progresista. Tras la guerra ERC sufre la represión, como el resto de partidos y organizaciones, y no tiene actividad interior destacable hasta los últimos años de la dictadura, bajo la dirección de Heribert Barrera del que ya se hablará en otra entrada, su gran baluarte es mantener la presidencia de una Generalitat en el exilio cada vez más intrascendente, primero con Josep irla y después con Josep Tarradellas.

Pero la izquierda catalana, desde antes de la II República, nunca ha sido una prolongación de los partidos y organizaciones sociales españolas. El partido que mejor lo ejemplifica durante la dictadura es el PSUC, baste recordar que su órgano de prensa, Treball, siempre se publica en catalán. Se trata del partido con mayor presencia organizada en el interior, el único con cierta organización, y el que más contacto mantiene con el movimiento obrero y la gran masa de inmigrantes llegados en las décadas de los 50 y 60 a través de su influencia en CC.OO. y el asociacionismo vecinal. Frente a las críticas de caer en el nacionalismo pequeño burgués que venían de diferentes ámbitos de la izquierda española y catalana (el mismo Pascual Maragall en los años 60) el PSUC defiende luchar conjuntamente  por las libertades nacionales y los derechos sociales, en 1967 del movimiento de las comisiones obreras surge la Comissió Obrera Nacional de Catalunya y el término nacional no se incluye por casualidad, cuando el sindicato se legaliza mantiene sus propios estatutos, diferenciados de los de las CC.OO. de España. Todo ello culmina en la formulación de la propuesta del catalanismo popular que busca la confluencia de las reivindicaciones sociales en la puesta en marcha de un proyecto nacional catalán

Tampoco el socialismo catalán actúa como una federación catalana del PSOE, casi desaparecido durante la dictadura. El PSC que nace en la transición es la fusión de diferentes formaciones y Joan Raventós, su Primer Secretario en 1976, proviene del MSC, Moviment Socialista de Catalunya, que a su vez se fracciona en diferentes corrientes, sólo una pequeña parte del PSC proviene de la federación catalana del PSOE. Sin la actividad que despliegan los comunistas del PSUC, los socialistas catalanes se alinean claramente con los defensores de los derechos nacionales y forman parte de la Assemblea de Catalunya.

La actividad de las formaciones políticas y movimientos sociales en las ciudades con mayor presencia de población de reciente inmigración es fundamental para que la reivindicaciones nacionales cuenten con un apoyo transversal y amplísimo, el perfil inclusivo de la propuesta nacional que defienden, estrechamente ligada a los derechos políticos aún por recuperar y a la mejora de las condiciones de vida y laborales evita una ruptura social que era un riesgo cierto

En resumen, las dos almas del catalanismo que mal convivían en la ERC de la II República se mantienen, con estrategias distintas, en la oposición al franquismo y confluyen frente a él en última instancia. Durante la Transición se pondrá de manifiesto no sólo el peso del catalanismo en el conjunto de la sociedad, sino también la pugna entre dos modelos de construcción nacional, ahí intervinieron muchas cuestiones de las que se hablará más adelante

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