Hasta la segunda mitad de los años 50 las
dificultades generalizadas a las que se enfrenta la oposición antifranquista se
reflejan también en la defensa de la identidad propia de Catalunya. La
oposición en el exilio tiene cada vez menos opciones con el reconocimiento
paulatino del régimen hasta hacer irrelevante a la Generalitat en el exilio, de
la misma forma que le sucedió al gobierno republicano, y en el interior hay
escasos movimientos que nunca logran consolidarse.
Las debilidades que se manifiestan en el proyecto
franquista y su necesidad de moderar su imagen negativa en el exterior (aquí) animan
a todos los sectores opositores, entre ellos el catalanismo
La burguesía nacionalista encabeza dos episodios
casi consecutivos de enfrentamiento con el poder político, primero el caso
Galinsoga (entre 1959 y principios de 1960) impulsando una acción que consigue
la destitución de este director de La Vanguardia por parte del gobierno (era el
que nombraba a los directores de toda la prensa) a raíz de unas declaraciones
despectivas hacia los catalanes. Animado por este éxito este mismo grupo, con
el clarificador nombre de Cristians Catalans protagoniza Els Fets del Palau
unos meses después, en mayo 1960, en este caso cantando el Cant de la senyera
en un homenaje a Joan Maragall, autor de la letra, en el Palau de la Música,
algo que había sido expresamente excluído por las autoridades del programa del
acto. Esto sirvió de excusa para la detención y condena a prisión de Jordi
Pujol, ya en el punto de mira por el tema Galinsoga
Las confrontaciones directas de estos sectores con las autoridades desaparecen
hasta que una década después se intensifica desde todos los ámbitos la
oposición al franquismo. Dicho esto puede parecer que el nacionalismo catalán
heredero de la línea identitaria y socialmente conservador es una especie de
Guadiana en esta etapa, pero la realidad es que desarrolla un trabajo
importante por otras vías. Quizá escarmentados por el poco recorrido de la
confrontación directa, quizá porque ven con recelo el crecimiento de la
oposición al franquismo en clave social en la década de los 60, los sectores
nacionalistas de la burguesía catalana desarrollan una importante labor en el
frente cultural, con la lengua como eje, aprovechando la relajación de la
dictadura en esta materia.
Las primeras iniciativas están directa o
indirectamente relacionadas con la Iglesia, en 1959 inicia su nueva etapa la
revista Serra d’Or, editada por el Monasterio de Montserrat e impulsada en esta
nueva etapa por Max Cahner y Ramón Bastardas. En 1961 aparece la publicación
infantil Cavall Fort, con el apoyo de los obispados de Girona Vic y Solsona y
que sobrevive aún
En 1962 Max Cahner y Ramon Bastardas, hay que
recordar su vinculación con los Serra d’Or,
fundan Edicions 62, editorial que además de editar libros en catalán,
originales o traducidos de otros idiomas, pone en marcha el proyecto de la
Enciclopedia Catalana a partir de 1965, aunque las dificultades económicas
conducen al rescate de la publicación por parte de Banca Catalana, presidida
por Jordi Pujol, momento en que se separa el proyecto de la editorial y se crea
la empresa Enciclopedia Catalana S.A. En 1963 nace Ómnium Cultural y empieza a
desarrollar su labor de difusión de la cultural catalana por el conjunto del
territorio
Hay, en definitiva, un importante trabajo en el terreno
cultural que en los años 70 se complementa con la participación, a título
individual o ya con incipientes partidos, en las plataformas conjuntas de
oposición al franquismo, en especial la Assemblea de Catalunya
La distinción, interesada y desde luego discutible,
entre nacionalismo y catalanismo político ha permitido que en el imaginario
colectivo se haya ido borrando la aportación en este período del nacionalismo
progresista. Tras la guerra ERC sufre la represión, como el resto de partidos y
organizaciones, y no tiene actividad interior destacable hasta los últimos años
de la dictadura, bajo la dirección de Heribert Barrera del que ya se hablará en
otra entrada, su gran baluarte es mantener la presidencia de una Generalitat en
el exilio cada vez más intrascendente, primero con Josep irla y después con
Josep Tarradellas.
Pero la izquierda
catalana, desde antes de la II República, nunca ha sido una prolongación de los
partidos y organizaciones sociales españolas. El partido que mejor lo ejemplifica durante la dictadura es
el PSUC, baste recordar que su órgano de prensa, Treball, siempre se publica en
catalán. Se trata del partido con mayor presencia organizada en el interior, el
único con cierta organización, y el que más contacto mantiene con el movimiento
obrero y la gran masa de inmigrantes llegados en las décadas de los 50 y 60 a
través de su influencia en CC.OO. y el asociacionismo vecinal. Frente a las
críticas de caer en el nacionalismo pequeño burgués que venían de diferentes
ámbitos de la izquierda española y catalana (el mismo Pascual Maragall en los
años 60) el PSUC defiende luchar conjuntamente
por las libertades nacionales y los derechos sociales, en 1967 del
movimiento de las comisiones obreras surge la Comissió Obrera Nacional de
Catalunya y el término nacional no se incluye por casualidad, cuando el sindicato
se legaliza mantiene sus propios estatutos, diferenciados de los de las CC.OO.
de España. Todo ello culmina en la formulación de la propuesta del catalanismo
popular que busca la confluencia de las reivindicaciones sociales en la puesta
en marcha de un proyecto nacional catalán
Tampoco el socialismo
catalán actúa como una federación catalana del PSOE, casi desaparecido durante
la dictadura. El PSC que nace en la transición es la fusión de diferentes formaciones
y Joan Raventós, su Primer Secretario en 1976, proviene del MSC, Moviment
Socialista de Catalunya, que a su vez se fracciona en diferentes corrientes,
sólo una pequeña parte del PSC proviene de la federación catalana del PSOE. Sin
la actividad que despliegan los comunistas del PSUC, los socialistas catalanes
se alinean claramente con los defensores de los derechos nacionales y forman
parte de la Assemblea de Catalunya.
La actividad de las
formaciones políticas y movimientos sociales en las ciudades con mayor
presencia de población de reciente inmigración es fundamental para que la
reivindicaciones nacionales cuenten con un apoyo transversal y amplísimo, el
perfil inclusivo de la propuesta nacional que defienden, estrechamente ligada a
los derechos políticos aún por recuperar y a la mejora de las condiciones de
vida y laborales evita una ruptura social que era un riesgo cierto
En resumen, las dos
almas del catalanismo que mal convivían en la ERC de la II República se
mantienen, con estrategias distintas, en la oposición al franquismo y confluyen
frente a él en última instancia. Durante la Transición se pondrá de manifiesto
no sólo el peso del catalanismo en el conjunto de la sociedad, sino también la
pugna entre dos modelos de construcción nacional, ahí intervinieron muchas
cuestiones de las que se hablará más adelante
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