Mientras voy acabando una nueva entrada en este bloc sobre la historia de la Transición me voy resistiendo a abordar otros temas. Así, he evitado hablar sobre nada que tuviera que ver con las elecciones de mañana.
Pero hay un tema, recurrente, sobre el que voy a volver a hablar. Joan Centelles (activista social y vecinal de mi ciudad) y yo somos seguidores mutuos en twitter, pero no tenemos la misma visión de fet nacional català, siendo los dos contrarios al procés y declaradamente contrarios a la independencia no tenemos la misma visión de lo que son España y Catalunya y, sobre todo, de cómo abordar eso tan famoso del encaje.
Viene esto a cuento de dos artículos que colgó ayer en al red y sobre los que hice comentarios socarrones, twitter tampoco da para mucho más. Los artículos en cuestión son este y este y he pensado que el bueno de Joan Centelles se merece quizá algún razonamiento más que un mal pareado y una respuesta cortante. Así que allá me lanzo, intentando condensar en poco espacio algo muy complejo ciertamente
Creo que se equivocará la izquierda española que quiera construir una idea nacional de España de nación única inclusiva, respetuosa con las diversidades culturales y lingúísticas, no porque sea un mal deseo, sino porque es un imposible. La idea de una España de valores republicanos (no me refiero a la forma de estado, sino a eso que nos han vendido que define la idea de nación en Francia) pudo haber sido un planteamiento político viable en el s. XIX, pero fracasó, el proceso de revolución liberal en España se dio de tal forma que las burguesías periféricas, sobre todo en Catalunya, acabaron abrazando su propio proyecto nacional. Difícilmente el proyecto nacional que inspira la Constitución de 1812 hubiera protegido las diversidades culturales, ese es otro tema, pero sí podría haber afianzado una idea de nación con la que se identificaran las clases dirigentes de todo el territorio, con lo que las expresiones nacionalistas periféricas hubiesen tenido muy difícil prosperar
Sucede que el pasado acaeció de una forma determinada y no valen las formulaciones sobre lo que hubiera podido suceder si las cosas se hubieran dado de otra manera. Y sucede también que el pasado condiciona la realidad presente. Para la izquierda española hay dos opciones realistas en la actualidad, asumir la plurinacionalidad o comprar el proyecto uniformizador español y cargarlo de contenido social para que no sea una simple asunción del modelo conservador. Soñar con que el sentimiento de pertenencia a una nación catalana desaparezca por sugestión es hoy por hoy una quimera, pretender hacerlo a la fuerza nos lleva al venceréis pero no convenceréis unamuniano que ahora está de moda gracias al cine
Pero como el articulista, Juan Claudio de Ramón, me lo sirve en bandeja voy a tomar el ejemplo del Imperio Austro-Húngaro que él trae a colación. Tras las guerras napoleónicas el Imperio quedó como una de las potencias triunfadoras y Metternich, su primer ministro, fue el arquitecto de la restauración del orden anterior a la revolución francesa en Europa, todo se fue al garete con las revoluciones de 1848 y al Imperio (a partir de entonces Austro-Húngaro) enemigo de construir una nación de ciudadanos, le empezaron a estallar las costuras por las presiones identitarias, la misma Austria quedó tocada y con dificultades para establecer una identidad propia (lo que a la larga favoreció el Anchluss hitleriano de 1938). Poner esa amalgama imperial como ejemplo de pluralidad frente al "rimero de naciones centroeuropeas en que se descompuso" no pasará a los anales como la comparación más atinada susceptible de formularse, ¿queremos una España preliberal, sin ciudadanía con derechos en la que la argamasa que une al conjunto sea un interés de estado ajeno a la voluntad popular? Es imposible saber si aquel imperio podría haber avanzado hacia una nación unificada de haber adoptado otras políticas, lo que sí sabemos es que fue imposible mantenerlo pretendiendo impedir que se desarrollaran otros proyectos nacionales cuando estos ya hubieron cristalizado
Soy catalanista y asumo que esa es una forma de nacionalismo, porque sí creo que Catalunya es una nación, no en base a criterios de identidad cultural, sino por la voluntad de su población. No soy independentista porque no creo que los estados-nación sean instrumentos útiles para hacer frente a los retos actuales que son transnacionales. Creo que España está a tiempo, cada vez menos a tiempo, de configurarse como un sujeto estatal plurinacional, donde convivan la propia nación española, con la catalana, la vasca y las otras identidades nacionales que existen o se incuban, asumiendo que comparten espacios y conviven mezcladas, que hay ciudadanos de Valencia que se sienten catalanes y ciudadanos de Catalunya que se sienten españoles o las dos cosas, pero que también es necesario construir poderes supraestatales. Si las distintas naciones seguirán siendo un sujeto histórico con relevancia en el futuro, se trate de España, Catalunya o Alemania no lo sabemos ahora, lo que sí sabemos es que la convivencia sólo es posible desde el respeto a las ideas de pertenencia de los otros y que pretender una España plural pero no plurinacional es una forma como otra cualquiera de imponer una única idea de pertenencia nacional. Y a lo mejor es una idea hasta bien intencionada, sólo que es un imposible
Espero que a Joan Centelles esto le parezca más constructivo que el rechazo sin más a los planteamientos de los artículos que me pasó, ahora ya sabe a qué atenerse, cualquier cosa que suponga negar la existencia de la nación catalana y su reconocimiento me parecerá, hoy por hoy, un dislate. Lo que pueda pasar en el futuro ya será otra cosa, al igual hablar de naciones resulta una obsolescencia en pocas décadas
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