La aportación de Piketty en el tema de fiscalidad, de su evolución histórica en diversas áreas del mundo y de las razones por las que se produjo dicha evolución es muy importante, también que no se haya limitado a la visión clásica de las economías centrales del sistema. Mucho más discutible es su aventura histórica por lo que en el libro llama sociedades propietaristas, en especial cuando se remonta a lo que él llama sociedades trifuncionales que se corresponden casi perfectamente con lo que siempre hemos conocido por economías feudales. Pero no es del análisis histórico de lo que quiero tratar.
Piketty asume el riesgo de hacer propuestas que tienen mucho de programa de transformación de las sociedades presentes hacia un modelo socialista cooperativo, con las políticas fiscales y la participación de los trabajadores en la gestión de las empresas como instrumentos básicos, juntamente con la creación de organismos supranacionales de funcionamiento democrático. El problema, desde mi punto de vista, es que en cada página que iba leyendo me iba acordando de los socialistas utópicos del s. XIX, tan cargados de buenas intenciones como condenados al fracaso por no entender algo tan básico como que las buenas ideas no se propagan por el hecho de ser bienintencionadas.
El problema no es si se está de acuerdo con todo lo que propone, sino cómo se llega a alcanzar el objetivo. Dejando de lado la idea de crear una especie de herencia universal igualitaria para cada persona al cumplir una determinada edad (sobre la que habría mucho que discutir) el grueso de su planteamiento parece una añoranza de las gloriosas décadas posteriores a la II Guerra Mundial, con unas políticas fiscales muy progresivas y con la implantación en algunos países de la presencia obrera en los consejos de administración de las empresas. Frente a eso ya reaccionó en su día la élite dirigente, en cuanto vio que lo que había en el bloque soviético ya no era una amenaza porque había dejado de ser atractivo y aprovechando una crisis, la del petróleo a mediados de los 70, para imponer lo que venían anhelando desde el New Deal de Roosevelt: las políticas neoliberales que se han venido aplicando desde los años 80 hasta hoy, incrementando las desigualdades (como muy bien explica Piketty) y generando las condiciones para la profunda crisis en la estamos inmersos desde 2008
Pensar que van a dejar recuperar aquellas políticas económicas sin oponer todos los medios posibles, remarco el todos, peca de infantilismo, más aún porque una hipotética hegemonía del ideario de las políticas fiscales muy progresivas no afectaría sólo a una pequeña parte de la población mundial (Norteamérica y la Europa Occidental) sino a la inmensa mayoría de ella. Dicho de otro modo, es cada vez más difícil mantener unas condiciones decentes para unos pocos de los que no forman parte de las élites a costa del malvivir de los demás, al tiempo que la mejora generalizada de las condiciones del grueso de la población mundial reduciría la apropiación de riqueza por parte de la minoría más rica, algo que de ningún modo parece dispuesto a aceptar ese reducido grupo.
Piketty infravalora la amenaza que suponía la extensión de procesos revolucionarios que tuvieran como modelo la experiencia de la URSS. En los años 20 y 30 del s. XX llevó a las clases propietarias a dar apoyo a los fascismos como alternativa que no supusiera compartir parte de su riqueza, después de la guerra a asumir la necesidad de hacerlo. En la actualidad no existe una amenaza creíble y como dijo Warren Buffett, uno de los pocos archimillonarios de las élites que habla en público de tanto en tanto, "hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando". Ni siquiera la constatación del fracaso de las promesas que la ortodoxia económica hegemónica ofrecía les llevó a pasar a la defensiva, al contrario, el descontento social han sabido encaminarlo hacia posiciones que quizá sean suicidas de cara al futuro, pero que de momento han llevado al poder a personajes como Bolsonaro, Orban, Boris Johnson o Donald Trump, a la vez que a un crecimiento de las expectativas de otros actores políticos del mismo estilo, como la Lega en Italia, VOX en España o la extrema derecha francesa en proceso de mutación desde hace años
Frente a ellos, eso sí que lo constata Piketty, los herederos de las diferentes familias del socialismo están inertes, el comunismo casi desaparecido después del fracaso soviético y la socialdemocracia asumiendo lo esencial de las ideas económicas dominantes. Tiene razón Piketty en que hace falta un proyecto de sociedad alternativa a la actual, dudo que la propuesta acertada sea la que él plantea, preñada de voluntarismo al estilo de las diferentes corrientes del socialismo utópico que comentaba al principio, anteriores de la formulación de la teoría marxista. Muchas cosas han cambiado desde Marx, algunas superan ampliamente sus análisis entre otras cosas porque no era ni adivino ni profeta, en especial que no cuestionara el crecimiento económico capaz de sustituir como ídolo a los ídolos que se fueran derribando. Algo que tampoco supo prever el filósofo de Tréveris ni otros pensadores más recientes fue la capacidad de adaptación del capitalismo. Pero lo que se mantiene inalterado es el motor del sistema: conseguir la mayor tasa de beneficio posible.
El capital se orienta a las actividades que incrementan no ya el beneficio total, sino el porcentaje de ganancia sobre el capital invertido: la construcción en España concentró el grueso de la inversión en los años finales de s. XX y la primera década del actual porque la tasa de beneficio era mayor que en otras actividades, aunque invertir en otros sectores pudiera haber sido más rentable a medio y largo plazo, por lo menos para el país. Para ello se adoptan las prácticas que mejor vayan a ese objetivo, externalizar riesgos (medioambientales, de salud del personal asalariado o de la población, etc...) es una práctica generalizada, proliferan los falsos autónomos o nos encontramos de tanto en tanto con una consecuencia que no se suele plantear de la sustitución de la factoría fordista por el modelo toyotista, las decisiones estratégicas son menos costosas en materia laboral. Ahora tenemos el conflicto de NISSAN en Catalunya, la decisión de cerrar las plantas va a tener un coste para la multinacional si consigue llevar a cabo su objetivo, espero que no sea así, ¿pero cuánto aumentaría ese coste si tuviera que asumir a todo el trabajo indirecto empleado que es mucho mayor que el directo?, desde luego sería mucho mayor si todo el trabajo necesario se prestara por plantilla de la empresa en lugar de por empresas externas
Equilibrar el poder que tienen las élites económicas globalizadas no será fácil, las resistencias son enormes y las reglas son muy distintas a las clásicas, el mercado funcionando como lo describió en su día Adam Smith es una falacia, el mercado estará condicionado por lo que se decida colectivamente o, cada vez más, por lo que interese a la minoría del 1 % de la población, capaz de orientarlo a su antojo, no hay mano invisible. Hay además nuevas necesidades porque en la situación actual el objetivo no es simplemente el crecimiento, sino un crecimiento que racionalice prácticas inviables basadas en el consumismo, el componente ecológico (más allá del cambio climático) no se puede gobernar empresa por empresa, seguramente habrá sectores de actividad que deberán decrecer y otros que deberán transformarse.
Son imprescindibles las políticas fiscales, pero hace falta algo más que la presencia de representantes de los trabajadores y las trabajadoras en los consejos de administración de las empresas, hay que abrir procesos participativos (procesos democráticos de base de los que Piketty no habla) para decidir más allá del marco de la empresa qué se produce y cómo se hace. El trabajo sigue siendo central en los procesos productivos y en la prestación de servicios, como ha puesto de manifiesto la pandemia del COVID-19, pero la propuesta de modelo alternativo no puede obviar que estamos traspasando la frontera de la mecanización y adentrándonos en la de la robotización con aplicación de la inteligencia artificial. Usos del tiempo y control, no necesariamente propiedad, de los medios de producción (que me perdonen otra vez los que tengan alergia a Marx) son dos caras de la misma moneda.
En definitiva, las políticas redistributivas son vitales, reducir las desigualdades imprescindible, pero hace falta ir mucho más allá en la propuesta. Y hace falta, sobre todo, organizar las acciones que permitan avanzar en ese camino, disputar la hegemonía de las ideas. Las organizaciones clásicas (partidos, sindicatos y asociaciones de todo tipo) quizá no sirvan como las conocieron las generaciones pasadas, pero lo que vemos surgir y se presenta como alternativo no da muestras de ser mejor, Piketty ni siquiera hace referencia a tema de quién se encarga, y cómo, de hacer que avancen las propuestas que plantea u otras en su línea. Tampoco estaba obligado a hacerlo, pero debemos ser conscientes de que está funcionando una internacional ultraconservadora, informal pero efectiva, más los think tanks, los lobbies, buena parte de las confesiones religiosas... y frente a eso la batalla ideológica se libra casi en forma de guerrilla poco articulada.
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