divendres, 15 de maig del 2020

LA VERDADERA AUSTERIDAD

La lectura del discurso de Enrico Berlinguer en la clausura de la convención de intelectuales organizada por el PCI en 1977 (aquí) ha sido un acicate para intentar ordenar algunas ideas que me van rondando desde el inicio del confinamiento..

Es evidente que la situación anómala en la que vivimos desde hace dos meses tiene muchos elementos negativos de todo tipo, desde la limitación de libertades básicas a consecuencias sociales inmediatas de extrema gravedad (de qué viven los propietarios de pequeños negocios o, en peor situación aún, las muchas personas que  subsistían con ocupaciones irregulares y han quedado sin nada) o a efectos económicos a más largo plazo que nos sitúan ante una situación muy preocupante  de cara a los próximos meses o años

Pero también es cierto que esta casi distopía nos ha proporcionado alguna pequeña satisfacción, respirar aire más limpio, reducir los decibelios de las calles, ver videos de delfines en el Port Olímpic de Barcelona, tener tiempo para aburrirse entre meme y meme, descubrir que la bollería casera es mejor que la industrial. Al lado de las graves consecuencias negativas son temas que alguien puede considerar menores, aunque es discutible que respirar mejor sea un tema menor, por ejemplo, pero resulta que van acompañados de otras cuestiones ya no tan menores, apunto tres:

1.- Hemos constatado la importancia de lo fundamental, de la sanidad pública y de rebote de la enseñanza pública o de lo necesario que es mejorar el modelo de atención a las personas dependientes

2.- Se está replanteando el uso del espacio público urbano y lo que llega como provisional  va a quedarse como permanente, al menos en parte. Dar más espacio a las personas en detrimento del que se destina a vehículos privados, incluso dar más espacio a la actividad económica (terrazas de bares) a costa de plazas de aparcamiento en superficie puede tener un recorrido más largo del que se prevé. En el fondo subyace el debate más profundo sobre el uso individual o el uso colectivo de los recursos que son limitados, casi todos

3.- Hay elementos para promover cambios significativos en la escala de valores, a veces como amenazas (crecimiento del autoritarismo) pero también como oportunidad. Recuperamos la conciencia de vulnerabilidad falsamente ocultada por la percepción de que nuestra civilización podía con todo, descubrimos que el individualismo es mala receta para hacer frente a amenazas globales o empezamos a reflexionar, incluso de forma inconsciente, sobre aquello que parecía tan desfasado de la diferencia entre valor y precio. Esto último no tiene relación directa con el tema central que quiero abordar, pero no puedo resistirme a remarcar que gran parte de los empleos que se han mostrado más importantes durante estos meses se corresponden con actividades que de forma tradicional, durante siglos, se han venido cubriendo en los núcleos familiares por parte de las mujeres, tareas de cuidados de personas dependientes o tareas básicas para la subsistencia, como la limpieza, que cuando han salido del ámbito doméstico se han minusvalorado pese a la importancia que realmente tienen

Seguro que se podrían apuntar más líneas sobre las que profundizar, u organizarlas según otros criterios, no pretendo hacer un tratado sistemático en estas líneas. Lo que sí quiero es seguir uno de los posibles hilos conductores, el que engarza con el discurso que Berlinguer pronunció hace 43 años, el despilfarro asociado al consumismo desbocado que necesita el capitalismo en su versión hegemónica presente hace necesario hablar seriamente de la austeridad.

Soy consciente de que la palabra se la apropió la ortodoxia neoliberal y se asoció a recortar gastos en lo que se está mostrando básico para la inmensa mayoría de la población, el sistema juega a hacer suyas las palabras, así, intenta hacer suya una expresión como crecimiento sostenible para cambiarle el sentido y convertirlo en sinónimo de crecimiento sostenido. Si alguien tiene una palabra que defina lo que es la verdadera austeridad que la proponga, yo creo que vale la pena hablar de ella sin medias tintas para defenderla como algo necesario para afrontar el futuro, obviamente con un significado muy diferente al que se le dio en la pasada crisis financiera.

Ser austero no significa dejar de comer porque es imprescindible comer. En clave social, ser austero no puede significar dejar desatendidos servicios esenciales para nuestra existencia como seres sociales, ser austeros no puede ser jibarizar la sanidad pública, ni las pensiones, ni la educación como instrumento a la vez de progreso real y de equilibrador social, ni la debida atención a las personas dependientes que hemos visto que deja mucho que desear. Todo lo contrario, ser austero significa dar prioridad a lo que es esencial, buscando recursos donde los hay y la riqueza llega a ser hasta obscena o limitando el gasto en otros ámbitos.

Un ejemplo de cada cosa para que se entienda, ser austero es buscar recursos que se usan o acaparan de forma no precisamente austera porque las grandes fortunas de los modélicos emprendedores, o de los a veces no tan modélicos ídolos deportivos y de los que se mueven en su entorno, no nacen del ideal luterano o calvinista de trabajo constante y del privarse de todo aquello que no es esencial, las grandes fortunas no se presentan precisamente como el personaje del Sr. Scrooge de Cuentos de Navidad, privándose a sí mismas de cualquier comodidad. La fiscalidad progresiva es un instrumento imprescindible para una auténtica política de austeridad, para derivar el gasto superfluo a lo que es esencial. El último libro de Thomas Piketty, Capital e ideología, tiene a mi modo de ver muchas debilidades (leyéndolo me venía constantemente a la cabeza la imagen de los socialistas utópicos del s. XIX, con sus Icarias y sus falansterios) pero por contra hace un análisis muy loable de la evolución de la fiscalidad desde finales del s. XVIII a la actualidad. No es que sea posible, es que aplicar sistemas fiscales extremadamente progresivos se hizo en las democracias occidentales del s. XX con unos resultados más que satisfactorios.

Segundo ejemplo, hemos visto en la escenografía de las ruedas de prensa sobre la pandemia multitud de uniformes, no todos eran militares, pero ha dado la sensación de que se nos ha querido convencer de la utilidad del ejército para el conjunto de la sociedad en una situación en que dicha utilidad era difícil de percibir. Resulta que no nos ha atacado ningún ejército enemigo, ni tan siquiera una organización terrorista difícil derrotar por procedimientos militares clásicos y que el ejército ha tenido que hacer un esfuerzo para mostrar su utilidad. Ciertamente la ha demostrado con los hospitales de campaña y las desinfecciones, pero no es menos cierto que aquel invento de Zapatero que tantas mofas le costó, la UME, perfectamente podría pertenecer a un cuerpo de protección civil para hacer lo que hace y que es de agradecer cuando hay incendios, inundaciones o, como sucede ahora, en una pandemia. Quiero decir que buena parte del gasto militar también es superfluo dadas las amenazas reales que tenemos. No se lea esto como un antimilitarismo infantil, a buen seguro que hay otros gastos superfluos que son prescindibles o que pueden reducirse, sólo que este en concreto tiene un montante muy significativo.

Pero la austeridad tiene también una vertiente personal que afecta a cada uno de nosotros, aunque de forma muy distinta según el caso. Hay gastos que debieran plantearnos el interrogante sobre su simple viabilidad, en una magnífica entrevista publicada en El País (aquí) Ángel León, propietario del restaurante  Aponiente, dice que habían montado una locura, "una locura que vivía de que el mundo se cogiera un avión para venir a vernos". Él habla en pretérito y habla de que seguramente deberán reinventarse. Puede parecer exagerado, pero hace pocos días la presentadora Ana Rosa Quintana dejó caer en directo que echaba de menos coger el AVE a Valencia, desde Madrid, comerse una paella y volver. No parecen prácticas muy razonables, pero otras del comportamiento habitual de cada uno de nosotros son también irracionales, como usar una prenda de vestir un par de veces o tres y darla por amortizada, o pretender vivir "como señores" y que nos traigan una botella de wiski a las tres de la mañana, sin pararnos a pensar qué condiciones de explotación supone que nos podamos permitir ciertas cosas para millones de personas en el mundo.

No es un mensaje fácil el de la austeridad porque significa replantear muchas cosas. Ahora bien, sucede que la ortodoxia dominante nos ha llevado a dos crisis importantes, de las que acostumbran a llevar aparejadas cambios políticos y sociales trascendentes, en poco más de un decenio. Tras la crisis financiera el capitalismo se refundó, como dijo Sarkozy, doblando la apuesta, para garantizar la continuidad del sector financiero se impuso una falsa austeridad a países como Grecia, España, Italia o Portugal, pero todo el mundo quedó tocado. Se reabrió un debate demasiado tiempo tratado con sordina, el del sentido de un sistema que incrementaba las desigualdades a costa de los intereses de los que menos culpa tenían de aquella crisis y en beneficio de sus responsables. Ahora la crisis no la ha generado directamente el modelo económico, pero se ha puesto de manifiesto que este no sirve para atender lo verdaderamente prioritario ante una emergencia. A diferencia de lo que sucedió en 2008 hay mucha más gente que no está dispuesta a tragarse nuevos sapos, al tiempo que los halcones del orden establecido no van a quedarse impasibles, no van a permitir perder privilegios sin plantar cara. El conflicto está servido y viendo el avance en el mundo de estados autoritarios sustituyendo a democracias más o menos consolidadas es para preocuparse. Eso sí, de lo que no se está hablando, al menos de momento, es de políticas de austeridad en el sentido en que se usó el término hace uno años, políticas que serían definitivamente un suicidio aplicadas como entonces.

Es el momento de reivindicar la verdadera austeridad, la que invocaba Enrico Berlinguer en 1977, una austeridad aún más necesaria hoy contra el despilfarro innecesario que pasa factura a las condiciones de vida de la mayor parte de la humanidad y al propio planeta finito en el que vivimos, una austeridad para centrar los esfuerzos en aquello que es esencial para garantizar una vida digna y plena a todas las personas. En el contexto de 1977 Berlinguer quizá consideraba, con excesivo optimismo de la voluntad, que estaba próxima la superación del capitalismo, con la presión de los movimientos nacionales de liberación en los países empobrecidos (el Tercer Mundo era el término usado entonces y que hoy sería cuestionado) como uno de los motores de ese cambio. El capitalismo demostró su capacidad para reinventarse e ir en el sentido contrario, las cuatro décadas pasadas desde entonces han sido el sueño de los defensores del laissez faire, se abrió un proceso de crecimiento de las desigualdades y de desregulación que nos ha abocado a una situación de fin de época, la ortodoxia neoliberal es ya incompatible con el funcionamiento democrático de las sociedades, los poderes económicos operan más allá de los límites a los que las leyes nacionales pueden alcanzar y, por tanto, eluden el más mínimo control democrático.

Quien piense en transformar el mundo ha de tener un punto del optimismo que tenía Berlinguer, no sé si para superar el capitalismo, pero sí como mínimo para superar esta fase que se agota, lo contario es avanzar hacia sociedades cada vez más autoritarias, con cuestiones identitarias de uno u otro tipo sustituyendo al debate económico y social. El conflicto económico y social debe llevarnos a otro escenario y será obligatorio abordar el debate de la verdadera austeridad, la que garantice la pervivencia de lo esencial, se le dé el nombre que se le dé

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