La decisión del gobierno español de dar el nombre de
Josep Tarradellas al Aeropuerto de Barcelona-El Prat ha levantado las
protestas del nacionalismo catalán conservador. Nadie osa criticar abiertamente
la figura de Tarradellas porque sería destruir parte de la simbología que ha consagrado el
relato oficial reiterado por ese mismo nacionalismo catalán conservador;
Catalunya es tan especial que la Generalitat republicana restaurada es la única
institución respuesta de todo el edificio institucional de la II República. La versión
se ajusta a aquello de que si ens llevem
ben d’hora ben d’hora som imparables e ignora una parte substancial de lo
ocurrido durante la Transición en relación a la llamada cuestión catalana
La operación Tarradellas fue en esencia una maniobra
de Suárez para evitar que un territorio decisivo como Catalunya cayera bajo el
control de una más que posible coalición de socialistas y comunistas, en un
contexto de guerra fría, con el patio político español que estaba como estaba
y con un PSC que por entonces (1977) tenía poco que ver con el PSOE de Felipe
González que vino cinco años después. Tarradellas
fue el títere, él se prestó y era plenamente consciente, ya con anterioridad se
había ofrecido como una garantía frente a un posible riesgo marxista que las
elecciones del 15 de junio de 1977 daban como casi inevitable en Catalunya, la
casi olvidada consigna del no volem
titelles, fora Tarradellas tenía su razón de ser. Aunque detestaba a Jordi
Pujol, como detestaba a casi toda la oposición antifranquista del interior, fue
determinante en la maniobra para ganar tiempo y acabar en 1980 con la elección
de aquel con el inestimable apoyo de la ERC de Heribert Barrera, que actúo por
convicciones propias y porque Foment del Treball, la patronal catalana, hizo
cuanto estuvo en su mano, también en lo económico, para que así fuera (explico
este proceso poco recordado de la historia reciente de Catalunya en esta otra entrada)
Poner en solfa al personaje no es, por tanto, una
opción razonable para el nacionalismo catalán conservador, así que las críticas
a la decisión del gobierno de Pedro Sánchez se han centrado en la cuestión de
la cesión de competencias en lugar de realizar gestos simbólicos (lo que no
deja de ser curioso cuando lo verbalizan los maestros del simbolismo) y en la
unilateralidad de una decisión no negociada y por lo tanto no pactada (que se
quejen de la unilateralidad según quienes también tiene su aquel)
Creo que lo que mejor expresa el verdadero malestar
del nacionalismo catalán conservador es lo dice Toni Soler en su artículo en el Ara (aquí). Les han tocado la simbología con
todo lo que eso representa para quienes se creen dueños de la Catalunya simbólica. Despotricar de Tarradellas no es razonable, pero lo que ara toca, que diría Pujol, es arrinconar
todo aquello que pueda lavarle la cara a la pérfida España y a la Transición:
hay que demonizar al régimen del 78. Y para eso no vale la figura de
Tarradellas, como sucede con Companys debe ser recordado cuando toque y para lo
que toque y dejarlo en un discreto olvido para lo que no conviene. El verdadero
problema para el nacionalismo catalán conservador es que no quiere que el
Aeropuerto Josep Tarradellas sea un recordatotio constante de que la Transición
política no le fue tan mal a Catalunya como entidad nacional, un recordatorio
de que el franquismo difícilmente puede considerarse vivo cuando se recupera,
primero, la Generalitat republicana y, acto seguido, se la dota de muchísimas más
competencias de las que tenía durante la II República, De la misma manera que
el primer nacionalismo decidió que el 11
de setembre fuera el referente simbólico de la nación (y no Sant Jordi o el corpus de sang, por poner dos ejemplos) la actual generación del
nacionalismo catalán conservador busca rehuir de cualquier símbolo que deje ver
la posibilidad de un resquicio a la apertura de España a las reivindicaciones
catalanas, vende más la crispación y es más útil para el actual proyecto
nacional identitario
No me cae bien el personaje elegido para darle
nombre al aeropuerto, habría preferido, por ejemplo, el de Lluís Companys o que
se hubiera seguido llamando Aeropuerto de Barcelona-El Prat, pero por una vez y
sin que sirva de precedente coincido con el tuit de Joaquín Coll, factótum de
Sociedad Civil Catalana, les han marcado un gol por toda la escuadra en un
terreno en el que están acostumbrados a no tener rival, el del simbolismo. Pero
estemos tranquilos, en ese juego seguro que remontan el partido
PS: He utilizado la expresión nacionalismo catalán
conservador de forma reiterada y deliberadamente, para que quede claro a qué me
refiero reiteraré lo que ya he manifestado en otras ocasiones, incluyo en el
ámbito del nacionalismo catalán conservador a todas las organizaciones políticas
y sociales que establecen el vínculo nacional a partir de los elementos culturales
e identitarios, subordinando la función de los derechos cívicos y sociales en
la construcción de los vínculos de identificación con la nación. Para decirlo
sin rodeos, tanto ERC como la CUP (y en otro ámbito la ANC y Òmnium) llevan
años aparcando las prioridades sociales en aras de la defensa de una identidad
nacional de raíces profundamente conservadoras, algo que no es ninguna novedad
en el mundo convergente y en el de sus diversos herederos
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