dilluns, 24 de desembre del 2018

AEROPUERTO TARRADELLAS




La decisión del gobierno español de dar el nombre de Josep Tarradellas al Aeropuerto de Barcelona-El Prat ha levantado las protestas del nacionalismo catalán conservador. Nadie osa criticar abiertamente la figura de Tarradellas porque sería destruir parte de la simbología que ha consagrado el relato oficial reiterado por ese mismo nacionalismo catalán conservador; Catalunya es tan especial que la Generalitat republicana restaurada es la única institución respuesta de todo el edificio institucional de la II República. La versión se ajusta a aquello de que si ens llevem ben d’hora ben d’hora som imparables e ignora una parte substancial de lo ocurrido durante la Transición en relación a la llamada cuestión catalana

La operación Tarradellas fue en esencia una maniobra de Suárez para evitar que un territorio decisivo como Catalunya cayera bajo el control de una más que posible coalición de socialistas y comunistas, en un contexto de guerra fría, con el patio político español que estaba como estaba y con un PSC que por entonces (1977) tenía poco que ver con el PSOE de Felipe González que vino cinco años después. Tarradellas fue el títere, él se prestó y era plenamente consciente, ya con anterioridad se había ofrecido como una garantía frente a un posible riesgo marxista que las elecciones del 15 de junio de 1977 daban como casi inevitable en Catalunya, la casi olvidada consigna del no volem titelles, fora Tarradellas tenía su razón de ser. Aunque detestaba a Jordi Pujol, como detestaba a casi toda la oposición antifranquista del interior, fue determinante en la maniobra para ganar tiempo y acabar en 1980 con la elección de aquel con el inestimable apoyo de la ERC de Heribert Barrera, que actúo por convicciones propias y porque Foment del Treball, la patronal catalana, hizo cuanto estuvo en su mano, también en lo económico, para que así fuera (explico este proceso poco recordado de la historia reciente de Catalunya en esta otra entrada)

Poner en solfa al personaje no es, por tanto, una opción razonable para el nacionalismo catalán conservador, así que las críticas a la decisión del gobierno de Pedro Sánchez se han centrado en la cuestión de la cesión de competencias en lugar de realizar gestos simbólicos (lo que no deja de ser curioso cuando lo verbalizan los maestros del simbolismo) y en la unilateralidad de una decisión no negociada y por lo tanto no pactada (que se quejen de la unilateralidad según quienes también tiene su aquel)

Creo que lo que mejor expresa el verdadero malestar del nacionalismo catalán conservador es lo dice Toni Soler en su artículo en el Ara (aquí). Les han tocado la simbología con todo lo que eso representa para quienes se creen dueños de la Catalunya simbólica. Despotricar de Tarradellas no es razonable, pero lo que ara toca, que diría Pujol, es arrinconar todo aquello que pueda lavarle la cara a la pérfida España y a la Transición: hay que demonizar al régimen del 78. Y para eso no vale la figura de Tarradellas, como sucede con Companys debe ser recordado cuando toque y para lo que toque y dejarlo en un discreto olvido para lo que no conviene. El verdadero problema para el nacionalismo catalán conservador es que no quiere que el Aeropuerto Josep Tarradellas sea un recordatotio constante de que la Transición política no le fue tan mal a Catalunya como entidad nacional, un recordatorio de que el franquismo difícilmente puede considerarse vivo cuando se recupera, primero, la Generalitat republicana y, acto seguido, se la dota de muchísimas más competencias de las que tenía durante la II República, De la misma manera que el primer nacionalismo decidió que el 11 de setembre fuera el referente simbólico de la nación (y no Sant Jordi o el corpus de sang, por poner dos ejemplos) la actual generación del nacionalismo catalán conservador busca rehuir de cualquier símbolo que deje ver la posibilidad de un resquicio a la apertura de España a las reivindicaciones catalanas, vende más la crispación y es más útil para el actual proyecto nacional identitario

No me cae bien el personaje elegido para darle nombre al aeropuerto, habría preferido, por ejemplo, el de Lluís Companys o que se hubiera seguido llamando Aeropuerto de Barcelona-El Prat, pero por una vez y sin que sirva de precedente coincido con el tuit de Joaquín Coll, factótum de Sociedad Civil Catalana, les han marcado un gol por toda la escuadra en un terreno en el que están acostumbrados a no tener rival, el del simbolismo. Pero estemos tranquilos, en ese juego seguro que remontan el partido

PS: He utilizado la expresión nacionalismo catalán conservador de forma reiterada y deliberadamente, para que quede claro a qué me refiero reiteraré lo que ya he manifestado en otras ocasiones, incluyo en el ámbito del nacionalismo catalán conservador a todas las organizaciones políticas y sociales que establecen el vínculo nacional a partir de los elementos culturales e identitarios, subordinando la función de los derechos cívicos y sociales en la construcción de los vínculos de identificación con la nación. Para decirlo sin rodeos, tanto ERC como la CUP (y en otro ámbito la ANC y Òmnium) llevan años aparcando las prioridades sociales en aras de la defensa de una identidad nacional de raíces profundamente conservadoras, algo que no es ninguna novedad en el mundo convergente y en el de sus diversos herederos

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