Cuando murió mi padre yo era fumador. Todo el mundo asoció su cáncer de pulmón al tabaquismo, había fumado desde que tenía uso de razón, conocíamos sus historias de cuando fumar era un lujo y no porque el tabaco fuera caro, sino porque en aquella España y en aquellos tiempos hasta comer era un lujo, de cómo aprovechaban las beatas (las colillas que recogían del suelo si otro no se las había apropiado antes) o de cómo secaban pieles de patatas o cualquier otra cosa para conseguir un sucedáneo del tabaco. Por entonces dejó de fumar mi hermano, seguramente por miedo. Yo no tuve miedo, seguí fumando unos años más
No tener miedo no significa no preocuparte de tanto en tanto por si, como pensar que te puedes matar con el coche o, en mi caso, me dan miedo las alturas, con que puedo despeñarme en cualquier sitio elevado. Pocos fumadores, si hay alguno, no habrán pensado alguna vez en lo que puede pasarles, menos con las campañas, pero al menos en mi caso era un temor pasajero que no se asentó nunca, todo y ser un fumador de riesgo elevado por el consumo, rondando los tres paquetes diarios
Dejé de fumar una docena de años después sin tener realmente miedo en el sentido al que me referiré más adelante. Una enfermedad sin relación directa con el hábito me tuvo cinco días sin fumar entre urgencias y cuidados intensivos, cuando pasé a planta decidí probar, no había habido una voluntad previa de dejar el tabaco, no hubo una prohibición médica porque la úlcera sangrante que a punto estuvo de llevárseme por delante no tenía un vínculo directo con el tabaco. Han pasado diecinueve años, no recuerdo que el miedo tuviera que ver con mi decisión
Pero el otro día sí que sentí miedo, como otras veces me ha pasado. No el miedo súbito de la película de terror, sino el miedo de una perspectiva futura, sólo una posibilidad, que genera desasosiego interior, que indispone físicamente incluso, un malestar que perdura y retorna de tanto en tanto, similar a un recuerdo ya viejo que aún me provoca una sensación parecida, con mi hija muy pequeña intentando asomarse, mientras yo recogía la ropa en el terrado, a un estrecho respiradero de una parte de los cuartos de baño del bloque. También tiene que ver con ella, la que de niña me reconvenía porque yo fumaba y la que al llegar a la adolescencia, como suele pasar, se olvidó de sus reproches y empezó a fumar
Han pasado años, fuma (o fumaba, me gustaría pensar) y mucho. Hace poco más de un mes dijo que lo dejaba, la sensación de alivio y orgullo se sucedía con la desconfianza en mi caso, sabedor de lo difícil de mantener el empeño. Pasaron días, no había sido un propósito de año nuevo, había empezado antes y las semanas iban pasando, me ha rodeado en este tiempo algo parecido a una atmósfera de felicidad, que durará poco y se irá diluyendo pero dejará, si se confirma la razón que está en su origen, ese poso interior que sedimentan las alegrías y las tristezas profundas.
El otro día todo se frustró, intuí algo, bajé con la excusa de ir a por agua o no sé qué y la encontré con un cigarro. Me dijo que era el primero y que lo apagaba y no volvería. Ni me convence ni me convenció, tiene ya su edad y yo la mía, ella para hacer lo que quiera y yo para desconfiar. El miedo vuelve a estar al acecho, a anidar dentro, ese miedo que no sientes por nadie más, ni siquiera por ti mismo
Escribo esto y lo publico porque seguro que hay miedos como el mío, por los motivos que sean, latentes en otra gente. Pero, sobre todo, lo escribo porque sé que ella lo leerá, porque sé que le gustará en el fondo lo que cuento y porque espero que me haga cao, aunque lo dude
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