dilluns, 12 de novembre del 2018

NACIONALISMO ESPAÑOL PROGRESISTA EN EL PERIODO DEMOCRÁTICO




El nacionalismo español conservador se ha mantenido vivo desde la transición (aquí). En una primera etapa de forma más discreta, casi latente, y desde la década de los 90, en especial tras la mayoría absoluta de Aznar en el 2000, mucho más desinhibido y en una ofensiva recentralizadora acelerada tras la crisis de 2008. ¿Pero ha habido una propuesta nacional española en clave progresista similar a la que se planteó en la II República? La respuesta es negativa

Las fuerzas políticas progresistas entran en la democracia aceptando la no ruptura, lo que significa, entre otras cosas, asumir una simbología con la que no se identifican, al menos en un primer momento. Que el PCE realice una rueda de prensa presidida por la bandera monárquica no significa que sus bases y votantes dejen de ser republicanos, mientras que el PSOE mantiene hasta muy avanzado el debate de la ponencia constitucional la llamada enmienda republicana. Algo similar ocurre con el himno, la fiesta nacional del 12 de octubre… Esa escasa identificación ayuda a marginar el tema de España, el de qué idea de nación española se va a defender

Con posterioridad una parte creciente del PSOE, ya convertido en fuerza hegemónica del progresismo, pasa a defender instituciones y símbolos con la determinación del converso, el problema es que lo hace asumiendo el discurso de la identidad por activa, de forma acrítica, y por pasiva, para confrontar con los nacionalismos periféricos

Por otra parte, la defensa del entramado institucional surgido de la transición también dificulta la idea de una propuesta de tradición jacobina como hay en el periodo republicano, una nación de ciudadanos que se identifican a partir de valores cívicos compartidos. Ese centralismo jacobino es antitético con el estado de las autonomías

Finalmente, y quizá lo más importante, el modelo centralista de tradición jacobina es inviable tras el fracaso decimonónico en la construcción de un estado liberal que se identifica con una única identidad nacional (aquí) como ya se puso de manifiesto en la II República al reconocer los estatutos de autonomía de Catalunya y, más tardíamente, Euskadi y Galicia

Tampoco se abre paso una idea federal, la España autonómica es fruto del “café para todos” que diluye la trascendencia política de reconocer realidad nacionales diferenciadas, en especial Catalunya y Euskadi, la misma constitución hace equilibrios como utilizar la expresión nacionalidad, acercándose a, pero sin reconocer la realidad de naciones dentro de la nación. Pero España no construye un estado federal por mucho que se repita la coletilla de que es de los más descentralizados del mundo. El Senado no funciona como una cámara de representación territorial, la autonomía financiera pasa de inexistente a muy limitada (excepto en Navarra y Euskadi) y no existen mecanismos efectivos para limitar las medidas recentralizadoras que pone en marcha el gobierno central, lo que permite a los gobiernos de Rajoy distribuir asimétricamente los ajustes del gasto, penalizando las materias que son competencia autonómica y que constituyen el grueso del estado del bienestar excepto las pensiones, todo ello dejando pasar años sin ni siquiera reunir a los representantes de los gobiernos autonómicos para tratar la financiación.

El conflicto abierto en Catalunya anima movimientos a favor de una estado federal tanto en Catalunya como en el resto de España, pero su incidencia en el debate público es mucho menor, hasta el momento, que la confrontación entre nacionalismos identitarios

Las posiciones del PSC tienen  una creciente dificultad para abrise apso en los debates del PSOE desde la década de los 80 (aquí) y lleva a choques mal disimulados en el debate sobre el estatut que se inicia en 2003 y en su posicionamiento frente al procés, mientras el PSC se desangra el acuerdo que recoge la declaración de Granada de 2013 no es asumido en la práctica por nadie y tiene interpretaciones diversas como queda claro en 2016, en el debate interno que acaba con la dimisión de Pedro Sánchez

A la izquierda del PSOE sucede otro tanto, los posicionamientos formales no soportan la confrontación con la realidad, incluso en cuestiones organizativas internas se exige la asunción de los postulados estatales en Catalunya (motivo de la expulsión de IC de IU y de la creación de EUiA durante el liderazgo de Anguita) Las fuerzas políticas surgidas a partir del 15-M y sus confluencias y la propia IU asumen la propuesta federal y defienden el derecho de autodeterminación de Catalunya, no sin reticencias internas

Lo cierto es que desde que Pasqual Maragall plantea la idea del federalismo asimétrico no se abre en España una propuesta de modelo nacional que incluya lo que en la práctica ya existe, con reforma federal de la constitución o sin ella hay autonomías con competencias y grados de autogobierno diferenciados y, sobre todo, con posiciones distintas sobre la idea de nación. En algún momento Pedro Sánchez habla de España como nación de naciones, pero fiel a sus vaivenes en casi todo cambia pronto el concepto por el de nación cultural y después lo deja en el olvido

Finalmente cabe constatar el debate sobre el sentido de los estados nación en el mundo globalizado, qué soberanía real tienen, qué mecanismos de gobenanza supranacional se necesitan, qué competencias deben asumirse en cada nivel de la administración y para hacer qué. Es cierto que es un debate en foros intelectuales que aún no baja a terreno de las propuestas políticas, pero también es cierto que se echa en falta la intervención de los intelectuales progresistas a lo largo de estos 40 años en el tema de la cuestión nacional en España

Es muy posible que la única manera de articular una idea de nación española inclusiva sea asumiendo las identidades nacionales diversas y su convivencia simultánea en algunos territorios de estado, asumiendo también una identidad europea común con los derechos sociales y de ciudadanía como elemento de identificación. Queda mucho camino, y nada fácil, por recorrer

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