El nacionalismo español conservador se ha mantenido
vivo desde la transición (aquí). En una primera etapa de forma más discreta,
casi latente, y desde la década de los
90, en especial tras la mayoría absoluta de Aznar en el 2000, mucho más
desinhibido y en una ofensiva recentralizadora acelerada tras la crisis de
2008. ¿Pero ha habido una propuesta nacional española en clave progresista
similar a la que se planteó en la II República? La respuesta es negativa
Las fuerzas políticas progresistas entran en la
democracia aceptando la no ruptura, lo que significa, entre otras cosas, asumir
una simbología con la que no se identifican, al menos en un primer momento. Que
el PCE realice una rueda de prensa presidida por la bandera monárquica no
significa que sus bases y votantes dejen de ser republicanos, mientras que el
PSOE mantiene hasta muy avanzado el debate de la ponencia constitucional la
llamada enmienda republicana. Algo similar ocurre con el himno, la fiesta
nacional del 12 de octubre… Esa escasa identificación ayuda a marginar el tema
de España, el de qué idea de nación española se va a defender
Con posterioridad una parte creciente del PSOE, ya
convertido en fuerza hegemónica del progresismo, pasa a defender instituciones
y símbolos con la determinación del converso, el problema es que lo hace
asumiendo el discurso de la identidad por activa, de forma acrítica, y por
pasiva, para confrontar con los nacionalismos periféricos
Por otra parte, la defensa del entramado institucional
surgido de la transición también dificulta la idea de una propuesta de
tradición jacobina como hay en el periodo republicano, una nación de ciudadanos
que se identifican a partir de valores cívicos compartidos. Ese centralismo
jacobino es antitético con el estado de las autonomías
Finalmente, y quizá lo más importante, el modelo
centralista de tradición jacobina es inviable tras el fracaso decimonónico en
la construcción de un estado liberal que se identifica con una única identidad
nacional (aquí) como ya se puso de manifiesto en la II República al reconocer
los estatutos de autonomía de Catalunya y, más tardíamente, Euskadi y Galicia
Tampoco se abre paso una idea federal, la España
autonómica es fruto del “café para todos” que diluye la trascendencia política
de reconocer realidad nacionales diferenciadas, en especial Catalunya y
Euskadi, la misma constitución hace equilibrios como utilizar la expresión
nacionalidad, acercándose a, pero sin reconocer la realidad de naciones dentro
de la nación. Pero España no construye un estado federal por mucho que se
repita la coletilla de que es de los más descentralizados del mundo. El Senado
no funciona como una cámara de representación territorial, la autonomía
financiera pasa de inexistente a muy limitada (excepto en Navarra y Euskadi) y
no existen mecanismos efectivos para limitar las medidas recentralizadoras que
pone en marcha el gobierno central, lo que permite a los gobiernos de Rajoy
distribuir asimétricamente los ajustes del gasto, penalizando las materias que
son competencia autonómica y que constituyen el grueso del estado del bienestar
excepto las pensiones, todo ello dejando pasar años sin ni siquiera reunir a
los representantes de los gobiernos autonómicos para tratar la financiación.
El conflicto abierto en Catalunya anima movimientos a
favor de una estado federal tanto en Catalunya como en el resto de España, pero
su incidencia en el debate público es mucho menor, hasta el momento, que la
confrontación entre nacionalismos identitarios
Las posiciones
del PSC tienen una creciente dificultad
para abrise apso en los debates del PSOE desde la década de los 80 (aquí) y
lleva a choques mal disimulados en el debate sobre el estatut que se inicia en 2003 y en su posicionamiento frente al procés, mientras el PSC se desangra el
acuerdo que recoge la declaración de Granada de 2013 no es asumido en la
práctica por nadie y tiene interpretaciones diversas como queda claro en 2016,
en el debate interno que acaba con la dimisión de Pedro Sánchez
A la izquierda del PSOE sucede otro tanto, los posicionamientos
formales no soportan la confrontación con la realidad, incluso en cuestiones
organizativas internas se exige la asunción de los postulados estatales en
Catalunya (motivo de la expulsión de IC de IU y de la creación de EUiA durante
el liderazgo de Anguita) Las fuerzas políticas surgidas a partir del 15-M y sus
confluencias y la propia IU asumen la propuesta federal y defienden el derecho
de autodeterminación de Catalunya, no sin reticencias internas
Lo cierto es que desde que Pasqual Maragall plantea la
idea del federalismo asimétrico no se abre en España una propuesta de modelo
nacional que incluya lo que en la práctica ya existe, con reforma federal de la
constitución o sin ella hay autonomías con competencias y grados de
autogobierno diferenciados y, sobre todo, con posiciones distintas sobre la
idea de nación. En algún momento Pedro Sánchez habla de España como nación de
naciones, pero fiel a sus vaivenes en casi todo cambia pronto el concepto por
el de nación cultural y después lo deja en el olvido
Finalmente cabe constatar el debate sobre el sentido
de los estados nación en el mundo globalizado, qué soberanía real tienen, qué
mecanismos de gobenanza supranacional se necesitan, qué competencias deben
asumirse en cada nivel de la administración y para hacer qué. Es cierto que es
un debate en foros intelectuales que aún no baja a terreno de las propuestas
políticas, pero también es cierto que se echa en falta la intervención de los
intelectuales progresistas a lo largo de estos 40 años en el tema de la
cuestión nacional en España
Es muy posible que la única manera de articular una
idea de nación española inclusiva sea asumiendo las identidades nacionales
diversas y su convivencia simultánea en algunos territorios de estado,
asumiendo también una identidad europea común con los derechos sociales y de
ciudadanía como elemento de identificación. Queda mucho camino, y nada fácil,
por recorrer
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