La llegada al poder del nacionalismo catalán
conservador no significa el cambio de hegemonía automático, pero desde el
control de las instituciones permite que la visión esencialista de Catalunya se
imponga a la que representa el catalanismo popular. A ello contribuye la
debilidad que van a mostrar las fuerzas que podrían representar esta última
opción y, no debe pasar desapercibida, la corriente mundial que empuja al
neoliberalismo político y económico en detrimento de las políticas
socialdemócratas y el pensamiento económico keynesiano.
El modelo de inmersión lingüística en la educación
catalana es posiblemente el último triunfo del catalanismo no esencialista.
Frente a la propuesta defendida por Jordi Pujol de una doble red de escuelas,
unas en catalán y otras en castellano, la movilización en los centros de
enseñanza de zonas con alto porcentaje de población castellanohablante impone
la fórmula de la inmersión. El objetivo principal no es tanto extender el uso
social del catalán en aquellas zonas como contribuir a la igualdad de
oportunidades de la descendencia de la población que había emigrado de sus
tierras de origen a Catalunya
Los gobiernos de CiU acaban impulsando la doble red
por la vía de la prima a los conciertos educativos con la enseñanza privada en
lugar de invertir decididamente en la pública, como sucede también con la
sanidad, los dos grandes servicios públicos sobre los que la Generalitat tiene
competencias desde un principio. Es inverosímil que unos gobiernos con otra
visión de país hubieran impulsado el modelo que pervive en la Catalunya de hoy
Esta es una de las características diferenciales del
nacionalismo identitario cuando se le compara
con el inclusivo, la identidad no se construye sobre la base de derechos de la
ciudadanía, sino sobre las señas de identidad culturales, entendiendo el
término cultural en un sentido amplio (aquí). La bandera, el himno, la lengua,
como elemento clave en el caso catalán, una determinada visión de la historia,
las tradiciones, incluidas las religiosas, por supuesto, y el folklore son los
grandes elementos de identificación, los derechos y deberes sociales y de
ciudadanía no forman parte troncal de la nación y están, a diferencia de lo
otro, expuestos a los avatares del debate social y político
Otra característica del nacionalismo identitario al
que no escapa el caso catalán es la apropiación simbólica de la nación. La
misma distinción entre nacionalismo y catalanismo parte de la premisa de que
alguien establece un baremo de auténtica pertenencia. Si en la cultura la
pertenencia se mide a partir de uso del catalán como lengua de expresión, en el
caso de la política catalana el grado se impureza se va a establecer a partir
de la “contaminación” de españolismo, con los partidos abiertamente
españolistas en un extremo y los de estricta presencia catalana en el otro,
desde esa visión lo que diferencia tanto al PSC como al PSUC de CiU o ERC en
1980 no es si Catalunya es una nación, sino que PSUC y PSC tienen relaciones,
aunque no sean de dependencia, con partidos españoles
El nacionalismo conservador de CiU llega al poder
gracias, entre otras cosas, al apoyo de la patronal catalana y a las maniobras
del gobierno español desde las elecciones del 15 de junio de 1977 (aquí), pero
para conseguir la hegemonía social que aún hoy mantiene cuenta, además de con
el poder institucional y con el apoyo de una sociedad catalana siempre mucho
más conservadora de lo que se confiesa, con la profunda crisis de las
formaciones que defienden, o se supone que debieran defender, otro modelo de
país
Al año siguiente de las elecciones que llevan a
Jordi Pujol a la Generalitat el PSUC salta por los aires en su V Congreso
(enero de 1981) que acaba llevando a la escisión de los comunistas. La
frustración ante los magros réditos obtenidos por la fuerza más organizada del
antifranquismo en la democracia recuperada explica buena parte de la crisis,
táctica y estrategia se cuestionan y los comunistas se van a convertir en un
actor político secundario en los siguientes años, como PSUC y PCC por separado
y como Iniciativa per Catalunya más adelante, con o sin listas diferenciadas en
la elecciones generales y al Parlament de Catalunya. ICV va a ser una pieza
clave en los dos tripartitos, aunque como socio menor en ambos, pero eso será
ya en el siguiente milenio
El caso del PSC tiene algo de profecía autocumplida,
pierde peso político y su autonomía de funcionamiento con respecto al PSOE de
Felipe González , con un peso creciente de la Federación de Andalucía del PSOE,
disminuye gradualmente, lo que alimenta el discurso de su catalanidad bajo
tutela. Uno de los primeros síntomas es la desaparición del grupo parlamentario
propio, todo apunta a que como coletazo del intento de golpe del 23-F. La
aprobación de la LOAPA, también en el paquete de los posibles acuerdos con los
golpistas (aquí) es munición para el nacionalismo conservador catalán. El salto
del ayuntamiento de Barcelona a la política catalana de Pasqual Maragall supone
una recuperación considerable del discurso propio, la debilidad del PSOE en
España en aquel momento ayuda, y el PSC encabeza los dos tripartitos de los que
ya se hablará
ERC se resiente del abrazo del oso y pierde
influencia electoral y social a partir de 1980, es sintomático de sus
posiciones programáticas de la época, claramente situadas en clave esencialista
y conservadora en todos los aspectos, el relevo de Heribert Barrera por Joan
Hortalà, el actual presidente de la Bolsa de Barcelona, en 1984 renuncia al
escaño en el Parlament, por ERC, para ser Conseller en el ejecutivo de Jordi
Pujol, en 1987 deja este último cargo para ser secretario general de ERC y
cabeza de lista al año siguiente. Los resultados de 1988 vuelven a ser decepcionantes
y el relevo vuelve a efectuarse en clave nacionalista identitaria, Àngel Colom
y Pilar Rahola pasan a ser las cabezas visibles de ERC entre 1989 y 1996, ambos
acaban en la órbita convergente. En 1996 sí que se produce un giro estratégico,
ERC recupera un discurso catalanista no identitario, relegado desde Companys, y
hace compatible el discurso social con una postura abiertamente
independentista, con Carod-Rovira y el nuevo equipo dirigente se gesta la
incorporación a los gobiernos tripartitos y ser una alternativa con un modelo
de país diferenciado al del CiU.
Con este panorama Jordi Pujol puede convertir las
acusaciones de la fiscalía por el caso Banca Catalana en un triunfo político y
desarrollar durante más de dos décadas políticas que favorecen a las clases
acomodadas catalanas, tanto en Catalunya como en el ámbito español, por
influencia sobre los gobiernos de turno y en especial en los años 90. Al mismo
tiempo puede presentarse como pal de
paller de la defensa de los intereses de Catalunya, entendida como un ente
con personalidad y cultura propia que deben defenderse y no como un colectivo
humano unido por lazos de cohesión cívica y social. La abstención diferencial
que se produce en todos los procesos electorales al Parlament le permiten tener
pocos sobresaltos hasta que debe confrontarse electoralmente a Pasqual Maragall
en 1999, pierde aquellas elecciones en votos aunque el sistema electoral y el
apoyo del PP le permiten un último mandato, acabando de forma muy parecida a
como empezó, con menos votos que la izquierda catalana y con el apoyo del
partido conservador español del momento, en 1980 UCD y en 1999 el PP
En el largo período pujolista se asienta la
hegemonía del nacionalismo identitario y conservador en Catalunya, poder y
redes clientelares, control de medios de comunicación públicos y no pocos
privados, apoyo mutuo de Govern, CiU y poderes económicos, avance comparativamente
muy inferior al de otras CC.AA. de la oferta pública de servicios básicos del
estado del bienestar son fenómenos que van parejos
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