divendres, 27 de març del 2020

EL PODER DE LA CIENCIA Y SUS LIMITACIONES

Con frecuencia, oímos decir que hay que dejar tal o cual tema, por supuesto la pandemia que padecemos, en manos de los expertos y científicos que son los que saben, yo voy a permitirme discrepar. Los que venimos de eso que con cierto desprecio se llaman letras estamos acostumbrados a movernos con la ausencia de certezas absolutas. Yo cursé historia y aunque nunca me he llamado a mí mismo historiador porque nunca me he dedicado a la investigación tengo claras dos cosas: que siempre aparecen nuevos datos que modifican el conocimiento que tenemos del pasado y que hay hechos que son la base sobre la que se construye el conocimiento cada vez más sólido. También es cierto que hay versiones de la historia que se construyen al margen de los hechos y que después seleccionan aquellos datos parciales que ayudan a la hipótesis planteada ignorando todo lo que la niega.

La actual crisis sanitaria provocada por el COVID-19 pone de manifiesto que las ciencias sin adjetivar, las que no llevan la coletilla de sociales detrás, se enfrentan a esos mismos problemas, eso no es nuevo, pero cuesta asumirlo. La microbiología, como todas las ciencias aplicadas al funcionamiento del mundo en qué vivimos, no tienen certezas absolutas, sólo datos que nos permiten orientarnos y tener idea de cuál es el origen de las cosas, pasa con la sismología o con el cambio climático, un tema de máxima actualidad aunque ahora esté en segundo plano.

No están la ciencias exentas de cuestionamientos sin base real que hacen más o menos fortuna, el terraplanismo o el creacionismo son una buena muestra, como las visiones románticas de la historia que modelan el relato del pasado al servicio de la causa del presente, cosa que hacen todos los nacionalismos sin descanso (así, el rescate del mito de la Reconquista o la catalanidad de los grandes personajes de la historia)

En la pandemia del COVID-19 eso se expresa en la negación de su gravedad, no hablo de previsiones erróneas (lo haré después) sino de negaciones de la evidencia. Es lo que hicieron los expertos británicos que asesoraban a Boris Johnson y le explicaban la teoría del contagio controlado que inmunizaría a la población británica, propuesta que se mantuvo a pesar de que la evidencia de lo que sucedía en otros lugares indicaba claramente lo contrario. O en una entrada de blog que me llegó recientemente donde se teorizaba sobre la falsedad de la situación de pandemia el mismo día que Bérgamo no daba abasto para deshacerse de los cadáveres.

Nadie debe llevarse a engaño, Boris Johnson hacía caso de sus expertos profetas (parece que ahora ya no) porque le interesaba, muy probablemente porque soñaba con un Reino Unido que sacara partido de la paralización económica que se iba a extender en el resto del mundo y que elevaría la talla de su figura a la de gran estadista. De la misma manera, hay quienes se apuntan al negacionismo de la gravedad de la situación para que les encaje en su relato de que es un montaje de unas cuantas compañías para enriquecerse vendiendo mascarillas, vacunas o lo que sea, en definitiva que es una maldad del sistema. Al final, siempre hay una visión del mundo detrás de este tipo de opciones que piensa en cómo hacer que los hechos sirvan de refuerzo a su planteamiento, no en lo que los hechos muestran

Aislar este tipo de planteamientos es relativamente fácil, otra cosa es que desaparezcan, pero estamos viendo también que los expertos discrepan en cuanto a la efectividad de unas u otras medidas o con respecto a la progresividad de su aplicación. La conclusión es que es imposible tener una seguridad plena sobre cómo va a evolucionar el virus, se suponen escenarios probables, como que con el incremento de temperaturas la propagación debería tender a ralentizarse, pero siempre con la coletilla de que no se puede tener la garantía total, como tampoco sobre alguna posible mutación, etcétera. La condición humana es como es, ser científico no implica no tener afinidades ideológicas (como le pasa también a los jueces, a los que se quiere revestir de un aura de neutralidad imposible, por cierto) y nos encontramos con manifiestos (aquí) contestados por otros expertos (aquí) sin que cada uno de nosotros sepa muy bien quién tiene razón o, más probablemente, adhiriéndonos a uno de los posicionamientos por afinidad con la postura que subyace en cada una y no por la contundencia de los hechos

Hay que tener en cuenta un asunto de no poca importancia, cuando se trata de adoptar medidas que afectan a las personas no es lo mismo decidir una campaña de vacunación cuando ya se tiene la vacuna que decretar un confinamiento. Las repercusiones en la vida de las personas de lo que se está haciendo en España van a ir mucho más allá del periodo de confinamiento y decisiones más drásticas de aislamiento total (tampoco se detallan nunca qué actividades son esenciales y cuáles no) tendrían costes aún mayores, los económicos son los más evidentes, pero hay otros que no se pueden ignorar, como que los mecanismos de control estrictos implican el uso de una capacidad de coerción, de intromisión en lo que hacemos cada uno de nosotros mucho mayores que los controles de movilidad que se están practicando

En más de una ocasión he escuchado a Quim Brugué y Joan Subirats explicar lo de los procesos deliberativos en la toma de decisiones. Parece mucho más eficaz adoptar una decisión rápida, como construir una infraestructura, que abrir procesos de debates con todos los posibles afectados para ver las implicaciones sobre los medios de vida de una parte de la población, las afectaciones al medio ambiente, la expulsión directa o indirecta de población, las necesidades de servicios complementarios que se puedan generar, etcétera. El proceso se ralentiza, pero las probabilidades de que el proyecto genere perjuicios imprevistos disminuye. Sucede que en este caso las decisiones se tienen que adoptar con rapidez, lo que no significa que se ignoren las repercusiones de las mismas pero imposibilita procesos de ese tipo. Y sucede también que hay pocas experiencias previas acreditadas y que lo que funciona en un sitio puede ser inviable en otro, por ejemplo, yo desconozco si el conocimiento de nuestra vida privada por medio del big data es tan invasivo en nuestro caso como en el de Corea, si no lo es las medidas de control adoptadas allí no se pueden ejecutar aquí y, sinceramente, me preocupa un conocimiento tan exhaustivo de cómo respira cada uno de nosotros

Al final, lo que se hace o se deja de hacer no depende tanto del conocimiento científico del virus al que se debe combatir, sino de cosas de las que se ocupan las ciencias sociales, ¿qué disciplina que no sea la politología explica que Pablo Casado pase en una semana de reprochar al gobierno que los que el llama sus socios le den quebraderos de cabeza (refiriéndose entre otras cosas a la petición de Torra del aislamiento total de Catalunya) a que él mismo defienda endurecer las medidas restrictivas sin que el escenario anunciado cuando se adoptó el estado de alarma sea muy distinto del que realmente se está dando?

¿Significa eso que la ciencia no tenga una función esencial en esta crisis? Ni mucho menos, está siendo fundamental porque sin el trabajo de científicos conocedores de la materia las decisiones se tendrían que tomar a ciegas o por intuición, está siendo fundamental porque está salvando vidas con los conocimientos acumulados que ya se tenían acumulados previamente, está siendo fundamental porque sigue avanzando en la búsqueda de fármacos y vacunas... ¿Los que no tenemos conocimiento en esas materias debemos abstenernos de opinar? si fuera posible abstenerse, que lo dudo, haríamos mal en hacerlo, la ciudadanía tiene su rol y si las decisiones están inspiradas por criterios científicos pero son al final opciones de gestión de la cosa pública, políticas en el sentido noble de la palabra, tenemos la obligación de filtrar la información y desinformación que nos llega, actuar corresponsablemente y no dejar de reflexionar sobre muchas interrogantes que se abren, si hemos tenido las prioridades equivocadas durante muchos años, si el gobierno de los asuntos que son planetarios puede territorializarse o cómo debe hacerlo, si el modelo de residencias para la gente mayor que tenemos en cada sitio es el adecuado... Son tantas las cosas que se han puesto en cuestión, desde las próximas y concretas a las más globales y en apariencia teóricas, que no será sólo el necesario saber científico el que pueda dar respuesta.

De los riesgos de una pandemia existían avisos previos de los que ahora nos enteramos la inmensa mayoría, de fenómenos como el cambio climático todo el mundo está avisado. Es tiempo de reivindicar el trabajo de la ciencia, libre de los lastres de las falacias que algunos alimentan, en colaboración con las ciencias sociales (entre las que incluyo a la economía política) y la hasta hace muy poco vapuleada filosofía para tener herramientas que nos permitan construir un mundo mejor, porque será imposible que sea perfecto, pero no que sea más justo y eficiente

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