Leyendo el artículo de Jordi Évole sobre lo que se vivió en Catalunya los días 10 y 11 de julio de 2010 (aquí) no he podido ignorar cómo viví yo los dos episodios a los que él hace referencia: la manifestación contra la sentencia del TC sobre el Estatut y la victoria de España en el Mundial de Sudáfrica. Adelanto que en ambos casos lo negativo pudo a lo positivo
la manifestación del 10 de julio la viví en primera línea, como en otras ocasiones estaba en el servicio de orden de la manifestación que convocaban, entre otros, los a menudo denostados sindicatos mayoritarios Con mi peto de CCOO estuve en la cabecera, era uno de los que flanqueaba la inmensa senyera que precedía a la cabecera, constituida por todos los presidentes de la Generalitat y del Parlament. La manifestación fue un éxito de participación y yo salí asqueado como nunca me había pasado en una situación como esa
El caso es que en una manifestación supuestamente unitaria de la inmensa mayoría de la sociedad civil catalana, aquí sí que convocaba más del 80% de la representación política presente en el Parlament, lo que yo viví fue una muestra de sectarismo difícilmente superable. El éxito de convocatoria puede explicar que la cabecera se viera sobrepasada por los manifestantes, pero no la actitud de quienes apostados a los flancos del recorrido vitoreaban a uno (Pujol) vituperaban a otro (Montilla) y eran indiferentes respecto a todas los demás personas de la cabecera, ni los insultos que recibimos los que estábamos aguantando sus empujones porque era prioritario que ellos se pudieran acercar a gritar sus pasionales expresiones a que la cabecera de la manifestación se pudiera mantener y se avanzara en el recorrido. Añadiré que no se trataba de jóvenes con aspecto de pertenecer a colectivos radicales quienes vociferaban, sino familias enteras con sus niños, señoras de edad vestidas de domingo, esas tranquilas clases medias eran las protagonistas de algo que a mis ojos y mis oídos tenía mucho de clasismo y algo más
Lo sintomático del caso es que fui aquel día con otro compañero de mi comarca, los dos estuvimos juntos haciendo de cadena humana, vivimos y oímos lo mismo y cuando nos íbamos él iba entusiasmado por el éxito de la manifestación mientras yo le explicaba mi sensación de asqueo. Dos percepciones totalmente distintas del mismo suceso vivido en las mismas circunstancias, por personas con la suficiente afinidad como para militar activamente en una misma organización sindical. Da que pensar
Un salto al día siguiente, domingo caluroso y final del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, no me vuelven loco los éxitos de la selección, per me alegro cuando gana, si además la columna vertebral del equipo, el estilo de juego y el autor del gol tienen como nexo en común ser del Barça aún más. Uno no puede evitar un cierto grado de irracionalidad, me pasa cuando algún deportista español consigue un triunfo aunque sea consciente de que sus impuestos no servirán para la sanidad española, sino para la suiza o la andorrana o cuando un equipo catalán juega con otro de algún otro lugar de España en el deporte que sea, salvo que sea de Sabadell (por evidente rivalidad local) suelo preferir la victoria del catalán, no puedo evitar que esas buenas gentes que usualmente van en pantalón corto me encandilen más allá de lo que racionalmente debieran hacer
Así pues, estaba contento con el gol de Iniesta cuando se juntó un grupito de españoles de verdad sin mejor ocupación que celebrar la victoria haciendo el saludo fascista mirando a mi casa. Conviene añadir aquí que lo desapego de los fascistas (el uso del término no es banal en este caso) se venía arrastrando desde hacía algunos años a raíz de una agresión sufrida por un miembro de mi familia que no quiso retirar la denuncia que interpuso. Lo cierto es que en algún momento se oyó un ruido en la cocina, cuando fuimos vimos una pequeña piedra que había entrado por la ventana abierta que da a la calle y había roto el vidrio de la puerta que da al patio en el lado opuesto
Esta historia de buenos patriotas, catalanes o españoles, se expresa en una Catalunya bipolar desde antes del procés y se exacerba como consecuencia de él, sin olvidar que fuera de Catalunya también se manifiesta una españolidad tóxica, por desgracia más extendida que los grupúsculos fascistas, desde antes del procés y en aumento desde entonces
El problema es que nadie puede dejar de lado sus apegos irracionales, esos que te hacen querer la victoria de tu equipo o de la selección nacional con la que te identificas, más allá de si juegan bien o son limpios o marrulleros en el campo. Ese punto que nos hace tener percepciones distintas de los mismos hechos es inevitable. Lo evitable debiera la incapacidad colectiva para reconducir las emociones hasta hacer posible el encuentro no excluyente de los que tienen percepciones diferentes
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada