No soy independentista y aunque es una posición política que me merece todo el respeto he manifestado en repetidas ocasiones, desde hace muchos años, incluso antes de que se vistiera de largo en la manifestación del 11 de septiembre de 2012, que lo que después se ha denominado el procés me parece un desastre para Catalunya, mayor cada día que pasa. Tampoco comulgo con el nacionalismo español que disfrutaría viendo aniquilados los derechos que Catalunya tiene en virtud de la constitución que tanto se llevan a la boca y de la voluntad mayoritaria de su población, así como todo rastro de su cultura. Resultado final, recibo de ambos lados por igual, cosa que tampoco me importa demasiado
Critico los intentos de apropiarse del espacio público para disfrute de una parte de la población de Catalunya, tanto cuando afecta a las personas con cuyas ideas me identifico, como pasó el pasado sábado en la investidura de Ada Colau, como cuando afecta a otras con las que no comparto nada, como le pasó a Cayetana Álvarez de Toledo en la UAB en la campaña de las generales. Por la misma razón llevo dos días de discusión digital permanente a cuenta del proceso simultáneo de inculpación, juico y, si pudieran algunos, imposición de pena de una profesora de un colegio de Terrassa
No voy a entrar en detalles de un tema que no conozco para no hacer lo mismo, en sentido contrario, que los muchos y muchas que ya han dado por hecha la maldad intrínseca de la profesora, pero sí me hago algunas preguntas
La primera es qué repercusión hubiera tenido una noticia que relatara que un niño y su familia acusaran a un docente aragonés de haberle dado una bofetada al alumno por haberle faltado al respeto. La supuesta agresión, remarco lo de supuesta, hubiera sido la misma, su recorrido informativo nulo o casi nulo. Es más, me atrevo a decir que alguno de los indignadísimos tuiteros del momento presente hasta hubieran buscado la justificación en aquello de que se está perdiendo la autoridad de los profesores y esto no puede ser.
La segunda es quién se ha molestado en los llamados (cada vez tengo más dudas de lo apropiado del término) medios de comunicación de contrastar nada antes de difundir el supuesto hecho. El periodismo de trinchera que hace que medios catalanes abonen el terreno a determinadas actitudes funciona exactamente igual en el otro bloque.
La tercera es por qué no se deja hacer su trabajo a quien corresponde hacerlo según el ordenamiento jurídico vigente, por lo visto la expresión sólo sirve para lo que interesa. Ya ha habido caso anteriores en los que el resultado final de algo que ha tenido mucho eco durante un tiempo se ha silenciado. Curiosamente con la enseñanza catalana en el punto de mira, uno de los blancos preferidos del nacionalismo español que sólo ve nacionalismo en lo que otros hacen
Me quedan más preguntas, pero quiero aterrizar en el objeto central de esta entrada, no se está haciendo correr una supuesta agresión, se está propagando por las redes el nombre y también fotografías de una persona culpándola de algo que es muy grave, un hecho que no es nuevo, y nos parece de lo más natural que esto suceda. Casi nadie recuerda la tormenta provocada a propósito de lo sucedido en un instituto de Sant Andreu de la Barca. De 9 profesores se divulgaron fotografías y datos personales, padecieron algo parecido a un linchamiento en la redes sociales, fueron insultados, amenazados y no sé cuantas cosas más, a día de hoy 7 de ellos han sido exculpados sin que los jueces hayan visto motivos ni siquiera para un procesamiento, los otros dos están pendientes de un juicio en el que ya veremos qué pasa, ¿cómo se resarce el daño causado?, ¿o acaso hay quien piensa que ya les está bien empleado porque ser sospechoso de según qué cosas ya es suficiente motivo?
En el caso de Terrassa se está repitiendo el mismo patrón con una diferencia personal que hace que lo que no me gustaba en lo que veía en otros casos me resulte más hiriente en este: conozco a la persona afectada. Alguien puede pensar que eso podría invalidarme como juzgador del caso, pero por fortuna no tengo que juzgar nada, sólo defender la necesidad de evitar ciertas actitudes, reforzada en este caso por el convencimiento personal, que reconozco que sólo vale para lo que vale, de que no me imagino a esa persona agrediendo ni a una niña ni a nadie. Aunque no la conociera tampoco me cuadra que una docente con años de experiencia en un centro con unas características concretas pierda los papeles de la forma en que se relata.
Con todo evito prejuzgar su inocencia aunque crea en ella, defiendo que es aberrante que se difundan sus datos personales y su fotografía, que haya una condena previa a toda comprobación de ningún hecho. Que hay líneas rojas que debiéramos autoimponernos todos y en todo momento
En el pleno de Parlament de los días 6 y 7 de septiembre de 2017 Joan Coscubiela tuvo una intervención que muchos aplaudieron y otros criticaron, quizá hay algo que pasó desapercibido en lo que dijo o no se quiera recordar, algo así como que lo mismo que defendía los derechos de los que le aplaudían aunque estuviera en sus antípodas ideológicas se partiría la cara por defender los derechos de los no estaban aplaudiendo. Me siento orgulloso de proceder de la misma escuela política y sindical que él, de defender que los derechos de las personas hay que defenderlos siempre, debiéramos haberlo aprendido los que nacimos en un país donde no se respetaba ningún derecho, debieran saberlo también los que nacieron después, tendría que ser una lección para evitar las injusticias que afectan al final a personas concretas, de carne y hueso, y debiera serlo siempre y no sólo cuando va bien a nuestra forma de ver las cosas
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