La vida política española en el s. XIX tiene mucho
de sainete, sólo que en los sainetes no acostumbra a haber tantos muertos. Los cambios de gobierno
son continuos y obedecen bien a intrigas, muchas veces palaciegas, bien a
pronunciamientos militares, a los que después siguen elecciones y, con
frecuencia, cambios de constitución. Es un síntoma de que las cosas no
funcionan como deberían, pero la vida política de otros países tampoco fue modélica
en este siglo. Sucede que en el caso español, el embrión de nación surgido a
principios de siglo (aquí) acaba cuestionado, hasta el punto de que a finales
del XIX se dan todos los elementos para que cobren fuerza proyectos nacionales
diferenciados.
La vida política española deja de ser un esperpento
en el último cuarto de siglo, con el régimen de la Restauración dando, con
todos sus defectos, una cierta estabilidad, lo que no impide la frustración de
un proyecto nacional que no consigue suficientes complicidades sociales.
Para explicar lo sucedido hay que hacer referencia a
otro hecho, el atraso creciente de España respecto a los países de su entorno.
El conjunto de España no vive un proceso de revolución industrial que sí se da
en Catalunya alrededor de la industria textil, más tardío es el desarrollo de
la minería y la siderurgia. La agricultura experimenta una expansión de la
producción debido al incremento de la superficie cultivada, pero no un cambio
radical de los sistemas de explotación agrícola. El panorama final es un
elevado índice de analfabetismo, un peso excesivo de la población agraria y la
inexistencia de un mercado interior razonablemente desarrollado.
No es un problema de infraestructuras, el
ferrocarril se extiende a mediados de siglo, en pocos años se crea una red
básica que se mantiene hasta la extensión del AVE. Pero el negocio está en la
construcción de las líneas, no en su explotación para el transporte de personas
y mercancías, algo que como la vinculación entre empresas constructoras y
miembros de los gobiernos se mantiene en el s. XXI, pero ese es otro tema.
La burguesía catalana ni adquiere las materias
primas en el mercado español ni puede vender en él su creciente producción por
el nulo poder adquisitivo de la mayoría de la población, siendo las colonias,
Cuba en especial, el mercado interno más importante. Tampoco se ve representada
en los sucesivos gobiernos, de un signo u otro están más influidos por las
grandes fortunas vinculadas al sector agrario y a las actividades económicas
relacionadas con la actividad política que se desarrolla en Madrid.
El proyecto nacional español cojea y en el
territorio con una economía más dinámica en aquel momento sus clases dominantes
empiezan a hacer suya a idea de una realidad nacional diferenciada. Algo que
está sucediendo también en Galicia o el País Vasco, con diferente enraizamiento
en cada caso, va a tener en Catalunya una diferencia clave, la elevada
implicación de los sectores burgueses.
De la burguesía asentada, temerosa del descontento
que se extiende entre la clase obrera, surge el impulso al nacionalismo
catalán, en buena lógica será en su origen un modelo esencialista y
profundamente conservador, a pesar de la figura de Valentí Almirall. Ese será asunto
de la próxima entrada
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