Hoy nos parece de lo más normal que se produjera el
proceso de independencia de las colonias, un vestigio del pasado. Sin embargo,
el s. XIX fue el de la expansión de los imperios coloniales de las potencias
europeas por tierras de África y Asia, al tiempo que en América se imponía una
fórmula pseudocolonial siguiendo la doctrina Monroe: América (toda) para los
americanos (del norte)
Si se produjo la independencia de la mayor parte de
los dominios españoles en América en las primeras décadas del siglo (y la del
resto a finales del mismo) no fue porque esa fuera la tendencia global de la
época, sino por la incapacidad para mantenerlos. Es el primer conflicto por
procesos nacionalistas al que se enfrenta la recién estrenada, y luego tan
maltratada, nación española. De hecho, las revueltas son anteriores al
surgimiento de España como estado-nación
La Guerra de la Independencia favoreció el avance
del independentismo y las expediciones militares posteriores a la guerra no
pudieron evitar que durante el reinado de Fernando VII se independizarán casi
todos los territorios americanos.
Pero ese proceso explicado en tres líneas tiene elementos
a destacar
En primer lugar, hay un paralelismo evidente con la
independencia de los EE.UU. que influyó de forma clara en el desarrollo de los
planteamientos republicanos independentistas. Los protagonistas, la burguesía
criolla, son descendientes de los colonizadores y no plantean cuestiones de identidad,
quieren formar naciones independientes de hombres libres, hablan la misma
lengua que en la metrópoli y no tienen un pasado histórico al que aferrarse, el
indigenismo no forma parte de su proyecto
En segundo lugar, provocado por la cuestión
americana se produce un primer debate en las Cortes de Cádiz sobre el modelo de
estado centralizado o descentralizado, después será un tema recurrente en las
filas de los sectores liberales españoles. Los liberales entonces más puristas
defienden posturas jacobinas (centralismo progresista que iguale en derechos y
obligaciones a toda la población de todos los territorios) al tiempo que los
representantes americanos plantean dotar de poder político a las divisiones
administrativas que se acuerdan, unas estructuras intermedias entre lo que
fueron después las provincias y regiones, pensando en la problemática de su
lugar de procedencia
La Constitución de Cádiz, muy progresista para la
época, se decanta por el centralismo del modelo revolucionario francés, con la
particularidad de que reconoce la ciudadanía española, contra la opinión de los
representantes americanos, a quienes tienen origen en los territorios españoles
de los dos hemisferios “por ambas líneas”, con lo que se excluye a gran parte de
la población americana con origen directo o indirecto en África. Así, la
representación en Cortes de la mayoría, residente entonces en las colonias
americanas, es inferior a la que se le reconoce a los territorios peninsulares,
menos poblados en su conjunto
En resumen, no se mostró mucha cintura a la hora de
satisfacer las pretensiones americanas cuando la capacidad para mantener la
unidad territorial del imperio por la fuerza era escasa. Muy posiblemente la
independencia hubiera sido inevitable, aunque quizá en otras condiciones, pero
lo que interesa resaltar es que el mismo error se produce en el último cuarto
del s. XIX cuando peligran los últimos restos del imperio colonial, a Cuba no
se le dan alternativas que no sean el uso de la fuerza y cuando se intenta
ofrecer algo distinto ya es demasiado tarde.
Hay quienes siguen sin entenderlo 200 años después,
confiando en una capacidad de coerción que en el pasado no se ha mostrado muy
eficaz. Sólo que desde entonces los nacionalismos han experimentado cambios, el
más trascendental es la aparición de los nacionalismos en clave identitaria, tema
que obliga a volver al contexto general europeo antes de retomar el caso
español
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