dijous, 7 de novembre del 2024

LA UTOPÍA NECESARIA

 

En mayo de 2021 publiqué en este blog la entrada  Algunas reflexiones inspiradas por el libro de Joan Coscubiela La pandemia del capitalismo. Esta es un corta y pega con retoques de aquella, en concreto de la parte final (y más larga) en la que hablaba del proyecto utópico que en mi opinión es preciso construir. Lamentablemente, el término utopía acostumbra a ser usado en tono peyorativo cuando cualquier proyecto de sociedad a la que se aspire debe tener un modelo imaginado que sirva de referencia, una especie de prototipo. La existencia de dicho modelo tiene dos funciones para una propuesta política de transformación de la sociedad.

Primero, servir para orientar las decisiones que se adopten y que estas vayan en la línea de acercarse a dicho modelo, incluso para ser conscientes de que se va en sentido contrario en determinado momento para evitar un mal mayor, eludiendo considerar una victoria lo que es en realidad una derrota, aunque sea menos negativa que otro posible resultado.

Segundo, dar la batalla por la hegemonía de las ideas. Ofrecer una alternativa a la organización económica y social del presente es la única forma de sumar apoyos conscientes y coherentes, el soporte a propuestas puntuales no puede serlo a un proyecto global si este no existe, quizá esto explica en parte que se vote a opciones políticas conservadoras pero mayoritariamente nos consideremos de izquierdas, el uno por estar a favor del aborto, el otro por estar de acuerdo con acoger refugiados, el de más allá porque considera un problema grave el cambio climático, el de acullá por estar contra una estructura del estado que considera heredada del centralismo franquista, etcétera. Por contra, si ese proyecto global existe permite articular un programa completo de propuestas y abrir el debate sobre la organización económica y social en su globalidad. La consecuencia práctica de la disputa en torno al modelo de sociedad es que mejoran las opciones de transformarla, si hay un modelo que suscita apoyos la contraparte debe ceder para evitar el riesgo de perderlo todo y acaba asumiendo como buenas medidas que objetivamente le son perjudiciales. A modo de ejemplo, el socialismo que Marx y Engels presentaron como meta de la lucha de la clase obrera por su emancipación alentó la organización en partidos y sindicatos obreros que consiguieron introducir mejoras en las condiciones de la clase a la que representaban, algo que se aceleró tras la Revolución Rusa y la derrota de los fascismos porque las clases propietarias asumieron como necesario redistribuir parte significativa de sus ganancias. En la medida en que la URSS y sus satélites desvirtuaron el sentido de la sociedad utópica a la que debían avanzar se produjo el rearme ideológico del capitalismo que recuperó la hegemonía con el horizonte, también utópico, de una sociedad donde la generación de riqueza no tendría límite y su distribución, por desigualitaria que fuera, permitiría a todo el mundo vivir mucho mejor que en cualquier otro momento, en ese contexto las clases trabajadoras han ido aceptando como convenientes medidas que objetivamente les eran perjudiciales, como reducir impuestos a las rentas más altas y equilibrar las cuentas reduciendo el gasto social, es decir, revirtiendo lo que se había hecho en las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Tener una utopía no garantiza nada, pero no tenerla impide avanzar hacia ningún tipo de objetivo, conduce a dar bandazos y, finalmente, salir derrotados, probablemente lo que le ha sucedido a la socialdemocracia clásica asumiendo el oxímoron que implica el término social-liberal. Pero la propuesta de sociedad a la que se pretende avanzar debe adaptarse a las transformaciones sobrevenidas, la utopía de una sociedad sin clases tal y como la imaginaron Marx y Engels debe inspirar la propuesta que se haga como alternativa al modelo actual, pero no sirve tal y como fue planteada en la segunda mitad del s. XIX, no sirve porque es fruto de un tiempo que no es el presente y no contempla, por ejemplo, los límites del planeta frente al crecimiento. Ideas ya hay, pero falta articularlas. En lo que sigue voy a intentar describir algunas de las características de la utopía posible, sin olvidar que al final hay que actuar en el mientras tanto, lo que Vázquez Montalbán describió con su agudeza característica: No hay verdades únicas, ni luchas finales, pero aún es posible orientarnos mediante las verdades disponibles contra las no verdades evidentes y luchar contra ellas.

La economía capitalista tiene como fin conseguir la mayor tasa de beneficio para el capital invertido, la utopía capitalista dice que la mano invisible del mercado se encarga de hacer que lo producido cubra las necesidades y se genere un crecimiento ilimitado, de esa forma, el interés individual se transforma en bienestar colectivo. A pesar de las evidencias de que las cosas no funcionan así en la práctica se sigue defendiendo básicamente lo mismo dos siglos y medio después de publicarse La riqueza de las naciones, con una panoplia impresionante de fórmulas matemáticas al servicio del planteamiento. La utopía alternativa necesita otro paradigma: la finalidad de la economía debe ser atender las necesidades de la población con una incidencia medioambiental neutra, lo que implica garantizar la producción de bienes y servicios que satisfagan, en primer lugar, las necesidades básicas de la población mundial, con unos métodos y una organización de la producción que supongan una huella ecológica asumible por el planeta y una distribución de la riqueza producida que evite las desigualdades estructurales. Mantener la concepción actual, pese a la demostrada capacidad de adaptación del capitalismo, resulta de difícil encaje con preservar el planeta o puede asomarnos, incluso, a distopías como el uso del big data por parte de un puñado de personas.

La atención de las necesidades básicas es un objetivo expansivo y planetario. Expansivo porque las necesidades básicas tenderán a ser más amplias, del acceso al agua potable se pasará a la disponibilidad de agua corriente y de ahí al agua caliente, de tener una alimentación suficiente a disponer de alojamiento adecuado, atención sanitaria y educación y de ahí a tener acceso a bienes culturales, practicar actividades físicas de ocio, etcétera. Planetario porque la cobertura de las necesidades básicas será universal por solidaridad y por interés mutuo, para evitar conflictos enquistados y procesos migratorios masivos por razones económicas o políticas. El colapso de la globalización es un escenario tan indeseable como que el proceso siga desarrollándose como hasta ahora, lo que necesitamos es actualizar la idea del internacionalismo.

La iniciativa privada no es incompatible con cubrir las necesidades básicas, lo que sí es incompatible es la lógica capitalista de obtener el máximo rendimiento posible para el capital invertido. Es incompatible, por ejemplo, que haya habido carestías de productos de alimentación básicos como los cereales porque se especulaba con esos productos en los mercados de futuros, algo que puede pasar con la substancia básica para la vida, el agua, que ya forma parte de esos productos con los que negocian los mercados de futuros, algo que estamos sufriendo en el tema de la vivienda, una necesidad esencial a la que cada vez es más difícil acceder en todas partes, no sólo en España o Catalunya, al convertirse en objeto de inversión especulativa . Así pues, garantizar el acceso universal a la cobertura de las necesidades básicas estará garantizado por la producción pública de bienes o la prestación pública de servicios, o por la regulación de la actividad privada en aquello que afecte a dicha provisión de bienes y servicios. Regulación que será cada vez mayor por el carácter expansivo que tendrán las necesidades básicas conforme a lo dicho anteriormente.

Para que la huella ecológica sea neutra, todo proceso de producción deberá tener una huella neutra, en los caso en los que la tecnología no lo permita deberá haber compensación. Pero esta formulación es insuficiente, tanto en el mientras tanto como en la utopía final deberá imponerse la idea de austeridad planteada por Enrico Berlinguer en 1977:  "Para nosotros, por el contrario (en referencia a la idea de austeridad de las fuerzas conservadoras), la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan". El consumismo asociado al modelo capitalista actual no sólo es incompatible en términos ecológicos (no descartemos que se adapte y con el reciclaje y el reaprovechamiento le dé la vuelta a la situación) sino que también lo es en cuanto a valores.

El individualismo es antinatural, la especie humana es un animal social y no individualista, la necesidad de los trabajos de cuidados ha quedado patente en la crisis pandémica pasada, aunque no debemos dejar caer en saco roto el alto predicamento de las políticas basadas en no frenar la economía que no tuvieron sólo un componente negacionista, también hubo otro, menos aparatoso y llamativo aunque quizá más extendido y desde luego más cínico, el de que no se podía sacrificar el supuesto bienestar de la mayoría por alargar unos meses la vida de personas mayores que ya han cumplido su ciclo vital, formulación fría que no pasó factura a Isabel Díaz Ayuso en Madrid  porque muchas personas han aceptado ese mensaje con un envoltorio de resignación cristiana siempre que esos mayores no fueran uno de su círculo, me atrevo a pensar que incluso en ese caso.

No todo el trabajo necesario para el funcionamiento de la sociedad es asalariado, una parte de los trabajos de subsistencia no han sido trabajo asalariado tradicionalmente y eso se mantiene todavía en la actualidad, se ha cargado normalmente sobre las mujeres y se ha minusvalorado por no estar en el mercado y no tener un precio. La inmensa mayoría del trabajo de limpieza doméstica, abastecimiento y preparación de los alimentos en el núcleo familiar y atención a personas dependientes por edad, enfermedad o discapacidad ha sido tradicionalmente un trabajo invisibilizado, sólo ha estado sujeto a algún tipo de retribución muy desregulada en el ámbito de los hogares más acomodados. Esos mismos trabajos se van incorporando de forma acelerada con el incremento del trabajo asalariado femenino en diferentes sectores, son muchos los casos de trabajos de cuidados que salen de ámbito doméstico y son desempeñados de forma muy mayoritaria por mujeres: la extensión de la sanidad pública y la mayor complejidad de los tratamientos médicos trasladan el cuidado de los enfermos del domicilio a los hospitales en un volumen creciente; las distancias y las necesidades horarias hacen que se incremente los servicios de cátering, también en los colegios con la incorporación creciente de mujeres al trabajo asalariado en la industria y otros sectores de servicios, etcétera. Aunque con frecuencia se nos muestra el acceso de la mujer al mercado laboral regulado(habría que decir con más propiedad el incremento de su presencia, porque siempre ha habido mujeres asalariadas) asociado al problema de los techos de cristal para equiparse a los hombres, la realidad es que hay un problema mucho más extendido, como es el de que una gran parte de las mujeres asalariadas están en sectores muy poco reconocidos, en gran medida porque vienen lastrados por esa percepción de trabajo poco valioso porque no se valoraban al estar fuera del mercado, era algo que no tenía precio y a lo que, en consecuencia, se le restaba valor. Esa disfunción entre valor y precio del trabajo no tendrá sentido en la utopía que debemos construir y debe abordarse no ya en el mientras tanto, sino de forma urgente, nadie puede defender ni medio minuto que no sean trabajos que requieren mucha responsabilidad y que son además físicamente agotadores, así como tampoco se puede cuestionar su valor social.

Aunque el trabajo esté lejos de desaparecer, como se preconiza en ocasiones, sí es cierto que la técnica está en condiciones de garantizar los procesos productivos con una participación decreciente del trabajo humano directo, en todos los sectores de actividad y no sólo en el trabajo manual. Ese incremento de la productividad será, en la utopía que se quiere construir, patrimonio del conjunto de la humanidad y no de unas pocas personas que se apropien del conocimiento acumulado por el conjunto de la sociedad a lo largo de la historia, nadie descubre nada si no es a partir del conocimiento previo acumulado y de la formación recibida sobre el mismo. La propiedad colectiva del conocimiento acumulado permitirá una mayor disponibilidad de tiempo de ocio voluntario, frente a ello, la apropiación del conocimiento acumulado por la humanidad en manos de un porcentaje mínimo de personas nos conduce a la distopía del control total de la sociedad por parte de una ínfima minoría.

El mayor tiempo de ocio es una de las muchas razones para que la educación sea esencial tanto en la utopía del proyecto final como en el mientras tanto que nos acerque a él porque el ocio es mucho más importante de lo que nos parece, baste pensar que han sido personas "ociosas" las que han generado y transmitido buena parte del saber históricamente. Otras razones que hacen de la educación un elemento fundamental son sus funciones para equiparar, aunque no igualar del todo, las oportunidades individuales, el interiorizar valores colectivos y, al mismo tiempo, tener una mentalidad crítica y, en definitiva, el posibilitar hacer plenamente libre al conjunto de la ciudadanía, como sujetos individuales y colectivos. Desde esa trascendencia se entiende la importancia de los debates que se viven en el presente, y se han vivido en el pasado, en torno a la educación, ya ahora es imprescindible una educación que contribuya a hacer de ascensor social y facilite la integración de los colectivos con mayor riesgo de marginalidad. Junto a ello es necesario un debate que se evita, el mantra de formar para dotar de empleabilidad puede esconder una nueva forma de discriminación desde la primera formación entre los destinados a hacer de operarios y los elegidos para mandar: sin despreciar los contenidos tecnológicos y el conocimiento científico la educación debe tener un fuerte contenido humanístico, no sirve saber qué podemos hacer y cómo hacerlo sin entender por qué y para qué lo hacemos.

El trabajo ya está adoptando desde hace tiempo formas de organización muy diversas y las tendrá en el futuro, pero habrá que dotar de medios a las personas asalariadas (o dependientes de otro en el ejercicio de su actividad, cualquiera que sea la forma) para cambiar la lógica actual que, debajo de toda la palabrería con la que se pretende ocultarlo, sólo busca reducir el coste de la mano de obra. El trabajo tendrá derechos reconocidos y mecanismos eficaces para que se respeten. Ya de paso y aunque el tema no es propiamente el del mundo del trabajo, sino el de los mecanismos de reparto de los beneficios, es imprescindible poner ya límites a las retribuciones de los altos ejecutivos, no las llamemos salario porque son otra cosa muy distinta

La existencia de propiedad privada estará supeditada, además de a los límites que se establezcan para garantizar las necesidades básicas de las que se habló más arriba, al mandato social de limitar las desigualdades y no perpetuarlas, para lo cual el sistema fiscal es el instrumento fundamental. En la utopía que se plantea el impuesto de sucesiones tendrá un carácter casi confiscatorio a partir de un mínimo exento para las herencias más habituales, eventuales propiedades muebles e inmuebles que no superen un determinado valor, a partir de ese mínimo el gravamen será progresivo y muy acelerado, de manera que los descendientes de las personas con menos recursos no queden en desventaja abrumadora al abordar su proyecto vital. La descendencia de los sectores más acomodados seguirá gozando de una situación de partida mejor, por posibilidades de formación, contactos ya establecidos y conocimiento empírico para la iniciativa privada, lo que no es admisible si se apuesta por la igualdad de oportunidades es que además parta con unas posibilidades económicas desproporcionadamente más favorables.

El resto del sistema impositivo descansará sobre un impuesto de la renta altamente progresivo y la desaparición casi total de los impuestos indirectos, que sólo gravarán para desincentivar comportamientos o consumos concretos. Así, el IVA o cualquier impuesto similar no existirá y su recaudación será sustituida por impuestos finalistas en actividades donde la huella ecológica no pueda ser neutra u otros en esa línea y, sobre todo, por el incremento de la progresividad en los impuestos directos. El impuesto sobre el patrimonio puede tener un función importante en el mientras tanto, pero no gran trascendencia en la utopía que se plantea porque su función redistributiva estará cubierta por los impuestos directos y el de sucesiones. El análisis de Piketty en Capital e ideología sobre la evolución de las cargas fiscales deja claro que una alta presión fiscal muy progresiva ha sido posible, compatible con la iniciativa privada y con un fuerte crecimiento económico

Todo lo expuesto es inviable sin unas instituciones de gobierno mundial que no se parecerán a lo que actualmente entendemos por gobierno. Eso es especialmente trascendente en materia fiscal porque los mecanismos de elusión son los que se utilizan para evitar el pago de impuestos por parte de las grandes corporaciones y fortunas. La progresiva desaparición del dinero físico ayudará a evitar el fraude fiscal más evidente, pero otras formas de transacciones ya están haciendo acto de presencia como las criptomonedas y evitar el fraude y la elusión fiscal son determinantes para que la población se comprometa y eso supera la capacidad de los estados tal y como hoy los conocemos. No es el único tema que precisa de gobernanza global, determinadas políticas contra delitos a gran escala, mecanismos de intervención en resolución de conflictos (no en defensa de intereses particulares en los conflictos), desarrollo de acuerdos de respeto al medio ambiente con compensaciones a los territorios que renuncian a lo que hoy llamaríamos lucro cesante, normativas laborales mínimas que dignifiquen el trabajo, acaben con situaciones que aún hoy son de esclavitud y con el trabajo infantil... toda una serie de temáticas van a requerir en el mientras tanto de mecanismos supranacionales que acaben en unas estructuras de decisión política muy distintas a los estados-nación sobre las que es difícil hacer previsiones. Aquí no se va a formular el modelo de equilibrio de poderes y competencias utópico, más allá de que la democracia directa sobre amplias materias se combinará con delegaciones de competencias en otras muy diversas a organismos que deberán tener base democrática y rendir cuentas.

En definitiva y para ir concluyendo, necesitamos una utopía que se alimente de valores totalmente distintos a los de las sociedades que Piketty llama propietaristas (sigue siendo más preciso el término capitalista) y que también tienen su utopía, la que nos venden cada día mensaje a mensaje y se da de bruces con la realidad: frente al individualismo y la insolidaridad, cooperación; frente a medirlo todo a partir del crecimiento económico en términos de PIB o conceptos similares, tomar como referencia otros como el Índice de Desarrollo Humano; frente a vaciar de contenido términos como el de libertad, algo tan en boga en las últimos tiempos, garantizar la verdadera libertad que supone poder plantearse un proyecto vital sin que falten los medidos básicos para la subsistencia; frente a la promoción de lo chabacano y superficial, educación que convierta a las personas en sujetos con pensamiento crítico; frente a la depredación del planeta, eficiencia en el uso de los recursos... Hace tiempo que quienes aspiramos a transformar la sociedad estamos huérfanos de un horizonte a conquistar, lo que nos limita a luchar contra las mentiras evidentes, como en la cita que al principio se ponía de Manuel Vázquez Montalbán, pero es una lucha en la que sólo podemos retrasar la derrota si no ilusionamos a cada vez más gente con la perspectiva de una sociedad mejor y más justa a la que es posible aspirar. Va siendo hora de hacer el debate sobre la utopía que queremos

 

diumenge, 21 de juliol del 2024

Consumimos más que nunca y vivimos peor que antes. Las raíces del malestar.

Si el título se planteara como una pregunta de encuesta la respuesta mayoritaria sería seguramente que sí. Si se toma como una afirmación nos encontramos con algo parecido a una antinomia kantiana, es decir, el uso de la razón nos lleva a dos conclusiones contradictorias. Tenemos tesis y antítesis y faltaría buscar la síntesis que nos explique el malestar creciente en nuestra sociedad.

Tesis, consumimos más que nunca.

Si miramos al pasado sin las lentes de la nostalgia sólo hay un breve periodo (justo antes de la gran crisis de 2008) en el que encontremos un entusiasmo consumista similar al actual, con la salvedad de que entonces se basaba en gran medida en un endeudamiento desbocado. Los que ya tenemos unos años y nacimos en los 60 podemos recordar una infancia incluso feliz, pero no un entrecot en la cena, ni siquiera en navidad. En la década a caballo de los 70 y los 80 lo que se impuso fue una crisis de calado y los gastos extraordinarios sólo los tenían los que acabaron enganchados en la heroína y no por propia voluntad, la juventud de entonces no se planteaba que pudieran vivir peor que las generaciones anteriores porque tenían el recuerdo familiar de los relatos de una vida de miserias difícilmente igualables, no porque las perspectivas fueran halagüeñas, precisamente. Desde mediados de los 80 la cosa fue mejorando (con algún sobresalto importante como la breve pero muy pronunciada crisis que siguió a los fastos del 92) pero a costa del avance imparable de la precariedad que acabó imponiéndose como la forma normal de las relaciones laborales, al tiempo que el trabajo estable y con derechos se consideraba una antigualla a extinguir en aras de la modernidad económica. El único espejismo que podría confundirnos con respecto al dato de mayor consumo actual de bienes y servicios de nuestra historia es el ya referido de la década que va de finales de los 90 a la gran crisis de 2008, una abundancia aparente que resultó ser un gigante con pies de barro.

No hablo de jóvenes porque no es un conflicto generacional como pretenden hacernos creer, la juventud tienen en la actualidad un gasto superior al que tuvo la juventud de generaciones anteriores, pero también las generaciones más veteranas consumimos mucho más que nunca. Nunca se había viajado tanto (aunque por supuesto hay muchos casos de economías que no se lo pueden permitir) ni se había asistido a tanto conciertos en directo, nunca se había consumido tanta música y producción audiovisual, aunque en formatos distintos a los del pasado, nunca se había comprado ropa para usarla una o dos  veces y arrinconarla porque ya está demasiado vista.

Lo vemos y nos lo dicen los datos de todo tipo: ocupación hotelera, viajes al extranjero, ventas de los distintos tipos de establecimientos de ocio y restauración, volumen de actividad de las multinacionales de la moda o de los portales de compra on-line… A los efectos de lo que aquí me ocupa no importan otros debates importantes que esos datos llevan aparejados: sobre las bondades o maldades del sistema que permite una democratización del consumo por el abaratamiento e incremento de la producción; sobre los límites del planeta para resistir ese consumo; sobre la explotación  laboral en que se sustenta; sobre el expolio de materia primas y la forma en que se obtienen, etcétera. En lo que afecta a la reflexión que aquí quiero trasladar lo que se constata es que en la sociedad española actual se consume más de lo que nunca se ha consumido.



Primera conclusión: frente a los que nos quieren convencer de que en el pasado se vivía mejor y de que a lo que debemos aspirar es a recuperar un supuesto paraíso perdido donde todo era color de rosa adoptemos todas las precauciones del mundo. Cualquier tiempo pasado fue anterior, lo de mejor ya es otra cosa, no vayamos a ser como los románticos del s. XIX que idealizaban una Edad Media de pureza perdida.

Antítesis, vivimos peor que antes.

La concentración de riqueza en pocas manos es la mayor de la historia de la humanidad, en parte porque la evolución del modelo capitalista (economía de mercado como lo llaman ahora) tiende a eso y en parte porque desde la política no se está corrigiendo esa tendencia natural del sistema con una política impositiva que redistribuya una parte substancial de sus ganancias entre todos, como sí se hizo hasta la década de los 70 en los países occidentales. Como consecuencia de la hegemonía de las doctrinas económicas neoliberales se produjo una crisis planetaria de gran envergadura que provocó que aflorarán consecuencias sociales que habían estado ocultas por una sensación ficticia de abundancia que descansaba en el endeudamiento de los particulares y en el crecimiento de burbujas que acabaron estallando, la  financiera a escala mundial a la que se sumó la  inmobiliaria en el caso español. Conviene recordarlo porque, aunque parezca algo lejano ya para algunos, ahí está la raíz del fundado malestar que el fantasma de la reacción que hoy recorre el otrora orgulloso occidente pretende ocultar, desviando la atención hacia aspectos secundarios o a consecuencias de ese problema primario.

Confluyen en la sociedad actual indignaciones múltiples con detonantes diversos y una tendencia a segmentar por grupos que después se confrontan más por vínculos accidentales que por diferencias de intereses socioeconómicos: entre generaciones; entre los  de aquí y los de fuera; entre identidades sexuales y de género; entre autónomos proletarizados y asalariados; entre asalariados precarios y los que tienen estabilidad laboral, etcétera.

Lo cierto es que la hegemonía del dogma neoliberal ha supuesto un desplazamiento progresivo del capital industrial al financiero como rey del sistema, con una paralela globalización sin reglas que ha generado un reguero de perdedores objetivos.

Eso afecta a territorios enteros que vivían en una prosperidad asentada en una actividad industrial que en poco tiempo ha desaparecido y que son terreno abonado para el crecimiento de la extrema derecha en zonas importantes de Francia o de los USA, o como está empezando a pasar en Alemania. También afecta a colectivos que se vieron expulsados del mercado laboral como consecuencia de la crisis del ladrillo en España y que o bien por edad se quedaron como desempleados crónicos, o bien si han vuelto a trabajar en lo mismo o en otros sectores han visto por lo general empeorar sus condiciones laborales.

Son amplias las capas de población que interiorizaron ser clase media acomodada, o al menos con aspiraciones, y que ahora ven el futuro con incertidumbre o, en el peor de los casos, con la certeza de que las cosas no irán a mejor.

Por lo que respecta a los sectores más jóvenes de la población es falso, como en los demás grupos de edad, que haya una situación homogénea, pero es un fenómeno generalizado el desasosiego con un presente inestable y unas predicciones de futuro que tienen más de agoreras que de halagüeñas, incluso aunque con una varita mágica se solventara de repente el grave problema del acceso a la vivienda que existe en nuestro país se mantendría el problema de fondo, como pone de manifiesto que el malestar juvenil se dé en países donde la vivienda no constituye un quebradero de cabeza tan grave como aquí. Hay que añadir la nada inocente campaña puesta en marcha para atizar la confrontación generacional que pretende que los problemas de la  juventud son culpa del supuestamente inasumible nivel de vida de la generaciones que les precedieron y, por supuesto, la intemporal crítica de los ya talluditos porque ”lo tienen todo hecho y son unos blandos” o “tendrían que haber pasado las penurias que pasamos nosotros” para que a unas dificultades reales se añada una percepción que agudiza el descontento enfocándolo en dirección errónea.

Añádase a lo anterior el ingrediente de los estados de ánimo colectivos que incluyen factores muy dispares. La experiencia del trabajo se vive de una manera mucho más incierta que en el pasado, ya en 1998 Richard Sennett describía en La corrosión del carácter diferentes formas de malestar y desapego que generaban las nuevas formas de trabajar que llevaban años imponiéndose y que en el cuarto de siglo que ha pasado desde la publicación de ese ensayo han ido a más. Las rutinas del trabajo en la cadena de producción fordista no eran una maravilla pero generaban seguridades y había habido un proceso de adaptación colectivo que las hacía menos insoportables que en la película Tiempos modernos de Chaplin. Las inseguridades, la competencia entre el propio personal empleado, el desapego al producto del trabajo realizado o la precarización extrema explican fenómenos que no son generales pero sí significativos, como la llamada gran dimisión (el abandono de sus trabajos de muchas personas del que nos hablaron lo medios de comunicación hace unos meses). Se evidencia un malestar creciente en un mundo del trabajo en el que cada mutación organizativa busca debilitar los mecanismos de defensa colectiva de los intereses de las personas trabajadoras, sin que sea fácil buscar una respuesta rápida y eficaz desde el sindicalismo a esas formas de organización del trabajo en constante transformación.

No es lo único que afecta a los estados de ánimo colectivos, creo que existe un cierto síndrome milenarista, bastante extendido, ante los anuncios de un mundo poco menos que apocalíptico en el que los anuncios de que vamos a tener que vivir peor se suceden día tras día, faltaba la guinda una pandemia mundial para que se exacerbara un negacionismo que viene a decir que me dejen en paz, que ya que todo se va a ir al garete al menos que nos dejen corrernos la última juerga, vivir una especie de carnaval sin fecha cierta de final antes de la cuaresma definitiva.

La reflexión racional y los datos nos confirman, por tanto, lo de que vivimos peor que nunca con fundamentos materiales y de percepción colectiva de la realidad apuntalando lo que sería la antítesis al consumimos más que nunca (tesis) que debería ser el summum en una sociedad empeñada en decirnos que tanto consumes, tanto vales.

Síntesis, crece el malestar.

La versión del capitalismo que se ha ido imponiendo desde finales de los años 70, incluso después de la crisis que esa  misma versión del capitalismo provocó en 2008, no sirve para muchas personas ni para la sociedad en su conjunto. Que el diagnóstico sea claro no quiere decir que las soluciones puedan ser simples ni fáciles en sociedades que son muy complejas y para problemáticas que no son uniformes.

Parte del descontento por aglomeración de descontentos diversos es del colectivo que no puede cubrir sus necesidades básicas, el que se pregunta dónde se quedó la parte del pastel que por estadística debía corresponderles. Decir que consumen más que antes suena a sarcasmo y quedan fuera de la formulación inicial porque no se da la primera parte de la misma. No obstante están ahí y no es aceptable el planteamiento meritocrático en su aspecto negativo (lo de que tienen lo que se merecen que se ha dicho toda la vida) ni la no-solución que con crudeza planteó no hace mucho Milei, aquello de que ya se buscarán la vida antes de morirse de hambre. Puede que en conjunto consumamos más, pero una de las características del modelo es una distribución de la riqueza generada más desigual que hace que, por ejemplo, sea cada vez mayor el número de personas que trabajan y no cubren mínimos.

Si se hace un esfuerzo para entender la situación más generalizada el malestar se origina no porque se tenga un menor acceso a bienes de consumo que en tiempo pretéritos, sino en la ruptura del contrato no escrito que contemplaba cubrir unas determinadas expectativas a quien cumpliera con una serie de compromisos mínimos. De forma generalizada los jubilados actuales pueden permitirse un consumo de bienes y servicios muchos mayor que los jubilados de la primera mitad de los 80, algo similar sucede en todas las franjas de edad actuales y las de entonces, lo mismo se puede decir si la comparación se hace entre personas dedicadas a diferentes actividades en lugar de por franjas de edad, en España el pequeño propietario rural o el empleado de hostelería, por citar dos actividades que siempre están entre los ejemplos del malestar creciente, pueden permitirse muchas más cosas hoy que al inicio del  periodo de hegemonía neoliberal en los primeros 80. El malestar se extiende a pesar ello, apunto tres razones de fondo aunque a buen seguro existen más

Primera. Necesariamente, si se cumple lo de consumir más y vivir peor, una parte del consumo que se realiza es superfluo y un volumen considerable inducido más que realmente deseado, dicho de otra forma, no satisface ninguna necesidad y no genera más que una efímera satisfacción que no deja poso alguno. Aquello de comprar algo que tiempo después te das cuenta de que no te ha servido para nada elevado, o casi, a la enésima potencia. Dejando de lado los debates sobre los límites del crecimiento es pertinente otro sobre la capacidad de condicionar las voluntades que opera en un mundo de libertad sólo aparente. Si la práctica de poner fotogramas aislados de un refresco en el pase de las películas se prohibió, con buen criterio, porque suponían un estímulo tramposo al consumo, podemos preguntarnos cuantas prácticas actuales deberían por lo menos limitarse por hacer lo mismo a una escala mucho mayor.

Segunda. La incertidumbre y el miedo al cambio se ha apoderado de la vida de mucha personas que en buena lógica se sienten más vulnerables y perciben que se vive peor, segunda parte de la formulación inicial. Parte de esa incertidumbre es provocada de forma deliberada por los poderes económicos, como los anuncios reiterados de que en el futuro las pensiones públicas serán insostenibles, algo que vienen repitiendo desde hace 40 años y que justo ahora que tiene menos fundamento la premonición consigue calar más entre las generaciones que menos debieran temer esa supuesta hecatombe del sistema público de pensiones: con la pirámide demográfica española las generaciones posteriores al baby boom, los que accedan a la jubilación dentro de 30 años, tendrán una situación objetiva más fácil para cubrir las pensiones que hayan generado, básicamente porque se reducirá el número de los que accederán a su cobro. Pero la desconfianza hacia lo que depare el futuro tiene fundamentos mucho más reales, estamos inmersos aún en la crisis que se estalló en 2008, la globalización sin reglas ha provocado deslocalizaciones industriales que no van a acabar (como apunta ya todo el tema del coche eléctrico en un asunto que está afectando a la hasta ahora imperturbable Alemania) la crisis climática y los límites del planeta en general van a provocar cambios que siempre generan inquietud y, de forma más general, los cambios productivos y los de otra índole que llevan aparejados se producen a una velocidad muy superior a la que estábamos acostumbrados en décadas anteriores en las que, no obstante, ya vivíamos en un mundo que mutaba mucho más rápido que antes. El miedo al cambio es aprovechado por la extrema derecha para generar odio y apoyos al mismo tiempo, ofreciendo como programa la mentira del imposible regreso al paraíso perdido que nunca existió, como dije al principio. Desde posiciones progresistas no podemos competir en la simplicidad del mensaje, a cambio podemos dar alternativas realistas, que no fáciles, a los perjuicios que amenazan a las personas comunes y corrientes.

Cada incertidumbre tiene una base diferente y deberemos afrontarla de forma también diferente, pero afrontarla, no hacer como si no existiera. Negando la mentira en el caso de las que, como el miedo a que no puedan cobrar pensiones quienes se jubilen a partir de 2050, surgen del interés por generar ese marco mental y siendo conscientes del poder de los poderes económicos interesados en generarlos, nada nuevo bajo el sol salvo quizá la intensidad de la campaña. Siendo conscientes, también, de los perjuicios que llevan aparejados los procesos de cambio que se han vivido y se van a vivir para gobernarlos y paliar los  efectos negativos sobre las personas y sobre los territorios, justo lo que no se ha hecho con las deslocalizaciones provocadas por la globalización sin reglas. Las medidas para combatir el cambio climático son necesarias, lo que no está escrito es que tengan que ser negativas para el nivel de vida de la gente, medidas como la descarbonización de las actividades humanas son inaplazables, pero hay que analizar sus posibles consecuencias para compensar a quienes pueden perder su empleo actual para que no vean empeorar sus vidas, también para los territorios que dejen de contar con una actividad que puede ser en ocasiones de monocultivo económico, incluyendo a las que ya han pasado por procesos similares. Así, por ejemplo, aunque las personas que vivían de la actividad minera en las cuencas carboníferas tengan su futuro resuelto hay que generar actividad que evite que esos territorios vayan languideciendo, no puede verse reducida la actividad económica al consumo que generen las rentas de los ya inactivos y a un par de iniciativas de turismo rural. De igual forma, se le puede pedir al mundo rural que oriente su actividad hacia objetivos diferentes o con procedimientos distintos siempre y cuando no se les  pida un sacrifico en condiciones de vida y se les compense la posible menor rentabilidad o se les posibilite mecanismos de comercialización que mejoren sus márgenes.  Lo que no es de recibo  es dejar degradarse territorios enteros que estaban poblados de gente consciente de la importancia de la actividad que allí de desarrollaba encogiéndose de hombros y diciendo aquello de que es el mercado, amigo. De forma más general, acompañando a las personas y garantizándoles un futuro digno ante los efectos de las transformaciones que se den

Nada está escrito y el mundo será el que construyamos, lo que es seguro es que será diferente, un ejemplo son los movimientos migratorios que es uno de los miedos que más explota el populismo de derechas. En España hemos pasado de exportar mano de obra en los 60, a vivir la repatriación de parte de esa inmigración entre finales de los 70 y los primeros 80 y a ser receptores de mano de obra inmigrante en las últimas décadas. Los orígenes de nuestra población son cada vez más diversos, la selección española ganadora del mundial en 2010, con jugadores nacidos en torno al año 1980, no tenía ningún hijo de inmigrante, en la reciente  Eurocopa los dos jugadores más desequilibrantes del equipo eran españoles nacidos en el siglo XXI de padres inmigrantes y etnia no caucásica, en nuestro atletismo pasa algo parecido si comparamos lo actual con los medio fondistas y maratonianos de los años 80  y 90. Que eso no tenga vuelta atrás no significa que no genere tensiones y que no haya que intervenir para hacer posible una buena convivencia: en las zonas donde se concentra esa población migrante y para que no se concentre sólo en determinados barrios; en los sectores en los que trabajan mayoritariamente y para que puedan acceder a otro tipo de empleos; en la asunción por parte de toda la población de valores laicos y democráticos comunes y al margen de las creencias de cada cual. Políticas de acogida, políticas de regulación de flujos, también políticas de seguridad ciudadana que hay que abordar para que origen, pobreza y exclusión no se conviertan en un cóctel de difícil digestión.

Tercera. Como especie somos animales sociales y como tales hemos llegado al desarrollo social actual, con sus muchísimos pros y sus importantes contras. El ser humano busca, porque los necesita, vínculos colectivos, por mucho que se fomente el individualismo extremo y que se pretenda hacer creer que consumir cuanto más mejor es el camino a la plena felicidad. El proyecto personal completo necesita referentes colectivos que pueden establecerse en base a intereses objetivos comunes o en clave identitaria, en ambos caso esa identificación grupal puede conllevar confrontación con los opuestos, sean estos supuestos u objetivos.

Si bien las referencias identitarias no tienen por qué ser negativas (pertenecer a una entidad deportiva o cultural, profesar una creencia religiosa, tener una convicción nacionalista determinada, etcétera) con facilidad se da el fenómeno de reforzar la propia convicción identitaria a través de la confrontación con la o las que se identifican como sus enfrentadas, en especial en momentos históricos de crisis económicas y sociales que, como sucede en la actualidad, generan descontento e incertidumbre. Es el caldo de cultivo de los populismos de extrema derecha que a su vez, y sabedores de este hecho, impulsan esos sentimientos identitarios excluyentes generando un efecto de retroalimentación.

En paralelo, se ponen todas las trabas posibles al crecimiento de vínculos colectivos basados en intereses comunes, los que podría dar pie a sentimientos de pertenencia colectiva inclusivas: Hablo básicamente de relaciones laborales, por un lado, y de bienes colectivos.

En todo lo que afecta al contrato colectivo de trabajo, es decir, a la defensa de intereses comunes frente a los poderes económicos por parte de los que viven de su trabajo, sea asalariado o haya adoptado la forma de trabajo autónomo pero en realidad siga dependiendo de un empleador (como los riders como ejemplo más claro) Las mutaciones en la organización del trabajo (ayudadas por unos cambios tecnológicos que a su vez se impulsan en gran medida para poder organizar el trabajo de forma más desregulada) tienden a segmentar, atomizar e individualizar con ello las relaciones laborales. Es obvio que las organizaciones sindicales son conscientes de los problemas que les genera la organización de las personas con centros de trabajo dispersos (incluso sin centro de trabajo propiamente dicho) y con condiciones laborales precarias, tan obvio como que encontrar vías para hacer frente a esa realidad no es sencillo. Hay que ser conscientes de que la  lucha contra la precariedad laboral y la individualización de las relaciones laborales tiene mucho más alcance que la mejora de condiciones de trabajo de las personas con más dificultades para negociarlas, supone favorecer el sentimiento de pertenencia colectiva en tanto que personas trabajadoras, con intereses que son comunes a los de otras personas que también lo son aunque sus condiciones sean diferentes. En definitiva, potenciar el sujeto colectivo unido por vínculos de solidaridad de clase para hacer frente a los intereses de los poderes económicos, mucho más cómodos cuando las quejas generadas por el malestar no apuntan a sus intereses y privilegios, sino a choques entre facciones de las que para ellos son todas clases subalternas. Por supuesto que es más fácil decir que hacer, pero a veces parece que el espacio progresista olvida el conflicto esencial del que parten todos los conflictos.

Por lo que respecta a los bienes colectivos de lo que hablo es de todo lo que es de uso común y no privativo, desde el espacio público y sus usos a los servicios públicos de todo tipo y, por supuesto, los cuatro pilares que aún constituyen el estado del bienestar que quieren desmantelar: sanidad; educación; pensiones y cuidados de las personas. La defensa de lo público frente al dogma (falso, hemos de insistir) de que lo privado funciona mejor y la insistencia en que el mantenimiento de lo que es de todos es mucho más valioso que los supuestos beneficios individuales que se pudieran obtener dejándolo desaparecer son un gran caballo de batalla, una lucha por la defensa de las condiciones de vida de la gente, pero además son un instrumento frente a la insatisfacción y las inseguridades que el sistema genera en estos momentos de crisis. Junto a la centralidad del mundo de los trabajos, en su diversidad, lo público y su defensa constituye el instrumento más poderosos para que haya una identificación colectiva en positivo, a favor de los intereses de la mayoría  y desactivando los riesgos de confrontación, estéril en términos de mejora de la vida de las personas, que pueden alimentar los sentimientos de pertenencia identitaria si son los que dominan el debate público.

Al igual que el sindicalismo tiene que adaptarse a los cambios, así también el movimiento vecinal tiene que conquistar espacios de actuación en defensa de lo público y en temas muy diversos que garanticen el buen funcionamiento del sistema educativo en lo que afecta a las necesidades concretas de cada lugar, la atención sanitaria primaria que prevenga las carencias que afecten a la salud futura de la población, los mecanismos de seguridad ciudadana que contemplen tanto evitar la delincuencia como fomentar la convivencia en presente y futura, además de los temas urbanísticos y las demandas de equipamientos que fueron los ámbitos de actuación preferente en su momento.

A modo de conclusiones.

El aumento de las desigualdades y el de la incertidumbre ante el futuro vienen provocando sucesivos movimientos que cuestionan, o hacen ver que cuestionan, el status existente. En todo el mundo y en particular en España y en Catalunya, hemos vivido desde aquel momento sucesivos fenómenos políticos novedosos y que se han reivindicado, desde posiciones muy distintas, como rupturistas: el procés en Catalunya; el crecimiento fulgurante de Podemos y sus confluencias y ahora las extremas derechas vinculadas a un nacionalismo u otro. Todos ellos han ofrecido alternativas aparentemente simples para una problemática que es muy compleja.

El ciclo político que podía favorecer determinados postulados transformadores progresistas basados en propuestas simples parece agotado, ahora las supuestas soluciones fáciles que cobran fuerza son de carácter marcadamente regresivo. Desde posiciones progresistas debemos asumir la complejidad que nos lleva a formulaciones aparentemente contradictorias como la que da origen a esta reflexión, lo de que consumimos más y vivimos peor, para extraer conclusiones que nos lleven a planteamientos claros pero que eviten simplificaciones falsas, una guía para elaborar las propuestas concretas y poder explicarlas sabiendo que en más de una ocasión irán a contracorriente de un supuesto sentido común impuesto por los intereses dominantes, como nos ha sucedido en todos los ámbitos donde hemos tomado decisiones de gobierno, sean las campañas contra las superilles en Barcelona o los  augurios catastrofistas de lo que podría conllevar la reforma laboral o el incremento del salario mínimo.

Por lo que respecta a lo aquí analizado, la conclusión básica de que más consumo no significa mejor calidad de vida, tiene que servir para elaborar propuestas que den respuesta al malestar social y al mismo tiempo confronten con las no-soluciones fáciles del populismo de derechas. Enfrentarnos al supuesto sentido común que interesa a los poderes dominantes y a sus potentes medios para instalar sus ideas no es fácil, pero podemos ofrecer un horizonte hacia el que avanzar que es atractivo, con más igualdad y un proyecto comunitario que respete las individualidades al tiempo que evite los problemas derivados del individualismo garantizando un vida decente. En definitiva, medios para poder vivir y una filosofía de vida atractiva, una utopía hacia la que avanzar si se adoptan las decisiones correctas en la línea de hacer posible el consumo de aquello que realmente se quiere consumir, dar certidumbre con respecto al futuro tanto de las personas como de los territorios en los que desarrolla la vida social colectiva e impulsar fórmulas inclusivas de identificación comunitaria en base a la defensa de los derechos e intereses de la mayoría social.

dijous, 17 de novembre del 2022

Hasta siempre, Javier

Conocí a Javier en el congreso de Benidorm. En realidad lo conocí después, allí sólo lo vi por primera vez, en el congreso de la federación estatal de hostelería de CC.OO. en el que resultó elegido secretario general contra todo (o casi todo) pronóstico. Aquel fue un congreso surrealista con no pocos elementos de esperpento, digno de una película berlangiana de aquellas corales, del tipo Todos a la cárcel. Si no yerro en los cálculos fue en octubre del 87, el sindicato era un hervidero de corrientes (más que de costumbre) a causa de las múltiples rupturas de un PCE en crisis continua desde principios de la década.

Me entretengo en los pormenores porque aquello, además de trascendente en la vida de Javier, dice mucho sobre él. Simplificando, Juan Jesús, el secretario general saliente, era carrillista, Ginés era el responsable de organización y el candidato, en teoría favorito, a la secretaría general por los próximos al PCPE de Ignacio Gallego, había un grupo de delegados y delegadas con planteamientos más radicales (con bastante peso en la delegación catalana, por ejemplo) y lo que ahora se denominaría mayoría sindical, afín a la dirección de la confederación sindical por entonces dirigida aún por Marcelino Camacho. Treinta y cinco años después suena a lo del Frente Judaico de Liberación de La vida de Brian, pero por entonces no era cosa de broma para nosotros. La mayoría de los que votamos a Javier en aquel congreso no lo conocíamos, era el candidato que había propuesto Ricardo Caro, de Baleares, y nunca me comentó ninguno de los dos qué movió a Javier a aceptar semejante papel: por entonces era responsable de la Unión Insular de Ibiza y nada de lo que se podía intuir resultaba atractivo.

Al  final resultó elegido secretario general porque los que estaban de acuerdo en oponerse a la línea sindical mantenida por la dirección confederal (si somos sinceros, ese tema pesaba más en tirios y en troyanos que el debate sobre lo que se había hecho o se proponía para la federación de hostelería) no se pusieron de acuerdo en un candidato común. Incluso llegó  haber una oferta, rechazada, de los "oficialistas" de aceptar un secretario general de la otra "familia" con opciones si el propuesto en concreto era Ruda en lugar de Ginés. El más votado fue Javier, con el precio de estar en minoría en la comisión ejecutiva que se eligió al mismo tiempo y con el augurio de un mandato imposible, al menos el que nos hizo su rival en la votación in situ, en la mesa donde yo estaba comiendo antes de iniciar el regreso a Catalunya.

Las cosas resultaron de otra manera, Javier fue secretario general en tres mandatos y cuando la federación se fusionó con la de comercio, a punto de cambiar de milenio, fue el máximo responsable de la organización resultante con el nombre de FECOHT-CC.OO. De hecho, en pocos meses uno de los supuestos opositores que se suponía le iba a hacer la vida imposible estableció con él una amistad que fue más allá del acuerdo o desacuerdo con las  posturas sindicales. En ocasiones recordaba Javier cómo compartió bolsas de pipas con Luis Arévalo esperando un tren o un autobús para regresar a Madrid, ese tipo de vivencias y los whiskies tomados al salir de la federación les unieron más de lo que podían separarles las diferencias en gustos musicales, los distintos grados de interés por la lectura o que uno fuera del Madrid y el otro colchonero.

Javier sustituyó vivir al borde del mar en Ibiza por un piso en Móstoles con una situación interna muy complicada y con una finanzas federativas más que precarias, tanto como para que durante algún tiempo ni siquiera estuviera dado de alta en la seguridad social a pesar de estar a dedicación total en el sindicato, cosas que pasaban en aquellos tiempos y que le acabaron perjudicando cuando necesitaba jubilarse.

Que las disputas políticas afectaran a la vida interna del sindicato no significaba que este no se moviera sobre todo por dinámicas propias, dos años más tarde la situación estaba mucho más calmada. En diciembre del 89, poco antes de navidad, Javier estuvo en Catalunya, teníamos por la noche una asamblea en Lloret de Mar (donde CC.OO. empezábamos a levantar cabeza tras lograr la readmisión de los candidatos despedidos en las elecciones del hotel Selva Mar) y de allí se iba al día siguiente a iniciar una huelga de hambre en el parador de Baiona, en Pontevedra, junto a los miembros del comité de empresa. Aquí las fechas son exactas porque he tenido que tirar de hemeroteca, estuvieron 20 días sin comer y cuando le pregunté a Javier el porqué de una forma de protesta tan inusual en las prácticas del sindicato vino a decirme, sobre poco más o menos, que no había otra alternativa. El día de Reyes de 1990 subí al local de Lleida, allí estaban Bravo, secretario general de la unión, Vázquez, de organización y Aurea Pardo, delegada del parador de Viella con algún otro compañero del parador, estuvimos hablando con la gente de Baiona, ya habían pasado todas las navidades en huelga de hambre y les quedaban aún cuatro días antes de desconvocarla tras alcanzar un acuerdo. Más adelante cuadraron algunas cosas que por entonces no me comentó Javier y es que, al margen del conflicto concreto en ese parador por unas sanciones, estaba en riesgo que parte de los delegados de CC.OO. del conjunto de la red en España se pasaran a la  CGT.

Sirvan estos dos momentos ya lejanos para recordar a Javier. Durante años mantuvimos una relación habitual por motivo de nuestras responsabilidades, en reuniones del consejo confederal o en congresos de la federación, estatales o del ámbito de Catalunya, para elaborar la plataforma del convenio marco estatal de hostelería, para propuestas de política turística, para hacerle ver a la confederación que no debía oponerse a la idea de los viajes del IMSERSO que podían favorecer la desestacionalización y mejorar el empleo en el sector, en viajes suyos para asambleas y reuniones en Catalunya, desplazamientos a Barcelona que durante un tiempo fueron, por desgracia, más habituales porque su hermana estaba siendo tratada en el hospital de San Pablo de un cáncer raro y sólo podían atenderla allí, aunque finalmente no lo pudo superar. No fueron pocas las ocasiones en las que él, Arévalo o Avelino durmieron con el hierro del sofá cama del comedor de mi piso clavado en su espalda hasta que la situación económica de la federación empezó a no ser tan precaria, En definitiva, algo que debió de sucederle a muchos compañeros y compañeras de otros territorios de España durante los muchos años que estuvo al frente de la federación de hostelería, primero, y de la FECOHT, después. Como los míos habrá recuerdos de multitud de compañeros y compañeras del sindicato de muchas comunidades autónomas porque fue viajero infatigable como correspondía a sus funciones en el sindicato. Que cada cual rememore las que quiera para sí mismo o para compartirlas.

En 2004 yo dejé mis responsabilidades en la federación de Catalunya y desde entonces mis relaciones con Javier se limitaron a algunas llamadas telefónicas que no llegaban a ser ni de higos a brevas, la última el pasado verano cuando Toni García me comentó que estaba bastante fastidiado de salud, algo que me confirmó su dificultad para hablar cuando lo llamé. Murió el 9 de noviembre, estar de vacaciones me permitió ir al velatorio al día siguiente. Al llegar al tanatorio de san Isidro descubrí, buscando la sala donde estaba, que su nombre completo era Francisco Javier, nunca acabamos de conocer todo sobre nadie, aunque para mi lo fundamental sobre Javier lo sé desde hace mucho tiempo,

Lo primero que escribí en este bloc fue en memoria de Manuel García Murillo, ahora hacía meses que no escribía una entrada nueva, me ha costado hacer esta porque a la tristeza de hablar del fallecimiento de un buen compañero y una buena persona se une una sensación de amargura, Javier González Martino merecía el recuerdo de mucha más gente de la que pasó por el tanatorio y del sindicato. Quizá todas las organizaciones humanas tengan un punto de cainitas, pero eso no me consuela porque la fraternidad debería de ser un principio básico en las que tienen como razón de ser la defensa de la clase trabajadora.

Hasta siempre, Javier

dijous, 10 de març del 2022

Equidistancia con el PCE en el gobierno

Ayer me llegó y empecé a leer el libro de Miguel Guillén Els "equidistants tenien raó", "El PCE al govern" i altres articles y el título me ha venido bien para hacer un refrito del mismo que encabece algunas reflexiones sobre el tema del  momento, la guerra de Ucrania, más allá de las conversaciones de barra de bar de los tiempos modernos, o sea, en las redes sociales y, en mi caso concreto, en twitter.

Sigo reivindicando el marxismo como ideología si se le quitan los elementos religiosos con los que acostumbran a vestirlo buena parte de los que se autoproclaman sus adalides, pero en especial como método de análisis de las sociedades y los conflictos sociales, no  hay ningún elemento de conflicto entre clases en el origen de la guerra de Ucrania, es un episodio de las políticas imperialistas, eso que llaman geoestrategia, y como tal debe analizarse.

Yo era de los que pensaba que Rusia no invadiría Ucrania y se limitaría a algo que no hubiera sido poca cosa, pero que ni de lejos se puede equiparar a lo que está sucediendo, como reconocer como estados a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk e incrementar el apoyo militar que les presta. Sólo expresaba una duda que formulaba en los siguientes términos: Europa ha dejado de ser el ombligo del mundo, a diferencia del periodo de la Guerra Fría no somos el escenario clave de los conflictos geoestratégicos, trasladado ahora al Pacífico Occidental, si durante años las tensiones se liberaban en otros territorios del mundo mientras Europa evitaba guerras, la desaparición de la URSS rompía aquel equilibrio y las cosas podían ir por otras vías y acabar en guerras, como pronto se vio en los Balcanes, Pese a ello, confiaba en que China, la verdadera potencia antagónica a los EUA, no tenía interés en que se complicase el acceso por tierra a los mercados europeos y contuviera al gobierno de Putin.

En lo único en lo que no  me  equivocaba hace pocas semanas era en lo de que Europa es un escenario secundario de los equilibrios estratégicos mundiales y corre por ello más riesgos de verse envuelta en guerras abiertas, nada que extrañe en los otros continentes que, con la excepción de Oceanía, han sufrido guerras que servían de válvula de escape a las tensiones entre las superpotencias, eran buenos clientes para las industrias de armamentos y sufrían los conflictos de intereses de las élites dominantes.

Ser equidistante en esta situación no significa ser indiferente, como no lo significaba cuando empezó a usarse ese término como arma arrojadiza durante el procés catalán. Ser equidistante es decir con claridad que no hay buenos y malos, que los hiperventilados se retroalimentan en ambos bandos, pero que no hay el mismo grado de responsabilidad en las actuaciones de unos y de otros. Quien ha invadido otro país, arrogándose el rol de valedor de bienes y valores superiores que él mismo ha establecido es el gobierno de Putin, haciendo casi lo mismo que Bush hijo y sus palmeros Blair y Aznar en el caso de Iraq hace 20 años. A partir de esa denuncia clara habrá que convenir que ni Sadam Hussein era un dechado de virtudes, ni lo es Ucrania, ni la OTAN puede ser un garante de la paz ahora ni en el futuro.

La denuncia de cuestiones que casi ni se plantean (para muchas cosas se podría prescindir del casi) es la que le corresponde hacer a la izquierda transformadora, así como propuestas concretas con un doble objetivo, evitar nuevos conflictos en el futuro a partir del análisis de cómo se ha llegado al actual y evitar que el sacrificio que se exija a la población descanse exclusivamente en los de siempre. Y, claro, no podemos olvidar la otra parte del título de esta entrada, el PCE está en el gobierno y eso condiciona y a la vez ofrece más posibilidades de actuar, como hemos visto durante la pandemia.

La izquierda alternativa tiene que aprender de sus propias historias, en plural porque son diversas tradiciones las que desembocan en Unidas Podemos, Catalunya en Comú, Compromís, Más País... Un clásico de todas esas tradiciones, casi siempre con malos resultados, es la política de frente único, formulada de diferentes formas se resume en una idea muy sencilla, todos los que no están conmigo y mis planteamientos son iguales en esencia. Con el nombre de política de frente único lo defendió la III Internacional Comunista, hasta que la llegada al poder del nazismo obligó a replantearse aquello de que eran lo mismo los partidos socialdemócratas, las derechas clásicas y el fascismo para dar paso a la consigna de avanzar hacia la constitución de frentes populares. Planteamientos de ese tipo se han repetido continuamente, lo hemos sufrido cuando desde partidos extraparlamentarios de extremísima izquierda se nos ha lanzado como un anatema la acusación de traidores a la clase obrera, lo vimos con la teoría de las dos orillas de Anguita que tenía muchas virtudes, pero no creo que acertara diciendo que Aznar y González eran un misma cosa por mucha razón que tuviera al criticar a Felipe González, estaba latente en la idea del sorpasso de Podemos, es un clásico de la CUP frente a los partidos de izquierda (no frente al nacionalismo irredento de la derecha catalana, por cierto) y aflora en la Ione Belarra que habla de los partidos de la guerra, por mucho que una poco convincente Isa Serra saliera al día siguiente a decir que no se refería al PSOE, también en quien me  llama anticomunista en twitter por no coincidir con su punto de vista respecto a lo que pasa en Ucrania.

Con todos sus defectos, la UE agrupa a los países en los que se dan mejores condiciones para que puedan avanzar las propuestas de la izquierda alternativa y la principal amenaza le viene hoy de la extrema derecha que encarna, financia y favorece el gobierno ruso (sin olvidar la amenaza potencial que subsiste en el Partido Republicano americano y que influye de forma considerable en las prácticas del PP o de los tories británicos). Combatir el riesgo que supone esa internacional reaccionaria pide, a los que venimos de la tradición comunista, políticas de cooperación con fuerzas que no aspiran a lo mismo que nosotros, socialdemócratas, izquierda sin raíces obreristas y hasta derechas como el PNV que rehúyen de las formas y propuestas reaccionarias.

Eso no impide mantener planteamientos propios y distintos de los que se propagan por parte de la mayoría de medios de comunicación, entre otras cosas porque es saludable desmarcarse de la maquinaria de propaganda que acompaña el posicionamiento frente a los conflictos bélicos. En concreto, es obligado defender en el contexto actual que la OTAN no puede formar parte de la solución definitiva porque está en el origen del problema, su existencia sólo responde al interés de los EUA de mantener a Europa como un apéndice de sus intereses, su extensión hacia el este del continente es objetivamente una amenaza para Rusia (sin que eso justifique la invasión de otro país) y el escenario hacia el que se debe avanzar es el de su desaparición, por anacrónica y para ser sustituida por mecanismos de defensa autónomos de la UE que nos permitan a los europeos tener una política exterior y de seguridad no subalterna.

También hay que mantener una posición propia con respecto a lo sucedido en Ucrania a partir del golpe de estado del Maidán, el papel de neonazismo o la marginación de la población de origen ruso.  Si Rusia está lejos de ser una democracia en Ucrania tambié hay déficits democráticos que deben corregirse, con el riesgo añadido de que el contexto de guerra reverdezca el protagonismo de la extrema derecha. El actual gobierno no es heredero directo de aquellos hechos de 2014, lo era Poroshenko que fue barrido en la segunda vuelta de las elecciones de 2019 por Zelenski, pero sigue habiendo partidos no legales y limitaciones graves de las libertades de las que no se habla en los medios de comunicación de masas. Ucrania tiene derecho a solicitar ayuda y los países europeos la obligación de exigirle a cambio de ella el respeto a las reglas democráticas.

Y,  por último y no menos importante, la voz de la izquierda tiene que expresar con claridad que no se puede pretender cargar los costes de la actual situación de forma asimétrica. Hay que poner coto a los incrementos del precio de la electricidad porque no obedecen tanto a la evolución del precio del gas como a los intereses económicos del oligopolio eléctrico. No sirve un pacto de rentas sino recaudar más de las rentas altas para mantener políticas que mantengan la actividad económica, Hay que cerrar el paso al uso del descontento por parte de la extrema derecha siendo conscientes de que lo va a intentar y sabiendo que a los efectos negativos que ya tiene el escenario bélico en las economías de las personas sólo se puede hacer frente diciendo la verdad (no reconociendo los hechos a posteriori) y con políticas que alivien los efectos para los más desprotegidos, algo sabemos ya después de gestionar la crisis de la pandemia.

Cuanto menos dure la guerra mejor, porque será menor el coste en sufrimientos para el pueblo ucraniano, también para el ruso que va viendo como vuelven muertos y heridos los sodados que también son pueblo y para clases populares en toda Europa, los esfuerzos diplomáticos son imprescindibles, pero en la diplomacia hay intereses, no milagros. Entiendo los argumentos contra el envío de armas a Ucrania pero no los comparto, la negociación sólo será real y no una imposición si las dos partes tienen algo que ganar con el acuerdo. Frente a una agresión real, no hipotética, no veo la autoridad moral para negarse, sólo que hay que tener claro que el objetivo tiene que ser forzar la negociación y el acuerdo y que ese sólo será útil si cada parte puede explicarlo como aceptable.

Termino remarcando lo que me parece esencial, la internacional reaccionaria sigue progresando, la Rusia de Putin es clave en ese fenómeno y todos los que nos proclamamos progresistas debemos pensar en torno a cómo parar ese avance, en todos los escenarios se libra esa batalla, en Castilla y León, en Ucrania, en los EUA con el fantasma de Trump dominando en el Partido Republicano, etcétera. No todos los que no piensan lo mismo que nosotros son lo mismo y necesitamos aliados que no tendremos aislándonos en una torre de marfil.

dimecres, 9 de febrer del 2022

SOBRE LO NEORRANCIO Y LOS DEBATES ESTÉRILES

De un tiempo a esta parte estamos viviendo un debate sobre lo que se ha dado en llamar neorrancio que no se sabe si tiene alguna utilidad, salvo para las derechas pretendidamente desideologizadas y las supuestas izquierdas que siguen aferrándose al paradigma monetarista que domina la visión económica hegemónica desde hace más de 40 años. Toca intentar desbrozar un poco la maleza para intentar ver el camino, lo cual no es una garantía de alcanzarlo pero sí dificulta ir en sentido contrario.

De entrada, los debates en torno a calificativos con tono despectivo son algo poco novedoso en la izquierda alternativa, ha llovido mucho desde los tiempos de lanzarse a la cabeza expresiones como revisionista o hablar del infantilismo de izquierdas, preludio de arrojarse algo más sólido, incluso previsiblemente letal.  Visto con la perspectiva que da el tiempo siempre han sido, con independencia de las causas originarias, confrontaciones ombligistas, orientadas a denostar la discrepancia y que han generado pocos beneficios y mucho lastre.

Otro clásico que también aparece reflejado en los debates presentes es cómo ver el pasado y cómo de ahí se desprenden consecuencias para la interpretación de presente, algo nada inocente.  La secuencia es que a la formulación de ideas (discutibles para unos y novedosas para otros) se responde más con etiquetas que con argumentos, lo que lleva a enroques, a la construcción de compartimentos estancos que impiden ver lo que pueda haber de cierto en lo que dicen aquellos que no comparten las premisas básicas del planeamiento propio.

Muchos, yo me incluyo, se enteraron de todo esto cuando se hizo viral la breve intervención de la escritora Ana Iris Simón en un encuentro en la Moncloa.



No llegan a ser cuatro minutos y la inmensa mayoría de personas que se consideren progresistas seguramente coincide con la idea central de su exposición, lo mal que están las cosas para la juventud actual, nacida en torno a 1990 como la escritora manchega o más  tarde, en torno al 2000. ¿Por qué entonces tanto revuelo?, ¿qué riesgo tiene el debate tal y como se está planteando?

Por un lado, lo que se formulaba en aquel breve discurso partía de una visión del pasado un tanto idealizada que no distinguía procesos. Todo el pasado se mezclaba, los años 70 del abuelo, los proyectos vitales de los padres, las consecuencias de la entrada en lo que entonces era el Mercado Común, los desarmes arancelarios acordados por la Organización Mundial del Comercio aunque esta no se menciones. En definitiva, un totum revolutum que daba una foto fija de un pasado en el que las generaciones anteriores lo tenían mucho más fácil que las actuales y en que se estaba forjando un futuro, el presente de las nuevas generaciones, lleno de hipotecas muy difíciles de asumir.

Por otro lado, ese mensaje chocó, y sigue chocando desde entonces, con la idea clásica en las generaciones ya maduras de lo dura que fue su vida en comparación con la que tienen sus descendientes, algo que vivieron en el pasado con respecto a unos padres y abuelos marcados por la guerra y las carencias de una posguerra que duró veinte años y que trasladan a una juventud que no quiere reconocer lo complicada que fueron sus vidas predigitales, en las que con una mínima parte de lo que está  hoy a disposición de la gente joven hubiesen sido los reyes del mambo.

Atrapados en la subjetividad del recuerdo, propio en unos casos, recreado el ajeno en los otros, la atención prestada a rebatir impide un análisis que incluya el esfuerzo de entender el porqué de los argumentos opuestos. Al final se es incapaz de tener una idea en clave histórica y se cae en la trampa del presente. Porque, ¡oh, casualidad!, todo esto coincide con la difusión de la idea de una supuesta guerra de intereses entre generaciones, en la que los que cobran pensiones, o van a cobrarlas en los próximos años, están arruinando las perspectivas vitales de las generaciones que les vienen detrás y en la que la juventud, como siempre, se queja de vicio. Pensar que eso es ajeno al conflicto generacional que subyace al debate sobre términos como neorrancio y similares es, como mínimo, ingenuo.

El pasado no es una foto fija, sino una sucesión de situaciones en cambio continuo, para orientarse en él es recomendable tener referencias temporales, como para orientarse al consultar un plano conviene tener alguna referencia espacial que ayude a situarse. En el caso de la evolución económica de España y de los grandes cambios de orientación que afectaron a la forma de vivir de su ciudadanía se puede hacer una aproximación a partir de tres hitos que modificaron la vida de la inmensa mayoría de forma profunda, el último de ellos todavía no está claro hacia dónde acabará yendo.

El primer hito es el Plan de Estabilización de 1959, es el único de los tres que se explica esencialmente en clave interna española. Se produce entonces un giro radical en las políticas económicas que se habían mantenido desde el final de la guerra, la generación que la vivió durante su infancia y la posguerra en su juventud había sufrido carencias severas, incluso hambrunas, y España no se incorporó al crecimiento que desde el final de la II Guerra Mundial se daba en Europa, ni al desarrollo de lo que conocemos como estado del bienestar. La gravísima situación económica en que sumieron al país las políticas autárquicas forzaron al giro brusco de orientación, con la apertura de la economía española que vino a sumarse al ciclo expansivo de la economía mundial, vivido aquí con mucho retraso y también con mucha intensidad. En los años 60 y hasta mediados de los 70 no sólo se produjo un fuerte crecimiento económico, también transformaciones pendientes de gran calado: los movimientos migratorios del campo a la ciudad (de la propia región, de otros territorios en España o en el extranjero) acompañaron al crecimiento de los sectores industriales y de servicios; se modernizó la agricultura que ya no podía vivir de una ingente población rural que proporcionaba mano de obra masiva; crecieron las grandes ciudades y sus áreas de influencia, con frecuencia de forma caótica; se produjo un crecimiento demográfico muy grande, no tanto por la natalidad como por la reducción de la mortalidad, en especial la infantil; empezó a haber un embrión de lo que se dio en llamar clase media, aunque gran parte de la población siguió en situaciones malas o muy malas. Las condiciones de vida no eran buenas para la mayoría, pero para aquella generación, en comparación al mundo que habían conocido, la mejora de las perspectivas no tenía discusión.

El segundo hito ya viene en clave internacional, es la crisis del petróleo de mediados de los 70, en España sus consecuencias inmediatas coincidieron con el final del franquismo y los primeros años de la transición, pero hubo consecuencias profundas que han marcado las políticas económicas en todo el mundo, España incluida, hasta el  presente. El keynesianismo dominante durante décadas fue sustituido  por las políticas monetarias como pensamiento económico hegemónico, el neoliberalismo de la  escuela de Chicago se impuso, tras el experimento previo en el Chile de Pinochet, en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher y en los USA de Ronald Reagan, todo el mundo acabó aplicando unas políticas económicas que incrementaron las desigualdades y se basaron en eliminar trabas a las clases propietarias y derechos a las clases trabajadoras. España padeció una crisis económica profunda y la llegada al poder del PSOE de Felipe González en 1982 no enmendó, sino que profundizó, la línea seguida por los gobiernos de la UCD. A la reconversión industrial de sectores claves como el siderometalúrgico, se sucedieron en 1984 modificaciones regresivas del Estatuto de los Trabajadores y la primera gran ofensiva contra la estabilidad en el empleo que supuso el contrato de fomento del empleo, el del nefasto R.D. 1989/1984, que permitía contratar temporalmente sin causa que lo justificara de 6 meses en 6 meses y por hasta 3 años seguidos, en menos de una década tener una plantilla plagada de temporales se convirtió en costumbre. La tendencia se mantuvo con otra contrarreforma del E.T.  en 1994 (con las ETTs como gran novedad) y con otra contrarreforma en 2002, ya con Aznar, que a pesar de decaer en gran parte tras una huelga general y un cambio de ministro de trabajo dejó la eliminación en la práctica, si no en la ley, de los salarios de tramitación. Una parte de la generación del baby-boom rompió en parte la barrera formativa y llegó a la universidad, por primera vez y con un sacrificio importante de las familias obreras donde eso sucedió, pero la mayoría de los que accedieron al mundo del trabajo a finales de los 70 y principios de los 80 se encontraron con un panorama sombrío de crisis y malas perspectivas. Tras la incorporación de España a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea y en un contexto mundial de crecimiento, pese a una crisis breve pero muy intensa en destrucción de empleo en 1993-1994, hubo un periodo largo de prosperidad que tenía mucho de ficticia, la eventualidad y otros aspectos de la precariedad (como la subcontratación de actividades propias de la actividad de la empresa o el uso de ETTs para pagar por debajo del convenio de la empresa principal) se habían instalado y desde mediados de los 90 empezó la escalada del precio de la vivienda y el incremento de la duración de las hipotecas que de 15 años pasaron pronto a 25, 30 y hasta 50 años de duración. Pero aunque el paro estructural siguió siendo muy alto durante bastantes años había dinamismo en el mercado laboral, con un tirón del empleo en sectores de servicios como la hostelería y, por supuesto, en los vinculados al boom del ladrillo en la construcción, aunque al mismo tiempo la globalización y el desarme arancelario provocado por los acuerdos en la Organización Mundial del Comercio causaron con el cambio de milenio una deslocalización de actividades productivas, normalmente a países asiáticos. Ese ambiente de precariedad combinada con unas expectativas que tenían mucho de irreal porque la desigualdad seguía creciendo y todo tenía pies de barro (había un cierto paralelismo con los felices 20 del s. XX) es el que vivieron varias generaciones, unas ya en plena madurez y otras al incorporarse al mundo laboral-

El tercer hito es la crisis financiera de 2008, marca el presente y aún se desconoce qué consecuencias tendrá en la configuración de la sociedad en un futuro inmediato. Sí se sabe que su incidencia fue generalizada y que supuso el fin del cuento de hadas que vendió la doctrina económica hegemónica en los 30 años anteriores, aquello de que el  reparto desigual de la riqueza no importaba porque si se dejaba hacer al capital sin ponerle limitaciones se generaría tanta riqueza que todo el mundo saldría ganando.  Las llamadas clases medias le vieron las orejas al lobo y desde entonces viven entre la congoja y la búsqueda de soluciones milagrosas, ese clima es el que alimenta el pesimismo y ve en todo lo que surge una amenaza, hay una añoranza de un pasado que se idealiza y al que se pretende regresar sin ser conscientes, o incluso a pesar de ser conscientes, de que es imposible. El fracaso del capitalismo salvaje casi coincidió en el tiempo con el despliegue de la tecnología digital desde dispositivos móviles (el iPhone 3, primer móvil con pantalla táctil comercializado de forma masiva se presentó en julio de 2008) y la tecnología ha facilitado desde entonces la extensión de unas relaciones laborales más precarias (con figuras como los falsos autónomos, con fórmulas como la subcontratación de tareas propias de la actividad de las empresas, etcétera) y, al mismo tiempo, el acceso de gran parte de la población a unas posibilidades impensables a inicios del milenio. Se ha dado un paso más en la línea de hacer cosas de ricos a lo pobre, como que te traigan la comida a casa de manera habitual, o cualquier producto a cualquier hora, sólo que la comida es de un chino y no de un restaurante de lujo. Ese hacer cosas de ricos a lo pobre ya lo anticiparon otras prácticas, la globalización que convirtió a China en la fábrica del mundo desmanteló mucha industria nacional, pero hizo que tuvieran un precio accesible multitud de productos aunque muchos de dudosa calidad, o los vuelos de bajo coste permitieron viajar en avión con una frecuencia inimaginable unas décadas atrás, al tiempo que empeoraban las condiciones laborales del personal de vuelo y del de tierra. Son contradicciones que ayudaron tanto al pesimismo ante una crisis profunda y un deterioro a ojos vista de las condiciones en las que  se trabajaba (la precariedad era una mancha de aceite que se extendió mucho más allá de la contratación temporal) como a la percepción de que se disponía, y se dispone en la actualidad, del acceso a cosas que sólo se podían soñar en un pasado reciente. También coincidió en el tiempo la agudización del problema del cambio climático, una cuestión que venía de lejos (ya en 1972 el Club de Roma hizo público su primer informe sobre los límites del crecimiento) y que plantea interrogantes que hacen aún más angustiosa la incertidumbre sobre el futuro. La crisis afectó a todas las generaciones y todas sufrieron sus consecuencias: a los que ya eran pensionistas, muchos de ellos ya fallecidos en la actualidad, que tuvieron que ayudar a sus descendientes; a los boomers que se quedaron sin trabajo en una edad más que complicada para reinsertarse en el mundo laboral; a los que llevaban 20 años trabajando y vieron cómo pasaban al desempleo y después a trabajar de lo mismo por mucho menos salario; a los recién llegados al mundo laboral que habían dejado la formación porque les ofrecieron unas perspectivas que de golpe se desmoronaron y a quienes dejaron la infancia y se toparon con una precariedad laboral creciente en la que ni la cualificación permitía el acceso a un trabajo decente, con una vivienda inasequible y perspectivas de futuro negras; a los que tenían una hipoteca y se quedaron con deudas y sin vivienda; a los que no pudieron pagar el alquiler y fueron desahuciados. Todos, excepto lo más poderosos desde el punto de vista económico, salieron perjudicados, por la crisis y por las políticas adoptadas/impuestas supuestamente para hacerle frente y que lo que hicieron fue aprovechar las circunstancias para acelerar el expolio de los derechos sociales (ensañándose en la sanidad y en la educación) que aún se mantenían y eran el colchón de los más desfavorecidos. En España eso se tradujo en lo laboral en un incremento aún mayor de la precariedad, en una devaluación interna vía disminución de salarios (ambas cosas apoyadas en contrarreformas laborales, en especial la de 2012) y en una agresión a las pensiones, a las ya existentes mediante la actualización por debajo del IPC y a las futuras a través del llamado factor de sostenibilidad, con otra contrarreforma unilateral y al margen del Pacto de Toledo en 2013. En definitiva, la crisis de 2008 generó un vacío de referencias (alguien como Sarkozy llegó a hablar de refundar el capitalismo) pero a falta de alternativas se acabó aplicando el mismo tipo de recetas económicas que habían llevado al desastre, en ese momento ya sin ningún consenso social y con una contestación que se expresó en un cuestionamiento de dichas políticas económicas y en repliegues identitarios. España no ha sido un caso aparte, cosas parecidas a las que se dieron aquí han ocurrido en Hungría, Polonia, Brasil, USA o más recientemente en Chile, Perú o Argentina, movimientos como los chalecos amarillos franceses, el Brexit, etcétera. Aquí la búsqueda de alternativas se ha expresado de formas tan dispares como el 15-M, el procés catalán o el emerger de VOX, además de las repercusiones en los partidos de gobierno  tradicionales. No está decidido el curso de lo que está por venir, lo que sí consta es que las convulsiones políticas del último decenio han sido consecuencia de aquella crisis y que ante la nueva provocada por el COVID las medidas impulsadas tanto desde el gobierno como desde la Unión Europea han sido completamente distintas, expansivas en el gasto y generando paraguas de protección social que legítimamente pueden parecer miseria para los afectados, pero que objetivamente son la antítesis de lo impuesto y realizado entonces: Falta saber, para el caso español, cómo se paga el gasto realizado, es decir, cuál será la política fiscal, si se mantienen los incrementos de gasto en políticas públicas una vez pase la pandemia, si un hipotético acceso de las derechas supone la recuperación de lo que se ha revertido en materia de pensiones y legislación laboral, si el discurso identitario se impone a buscar soluciones para la vida material de las personas. Nada muy distinto a los pulsos que se mantienen en otros países europeos, en los USA de Biden frente a un Partido Republicano rendido ante el trumpismo o en el clima preelectoral de Brasil con Bolsonaro y Lula da Silva como cabezas de cartel. El  futuro está por escribirse en España y en todo el mundo, en busca aún de una visión hegemónica que sustituya a la que fracasó en 2008 de forma estrepitosa.

Este recorrido por los grandes giros que ha dado la situación económica, muy centrado en lo que tenía que ver con el  mundo de trabajo que es de lo que vive la inmensa mayoría de la gente, ha sido para dejar claro que todas las generaciones que coexisten en un momento determinado se ven afectadas para bien o para mal por lo que sucede en el terreno macroeconómico y que no hay ninguna utilidad en discernir si tal o cual generación lo pasó mejor o peor. Muchas personas nacidas a principios del s. XX dejaron sus lugares de origen y emigraron  en los 60 con el resto de su familia a ciudades a las que les costaba adaptarse, la mejora de la situación general no hizo su vida envidiable. A la inversa, muchas de las nacidas a finales del milenio han vivido siempre con unas posibilidades de ocio, un acceso a bienes de consumo y una vida social que no estuvo a disposición de las generaciones precedentes, pero eso no puede ocultar que el futuro es incierto como pocas veces se ha visto en el pasado inmediato. A lo largo de la vida lo normal es sufrir alguna de esas crisis que suponen cambios de ciclo, los momentos de incertidumbre que conllevan pueden sobrevenir en momentos vitales distintos, pero los cambios de paradigma afectan a todas las generaciones, incluso a las posteriores aún no nacidas. Eso es lo que traído la crisis financiera de 2008, no está clara cual será la receta que se impondrá para dar respuesta al fracaso del neoliberalismo impuesto tras la anterior crisis sistémica, la de los años 70, lo que es seguro es que las consecuencias de la crisis fueron para todo el mundo y para todo el mundo serán las consecuencias de lo que acabe imponiéndose. Por supuesto que influye el momento vital en que se encuentra cada cual cuando se produce uno de esos virajes, pero es tan estéril reinventar un pasado idealizado como negar el desasosiego del presente porque se oculte con brillantes oropeles.

Los supuestos conflictos de intereses entre generaciones amenazan con desviar la atención de lo esencial hacia otra modalidad de conflicto identitario. Por supuesto que los veinteañeros de hoy son distintos a los que tuvieron esa edad décadas atrás, como ser catalán no es lo mismo que ser canario, como vivir en un gran ciudad o sus suburbios no es lo mismo que vivir en una zona rural, como nacer y vivir donde lo han hecho los padres no es lo mismo que migrar, como se pueden buscar otras diferencias por muchas razones. Todas son realidades ciertas y todas pueden llevar a percepciones en clave identitaria, a identificarse con los que coinciden en un aspecto obviando los demás y eliminando la visión de conjunto del análisis de la realidad y de los propios intereses. Eso facilita que se dé por buena una afirmación que no tiene base sobre la que sustentarse porque el sentimiento de pertenencia a un colectivo oculta todo lo que no encaja con él, puede ser el Espanya ens roba, lo de que los inmigrantes cobran una paga por ser inmigrantes o lo de que las pensiones de los próximos años hipotecan la  vida de la juventud. Mientras, se margina del debate cómo se distribuye la riqueza que se genera en la sociedad, la evolución de las desigualdades, el funcionamiento real de lo que debieran ser los mecanismos de redistribución, cuántos recursos público vienen, de dónde proceden y en qué se emplean, es decir, todo lo que afecta a la vida de la gente.

Las sociedades actuales se enfrentan a amenazas preocupantes, la española (y la catalana) no son una excepción, el riesgo de salidas cada vez más autoritarias para imponer unas políticas injustas es real y tiende a maquillarse con un repliegue identitario que direccione la exigencia de responsabilidades hacia fuera, mientras, la  minoría que acumula un porcentaje elevadísimo de la riqueza mundial se movería sin fronteras ni  control. Por contra, se van abriendo paso recetas distintas de las llamadas políticas de austeridad (de falsa austeridad, sería más correcto decir) para dar respuesta a la crisis generada por la pandemia, aunque en modo alguno se pueden dar por consolidadas. Al mismo tiempo crece el riesgo de una crisis ecológica, de la que la crisis climática es una expresión, que se enfrenta al negacionismo de los mismos que apuestan por salidas autoritarias o por lo que se ha dado en llamar estados iliberales. Se trata de construir una alternativa para todos con independencia de su edad porque todas las generaciones están amenazadas con el desmantelamiento o el debilitamiento extremo de los escudos de protección social, con salarios de miseria incluso para trabajos cualificados, con inseguridad permanente de las fuentes de ingreso, con la autoexplotación forzada del falso autónomo que no gana ni para un alquiler, con el acceso al consumo de lo superfluo simultáneo a la incertidumbre respecto al acceso a lo más básico. Fácil no será, pero habrá que confiar en que se acabará construyendo porque lo que sí es es imprescindible.

Estaba terminada la entrada cuando leí el artículo que sigue, un ejemplo de cómo abordar una temática específica (en este caso la del feminismo) sin minusvalorarla, más bien todo lo contrario, y al mismo tiempo manteniendo una visión global, aquí lo anexo

Para acabar una demostración de que se puede hablar de los problemas generacionales sin perder de vista el conflicto general, la intervención de Aina Vidal en el  debate sobre la convalidación del decreto sobre la reforma laboral, hablando desde el realismo de lo posible para construir una sociedad mejor para los colectivos más desfavorecidos.



dissabte, 23 d’octubre del 2021

Escrito urgente

Este es un escrito de urgencia de alguien que sabe que no tiene capacidad de influir, pero siempre es mejor sumarse a otras voces que quizá vayan en el mismo sentido.

Este fin de semana es el de mayor tensión en el gobierno de coalición, lo es porque a diferencia de otras situaciones de tensión anteriores en este momento hay dos temas de mucha trascendencia y la sospecha, como mínimo la sospecha, de que el socio mayoritario está por un giro al centro (de dudosa eficacia visto lo que pasó en Madrid) y el minoritario tiene alguna tensión interna en torno a cómo abordar el futuro.

Por un lado tenemos el caso del diputado Alberto Rodríguez, a mi modo de ver condenado por ser diputado de un determinado partido y no por ninguna supuesta agresión a un policía, los votos particulares de la sentencia tienen la coherencia que no tiene la condena. El lawfare funciona y le tiende a la coalición de gobierno una trampa para elefantes, pasarle al Congreso de los Diputadod la patata caliente de una inhabilitación tan discutible como para que los letrados del mismo consideren que no procede hacerla. Marchena ya fue puesto en evidencia por un tema similar, fue ponente del caso Atutxa en una sentencia que tumbó la justicia europea, y se cuida de quedar expuesto, en lugar de que sea el Tribunal Supremo el que adopte la medida presiona a la Presidenta del Congreso para que ella lo haga, con lo que Batet queda entre la espada y la pared.

Las dos partes de la coalición tienen argumentos razonables para justificar la decisión de la inhabilitación, unos, y el anuncio de querellarse por prevaricación, los otros. 

Pero esto se produce al mismo tiempo que la facción de la derecha económica (lo digo sin eufemismos y para que quede claro) presente en el PSOE vuelve a querer meter cazo en uno de los temas centrales del acuerdo de gobierno, la derogación de la reforma laboral del gobierno del PP. Vuelve porque ya ha interferido antes, con la diferencia de que ahora se está en el momento de abordar la conclusión de la negociación.

Hace un momento que he escuchado a Echenique decir que ambos temas no tienen relación, un absurdo más de los que oímos a veces. Cómo no van a tener relación dos temas de ese calado que se presentan al mismo tiempo, se habrán generado por vías diferentes, pero aparte de ser dudoso que hayan hecho aparición de forma simultánea por puro azar nadie con dos dedos de frente va acreerse que se pueda dar una salida a lo que está planteado que no sea conjunta.

Aunque mi opinión es estrictamente personal no hace falta mucha perspicacia para ver que mis simpatías en este choque están con Unidas Podemos, por tradición militante y porque en ambos temas creo que tienen toda la razón en la cuestión de fondo que defiende los representantes de la parte minoritaria de la coalición de gobierno. Al mismo tiempo, la experiencia me dicta la necesidad de mantener la cabeza fría, analizar el escenario en su conjunto y centrar los objetivos. Por una parte se tiene un problema que no tiene arreglo y que es de extrema gravedad aunque tampoco es el fin del mundo, Alberto Rodríguez tiene gran parte de la campaña hecha para las próximas generales, para encabezar la propuesta de UP en las próximas autonómica de Canarias o para lo que sea, ejemplos tenemos en Catalunya de có lomo sacar partido a martirios menos justificables. La cabeza de un diputado no tiene el mismo alcance que la de Dilma Rousseff, de momento no se atreven a tanto en el lawfare a la española que viene enseñando la patita desde hace tiempo (que se ande con ojo el presidente del gobierno porque tampoco está claro que vayan a parar viendo sentencias tan estrafalarias como la del estado de alarma del Tribunal Constitucional). La querella anunciada es un elemento de negociación si se es consciente de que la presión sobre Meritxell Batet la ha ejercido el presidente de la sala de lo penal del supremo que no es tonto y sabe lo que se hace, no se confunda al mensajero con el causante de la noticia y búsquese la forma de reconducir lo que sea posible reconducir, siempre quedara el agravio para recodar lo difícil que resulta culminar lo que ya parecía hecho.

Si no tiene ya arreglo lo de la inhabilitación sí que hay mucho por hacer en el tema de la reforma laboral, elemento central del pacto de gobierno que hay que exigir que se cumla y sobre el que debe centrarse toda la presión en este momento, la actitud de Yolanda Díaz esta mañana en el Congreso de CC.OO. apunta en el buen camino, firmeza al fijar objetivos y eludir polémicas que deben resolverse donde corresponde. La negociación colectiva debe recuperar su razón de ser, recuperando la ultraactividad de los conveios y la primacía del convenio sectorial, y la estabilidad en el empleo tiene que abordar temas tan serios como reducir la contratación temporal injustificada (lleva años siendo escandalosa más allá de las reformas laborales que se hayan hecho) o impedir que los ajustes de plantilla dependan en exclusiva de la voluntad de la empresa de proceder a despedir aunque no haya causas objetivas que lo justifiquen.

Este es un fin de semana complicado y habrá que ser inteligente, apoyarse en los aliados del proyecto de cambio que España merece y ser verdaderamente patriotas con los que más en precario trabajan y, en consecuencia, más en precario viven. Esta es una reflexión urgente, seguro que con muchas lagunas, que busca centrar los objetivos en lo esencial. Ojalá sea un granito de arena para introducir elementos de debate y reducir la visceralidad, mala consejera a la hora de decidir.